Aclaración importante

ACLARACIÓN. El blogdelviejotopo no está relacionado con la revista El Viejo Topo. Pese a utilizar también la metáfora "viejo topo" en el nombre, el blog es completamente ajeno a la revista, cuya dirección es www.­elviejotopo.­com / Sobre el significado del término "viejo topo" en la tradición marxista, consúltese http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2013/06/el-termino-viejo-topo-en-la-tradicion.html

viernes, 10 de octubre de 2014

Preguntas de un obrero que lee (Bertolt Brecht)



Rincón de la poesía topera...


Este poema forma parte de su colección Svendborger Gedichte, que escribió en 1935 exiliado en Dinamarca. Existen varias versiones, posteriormente publicadas en otros volúmenes, con un mensaje inequívoco y de suma actualidad.






¿Quién construyó Tebas, la de las siete Puertas?
En los libros figuran los nombres de los reyes.
¿Eran los reyes quienes arrastraron los bloques de piedra?
Y Babilonia, destruida tantas veces,
¿quién la volvió a construir siempre? ¿En qué casas
de la dorada Lima vivían los constructores?
¿A dónde fueron los albañiles la noche en que dejaron
terminada la Muralla China? La gran Roma
está llena de arcos de triunfo. ¿Quién los erigió?
¿Sobre quiénes
triunfaron los Césares? ¿Es que Bizancio, la tan elogiada,
sólo tenía palacios para sus habitantes? Hasta en la
legendaria Atlántida,
la noche en que el mar se la tragaba, los que se hundían,
gritaban llamando a sus esclavos.
El joven Alejandro conquistó la India.
¿Él solo?
César derrotó a los galos.
¿No llevaba siquiera cocinero?
Felipe de España lloró cuando su flota
fue hundida. ¿No lloró nadie más?
Federico II venció en la Guerra de los Siete Años
¿Quién venció además de él?
Cada página una victoria.
¿Quién cocinó el banquete de la victoria?
Cada diez años un gran hombre.
¿Quién pagó los gastos?
Tantas historias.
Tantas preguntas.

(Traducción: no conocemos la autoría; circula en Internet en multitud de sitios sin que se cite nombre del traductor. En este caso se ha tomado del blog Memorias y Minutos)
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En alemán, con algunos cambios (acceso a fuente pulsando aquí):

FRAGEN EINES LESENDEN ARBEITERS

Wer baute das siebentorige Theben?
In den Büchern stehen die Namen von Königen.
Haben die Könige die Felsbrocken herbeigeschleppt? 
Und das mehrmals zerstörte Babylon,
Wer baute es so viele Male auf? In welchen Häusern
Des goldstrahlenden Lima wohnten die Bauleute? 
Wohin gingen an dem Abend, wo die chinesische Mauer fertig
war,
Die Maurer? Das große Rom
Ist voll von Triumphbögen. Über wen
Triumphierten die Cäsaren? Hatte das vielbesungene Byzanz
Nur Paläste für seine Bewohner? Selbst in dem sagenhaften
Atlantis
Brüllten doch in der Nacht, wo das Meer es verschlang,
Die Ersaufenden nach ihren Sklaven.
Der junge Alexander eroberte Indien.
Er allein?
Cäsar schlug die Gallier.
Hatte er nicht wenigstens einen Koch bei sich?
Philipp von Spanien weinte, als seine Flotte
Untergegangen war. Weinte sonst niemand?
Friedrich der Zweite siegte im Siebenjährigen Krieg. Wer
Siegte außer ihm? 
Jede Seite ein Sieg.
Wer kochte den Siegesschmaus?
Alle zehn Jahre ein großer Mann.
Wer bezahlte die Spesen?
So viele Berichte,
So viele Fragen.

martes, 7 de octubre de 2014

Una reflexión indispensable: Maldito socialismo, ¡cómo te echamos de menos!




Al hilo de la reseña traducida por Gabi, del libro de Vladimiro Giacché, titulado Anexión: la Unificación alemana y el futuro de Europa (pulsar en el enlace para acceder), consideramos interesante refrescar la memoria con un artículo escrito y publicado por Higinio Polo en la revista El Viejo Topo, hace casi 5 años. En aquellos momentos, la crisis sistémica comenzaba a mostrar sus garras, pero la mayoría de la gente todavía no era capaz de ver su alcance. Casi cinco años después, ya debiera resultar obvio que dicha crisis sistémica esconde una elaborada estrategia del capital para poner fin al estado del bienestar, dando varias vueltas de tuerca al proceso de acumulación capitalista por desposesión. Un estado del bienestar que en su momento fue levantado como respuesta al Socialismo, y que vino acompañado de una sociedad consumista que sedujo y cautivó a los trabajadores. Una vez que desaparece el bloque socialista, la oligarquía capitalista no encuentra razones para mantenerlo; al contrario, su desguace supone un vergel de beneficios económicos y la mejor estrategia para avanzar en el proceso de acumulación capitalista.

En este contexto, la clase trabajadora -tan castigada por la rapiña y el instinto depredador de la oligarquía- debiera plantearse seriamente la pregunta: ¿era tan malo el Socialismo para los trabajadores? O si queréis, la misma pregunta en modo inverso: ¿es tan bueno el capitalismo para los trabajadores? El artículo de Higinio Polo nos ayuda a realizar esta reflexión. Te invitamos a leer el artículo con calma, ya que es una lectura que todo el mundo debiera realizar.

Nº 265 revista El Viejo Topo
Aprovechamos la difusión para comentar algo que hemos dicho en otras ocasiones: la necesidad de apoyar este tipo de publicaciones como la revista El Viejo Topo, ya que son indispensables y estratégicas trincheras desde las cuales se combate la ideología dominante. ¿Cómo apoyar? Pues contribuyendo a su difusión y comprando -aunque sea de vez en cuando- la revista. Nadie vive del aire y mantener una publicación así cuesta dinero, de ahí que en la medida de las posibilidades de cada cual todos debiéramos contribuir rascándonos los maltrechos bolsillos. La guerra contra el capitalismo se libra en la calle, en los centros de trabajo, en las instituciones... pero también en el campo editorial.

También aprovechamos la ocasión para recordaros que este blog nada tiene que ver con la revista. Somos completamente ajenos, aunque usemos también la metáfora "viejo topo" como nombre.


Fuente y referencia del artículo que reproducimos: publicado inicialmente en el nº 265 de la revista El Viejo Topo, páginas 26-33, en febrero de 2010. La web de El Viejo Topo te ofrece la posibilidad de descargar gratuitamente este artículo en pdf. Para ello pulsa sobre este enlace: ir al índice del nº 265 de la revista El Viejo Topo.

Aclaraciones: las imágenes, incluyendo la leyenda que las acompaña, y la cursiva son el del texto original. La negrita y subrayado son añadidos nuestros. 

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Maldito socialismo
¡cómo te echamos de menos!
Higinio Polo, revista El Viejo Topo


Las imágenes que ilustran este artículo son una muestra del arte político surgido tras la perestroika (Sots Art), generalmente crítico con el régimen soviético. En la foto, La Trinidad, de Alexandre Kosolapov.

Hace unas semanas, en Berlín, mientras los beneficiarios del cambio político en la Europa del Este celebraban la desaparición del muro (y, sobre todo, del “socialismo real”) hace veinte años, como prueba manifiesta de la superioridad social del capitalismo, la prensa internacional conservadora lanzó una de sus habituales campañas propagandísticas para vender de nuevo la mentira del supuesto éxito conseguido por el cambio político y económico en los antiguos países socialistas europeos.

La escenificación de una alegría impostada en ceremonias de auto alabanza (con evidentes concesiones al nacionalismo alemán) y la presencia, y, después, las imágenes difundidas por el mundo de Gorbachov, George Bush, Kohl, Merkel, Wałesa y otros (incluso Medveded) celebrando la “victoria sobre el comunismo”, escondían el sufrimiento social causado por el retroceso hacia el capitalismo en toda la Europa oriental, y se revelaban como la gran mentira de los festejos de Berlín.

Hace un año, en enero de 2009, haciéndose eco de un estudio de la Universidad de Oxford, el diario italiano Il Manifesto publicaba un artículo sobre las consecuencias de las privatizaciones y de las reformas de la llamada terapia de choque de Yeltsin y Gaidar en Rusia. El trabajo que citaba el diario italiano había sido publicado en la revista médica Lancet y llevado a cabo por David Stuckler, de la Universidad de Oxford, Lawrence King, de la Universidad de Cambridge, y Martin McKee, de la London School of Hygiene and Tropical Medicine, utilizando datos de organismos de la ONU, como la UNICEF, después de una investigación de cuatro años. Un millón de muertos. Ese era el resultado de la investigación que concretaba el aumento de la mortalidad (casi un trece por ciento, durante los años noventa) a consecuencia del desempleo, las privatizaciones y la aplicación de las recetas liberales que extendieron el hambre, la miseria y causaron la destrucción de la economía rusa. Debe hacerse la precisión de que el estudio abarcó la mayor y más poblada república soviética, pero que, de hecho, Rusia representa sólo la mitad de la población que componían las quince repúblicas soviéticas, y tampoco abordaba lo sucedido en el resto de países socialistas, que, juntos, sumaban otros cien millones de habitantes. Ese estudio publicado en Lancet, por tanto, sólo habla de la mortandad causada entre ciento cincuenta millones de habitantes, mientras que el conjunto de la población de la Europa socialista alcanzaba los cuatrocientos millones. No debe olvidarse, además, que esas cifras son estimaciones, puesto que otros estudios elevan mucho más el número de víctimas: piénsese en el aumento de la mortalidad infantil, en el retroceso de la natalidad, en el descenso de la población (a veces, por la emigración; en otras, por causas distintas, que no siempre es fácil clasificar). Ucrania, por ejemplo, ha descendido desde los 52 millones de habitantes que tenía en el socialismo, en 1991, a los actuales 46 millones, dieciocho años después.

Por supuesto, nada de eso se vio reflejado en los festejos de Berlín, ni el gobierno pronorteamericano de Yushenko y Timoshenko, ni los países capitalistas occidentales se han preguntado hasta ahora por la causa de un desastre demográfico de tal magnitud. Y es sólo un ejemplo, aunque sea de los más dramáticos. La antigua RDA, que contaba con dieciséis millones de habitantes, ha perdido dos, sobre todo por la emigración, y muchas ciudades se están despoblando. Incluso el International Herald Tribune (en su edición del 15 de enero de 2009) se hacía eco de la muerte prematura de unos tres millones de personas en el conjunto de los antiguos países socialistas europeos, según datos de los organismos de la ONU, y de la pérdida de unos diez millones de personas en esos territorios. Ante el horror y la contundencia de las cifras, Jeffrey Sachs (uno de los principales asesores de la terapia de choque capitalista en Rusia y otros países) intentó descalificar esas estimaciones y, en una carta a The Financial Times, consideró un éxito la reforma en Polonia, Chequia y Eslovenia, al tiempo que achacaba la mortandad en la antigua URSS a una evolución que se inició en la década de los sesenta del siglo XX, y a “la pobre dieta alimenticia soviética” (afirmaciones que la excelente investigación de Serguei Anatolevich Batchikov, Serguei Iurevich Glasev y Serguei Georguevich Kara-Murza, en El libro blanco de Rusia. Las reformas neoliberales (1991-2004), deja por completo en evidencia). Refutando a Sachs en esas mismas fechas, en una entrevista en The Times, el premio Nobel Joseph Stiglitz afirmó que la terapia de choque fue “una política económica desastrosa”. El capitalismo ha llevado a la muerte a millones de personas, y no sólo en anteriores etapas históricas, sino en estos últimos años. La desaparición del socialismo europeo no fue un éxito, sino una catástrofe, y centenares de miles de personas vivirían aún de no haber mediado ese desastre que celebraban en Berlín.

* * *

Bajo el socialismo, con el trabajo, asegurado para toda la vida para cualquier ciudadano, se disponía de casa, de asistencia médica, vacaciones y jubilación. Nadie pensaba en el desempleo, ni en los desahucios y la falta de techo, ni en las abusivas hipotecas de por vida, ni esperaba con temor una vejez desamparada y pobre. La privatización trajo consigo la pérdida de millones de puestos de trabajo, el desmantelamiento de buena parte de la industria, creó una espantosa corrupción, y. además, desató la miseria, la desesperación, el aumento del alcoholismo, de los suicidios, el abandono de niños, las pensiones de miseria, la introducción de ciegos criterios de mercado por encima del interés social, mientras se enriquecía una minoría.

El desastre en las instituciones científicas, el retroceso en la investigación, la ruina de la cultura, la introducción desde el Occidente capitalista de los más banales y zafios recursos de entretenimiento y alienamiento popular, la planificada destrucción de las costumbres sociales de ayuda mutua y solidaridad, fue acompañada por la exaltación del egoísmo personal y la búsqueda del bien privado, porque lo común pasó a ser considerado sospechoso por el nuevo poder capitalista. El desmantelamiento de la sanidad pública, el aumento de los precios de las medicinas, la reducción de la esperanza de vida, afectaron de manera determinante a la población. Todavía desconocemos las cifras de suicidios, las muertes causadas por el alcoholismo de quienes habían caído en la desesperación; la mortalidad debida a la proliferación de enfermedades como la tuberculosis, que afectan ahora a millones de personas, el destino de muchos de los centenares de miles de vagabundos y de niños abandonados que llenaron toda la geografía de la Europa oriental, y que siguen viéndose hoy, que fueron consecuencia directa de la salvaje implantación del capitalismo. Si hace dos décadas el hambre era desconocido en toda la Europa oriental, hoy afecta a millones de personas. Se dispone de algunas estadísticas parciales: en Ucrania, hoy, por ejemplo, un millón y medio de personas pasa hambre.

Esa política, impulsada en Rusia por el sanguinario Yeltsin, y por personajes como Gaidar y Chubais, tenía detrás a académicos norteamericanos neoliberales como el citado Jeffrey Sachs, y suecos como Anders Åslund (ayer, asesor económico en Rusia y Ucrania, y hoy responsable del programa ruso y euroasiático de Carnegie Endowment for International Peace de Washington), y sus ideas recibieron el apoyo entusiasta de Estados Unidos, con Clinton al frente (el presidente a quien tanta risa daban las ocurrencias del alcoholizado Yeltsin); tenían el sostén de Alemania, con Helmut Kohl; de Gran Bretaña, bajo John Major; y de Francia, con Mitterrand, y, después, Chirac.

Dmitry Vrube: Dios, ayúdame a sobrevivir
a este amor fatal
(1998)
Con apoyo occidental se produjo el mayor robo de la historia de la humanidad, en la Unión Soviética y en el resto de países socialistas europeos. No hubo frenos al latrocinio. Incluso, como ocurrió en Bulgaria, llegaron a devolver al rey Simeón ¡más tierras de las que poseía antes de la nacionalización decretada al finalizar la Segunda Guerra Mundial! Solamente en la RDA, aunque suele alegarse el gran volumen de las “ayudas” desde la RFA a las nuevas regiones del Este, se oculta que Bonn se apoderó de todo el patrimonio nacional de la RDA, que tenía un valor calculado en el doble de los desembolsos realizados por Bonn: la deliberada destrucción de la industria del Este alemán, exigida por los empresarios y aplicada por el gobierno occidental, forzó a la emigración de centenares de miles de ciudadanos y aceleró el envejecimiento de todo el territorio oriental. También las mujeres perdieron: en la RDA, trabajaban el 92 % de ellas; hoy, apenas el 69 %. Libertad… para emigrar, y para morir.

Esa realidad es conocida por los investigadores y por los gobiernos, pero no por ello se sienten aludidos los liberales: algunos, aunque no pueden dejar de reconocer el desastre, insisten en las ventajas a largo plazo de la implantación del capitalismo en la Europa del Este. Veinte años después de la desaparición de los sistemas socialistas que gobernaban la Europa del Este, la bien engrasada maquinaria propagandística de los medios de comunicación sigue remachando el clavo de la interpretación sobre aquellos hechos: manejando ideas simples para asuntos complejos, liquidan el expediente evocando la supuesta “rebelión popular contra el socialismo”, para terminar felicitándose, interesadamente, por la “muerte del comunismo” y el “triunfo de la libertad”. Además del recurso a la deshonesta y falsa equivalencia entre nazismo y comunismo, los defensores del capitalismo utilizan otros argumentos. La equiparación entre democracia y capitalismo fue sólo una de las muchas astucias de tramposos que los laboratorios ideológicos del liberalismo desarrollaron con éxito en la Europa del Este, pese a la evidencia de que el capitalismo no trae consigo la democracia: de hecho, ha convivido y convive con regímenes dictatoriales, monarquías autoritarias, estados expansionistas y belicistas, democracias tuteladas, y, también, con el nazismo y el fascismo. Porque la actual democracia liberal (corrompida por el poder del dinero) es sólo una de las formas políticas que ha adoptado el capitalismo. Otra de las trampas que utilizan los liberales es la condena universal del socialismo por los excesos y crímenes del pasado, mientras que el capitalismo es presentado como carente de historia: parecería que ni el colonialismo, el imperialismo, las matanzas y la represión en todos los países, existieron nunca, y, si se recuerdan, son para considerarlos fenómenos históricos que no tienen nada que ver con el capitalismo actual, pese a las guerras que mantiene. Para la propaganda liberal, ese capitalismo está representado apenas por los países más desarrollados, no por los más pobres: es Francia, no Egipto; es Alemania, pero no Indonesia; es Estados Unidos, pero no Haití. El entusiasmo liberal por la revisión de la historia llega al extremo de querer equiparar comunismo y nazismo por el procedimiento de negar la evidente filiación del fascismo con el capitalismo, y con la abusiva utilización del término “totalitario” que permite crear el espejismo de un capitalismo “democrático” que se habría opuesto al totalitarismo de nazis y comunistas, idea que no resiste la menor comprobación empírica, porque el nazismo y el fascismo no fueron derrotados por las potencias capitalistas sino por el socialismo soviético.

*  *  *

Lenin coronado. Vitaly Komar
Nikolái Rizhkov, que fue, desde 1985 hasta 1990, presidente del gobierno soviético con Gorbachov, y que hoy, como senador, defiende la política de Putin, considera que “la desaparición de la URSS fue una tragedia”, y todos los indicadores sociales y económicos lo confirman. No sólo en lo económico: Rizkhov cree que Gorbachov negoció mal el “asunto alemán” y que nunca debió aceptar que la Alemania unificada permaneciese en la OTAN. Esa imposición estimuló la voracidad y la ampliación posterior de esa alianza, que ha llegado a engullir incluso a tres antiguas repúblicas soviéticas, y a establecer cuarteles norteamericanos en las puertas de Rusia. El Pacto de Varsovia fue desmantelado; la OTAN sigue planificando guerras. Se seguirá discutiendo durante mucho tiempo sobre esa catástrofe. Hoy, las diversas explicaciones llegan desde la indigencia intelectual y la deshonestidad política de los medios liberales, pasando por la severidad de un sector de la izquierda (socialdemócrata, trotskista, anarquista) que condena, a veces sin matices, la experiencia del socialismo real , y terminando con la hagiografía de otro sector de la izquierda (comunista) que rechaza cualquier análisis crítico de la realidad de los antiguos países socialistas europeos. También, figuran las de quienes intentan ser equilibrados y honestos a la hora de juzgar lo que fue el “socialismo real” y, sobre todo, lo que ha supuesto para la población el retorno al capitalismo.

Desde la Polonia que acaba de prohibir la bandera roja y los símbolos comunistas (igual que hicieron Hitler, o Franco, o Mussolini), desde la Chequia que intenta prohibir ahora el partido comunista; desde los países bálticos, que con su feroz falsificación histórica relegan a los comunistas a la clandestinidad y absuelven a los nazis locales de su complicidad con el Reich hitleriano; desde la Alemania unida que persigue el recuerdo de la RDA, o desde la Rusia que quiere destruir al partido comunista, todos esos países, unidos al gran altavoz de la propaganda liberal que tiene su centro en Estados Unidos, se agrupan tras Washington en una poderosa coalición que sigue saludando como una gran victoria de la libertad el vendaval que se inició en 1989 y culminó, primero, en 1991, con la desaparición de la URSS, y finalmente, en 1993, con el golpe de Estado de Yeltsin en Rusia, que consolidó la vía golpista al capitalismo.

La política de Gorbachov segó la hierba bajo los pies de los dirigentes comunistas europeos, porque estimuló las protestas y anunció tácitamente que Moscú no movería un dedo para sostener a la Europa oriental. Incluso se estimularon las protestas: los gobiernos se vieron abocados a iniciar improvisadamente reformas, a entablar procesos de negociación con la oposición y, en última instancia, a ceder el poder. No obstante, pese al análisis predominante que hoy se hace en Occidente (sostenido con entusiasmo por los beneficiarios del cambio de régimen: una mezcla, según los países, de antiguos disidentes, viejos “comunistas” reconvertidos al capitalismo y nuevos burgueses surgidos de la rapiña y el caos), que puede resumirse en la falsa foto fija de una “rebelión contra el socialismo”, lo cierto es que las manifestaciones de 1989 en la Europa del Este no reclamaban nunca el capitalismo: querían reformar el socialismo, acabar con el autoritarismo y los abusos del poder comunista, conquistar la libertad y acabar con el temor reverencial al poder, conservando las estructuras económicas del socialismo. Sin embargo, las explicaciones no son sencillas, y aunque desconocemos todavía buena parte de las complicidades y de la acción que desarrollaron las grandes potencias, no se sostiene la interpretación liberal de un hartazgo popular, porque buena parte de la población permaneció a la expectativa. La supuesta rebelión popular en Rumania contra Ceaucescu, por ejemplo, nunca existió: hubo importantes y nutridas manifestaciones, sí, pero el general Stanculescu ha revelado recientemente que el golpe de 1989 que terminó con la sentencia a muerte del presidente del país contó con la complicidad soviética y norteamericana. Al margen del turbio carácter del personaje, y de su afán por justificar su papel, lo cierto es que seguimos desconociendo muchos aspectos de los acontecimientos de ese año, y no sólo en Rumania, aunque no todos obedecen a causas conspiratorias. Es cierto que las maniobras y operaciones planificadas operaron sobre un descontento popular que se manifestaba en la población católica polaca, en la insatisfacción por la limitación de movimientos en la RDA, Hungría o Checoslovaquia, en la escasez de abastecimientos en Rumania, Bulgaria o la URSS, y en la aspiración a la libertad, pero la clave está en la pasividad del Moscú de Gorbachov y en la incapacidad de los gobiernos comunistas para afrontar y canalizar unas protestas pacíficas que, en su origen, no iban masivamente contra el socialismo: ni siquiera tras el hundimiento de la Europa socialista en 1989, en la URSS que veía crecer la demagogia de Yeltsin y que le llevó a ganar las elecciones rusas y a disolver la Unión Soviética en 1991, nunca su gobierno se atrevió a explicar a la población que su propósito era implantar el capitalismo.

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Alexandre Kosolapov, San Sebastián.
Del Tríptico La Adoración, 1980.
Uno de los mecanismos de robo impuestos a la población fueron las altas tasas de inflación en toda la zona (¡que llegaron a superar los tres dígitos!) a causa de la decretada liberalización de precios, lo que supuso una brutal devaluación de los ahorros de la población. Junto a ello, la masiva desindustrialización, que llevó a caídas de la producción superiores al 50 % en muchos países, y la consiguiente introducción de capital, tecnología y empresas occidentales que se apoderaron de la estructura productiva en Checoslovaquia, Hungría, Polonia y otros países. El aumento de los precios no fue equilibrado con un aumento de los salarios, y esa fue una de las vías para favorecer la acumulación de los nuevos capitalistas y para desarmar cualquier conato de protesta, porque la población debía emplear toda su energía en asegurarse el sustento diario, siempre por debajo de la dieta alimenticia habitual que tenía en el socialismo. Los salarios continúan siendo hoy mucho más bajos que en el occidente europeo, y eso explica la instalación de empresas occidentales para explotar una mano de obra barata, pero educada y con gran capacidad técnica. La privatización de los bienes del Estado (a través de ventas amañadas, subastas falseadas o “reparto” de participaciones que, inevitablemente, acabaron en manos de los nuevos capitalistas) trajo consigo un cambio total de propiedad, de la que se aprovechó la gran empresa occidental. Los nuevos bancos que operan en la Europa oriental, por ejemplo, son controlados casi en su totalidad por capital extranjero, y la introducción de las empresas capitalistas europeas buscó desde el principio apoderarse de buena parte de los sectores económicos de cada país, junto a la explotación de mano de obra y la especulación financiera y urbanística, y, en ocasiones, a la creación de “industrias” tan repulsivas como la que se dedica a la pornografía en Budapest, convertida en el mayor centro europeo de ese negocio.

La deuda externa combinada de los países europeos orientales en 2008, excluida Rusia, superaba con mucho (en casi 200.000 millones de euros) el monto total de las inversiones extranjeras (que han sido de unos 450.000 millones) acumuladas en los casi veinte años anteriores: un mal negocio, desde cualquier punto de vista. La emigración ha supuesto un golpe demoledor para la mayoría de los países, y, al tiempo, un recurso inevitable para la subsistencia de muchas familias. Aunque las estadísticas son precarias e incompletas, sabemos que más de un millón de polacos han emigrado a Gran Bretaña, y contingentes numerosos a otros países, y el gobierno de Bucarest considera que tres millones de rumanos han abandonado el país. También, sabemos que casi cuatrocientos mil moldavos han emigrado, casi el diez por ciento de la población. Centenares de miles de niños han sido abandonados por sus padres, o han quedado al cuidado de otros familiares. En Polonia, unos quince mil niños han terminado en orfanatos. El fenómeno es particularmente grave en Ucrania, Moldavia, Rumania y Bulgaria. Solamente en Rumania, según la Fundación Soros (que no es sospechosa, precisamente, de tener simpatías por el viejo socialismo real), hay trescientos cincuenta mil niños abandonados. El corolario de todo ello es el aumento de la delincuencia, de la explotación sexual de muchos de esos niños, del tráfico de personas. La caída de la esperanza de vida ha sido también constante y documentada por entidades locales e internacionales. Agrupando a todos los antiguos países socialistas europeos y las dos mayores repúblicas soviéticas, Rusia y Ucrania, en 1993 hubo casi 700.000 muertes más que en 1989. En un solo año. El fenómeno, aunque con altibajos, fue constante durante toda la década final del siglo XX. Esa terrible mortandad debe tenerse en cuenta al hablar del supuesto “éxito” de la transición del socialismo al capitalismo.

Cóctel Molotov. Alexandre Kosolapov.

Ahora, tras veinte años de capitalismo, las recetas que gobiernos, e instituciones como el FMI, aplican contra la crisis en que se encuentran los países del Este europeo son las tradicionales del más feroz liberalismo: nuevas reducciones salariales, aumento de impuestos a la población, recortes sociales, reducción de pensiones, desmantelamiento de servicios, con el aumento consiguiente de la pobreza. La omnipresente corrupción, con raíces propias pero también instigada por la actuación de los empresarios occidentales; la degradación cultural, con dramáticas caídas de los índices de lectura y la desaparición o emigración de buena parte de los científicos y de las instituciones dedicadas a la investigación y la cultura; la destrucción de los valores de solidaridad, que ha sido constante y sistemática, sustituyéndolos por la noción del éxito y del enriquecimiento rápido, definen un amenazador futuro inmediato.

Junto a ello, los rasgos populistas, nacionalistas e incluso racistas (cuando no directamente fascistas, como se ha visto en la rehabilitación de los nazis locales en los países bálticos) han impregnado el discurso político de las nuevas élites, que, además, juzgan razonable acompañar en aventuras militares exteriores a Washington, como ha ocurrido en Iraq y Afganistán. La sumisión de las nuevas élites gobernantes de los países de la Europa del Este a los Estados Unidos se constata en la humillante carta suscrita, con ocasión de la agresión de Georgia a Osetia del Sur en el verano de 2008, por antiguos presidentes de algunos países, como el polaco Lech Wałesa, el checo Vaclav Havel, la letona Vaira Vike-Freiberga, el lituano Valdas Adamkus, entre otros (todos, anteriores cómplices de las sanguinarias aventuras bélicas de Bush), donde se alarmaban por el descenso del atractivo de Estados Unidos entre la población de sus países, se declaraban decididos “atlantistas”, y llamaban a “defender a Georgia” y a incluir a este país y a Ucrania en la OTAN, además de a evitar la influencia de Rusia en la Europa oriental y a limitar la capacidad de exportación de hidrocarburos rusos hacia el resto del continente: sin percatarse, esos aplicados discípulos de Washington, definían un completo programa de expansión para Washington en la zona… firmado por quienes ayer se proclamaban celosos defensores de la libertad y la independencia de sus países.

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La agencia Reuters informaba recientemente de la nostalgia del socialismo entre la población de la Europa del Este: apenas el treinta por ciento de los ucranianos es partidario del cambio producido (en 1991, un 72 % llegó a creer que la conversión sería positiva), en Lituania y Bulgaria ya son mayoría quienes rechazan el cambio; y en Hungría, el 70 % de quienes eran adultos en 1989, confiesa su decepción por el capitalismo y por el abandono del socialismo. Algo similar ocurre en los países que formaron la antigua Yugoslavia. En Alemania del Este apenas una cuarta parte de la población se siente ciudadana plena de la nueva Alemania. Y en Rusia todas las encuestas siguen recogiendo que la mayoría de la población considera una tragedia la desaparición de la URSS. Lo mismo ocurre en las otras repúblicas soviéticas.

Es cierto que muchos aspectos negativos del socialismo real han sido olvidados por la población, sin duda porque el hecho incontestable es que la libertad no existe con la precariedad, el desempleo, la incertidumbre, la corrupción, el miedo al futuro. No obstante, aunque no sea el objeto de estas líneas, la aspiración a la libertad y a formas de participación reales en la antigua Europa socialista eran cuestiones de máxima relevancia que fueron ignoradas en los países del socialismo real, como los serios desajustes de su economía que se pusieron de manifiesto a lo largo de la década de los años ochenta. La constatación del desastre social de la restauración capitalista hace aumentar la nostalgia en toda la antigua Europa socialista, pero no resuelve los problemas actuales de la población, porque la reconstrucción de los instrumentos de oposición capaces de proponer opciones socialistas viables no será sencilla: la mayoría de los partidos comunistas fueron destruidos, sus miembros, perseguidos, la ideología comunista sistemáticamente difamada, y los gobiernos y partidos liberales mantienen un control absoluto de los medios de comunicación. Los comunistas rusos hablan de la naturaleza criminal del actual régimen ruso, pero la clase obrera soviética ha sido en gran parte destruida por el proceso de desmantelamiento industrial, y eso limita su capacidad de lucha. Pese a ello, subsisten importantes partidos comunistas en Rusia, República Checa y Ucrania, y se ha creado un nuevo referente en Alemania.

A la vista del sufrimiento social causado en estas dos décadas, debemos concluir que no había nada que celebrar en Berlín, aunque los muros nunca sean una apuesta por el futuro. La terapia de choque fue un experimento social, del cual el capitalismo no se hace ahora responsable, que se convirtió en una verdadera matanza de dimensiones aterradoras. En toda la Europa oriental, la muerte cabalgó sobre la privatización y el capitalismo. Veinte años después, los ciudadanos de esos países recuerdan las insuficiencias del socialismo real, el autoritarismo, la represión de toda disidencia, el obsesivo control, pero cultivan también la nostalgia de un pasado cercano donde, a pesar de todo, la vida era más humana que ahora, y, por eso, parecen decirnos: Maldito socialismo, cómo te echamos de menos.

Higinio Polo
Revista El Viejo Topo, nº 265




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Vídeo complementario


En relación con la terapia de choque mencionada por Higinio Polo, y con intención didáctica o divulgativa, hemos seleccionado un breve fragmento del documental La doctrina del shock, de Naomi Klein. En concreto la parte dedicada a la penetración del neoliberalismo en Rusia, al expolio que tuvo lugar de los bienes públicos y a las terribles consecuencias sociales que esto acarreó.


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Blog del viejo topo

viernes, 3 de octubre de 2014

Anexión: la unificación alemana y el futuro de Europa.


Reseña de Arnold Schölzel del libro de Vladimiro Giacché: Anschluß – Die Deutsche Vereinigung und die Zukunft Europas (Anexión. La Unificación alemana y el futuro de Europa), Editorial Laika, Hamburgo, 2014. Original de la obra en italiano.
Fuente: publicada en JungeWelt el 26.09.2014. 
Traducción al castellano de la reseña: Tucholskyfan Gabi.
Fuente de esta traducción: blog del viejo topo



Versión original en italiano



Vladimiro Giacché
El economista Vladimiro Giacché ha escrito un libro brillante sobre la anexión de la República Democrática Alemana (en adelante RDA) y las consecuencias para la Unión Europea.

Vladimiro Giacché es un economista de orientación marxista, además de muy versado en filosofía. Trabaja en un instituto financiero en Roma. Después de su estudio Titanic Europa. La historia de una crisis (2013), se publicó hace pocas semanas un segundo libro suyo, que ahora está disponible en una excelente traducción al alemán por Hermann Kopp: Anschluß - Die deutsche Vereinigung und die Zukunft Europas (Anexión. La unificación alemana y el futuro de Europa).


Un desastre calculado.

La mayor parte del contenido de esta publicación la ocupa la unión monetaria celebrada el 1 de julio de 1990 entre la República Federal Alemana (RFA) y la República Democrática Alemana (RDA); sus antecedentes inmediatos y sus consecuencias ante todo para los ciudadanos de la RDA. De esto hace ya 24 años y el autor se pregunta qué podemos aprender al día de hoy “de esa adquisición o apropiación de los cinco ‘länder’ + Berlín orientales por parte de la RFA". Su respuesta: esa experiencia es de “sumo interés a la vista de lo que en Europa ha venido ocurriendo desde que se produjera la Unión Monetaria". Considera que  la Unión Europea en términos económicos y monetarios ya antes de 1990 era algo impensable; en primer lugar por ser la moneda única europea el intento de introducir en el concierto europeo a una Alemania que, precisamente mediante su unificación, había ganado peso e importancia superando de este modo a todos los demás países miembros de la UE. En segundo lugar, por quedar consolidada mediante aquella ideología, el modo y el concepto económico y social que ha venido determinando la integración europea.

El programa que nos traza el autor en las primeras 130 páginas del libro, viene a ser la anatomía del instrumento decisivo a la hora de esta adquisición consistente en la anexión fiscal y la destrucción de la economía de la RDA; primero procediendo de modo cronológico, más adelante analizando los diversos aspectos de este proceso. El autor se sirve de una amplia bibliografía publicada sobre el tema y no ignora en ningún momento, como suele hacerse en la parte occidental de Alemania, las publicaciones de los autores germano-orientales. De este modo, analiza por ejemplo la “jugarreta” de las llamadas deudas antiguas que fueron impuestas a las empresas orientales en beneficio de los bancos occidentales; o el principio consistente en “devolver las indemnizaciones recibidas” que en círculos de la clase media occidental venía a despertar un enorme apetito por los inmuebles orientales, que nada tenía que envidiar a los broker de Wall Street; o la liquidación de las llamadas élites, sobre la que Giacché nos ofrece esta cita del ex canciller Helmut Schmidt del año 2006: “Los comunistas de la RDA después del año 1990 recibieron un trato mucho peor que los ex nazis en la RFA después la II GM. De haber recibido un trato algo más tolerante, el desastre que hoy vivimos en los nuevos ‘länder’ sería probablemente algo menos penoso”.

No sorprende pues que la historia se vuelva a escribir, amablemente, una y otra vez, toda vez que Giacché nos detalla cómo el desastre incluyendo el paro masivo, la emigración, la desindustrialización y la destrucción de las condiciones vitales de millones de ciudadanos había sido fríamente calculado por los autores de la Unión Monetaria, donde cabe mencionar en particular al entonces secretario de Estado Horst Köhler y su adjunto Thilo Sarrazin. Sobre las más que probables dimensiones de la catástrofe, estos “lúcidos” defensores de la ideología privatizadora y desreguladora que llevaban en mente y que acabaron por conseguir mediante supremas artes estatales, no tenían la más remota idea.


Fetiches de propaganda.

Todas y cada una de las advertencias de expertos en la materia, entre ellos el entonces presidente del Banco Federal Karl Otto Pröhl o la ministra germano-oriental de economía, Christa Luft, en el equipo del presidente del entonces presidente de la RDA Hans Modrow, fueron rechazadas con la misma arrogancia que aún predomina hasta hoy en la estereotipada prensa alemana occidental sobre la RDA, que continúa machacando que en ningún momento se produjo un fallo de mercado y que la culpa de todas las consecuencias de la Unión Monetaria la tenía la economía socialista de planificación. Con semejantes fetiches propagandísticos, el autor no viene a polemizar, ya que nos facilita las correspondientes cifras y los hechos documentados. Escribe que el “mejor resumen de este proceso” corresponde a Modrow: “La Unión Monetaria ha venido a matar a la economía de la RDA”, y de un modo muy premeditado en su voluntarismo político económico y financiero, que según se dice sólo encontraríamos en el socialismo, pero que por lo visto también ocupa un lugar fijo en el capitalismo monopolista de Estado (aunque Giacché no se sirva precisamente de este término). Cualquier regulación o desregulación siempre acaba siendo una irregularidad.

Y ese proceso de sustituir unas medidas de razonamiento económico por otras, subjetivistas y de índole político e ideológico, se ha convertido en modelo para la "Europa Alemana". El último epígrafe de su libro, el autor lo dedica al resumen de este aspecto europeo en el que no se olvida de ninguna de las diferencias, como sería la falta de un transfer a nivel europeo: “no importa quién gobierne en Alemania, siempre observamos una paralela entre la cura de caballo, que tuvo que soportar la economía de la RDA, y las reformas Hartz, por un lado, y los “deberes” que ahora se vienen a imponer a los países europeos en crisis, por otro. Las recetas son siempre las mismas: la privatización y la reducción salarial”. Giacché considera que son medidas inadecuadas. Según él, debería ser prioritario “reducir mediante una concreta redirección los desequilibrios entre las macroeconomías del continente europeo”. Se opone expresamente a aquellas opiniones que alegan la incapacidad de los países europeos miembros de la Unión, y se opone también al dogma que sostiene la fundamental importancia del euro como moneda única.  Quienes todavía se dejen paralizar por ese “dogma”  mientras que los referidos desequilibrios vayan en aumento, ya no encontrarán voluntarismo político alguno que sea capaz de impedir la implosión de la eurozona. Las secuelas de la anexión de la RDA nos deberían servir de advertencia. Pero las perspectivas de una influencia y advertencia saludable no parecen ser propicias ni en Berlín, ni en Bruselas u otra metrópolis europea. Sin embargo, la advertencia que Giacché nos razona y documenta de modo tan brillante en este libro, hace ya tiempo que es compartida por muchos.



Arnold Schölzel

Traducción: Tucholskyfan Gabi.




El micrófono y el público. La izquierda frente al muro de la dominación ideológica.



Érase una vez un lugar al otro lado de la montaña llamado Villa Ciudadano.

En el pasado, los ricos habían dado nombre al pueblo: "Ciudadano", porque -decían- allí todos eran iguales, todos eran "ciudadanos". Y los villaciudadaneses lo creyeron, pese a que aquella igualdad tan repetida por los grandes hombres de la ciudad, escondía una realidad que nadie quería ver: en el fondo, unos eran más ciudadanos que otros, había clases sociales y la mayoría trabajaba para el beneficio del clan de los prebostes, que dominaba la ciudad con narcotizante música celestial, apropiada para dormir las conciencias.

En Villa Ciudadano sus moradores vivían compungidos porque se había esfumado la confortable seguridad que diera forma a un aburguesado optimismo existencial. Villa Ciudadano, después de haber gozado de un largo período de aparente prosperidad, había despertado del sueño colectivo y descubierto que la ciudad se encontraba en estado ruionoso. La vida había pasado de ser un alegre musical a un drama en blanco y negro.

Los villaciudadaneses decidieron que era el momento de hacer algo para impedir que la ciudad continuara desmoronándose. En la ciudad existía un gran teatro, propiedad del clan de los prebostes, y decidieron juntarse allí para escuchar propuestas en boca de quienes tuviesen algo que decir. 

Cuando llegó el día, los villaciudadaneses acudieron al teatro. Un alboroto ensordecedor convertía el recinto en un gigantesco gallinero. Entonces el jefe del clan de los prebostes subió al escenario y levantó los brazos pidiendo calma. Dos villaciudadaneses habían pedido la palabra. Se hizo el silencio en el recinto y subió al escenario el primero de los villaciudadaneses que tenía propuestas para comunicar.

Ante la atenta mirada vigilante del preboste mayor, aquel villaciudadanés comenzó explicando las causas por las cuales la ciudad estaba en ruinas. Luego se refirió a las medidas necesarias para evitar el caos. Sin embargo, en medio de aquel enorme recinto, apenas se le escuchaba. Malamente los que estaban en la primera fila del teatro llegaban a oír sus palabras. Cuando acabó de hablar, en realidad, nadie le había escuchado salvo los más cercanos al escenario.

Tras terminar el primer orador, subió al escenario el segundo de los oradores. Entonces, antes de comenzar su intervención, el preboste mayor se le acercó y le entregó un micrófono. De esta forma, sus palabras fueron escuchadas en todo el recinto, desde la primera hasta la última fila.

Durante los días siguientes, fue habitual que los villaciudadaneses comentasen las intervenciones de ambos oradores. En la plaza del pueblo, un grupo de villaciudadaneses hablaba de lo sucedido:  "al primero no se le entendía", decían unos; "qué bien hablaba el segundo, se le entendía todo", decían otros. En eso llegó el loco del pueblo y dirigiéndose a los presentes, les dijo: "¿por qué el jefe del clan de los prebostes, al que todos odiamos, le dio el micrófono al segundo y no hizo lo mismo con el primero?". "Vete, loco", le respondió uno de los concentrados. Otros se rieron: "ya está el loco con sus cosas", exclamaron.


*  *  *

En la reciente Fiesta del PCE (¡qué vivo está el Partido Comunista, mal que le pese a sus enemigos!), pude escuchar algunos comentarios que no son distintos a los que leo en redes sociales o escucho en mis entornos cotidianos. Comentarios que tratan de incidir en qué necesita la izquierda, qué es necesario hacer, cambiar... para tratar de activar con éxito el potencial transformador de la izquierda. Escucho "necesitamos rearmarnos ideológicamente", "hay que volver a los principios", "hay que adaptar nuestro discurso""hay que hacer pedagogía política", "la clave está en converger", "es una cuestión de programa"... La lista de tópicos es bastante limitada y posiblemente todos los conozcamos.

En las discusiones sociales, a menudo aparece el tema Podemos como referencia: "es que a Pablo Iglesias se le entiende y a los demás no", "Pablo Iglesias llega a la gente y los otros no", "bueno de los otros también hay quien sabe llegar a la gente, por ejemplo Alberto Garzón y Tania Sánchez"... 

Pero en todo este debate retórico que adopta el formato de cansino bucle, casi nadie pone encima de la mesa la cuestión nuclear y primordial: son los prebostes de Villa Ciudadano los que moldean la opinión pública, al negar o conceder el micrófono. Tanto que hasta se permiten elegir qué figuras de IU van a promocionar (los casos de Alberto Garzón y Tania Sánchez). Y por supuesto, el micro no se lo dan a cualquiera y tampoco lo conceden aleatoriamente en cualquier momento. Siendo una perogrullada (el papel de los medios como control de la opinión pública, instrumentos principales de reproducción de la ideología dominante), desgraciadamente la mayoría sigue empeñada en no querer verlo, optando por discusiones que finalmente equivalen a debatir sobre si los ángeles tienen pene o vagina. 

Al final, el gran problema de la izquierda no es el de su unidad (que también lo es), ni ideológico (que también lo es), ni de pedagogía política (que también lo es)... El gran problema es el micrófono, propiedad de los prebostes de Villa Ciudadano. De manera que la pregunta que debemos formularnos es si la izquierda puede aspirar a tener el micrófono. Y teniendo en cuenta que es el capital quien controla los medios de comunicación, si la izquierda llegase a tener el micrófono solo significaría una cosa: que está domesticada, que la han convertido en inocua neutralizando su potencial subversivo y transformador; que la han comprado los prebostes... ¿O es que te crees que te dejan el micrófono por tu cara bonita?

Así que la cuestión anterior nos lleva a plantear otra pregunta: ¿tenemos una alternativa al micrófono? ¿Cómo llegar a todo el público, no solo al de la primera fila que está más cerca del orador?

¡Claro que hay alternativa! Lenta, de efectos no inmediatos sino a largo plazo. Basta dirigir la mirada a lo que se ha hecho en otras épocas en las que la izquierda se centraba sobre todo en el trabajo subversivo, con independencia de que también se participe o no en las instituciones (no son esferas de actuación incompatibles). Se trata de volver al trabajo de base, a la filosofía de las células, al barrio, al centro de trabajo o de estudios..., creando tejido militante y activista. La alternativa al micrófono es el cuerpo a cuerpo, el vis a vis con el vecino, con el compañero de trabajo, con el familiar, con el amigo... La alternativa al micrófono pasa por la creación de redes militantes y de cuadros de base muy preparados y comprometidos, dejando que la red vaya creciendo. Ahí estará el micrófono que necesita la izquierda. El tejido social comprometido con la lucha política, no vendrá de las urnas, ni de las cadenas de TV o periódicos: vendrá del trabajo en la calle y de la organización en células. Ese tejido social solo podrá formarse si somos capaces de actuar como el viejo topo del que hablaba Marx. Gestionar cortijos quizás sea necesario, pero el principal objetivo es la subversión del orden social existente. 

Nada que pueda consolar a los que buscan resultados inmediatos, a los que están abonados al cortoplazismo, a los que cacarean el argumento "nunca tendremos una oportunidad como ésta" (¡qué argumento tan falaz y qué extendido está!). El capitalismo está transicionando hacia una fase socialmente devastadora en la que el fascismo social será compatible con las instituciones de la democracia burguesa. A corto plazo poco o nada puede hacerse. Esto va para largo, de manera que fijar la atención en las próximas elecciones en lugar de optar por una estrategia de medio y largo alcance, nos conducirá a una nueva frustración. 

¿Por qué no nos dejamos de histerias electorales? ¿Por qué, por una vez, no intentamos ver más allá de la rajita de la urna? Hagamos lo que la izquierda hacia en el pasado: trabajo de base, células, redes en el barrio, en los centros laborales y de ocio... Ahí es donde debemos comenzar a explicar a la gente qué es el capitalismo, por qué esta crisis sistémica, por qué necesitamos superarlo y por qué no hay más alternativa que el Socialismo. 

@VigneVT
Blog del viejo topo