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domingo, 7 de septiembre de 2014

Corrupción y política. Lógicas extrañas: cuando la corrupción es buena y necesaria.


Imagen: The Charging Bull (más conocido como "el toro de Wall Street". Fuente imagen: tomada de historiasdenuevayork.es (1)




El ejecutivo del Estado moderno no es otra cosa que un comité de administración de los negocios de la burguesía 
Karl Marx

Los políticos son malos. El capitalismo no tiene la culpa.

Sin duda, la corrupción es uno de los grandes temas del hit parade popular. La gente lo canta a todas horas y en todas partes. Se hace difícil evitar caer en la tentación de tararear su pegadiza y facilona letra. Como cualquier tema de éxito, el secreto radica en que resulte pegadizo y facilón, nada que haga pensar.

Convenientemente cocinado por los medios y servido en la mesa del consumo de información, este leitmotiv del discurso de masas termina por tener un efecto perverso, al promover una desfiguración de la realidad profundamente arraigada en el imaginario colectivo. La paradoja es que la crítica a la corrupción acaba siendo una corrupción en sí misma, en tanto que "corrompe" la visión de la realidad:
  • A) Se presenta como anomalía, como fallo del sistema, aquello que es parte consustancial del sistema mismo. La ficción del discurso mediático consiste en conseguir que la gente no se cuestione el capitalismo y que en su lugar viva la ilusión de que la corrupción es una patología del mismo que puede ser tratada y curada.
  • B) El diagnóstico identifica como culpable del cáncer a un patógeno intencionadamente mal definido: la "clase política"; o, si se prefiere la nueva terminología puesta de moda por Podemos, la "casta política". No es inocente tal diagnóstico, ya que viene impuesto por la necesidad de encontrar un chivo expiatorio que libre de cualquier responsabilidad al sistema capitalista. Para que sea posible "A", es necesario que tenga lugar "B".

Es así que llega a interesar más Bárcenas y el PP que toda la legión de capitalistas que han incubado el caso Bárcenas y que han visto incrementar sus inmensas fortunas. La atención es fijada sobre lo coyuntural y no sobre lo estructural, sin que caigamos en una evidencia: los bárcenas son sacrificables porque son sustituibles; la oligarquía capitalista, exculpada de responsabilidad, ya encontrará nuevos subalternos. Después de todo, los bárcenas están para acaparar la ira popular cuando son descubiertos en su papel de "comité de administración de los negocios de la burguesía" (Marx). Liquidemos a los gestores del comité de administración, pero no toquemos a los accionistas y a sus intereses.

Por ello decía que la crítica política al uso sobre la corrupción viene a corromper la realidad, actuando como peligrosa fantasía, como una ilusión que transmite un mensaje tan nítido como engañoso: la culpa es de los políticos, no del sistema. Como decía una vez Carlos Martinez en Twitter (‏@carlosmartinezr), "Los que creen que el problema es de la 'clase política' son los que asumen y se conforman con el capitalismo".
  
Es por estas cosas por las que no simpatizo con personas como Elpidio Silva. Forma parte de los encantadores de serpientes, de aquellos que nos hacen creer que el sistema puede funcionar y que es viable un capitalismo sin corrupción política. En el fondo son los elpidiosilvas los que hacen de la ideología dominante un muro difícil de derribar, ya que crean la fantasía de que es posible un capitalismo feliz y sano, libre de corruptelas políticas. El engranaje ideológico del sistema necesita de gente como Elpidio Silva, capaz de iniciar causas y hacer críticas con las que simpaticemos, pero al mismo tiempo desviando la atención de lo importante. Porque hay algo que jamás saldrá de la boca de los elpidiosilvas: que esto en el fondo es una cuestión de lucha de clases, que el capitalismo se basa en el expolio y en la desposesión, utilizando como una herramienta más lo que la gente entiende como corrupción política.

Pero os invito a olvidarnos por un momento de España, para fijar la atención en un par de ejemplos a través de los cuales veremos cómo lo que llamamos corrupción política llega ser contemplado como algo positivo, bueno, beneficioso, necesario... en el discurso dominante de los tecnócratas que diseñan la alta política. Al final, cada cual, que extraiga sus propias conclusiones.


Cuando la corrupción es buena y necesaria.

La corrupción política en Mozambique es epidérmica. Es tan real como evidente. Por ello rasgarse las vestiduras en base al carácter corrupto de los mozambicanos, llega a ser un tópico entre los blancos que viven allí. Sin embargo a menudo olvidamos: A) lo corruptos que son los países donantes de la ayuda al Desarrolo, B) nuestra responsabilidad, al favorecer la corrupción en países como Mozambique.

Lo primero es un mera cuestión de hipocresía. Durante el capitalismo feliz del amor hermoso, los españolitos disfrutaron felices en su condición de ciudadanos de un país que jugaba a ser potencia del mundo mundial con Aznar y Zapatero, aunque toda la burbujeante prosperidad descansara sobre una corrupción estructural que nadie quería ni deseaba ver. Todos se consideraban clase media feliz y nadie decía esta boca es mía. Simultáneamente, cooperantes, personal de la embajada y empresarios residentes en Mozambique, venían a escandalizarse con el nivel de corrupción que se vivía en el país africano. Recuerdo haber hecho de abogado del diablo a menudo en conversaciones de café, recordándoles que España no se quedaba atrás en corrupción. Al momento todos me callaban la boca: "estás loco", "cómo se te ocurre comparar", "en España hay muy poca corrupción hoy en día"... ¿Será? Hipócritas o inconscientes, tanto da. O ambas cosas.

Lo segundo (nuestra responsabilidad, al favorecer la corrupción) ha sido un fenómeno más opaco y todavía a día de hoy sigue siendo una realidad poco estudiada, entre otras cosas porque se considera tabú hacer mención a ella. La ayuda al Desarrollo y la actividad inversora empresarial en países como Mozambique, ha sido un foco sistemático que ha favorecido la corrupción de las élites locales. Es un secreto a voces, aunque los medios nunca hayan hablado de ello. No hubo proyecto de cooperación al desarrollo en Mozambique del que no se desviase una parte sustancial de los fondos a las redes de clientelismo político. Las ONGs fueron tan culpables como las agencias estatales para la Cooperación al Desarrollo y los organismos internacionales, ya que lo sabían y lo permitieron. Mantener la ficción de que tales cosas no pasaban resultaba imprescindible para seguir alimentando la lucrativa industria de la solidaridad, un negocio que hasta ahora resultaba políticamente incorrecto criticar.

A nivel de negocios, cuando el empresario novato europeo llegaba al país, lo primero que recibía en su embajada eran consejos sobre cómo facilitar el desarrollo de sus negocios: a quién debe comprar, cuándo, por cuánto y cómo... En otras palabras, recibía un cursillo acelerado de corrupción política. Un miembro de una delegación diplomática me contaba desolado en Maputo, allá por el año 2000: "criticamos la corrupción, pero cuando llega un empresario a la embajada, lo primero que hacemos es aconsejarle en cómo tiene que hacer para comprar a los políticos".

No puedo dejar de pensar lo absurdo que resulta que luego gastemos millones, en programas de cooperación al desarrollo para favorecer la buena gobernabilidad y las prácticas políticas sanas, en los países de la periferia capitalista. Tiene coña el tema. 

No he conocido una sola empresa española en Mozambique que no practicase la corrupción. Una de las que más, aquella que fue emblema ejemplar y modelo de la modernidad empresarial gallega: Pescanova (en Mozambique, Pescamar).

La primera vez que llegué a Mozambique acababa de haber elecciones meses antes (finales de 1999). Ganó el partido FRELIMO, una especie de PRI mexicano en versión africana. Los resultados permitieron a Joaquim Chissano renovar como presidente del país. Yo ejercía de africanista novato y por tanto todavía vivía en esa especie de ingenuidad angelical, en la que uno tiende a creerse demasiado las cosas. Las elecciones fueron seguidas por numerosos observadores internacionales para garantizar su limpieza. Entre ellos la prestigiosa fundación del ex-presidente estadounidense Jimmy Carter: The Carter Center. ¿Cómo desconfiar de una organización como The Carter Center? Además, de aquellas todavía sentía simpatía por el FRELIMO, una simpatía ingenua que no dejaba de ser un eco irracional de la imagen del FRELIMO socialista que había tenido en mi juventud.

Sin embargo, aquellas elecciones inmaculadas distaban mucho de serlo. Una tarde tuve la ocasión de charlar con el máximo responsable de una agencia estatal de cooperación al desarrollo, una persona con rango de diplomático y un experto conocedor de la realidad del país. Después de la segunda cerveza, le comenté mi satisfacción por el triunfo del FRELIMO. Mi interlocutor se rió y comentó que había habido pucherazo. Mostré mi extrañeza y apelé a que la fundación de Carter había avalado el triunfo limpio de FRELIMO. "Ya. ¿Qué van a decir?", me replicó. Empezó a explicarme que todo el cuerpo diplomático sabía que había ganado RENAMO por muy poco, pero que todos estaban de acuerdo en que permitir a RENAMO acceder al poder sería un desastre para el país. ¿Todos? Sí, todos, incluyendo la fundación de Carter. La razón por la cual RENAMO asumió el fraude fue que su líder, Afonso Dhlakama, y los cuadros políticos de su partido, habían recibido una generosa ayuda financiera que exigía aceptar el resultado oficial como contrapartida. Posteriormente pude contrastar la veracidad de estos hechos con otras personas vinculadas con el mundo diplomático. Eso sí, las confidencias de café siempre serán negadas públicamente.

Dos años más tarde tuve ocasión de volver a charlar con mi interlocutor. Yo ya no era novato en Mozambique y era plenamente consciente de lo que estaba sucediendo. Nos volvimos a ver en el mismo sitio que la primera vez. Acababa de regresar del Norte y mi humor era de perros, poco adecuado para una conversación distendida y amable. Comencé a hablar de los casos de corrupción que había conocido, vinculados a proyectos de cooperación, en beneficio de las élites locales. Indignado le decía que las agencias estatales, como la suya, eran co-responsables del incremento de la corrupción en el país, puesto que tenían pleno conocimiento de lo que ocurría. Mi interlocutor aguantó el chaparrón dialéctico en silencio, hasta que me vio desahogado y calmado. Cuando tomó la palabra, para sorpresa mía, comenzó a hablarme de otros casos escandalosos de corrupción que yo no conocía, iguales o peores a los que le había mencionado. Perplejo, me costaba entender. 

Después de un rato me dio una explicación que más tarde escuché también a otras personas vinculadas a la alta política. Mozambique era un país que se encontraba en una transición después de la guerra, en tránsito desde una economía fuertemente estatalizada a una economía de libre mercado. En tales circunstancias, el desarrollo del país pasaba por la creación de una burguesía fuertemente capitalizada, capa de actuar de motor del desarrollo. De manera que lo que pudiéramos etiquetar como corrupción de las élites, en realidad favorecía tal capitalización, teniendo un efecto positivo a largo plazo, y esto último era lo importante.

Lo cierto es aquella justificación no resultaba extravagante, en el sentido en que la volví a escuchar bastantes veces en boca de tecnócratas en referencia a países muy distintos. Por ejemplo, en relación con la antigua Unión Soviética. Con el paso a una economía de mercado en la época de Yeltsin, tuvo lugar una corrupción de dimensiones monumentales, justificada sin embargo por los tecnócratas occidentales con la misma lógica que antes expuse. El paso de una economía socialista a otra de mercado, necesitaba de la creación de una élite burguesa muy capitalizada que actuase posteriormente de motor del desarrollo. Élites corruptas que se beneficiaban de las privatizaciones, por supuesto; pero a la larga, el resultado era la creación de una necesaria clase capitalista capaz de actuar de locomotora de la economía.

Esta lógica nos puede parecer diabólica, una locura cínica... Pero no deja de ser la lógica del capitalismo, en la que la acumulación es el motor del desarrollo capitalista, sin importar cómo se produzca la acumulación y sí la eficacia del proceso. 

Desde época histórica ha sido así en el capitalismo. Las ganancias obtenidas por los comerciantes británicos en China con el opio, que llegaron a justificar una guerra entre el Imperio Británico y China (la guerra del opio), fueron parte de la capitalización de poderosas compañías mercantiles, que resultaron claves en el éxito del capitalismo británico. Es apenas un ejemplo para fijar la idea de que estamos ante una lógica consustancial al capitalismo.


Volvamos a España...

Si aplicamos tal lógica a nuestro país, veremos que no hemos sido diferentes. El desarrollo económico que tiene lugar, sobre todo, tras la llegada de Felipe González al poder, en buena parte se basó en una corrupción estructural que nadie cuestionaba ni tan siquiera se mencionaba.  El mejor ejemplo fueron las privatizaciones, que contribuyeron a que nuestra burguesía se hiciese más poderosa (más "competitiva" dicen los tecnócratas). De ahí que la política económica del PSOE ´(y más tarde, lo mismo con el PP de Aznar) estuviese dirigida a capitalizar lo máximo posible las corporaciones en manos de la oligarquía española. El desarrollo, en el discurso hegemónico, era precisamente eso. Telefónica, Repsol y tantas otras grandes corporaciones, son el resultado de esa corrupción estructural, impulsada, patrocinada e impuesta por el capital. 

Un caso parecido sucedió con los fondos europeos de cohesión de Bruselas, recibidos por España durante años. Subvenciones millonarias para proyectos de juguete, sobrevalorados además en sus costes y en ocasiones proyectos fantasmas, permitieron la capitalización de muchas empresas beneficiarias, que pasaron de ser, en algunos casos, empresas familiares para convertirse en prósperas sociedades anónimas.

Fue así como vivimos una duradera simbiosis entre "el cártel criminógeno formado por las grandes empresas del Ibex y los grandes partidos dinásticos" que tuvieron el poder, PP, PSOE y CiU sobre todo (Domènech, Buster y Raventós).

Pero todo ello alimentó una sociedad de consumo en la que casi nadie se replanteaba la realidad. Muchos de los que ahora se rasgan las vestiduras por la corrupción y cargan las tintas contra los políticos, durante una buena parte de su vida estuvieron calladitos, mientras disfrutaban de los placeres de la sociedad de consumo, con el agravante de que además solían votar PP o PSOE. Y muchos de esos neo-indignados ahora están en Podemos o apoyan a este partido: ¿dónde estaban antes?, ¿qué hacían antes?... ¿Será que durante años no legitimaron con sus votos lo que ahora critican? (Véase "La sociedad indignada. Fragmentos en torno a la indignación colectiva").


A modo de cierre.

Como decía al comienzo, centrar la crítica social sobre los políticos, exonera de culpa al sistema en el que vivimos. Al obrar así, la gente no se plantea que el problema de fondo es que vivimos en una sociedad capitalista. En su lugar, damos vida a una ficción suicida, que consiste en pensar en que es posible un capitalismo "bueno". Una ficción que ahora es alimentada también por Podemos, lo cual no es de extrañar: muchos de los que apoyaron con euforia al PSOE durante la Transición, sin entrar en razones, movidos por una fe tan ciega como irracional, ahora apoyan a Podemos.

En definitiva, ¿por qué lo llamáis corrupción cuando se llama capitalismo?

@VigneVT
Publicado en blogdelviejotopo


Notas.
(1) Esta escultura de bronce, situada delante de la Bolsa de Nueva York, es obra del escultor  italo-americano Arturo DiModica. Es un símbolo del capitalismo actual, más en concreto del mercado de valores. El toro aparece flexionando las patas delanteras en posición agresiva de embestir. Simboliza "la fuerza y el optimismo en las finanzas, pues los toros, al embestir, lo hacen hacia arriba, como la bolsa cuando sube" (historiasdenuevayork.es). Por extensión, desde una hermenéutica más crítica, podríamos pensar que simboliza el capitalismo de casino dominante en los tiempos actuales y la corrupción estructural del sistema.



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5 comentarios:

  1. http://joaquinrobledo.blogspot.pt/2013/01/montanas-de-500-en-suiza.html

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  2. http://joaquinrobledo.blogspot.pt/2009/11/el-interesado-desprestigo-de-la-politica.html

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  3. Pienso que la corrupción forma parte estructural del sistema capitalista. Pero a diferencia de ti considero que puede limitarse su alcance mediante medidas como:
    - Pasar de la monarquía a una República.
    - Usar un sistema electoral mayoritario.
    - Prohibir la financiación estatal de los partidos políticos, sindicatos y asociaciones empresariales.

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  4. Se entiende tu argumento central, según el cual se ha potenciado la crítica a la "clase política" y a la corrupción para proteger en un ciclo de crisis sistémica el culpable que es el capitalismo. Pero, por hacer una matización (aunque ya adelanto que no la comparto), seguramente alguna gente de Podemos argumentaría que al utilizar ese mantra de la "casta" y la corrupción, se llega a gente a la que normalmente no se llega, y que al ir asentando poco a poco en el "sentido común" de dichos sectores despolitizados algunas ideas, se está intentando darle la vuelta a la hegemonía ideologica que sustenta el actual estado de cosas. Es decir, que es un asunto relacionado con decirle a la gente lo que quiere oir en ese tema, pero inclinándolo hacia una crítica más profunda, por ejemplo relacionada con las privatizaciones y otros efectos del modelo "neoliberal". Personalmente no comparto en absoluto los planteamientos de Podemos y de sectores "indignados" al respecto, y creo que derivará en algo que a medio plazo no habrá servido más que para consolidar el pensamiento dominante. No obstante, la crítica y autocrítica que queda por hacer, es porqué los planteamientos basados en los postulados de la izquierda, la racionalidad y el socialismo científico no penetran en seccctores importantes de la clase trabajadora. En el fondo son las grandes debilidades que ha mostrado esos planteamientos últimos (que comparto) los que han posibilitado que en esta crisis del capitalismo, hayan surgido formaciones como Podemos o los herederos del 15M que no van más allá de la crítica a la "clase" política. Saludos

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  5. Me resulta llamativo que haciendo usted un diagnóstico interesante de la corrupción identificandola como sistémica después se empeñe en citar una y otra vez al capitalismo como "culpable" cuando en otros sistemas como por ejemplo los comunistas la corrupción también es omnipresente. Me temo aunque empieza usted a vislumbrar las raíces del problema aún no ha llegado al fondo del asunto y no se da cuenta que no es el sistema capitalista en si el generador de corrupción sino el dinero y el poder. Cualquier sistema regido por dinero y estructuras de poder será igualmente corrupto.
    Por otra parte de su artículo parece deducirse que piensa usted que la corrupción es algo planificado y premeditado por los "tecnócratas" del capitalismo y no es así en absoluto. Lo que ocurre mas bien es un proceso mucho menos racional y más "instintivo". Ocurre que los corruptos y los corruptores simplemente buscan excusas para justificar sus actos, tanto de cara a los demás como de cara a si mismos. No tienen en absoluto tanta capacidad de planificación, solo son miserables productos del sistema intentando autoengañarse y engañar a los demás sobre sus buenas intenciones en el fondo. Las causas iniciales de la corrupción como he dicho son el dinero y el poder, en un sistema donde imperan ambas cosas solo hay que sentarse a esperar para que los ricos y poderosos empiecen a corromper y corromperse, no hay que buscarle tres pies al gato. Encuentro comprensible que desde una óptica marxista necesite usted hacer una interpretación exclusivamente anticapitalista puesto que el marxismo no es capaz de concebir una sociedad sin estructuras de poder pero eso es solo un inconveniente que presenta una ideología dogmática y anacrónica, no la única alternativa a este sistema que existe, ni mucho menos.

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