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martes, 17 de junio de 2014

La austeridad (1977). Un texto pionero y visionario de Enrico Berlinguer. Opiniones.


Imagen: Enrico Berlinguer.
Composición de Ferdinando Quaranta (en Flickr)


Lejos de ser, pues, una concesión a los intereses de los grupos dominantes o a las necesidades de supervivencia del capitalismo, la austeridad puede ser una opción con un avanzado y concreto contenido de clase
Enrico Berlinguer


El 15 de enero de 1977, el secretario general del Partido Comunista ItalianoEnrico Berlinguer (1922-1984), pronunció en el Teatro Eliseo de Roma un discurso que casi nadie entendió en aquel momento. Berlinguer se dirigía a los asistentes que participaban en la convención de intelectuales que estaba a punto de terminar. Habló sobre la austeridad. Aquella intervención terminó convirtiéndose en un texto pionero y visionario, y, cuando volvemos a leerlo hoy en día, nos damos cuenta que mantiene absoluta vigencia y actualidad. Hasta pudiera parecernos que fuera escrito en el presente y no hace 37 años.

Vivimos una crisis sistémica atroz, cuyas consecuencias las sufre la clase trabajadora ante todo, en tanto que el capital saca provecho y ventaja de la misma. En este contexto, todos estamos acostumbrados a escuchar dos discursos:

  1. El discurso de la austeridad mantenido por la derecha, que sirve de legitimación ideológica para aplicar recortes sociales y mutilar los derechos adquiridos por los trabajadores.
  2. La crítica que desde la izquierda se realiza a tales "políticas de austeridad". Desde la socialdemocracia, la crítica se acompaña de guiños a planteamientos neokeynesianos en su mayoría, mientras que desde la izquierda real se mira más hacia otro tipo de planteamientos más rupturistas.
Es por ello que reivindicar aquí y ahora un texto a favor de la austeridad, pudiera parecer que es más propio de alguien de derechas que de un comunista. Sin embargo, como dice en su blog  López Bulla:
Berlinguer parte de una consideración: la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural; y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento; la exaltación de los particularismos e individualismos más exacerbados, del consumismo más exacerbado. Algo que posteriormente plagiaron no pocos ecologistas que ni siquiera se dignaron citar la fuente berlingueriana.
El texto de Berlinguer fue traducido y publicado en castellano al año siguiente (1978), por la revista MaterialesHemos seleccionado los fragmentos más interesantes. Para los que deseen leer el artículo entero, al final facilitamos los enlaces. También añadimos, recopilados en un apéndice final, algunos comentarios de distintos autores sobre la célebre intervención del líder de los comunistas italianos.

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La austeridad. Conclusiones ante la convención de intelectuales.
[Fragmentos seleccionados]
Enrico Berlinguer (Roma, 1977)

(...)

Dar un sentido y una finalidad a la política de austeridad: pero ¿qué austeridad?

¿Cuál es el origen de la necesidad de ponernos a pensar y a trabajar sobre un proyecto de transformación de la sociedad que indique objetivos y metas a perseguir y alcanzar en los próximos tres o cuatro años, pero que se traduzcan en hechos, disposiciones y medidas inmediatas que señalen su puesta en marcha?

Esta necesidad nace de la consciencia de que hay que darle un sentido y una finalidad a la política de austeridad que es una opción obligada y duradera y, al mismo tiempo, una condición de salvación para los pueblos de Occidente en general, y especialmente para el pueblo italiano.

La austeridad no es hoy un mero instrumento de política económica al que hay que recurrir para superar una dificultad temporal, coyuntural, para permitir la recuperación y la restauración de los viejos mecanismos económicos y sociales. Así conciben y presentan la austeridad los grupos dominantes y las fuerzas políticas conservadorasPara nosotros, por el contrario, la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos y de los individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado. Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de lo que hemos conocido y sufrido hasta ahora y que nos ha conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan y se manifiestan hoy en Italia en todo su dramático alcance.

Es, pues, en base a este enfoque como el movimiento obrero puede enarbolar la bandera de la austeridad. Austeridad es para los comunistas lucha efectiva contra la situación existente, contra la evolución espontánea de las cosas, y al mismo tiempo, premisa, condición material para realizar el cambio. Concebida de esta manera, la austeridad se convierte en un arma de lucha moderna y actualizada tanto contra los defensores de orden económico y social existente como contra los que la consideran como la única situación posible de una sociedad destinada orgánicamente a permanecer atrasada, subdesarrollada y, además, cada vez más desequilibrada, cada vez más cargada de injusticias, de contradicciones, de desigualdades.

Lejos de ser, pues, una concesión a los intereses de los grupos dominantes o a las necesidades de supervivencia del capitalismo, la austeridad puede ser una opción con un avanzado y concreto contenido de clase, puede y debe ser una de las formas en que el movimiento obrero se erige en portador de una organización diferente de la vida social, a través de la cual lucha por afirmar, en las condiciones actuales, sus antiguos y siempre válidos ideales de liberación.

En efecto, creo que en las condiciones actuales es inimaginable luchar realmente y con eficacia por una sociedad superior sin partir de la necesidad imprescindible de la austeridad.

Pero la austeridad, según sus contenidos y las fuerzas que la encauzan, puede utilizarse como instrumento de depresión económica, de represión política y de perpetuación de las injusticias sociales o como ocasión para un desarrollo económico y social nuevo, para un riguroso saneamiento del Estado, para una profunda transformación de la organización social, para la defensa y expansión de la democracia: en un palabra, como medio de justicia y de liberación del hombre y de todas sus energías, hoy postradas, dispersas, desperdiciadas.


Las consecuencias en los países capitalistas del avance del movimiento de liberación de los pueblos del Tercer Mundo

En otras ocasiones, incluso recientemente, hemos recordado las profundas razones históricas, ciertamente no sólo italianas, que hacen necesaria, y no coyunturalmente, una política de austeridad. Existen varias razones, pero hay que recordar que el acontecimiento más importante, cuyos efectos no son ya reversibles, ha sido y seguirá siendo la irrupción en el escenario mundial de países y pueblos antes coloniales que van liberándose de la dependencia y el subdesarrollo a los que les condenaba la dominación imperialista. Se trata de dos terceras partes de la humanidad que no toleran ya vivir en condiciones de hambre, de miseria, de marginación, de inferioridad frente a los pueblos y países que han dominado hasta ahora la vida mundial.

Enrico Berlinguer
Este movimiento es extremadamente multiforme y complejo. Son enormes las diferencias económicas, sociales, culturales y políticas que existen tanto en el interior de lo que suele llamarse Tercer Mundo como en sus relaciones exteriores. En especial, en los últimos tiempos se ha ido concretando una tendencia hacia alianzas entre los grupos dominantes de los países capitalistas más desarrollados y los de determinados países en vías de desarrollo, alianzas que perjudican a otros países más pobres y débiles y a todos los movimientos populares y progresistas. No han sido ni son sólo los Kissinger, sino también los llaman (habréis leído sus recientes declaraciones) los que han seguido y siguen una política de hostilidad contra los Estados y las fuerzas políticas que luchan por la renovación de su propio país, incluidas las fuerzas avanzadas del movimiento obrero occidental.

Hemos de saber captar estas diferencias en el seno del Tercer Mundo y tenerlas en cuenta, pero no hemos de perder de vista el significado general del grandioso movimiento que protagonizan aquellos pueblos, un movimiento que cambia el rumbo de la historia mundial y que va rompiendo todos los equilibrios existidos y existentes, y no sólo los relativos a las relaciones de fuerza a escala mundial, sino también los equilibrios internos de cada uno de los países capitalistas. Con su acción profunda, este movimiento hace estallar las contradicciones de toda una fase de desarrollo capitalista posbélico y produce en determinados países condiciones de crisis de gravedad sin precedentes. Si bien puede ocurrir, como podemos comprobar, que en el interior del mundo capitalista algunas economías más fuertes pueden sacar provecho de la crisis y consolidar su posición de dominio, para otros países económicamente más débiles, como Italia, la crisis se ha convertido ya en una caída más o menos lenta hacia el precipicio.

Sobre el telón de fondo de esta agudización de los conflictos entre países y grupos capitalistas, mal encubierta por frágiles solidaridades, destacan con una nitidez cada vez mayor procesos de disgregación y decadencia que, al tiempo que vuelven cada vez menos soportables las condiciones de existencia de grandes masas populares, amenazan no sólo las bases de la economía, sino incluso las de nuestra propia civilización y de su desarrollo.

No es necesario describir los mil signos en los que se manifiesta esta tendencia que hiere y degrada tan profundamente también la vida de la cultura. Lo que ha de quedar claro para todo el que quiera entender las razones y los objetivos de nuestra política, tanto en el interior de nuestro país como en las relaciones con las fuerzas progresistas de otros países, es que se puede resumir en un esfuerzo de movilización y de investigación para detener esta tendencia e invertirla.


Dos premisas fundamentales para poner en marcha “una transformación revolucionaria de la sociedad”

En mi opinión estamos viviendo uno de esos momentos en los que, como afirma el Manifiesto de los comunistas, en algunos países, como el nuestro, si no se pone en marcha una «transformación revolucionaria de la sociedad» se puede caer «en el hundimiento común de las clases antagonistas», es decir, en la decadencia de una civilización, en la ruina de un país.

Pero sólo se puede poner en marcha una transformación revolucionaria en las condiciones actuales si se saben afrontar los problemas nuevos planteados en Occidente por el movimiento de liberación de los pueblos del Tercer Mundo, y esto, en nuestra opinión, en la opinión de los comunistas, tiene para Occidente y sobre todo para nuestro país dos implicaciones fundamentales: abrirse a una plena comprensión de las razones de desarrollo y de justicia de estos países y establecer con ellos una política de cooperación sobre bases de igualdad; abandonar la ilusión de que es posible perpetuar un tipo desarrollo, basado en la artificial expansión del consumo individual, que es fuente de derroche, de parasitismo, de privilegios, de dilapidación de los recursos y de desequilibrio financiero.

Por eso la política de austeridad, de severidad, de guerra al derroche, se ha convertido en una necesidad ineludible para todos y, al mismo tiempo, en la tecla a pulsar para hacer avanzar la lucha por la transformación de la sociedad en sus estructuras y en sus ideas básicas.

Una política de austeridad no es una política de nivelación hacia la indigencia ni ha de proponerse como objetivo la mera supervivencia de un sistema económico y social que ha entrado en crisis. Por el contrario, ha de tener como finalidad —y por eso puede y debe ser asumida por el movimiento obrero— el instaurar la justicia, la eficacia, el orden y una moralidad nueva.

Concebida así, una política de austeridad, aunque implique (necesariamente, por su propia naturaleza) determinadas renuncias y determinados sacrificios, adquiere al mismo tiempo un significado renovador y se convierte en un acto de libertad para grandes masas sometidas a viejas subordinaciones y a intolerables marginaciones, crea nuevas solidaridades y, al ir acaparando un consenso creciente, se convierte en un amplio movimiento democrático al servicio de una tarea de transformación social.

Precisamente porque es ésta nuestra perspectiva, creo que hay que reconocer que hasta ahora la política de austeridad no se le ha presentado al país, y mucho menos se ha aplicado en la práctica, dentro de este espíritu de conciencia y confianza y no de resignación, y si bien podemos admitir —mejor dicho, tenemos que admitir— que ha habido insuficiencias y oscilaciones del movimiento obrero y de nuestro partido, las deficiencias principales hay que imputárselas a las fuerzas que gobiernan el país.

No pretendo examinar aquí las diversas medidas de política económica que el gobierno ha aplicado o está preparando, ni recordar nuestra actitud hacia las mismas. Son conocidas las posiciones, unas veces favorables y otras críticas, adoptadas por nuestro partido frente a los diversos aspectos de la política económica del gobierno. Por otra parte, como sabéis, en esta misma sala competentes camaradas —en una positiva discusión con representantes de otros partidos e ilustres economistas y en presencia también de representantes del gobierno— trataron el tema del marco económico global y de las intervenciones que han de realizar el gobierno y los partidos.


Falta de vigor y de valentía y estrechez de perspectivas en la política de austeridad del gobierno

Quiero, en cambio, insistir en una crítica de carácter general que los comunistas continuamos formulando contra la actuación del gobierno. En efecto, la política de austeridad sigue estando viciada por la falta de vigor, de valentía y de perspectiva. Por ejemplo: todavía no se ha sabido suscitar el necesario movimiento de oposición de masas contra los derroches. Contra los derroches en sentido directo, que son todavía enormes (piénsese en la energía o en la organización sanitaria) y contra los derroches en sentido indirecto y amplio, como los que derivan del laxismo en las empresas, en el tema educativo y en la administración pública; o como los que han denunciado aquí con especial severidad los profesores Carapezza, Nebbia, Maldonado y otros, que derivan de imprevisiones cuyo peso notamos ya en la actualidad y de enormes errores cometidos en la política del suelo, del territorio y del medio ambiente o de la negligencia en el campo de la investigación. Es necesaria una acción amplísima contra el derroche y por el ahorro en todos los terrenos, y esta acción requeriría el estímulo, la dirección y la iniciativa continua de un gobierno que supiera ganarse el crédito político y moral que es indispensable en la actualidad.

No es casual, por supuesto, tanta deficiencia, pues una acción de este calibre no se organiza solo por medio de la propaganda, que tampoco está a la altura de la necesidades, sino que requiere que se detecten y ataquen intereses creados muy concretos, buena parte de los cuales constituyen la base en que se apoya el sistema de poder de la Democracia Cristiana.

Pero lo que resulta más evidente, y tiene efectos muy negativos, es la estrechez de perspectivas que caracteriza la política de austeridad propugnada y aplicada hasta ahora por el gobierno. Aquí reside la principal diferencia que nos separa de los representantes del gobierno y de los grupos económicos dominantes. En éstos se percibe, en el fondo, un estado de ánimo de rendición, es decir, lo contrario de lo que se necesitaría para que el pueblo asumiera con convencimiento determinados sacrificios imprescindibles. El país necesitaría, para realizar el esfuerzo adecuado, tener unas perspectivas claras, o por lo menos algunos elementos fundamentales de una perspectiva nueva. En cambio, los representantes de las viejas clases dominantes y muchos hombres de! gobierno, en el mejor de los casos se limitan al objetivo de colocar a Italia en los mismos raíles por los que discurría el desarrollo económico antes de la crisis, como si aquellas vías y aquellos modelos de desarrollo pudieran representar todavía un ideal de sociedad deseable, como si la crisis de estos últimos años y de la actualidad no fuera exactamente la crisis de aquel modelo de sociedad (crisis que no sólo se manifiesta en Italia, sino también, aunque en formas diferentes, en otras naciones europeas).

Para nosotros resulta muy clara la razón de esta falta de vigor, de valentía y de perspectiva en la política de austeridad de la que he hablado. En estas deficiencias vemos la evidencia de un proceso histórico caracterizado por la decadencia irremediable de la función dirigente de la burguesía y la confirmación de que esta función dirigente comienza ya a desplazarse hacia el movimiento obrero y las fuerzas populares unidas: naturalmente, a una clase obrera y unas masas populares que demuestren la madurez necesaria para convertirse en la fuerza que dirige democráticamente a toda la sociedad hacia la salvación y el renacimiento. Esto requiere que en las propias filas del movimiento obrero y en sus organizaciones económicas y políticas se aplique con más amplitud y responsabilidad un espíritu autocrítico que conduzca a la superación de las actitudes negativas y distorsionantes, de subordinación o de extremismo, que tienen todavía un peso notable y que dificultan en lo concreto la solución positiva de problemas de inmediata actualidad, como el saneamiento económico, productivo y financiero de la sociedad y del Estado.


No podemos esperar a la participación en el gobierno para presentar un proyecto de renovación, hay que actuar inmediatamente

Para comprometernos en un proyecto de renovación de la sociedad y para lanzar la propuesta de que se empiece a trabajar en su definición, no podíamos esperar a que maduraran en los partidos las condiciones para nuestra entrada en el gobierno. Ésta constituye una necesidad más urgente que nunca, pero mientras tanto tenemos el deber de tomar inmediatamente las iniciativas oportunas, que responden a necesidades de lucha no aplazables del movimiento obrero y a no prorrogables intereses generales del país, en el propio marco político actual, que, a pesar de todas las insuficiencias, refleja los profundos efectos positivos del avance popular y comunista de estos años, especialmente el del 20 de junio de 1976.

La propuesta del proyecto nace también de una necesidad interna del movimiento obrero: la de evitar que no se comprendan bien las razones objetivas, la exigencia de una política de austeridad o que se caiga en el riesgo de acomodarse a la cotidianeidad, de acostumbrarse a la rutina del vivir al día. Ante todo, sin embargo, tiene su origen en una exigencia general de toda la nación, que necesita un horizonte diferente y puntos de referencia concretos.

La fase actual de nuestra vida nacional está, sin duda, cargada de riesgos, pero nos ofrece a todos la gran ocasión para una tarea renovadora. No podemos dejar pasar esta ocasión: es quizás la más importante —dicho sea sin sombra de retórica— que se les ha presentado al pueblo italiano y a sus fuerzas políticas más responsables desde el nacimiento de nuestra república democrática.

Aquí reside una peculiaridad italiana, de este país nuestro, desequilibrado y desordenado pero vivo, cargado de energías, fuente de un gran espíritu democrático, de esta Italia nuestra que es tal vez la nación en la que la crisis ha adquirido mayor gravedad que en otras zonas del mundo capitalista (y no sólo en su aspecto económico, sino también en el político, de amenaza a las instituciones democráticas), pero también en la que mayores son las posibilidades de trabajar dentro de la propia crisis, para convertirla en ocasión de un cambio general de la sociedad.

Nuestra iniciativa no es, pues, un acto de propaganda o de exhibición de nuestro partido. Quiere ser un acto de confianza; pretende ser, una vez más, un acto de unidad, es decir, una aportación que estimula la de otros partidos para iniciar un trabajo y un compromiso comunes, capaces de conseguir una convergencia de todas las fuerzas democráticas y populares. Por su carácter y su intencionalidad unitarios, nuestro proyecto no pretende ser, y creo que no debe ser, un programa de transición a una sociedad socialista: de forma más modesta y concreta, ha de proponerse esbozar un desarrollo de la economía y de la sociedad cuyas características y formas nuevas de funcionamiento pueden atraer también la adhesión y el consentimiento de los italianos que, aunque no profesen ideas comunistas o socialistas, advierten claramente la necesidad de liberarse a sí mismos y liberar a la nación de las injusticias, aberraciones, absurdidades y desgarramientos a los que conduce la actual organización social.

Y el que siente esta preocupación y esta aspiración sincera no puede dejar de reconocer que, para salir con seguridad de las arenas movedizas en las que corre el riesgo de hundirse la sociedad actual, es indispensable introducir en ella algunos elementos, valores y criterios del ideal socialista.

Cuando planteamos el objetivo de una programación del desarrollo que tenga como finalidad la elevación del hombre en su esencia humana y social y no como mero individuo contrapuesto a sus semejantes, cuando planteamos el objetivo de la superación de los modelos de consumo y de comportamiento inspirados en un individualismo exasperado, cuando planteamos el objetivo de llegar más allá de la satisfacción de necesidades materiales artificialmente creadas y también más allá de la satisfacción, en las actuales formas irracionales, costosas, alienantes y socialmente discriminatorias, de necesidades que sí son esenciales, cuando planteamos el objetivo de la plena igualdad y la liberación electiva de la mujer, que es hoy uno de los temas más importantes de la vida nacional, y no sólo de ésta, cuando planteamos el objetivo de una participación de los trabajadores y de los ciudadanos en el control de las empresas, de la economía, del Estado, cuando planteamos el objetivo de una solidaridad y una cooperación que conduzcan a una redistribución de la riqueza a escala mundial, cuando planteamos este tipo de objetivos, ¿qué estamos haciendo sino proponer formas de vida y de relación entre los hombres y los Estados más solidarias, más sociales, más humanas, que desbordan, por consiguiente, el marco y la lógica del capitalismo?


Salir de la lógica del capitalismo no es sólo una necesidad de la clase obrera o de los comunistas

Estos criterios, estos valores, estos objetivos, propios indudablemente del socialismo, reflejan una aspiración que ya no está limitada a la clase obrera y a los partidos obreros, a comunistas y socialistas, sino que la expresan también ciudadanos, capas del pueblo y trabajadores de otras formaciones ideológicas, de otras orientaciones políticas, especialmente de formación e inspiración cristiana; constituyen una exigencia que se puede ya formular, y se formula en medida creciente, desde áreas sociales mucho más amplias que la clase obrera.

La razón principal por la que consideramos a la crisis como una ocasión reside en el hecho de que los objetivos de transformación y renovación que he mencionado no sólo son compatibles con una política de austeridad, sino que deben y pueden incluirse orgánicamente en el marco de ésta, que es la premisa indispensable para superar la crisis, pero avanzando, no retrocediendo hacia el pasado. En efecto, me parece evidente que tales objetivos contribuyen a configurar una organización social y una política económica y financiera orgánicamente dirigidas contra el despilfarro, los privilegios, los parasitismos, la dilapidación de recursos; realizan lo que deberían constituir la esencia de lo que por naturaleza y por definición es una verdadera política de austeridad. Es más, se podría observar que, de la misma manera que en las sociedades en decadencia van con frecuencia aparejadas e imperan las injusticias y el despilfarro, en las sociedades ascendentes se establece una vinculación entre justicia y frugalidad.

Naturalmente, esta convicción no nos conduce a olvidar, sino a afrontar concretamente los problemas inmediatos, las opciones a realizar, las prioridades a imponer en todos los campos de la política económica, financiera, fiscal o educativa, con el fin de prevenir los riesgos de desequilibrios imprevistos o de bruscos retrocesos y de asegurar el avance, paso a paso, hacia meta de eficiencia y de justicia, de productividad y de civismo. La búsqueda de las relaciones que han de vincular las medidas inmediatas a la puesta en marcha de esta línea de renovación será, sin duda, una de las tareas de más envergadura que tendremos que afrontar, junto con todos aquello que deseen participar en la elaboración de un proyecto acorde con las características y necesidades que hemos tratado de esbozar en sus grandes rasgos.

(...)

Funeral de Enrico Berlinguer, 1984. Más de un millón de personas
 se concentraron para despedir al histórico líder comunista.


Texto completo en revista Mientras Tanto
Versión en italiano (Conclusioni al convegno degli intellettuali)

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Anexo: algunos comentarios sobre el texto. 


1. Revista Mientras Tanto


Cabecera de la web de la revista Mientras Tanto

El texto que presentamos aquí es un discurso que, en su momento, no entendió casi nadie. Lo pronunció el entonces secretario general del Partido Comunista Italiano, Enrico Berlinguer (1922-1984), en 1977. Un año duro. Italia estaba envuelta en un clima tenso, caracterizado por la virulencia de los terrorismos de extrema derecha y de las Brigadas Rojas, por una galopante crisis económica derivada de la subida del precio del petróleo a raíz de la guerra de 1973 entre árabes e israelíes, y por una elevada conflictividad social que no parecía tener una salida progresiva a causa de la rigidez de un sistema político pivotado alrededor de la Democracia Cristiana. En este escenario, Berlinguer presentó una serie de elementos para la reflexión sobre la austeridad como columna vertebral de una futura sociedad profundamente alejada del modelo capitalista dominante y de sus desvalores (despilfarro de los recursos energéticos y materiales, consumismo desenfrenado, individualismo alienante, etc.). Se trataba, pues, de un discurso original y hasta atrevido, ya que era la primera vez que un líder comunista de la Europa occidental ponía el acento en los consumos antes que en los modelos de producción, y por ende añadiendo un punto de vista antropológico a la crítica económica del capitalismo. Pero también hablamos de un discurso que cayó en saco roto tanto en la izquierda italiana (y en el mismo PCI) como en una izquierda europea demasiado centrada en un modelo industrial fordista que, a finales de los años setenta, ya estaba tocado de muerte. En España, los únicos que notaron el potencial político del discurso berlingueriano fueron los redactores de la revista Materiales, quienes en 1978 lo publicaron en formato libro en la editorial homónima. Como es sabido, estos intelectuales capitaneados por Manuel Sacristán y Giulia Adinolfi abandonarían poco después el proyecto de Materiales para crear mientras tanto, una revista que trabajaría para renovar el ideario comunista en función de los nuevos y acuciantes problemas ecológicos. A diferencia de hoy en día, hace treinta años las ideas contenidas en el discurso de Berlinguer y en los artículos de mientras tanto no sólo no eran moneda corriente en la izquierda política y sindical de nuestro país, sino que en ella hubo quienes las calificaron de utópicas. Pero a veces la historia demuestra que las utopías no son sino verdades avanzadas. 


2. Miguel Manzanera Salavert, en rebelion.org (10-12-2011)

En 1977 el Partido Comunista Italiano con más del 34% de los sufragios electorales era mayoritario, pero no tenía acceso al gobierno por causa de una alianza entre todos los otros partidos parlamentarios italianos, el llamado penta-partido con la Democracia Cristiana como principal valedor. Las instituciones del Estado, el capital financiero, la Iglesia romana, la OTAN y los políticos italianos, todos ellos estaban conjurados para impedir que el partido de la clase trabajadora accediera al poder político. Incluso contra esa eventualidad se había creado una conspiración, comandada por los servicios secretos italianos y americanos, llamada ‘red gladio’. El terrorismo de extrema derecha actuaba en aquellos años contra la paz social, para desestabilizar el avance incuestionable de los comunistas italianos. También grupos de izquierdistas radicalizados se daban a una violencia confusa, con el objetivo de imponer el nuevo modo de producción socialista mediante una revolución social.

La crisis económica golpeaba las economías desarrolladas y especialmente la de Italia y España, las más débiles entre los países del capitalismo europeo. Una crisis derivada del aumento de los precios del petróleo y las materias primas, consecuencia del final del imperialismo europeo y los procesos de descolonización que se produjeron en las décadas anteriores. Una crisis en cierto modo más suave que la que estamos padeciendo estos años; y en cierto modo más grave, por cuanto que las fuerzas políticas de la clase obrera no se encontraban en el estado de postración que hoy vemos generalizado, con las consabidas excepciones de América Latina y la República Popular China.

En aquellas circunstancias la dirección del PCI, con su secretario Enrico Berlinguer a la cabeza, propuso un programa político fundado en la austeridad, que todavía hoy, 35 años después, debemos considerar vigente, poniéndolo como horizonte de una política comunista en el siglo XXI. Dos discursos de Berlinguer en el año 1977 exponen con claridad y maestría las líneas esenciales de ese programa. Cito a continuación algunas de las ideas más importantes de las Conclusiones ante la convención de intelectuales y las Conclusiones a la Asamblea de obreros comunistas lombardos, recogidas en un volumen editado en Barcelona por Materiales en enero de 1978 con Prólogo de Julio Segura.

-la austeridad no es compatible a medio y largo plazo con el modo de producción capitalista, porque éste se basa en el despilfarro de bienes escasos. La adopción coyuntural de una táctica de austeridad por los empresarios capitalistas es la manera de reducir el poder adquisitivo de los trabajadores.

-la austeridad debe entenderse como un proyecto de transformación social para racionalizar la producción económica sobre la base del control estatal de la economía y la planificación, utilizando los recursos escasos para incrementar la eficiencia productiva: la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural…Puede y debe ser una de las formas en que el movimiento obrero se erige en portador de una organización diferente de la vida social…

-la austeridad es solidaridad con los países del Tercer Mundo, a los que se esquilma sus riquezas sobre la base de una agresión continuada como está pasando en África. Por eso la salida capitalista de la crisis consiste en la militarización y la guerra cada vez más generalizada. Frente a ello, debemos abandonar la ilusión de que es posible perpetuar un tipo de desarrollo basado en la artificial expansión del consumo individual, que es fuente de derroche, de parasitismo, de privilegios, de dilapidación de recursos y de desequilibrio financiero.
-la austeridad es también una forma cultural en un momento de crisis ecológica terminal, causada por el orden económico capitalista: salir de la lógica del capitalismo no es sólo una necesidad de la clase obrera o de los comunistas… Se podría observar que, de la misma manera que en las sociedades en decadencia van con frecuencia aparejadas e imperan las injusticias y el despilfarro, en las sociedades ascendentes se establece una vinculación entre justicia y frugalidad.

-la austeridad es una opción forzosa: convirtámosla en ocasión para transformar la sociedad. En un momento de grave crisis ambiental, esa idea de Berlinguer es más actual que nunca. Desde hace 40 años, cuando el Club de Roma alertó sobre los problemas de desarrollo derivados del agotamiento de las riquezas del globo terrestre por la actividad humana, sabemos que no es posible continuar con la actual senda de crecimiento económica fundada en la sobreexplotación del trabajo y la tierra. En estos 40 años el capitalismo se ha mostrado incapaz de una reforma ecológica que resuelva esa problemática, y esto nos pone ante la necesidad de cambiar radicalmente el modo de producción o perecer en un caos sistémico de incalculables proporciones. 

Si en sus intervenciones de 1977, Berlinguer visualizaba la alternativa de ‘socialismo o barbarie’, hoy esa realidad es más fuerte y evidente que nunca. Se trata de una coyuntura recurrente en el capitalismo, que sólo gracias al esfuerzo de la ciudadanía más consciente puede ser remontada. A pesar de las llamadas de Berlinguer al Partido Socialista Italiano para formar la unidad de la izquierda sobre la base de ese programa, el PSI prefirió atar su destino a la Democracia Cristiana, y continuar la política de bloqueo frente al PCI: frente a la austeridad, el despilfarro de los recursos y la participación en el bloque militarista. Las consecuencias desastrosas de ese desarrollo las estamos viviendo estos años y serán muy pesadas para el futuro con la crisis ecológica cada vez más aguda.

Pero los comunistas debemos ver claro que esa diferencia con la socialdemocracia es crucial. Los partidos socialistas europeos no se oponen al despilfarro capitalista, en base a una idea equivocada del progreso económico basada en el desarrollo tecnológico, directamente emparentada con las tesis del liberalismo sobre la eficiencia del mercado. Así tenemos que los países escandinavos gobernados durante décadas por la socialdemocracia, se encuentran entre los más contaminantes el mundo, según los estudios elaborados por el Índice Planeta Vivo de ADENA-WWF. 

Cierto que en Europa los comunistas no tenemos la fuerza política de aquellos años que estamos ahora recordando, cuando Berlinguer podía decir: no prosperará el intento de pasarles la factura sólo a los obreros y trabajadores. No menos cierto es que el capitalismo está atravesando una profunda crisis económica, también política, social y cultural, y esa crisis nos pondrá delante de cambios fundamentales en las próximas décadas. Cambios para los que tenemos que estar preparados con la claridad de ideas y la coherencia programática que nos permitan liderar el camino hacia el auténtico futuro de la humanidad.


3.  Pepe Luis López Bulla: "La austeridad, según Isidor Boix y Enrico Berlinguer", en blog Metiendo bulla, 8-8-2012

Ayer mismo Isidor Boix publicaba un artículo de gran interés: Por un sindicato conscientemente global, que en mi entender contiene y presenta las claves más importantes para el sindicalismo de nuestros días y su proyección en el futuro. Nuestro hombre conoce el paño; de hecho su biografía sindical está llena de momentos relevantes en las negociaciones colectivas: antes en el convenio provincial de los metalúrgicos barceloneses y, hasta hace poco tiempo, su protagonismo en las negociaciones de los sucesivos convenios colectivos de Químicas y textiles, amén de innumerables negociaciones en empresas de gran calibre, incluidas multinacionales. Es, como es sabido, ingeniero y licenciado en Derecho. Son, por así decirlo, esos saberes –unidos a la experiencia de lo cotidiano— los que conforman como sindicalista de gran formato. 

Comparto de pitón a rabo el artículo de Isidor Boix. De lo dicho quiero subrayar su referencia a la “austeridad”. Esto es, su oblicua referencia a la responsabilidad de los dirigentes de la Confederación Europea de Sindicatos (e incluso a los confederales españoles) que utilizan dicho concepto, la austeridad, como algo sinónimo a una concesión a los intereses de los grupos dominantes y a las necesidades de supervivencia frente a la crisis económica. Así pues, conviene aclarar que las políticas económicas de los respectivos gobiernos europeos (las de tipo homeopático y las de tipo cura de caballo) no son de austeridad sino desforestadoras del Estado de bienestar. Están especialmente orientadas a la mayor merma posible de los controles democráticos del sindicalismo confederal para propiciar una nueva acumulación de capital, incluso en esta situación de crisis económica. 

Enrico Berlinguer dejó las cosas meridianamente claras en sus Conclusiones ante la Convención de intelectuales (Roma, Teatro Elíseo, 15 de Enero de 1977), que fue publicada en castellano por Materiales un año más tarde en la versión que hizo Alberto Nicolás y la introducción de Julio Segura. 

Berlinguer parte de una consideración: la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural; y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento; la exaltación de los particularismos e individualismos más exacerbados, del consumismo más exacerbado. Algo que posteriormente plagiaron no pocos ecologistas que ni siquiera se dignaron citar la fuente berlingueriana. 

Berlinguer, además, afirmó testarudamente que: la política de austeridad no es de nivelación tendencial hacia la indigencia ni ha de proponerse la supervivencia de un sistema económico y social que ha entrado en crisis; por el contrario, enfatizaba el dirigente comunista, ha de tener como finalidad –y por eso puede y debe ser asumida por el movimiento obrero— el instaurar la justicia, la eficacia, el orden y una moralidad nueva. 

Ahora bien, si el ecologismo nunca dijo haber copiado a Berlinguer en una muestra de adanismo político, los dirigentes sindicales de la CES (y no pocos de los españoles) ni siquiera le echaron un vistazo. En caso contrario no hubieran confundido la velocidad con el tocino. De ahí que el educado e indirecto tirón de orejas de Isidor parezca no sólo conveniente sino necesario. Es como si Isidor hubiera considerado que no vale la pena sacarle los colores al pecador, basta con mencionar metafóricamente los pecados. De esa manera, sin embargo, se corre el peligro de que nadie se sienta aludido y que, coralmente, digan: “Yo no he sido”.


4. Manuel García Biet: "Actualidad de Gramsci y Berlinguer frente a la hegemonía de la derecha", en nuevatribuna.es, 12-2-2012

En un momento como el actual en el que, aprovechando una crisis derivada de un sistema económico y social injusto, se imponen políticas económicas y sociales de una derecha, que hegemoniza el discurso político, con recetas basadas en una austeridad concebida como recorte del estado de bienestar, y frente a ello no aparecen alternativas contrapuestas y claras desde la izquierda es bueno recuperar discursos como el que a continuación reproducimos:
“La austeridad es el medio de impugnar la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos e individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado. Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia; es decir, lo contrario de todo lo que hemos conocido y pagado hasta la presente, que nos ha conducido a la gravísima crisis.”..“abandonar la ilusión de que es posible perpetuar un tipo de desarrollo, basado en la expansión artificial del consumo individual, que es fuente de derroche y parasitismo, de privilegios y dilapidación de los recursos y desequilibrios financieros”
Las frases anteriores nos parecen de plena actualidad, a pesar de que se trata de un discurso de Enrico Berlinguer en las Conclusiones ante la Convención de Intelectuales en enero de 1977.

En el momento actual de plena hegemonía de la derecha en todos los campos, en un momento de crisis económica en el que parece que nadie discute la dictadura de los mercados, es bueno comprobar la actualidad de los planteamientos que dirigentes históricos de la izquierda efectuaban hace decenios y que hoy parecen plenamente vigentes.

El discurso citado de Berlinguer se sitúa en una época en que la izquierda transformadora en Italia discutía la hegemonía en todos los ámbitos a la derecha y ello comportaba que también en el campo ideológico se diera una lucha clara y enfrentada por la disputa de la hegemonía social.

Berlinguer heredaba la rica tradición del pensamiento de Gramsci y su concepción de la “Hegemonía” como forma de dominación ideológica e institucional. Para conquistar la hegemonía social era preciso un combate ideológico contra las clases dominantes, representantes del pensamiento capitalista, como forma para transformar la concepción del mundo y por tanto llevar a cabo la hegemonía de un nuevo bloque histórico.

El concepto de “bloque histórico” de Gramsci significaba las alianzas que entorno a la clase trabajadora se debían articular por parte de diversos y amplios sectores de la sociedad a partir del convencimiento de que sus intereses inmediatos y futuros coinciden con el planteamiento ideológico que se efectuaba desde la izquierda transformadora.

La lucha ideológica no se considera al margen de las luchas sociales, al contrario. En la época de Berlinguer la izquierda que éste representaba disputaba el dominio ideológico amparándose en el amplio movimiento social y sindical de los trabajadores y en su amplia visión de la necesidad de cambio compartida por las clases medias urbanas, el campesinado del sur de Italia y la practica totalidad de la intelectualidad, en todas sus facetas, filosóficas, culturales y científicas, que se veían representadas en aquel momento por el PCI.

Esta etapa de la dirección de Berlinguer significa el momento culminante de la lucha por la hegemonía de la izquierda transformadora, el PCI, en Italia. Es destacable el hecho de que este partido pasó más de 30 años en la oposición sin debilitarse, al contrario, con un nivel de influencia tal, no debe olvidarse su presencia institucional en numerosas regiones y ayuntamientos, que la derecha, nacional e internacional incluso utilizó el terrorismo, blanco y negro, e incluso se planteo el golpe de estado, para impedir su ascenso.

Por su parte es interesante contemplar los debates en el interno de la izquierda trasformadora, su pluralidad y la riqueza de matices de sus diversos representantes desde Amándola y Napolitano, hasta Ingrao y Cossuta, entre los que destaca la figura del propio Berlinguer. Un ejemplo significativo y culminante de esta situación de lucha por la hegemonía política y social fue el propio momento del entierro de Berlinguer La asistencia de más de un millón de personas, obreros, campesinos, estudiantes etc., del norte y del sur, grabado por los mejores directores de cine italianos de Fellini a Bertolucci, y que es fiel reflejo de la implantación y enraizamiento conseguidos. Con posterioridad a Berlinguer, la izquierda transformadora italiana inicia un declive con Ochetto y especialmente con D’Alema, el dirigente en el que la táctica se impone constantemente a la estrategia, que les lleva a la inoperancia actual.

Pero es en la etapa de Berlinguer donde podemos recoger aspectos aún válidos para la actual izquierda española sumida en el caos y desorden intelectual. Es preciso poseer un bagaje ideológico propio que confrontar con la derecha. Pero ese bagaje intelectual debe partir de la premisa de estar enraizado en la realidad social y tener como objetivo el cambio. La lucha ideológica es aquella que pretende cohesionar al bloque histórico y conquistar la hegemonía social.

Como señalaba Gramsci la hegemonía que asegura su cohesión corresponde a una nueva visión global del mundo, visión ideológica, y que representa la capacidad para afrontar el conjunto de los problemas de la realidad social e indicar soluciones concretas de la base socio-económica. En la lucha ideológica se trata de convencer a la mayoría de la población de que sus intereses inmediatos y futuros coinciden en este planteamiento ideológico.

(...)

En estos momentos es importante resaltar que muchos de los planteamientos de Berlinguer servirían de base para armar un pensamiento de confrontación con la derecha hegemónica. Su concepto de austeridad, que no significa recortes en el estado del bienestar sino más bien lo contrario, lucha contra el consumismo individualista. La redistribución de la riqueza, es decir fiscalidad justa y progresiva. Su planteamiento también lleva implícita la defensa de un desarrollo sostenible base de la concepción ecologista moderna. El derecho a la emancipación de la mujer. El control supraestatal de los mercados, que hoy en día pasaría, en nuestro caso por reivindicar una Europa federalmente unida política, económica y socialmente. Otro aspecto básico estaría en la democratización de las relaciones laborales y del poder en la empresa.

En definitiva nuestros desconcertados y descentrados políticos de izquierda deberían plantearse ser una alternativa radical a la actual hegemonía de los mercados. Es decir una oposición de raíz a la actual ideología dominante que llega hasta el extremo de deslegitimar la propia existencia de la política y que hasta pretende impedir la legitima discrepancia con las bases del actual estado de cosas.

La difícil situación social actual y las consecuencias derivadas de la aplicación de las políticas regresivas de la derecha sólo puede resolverse desde la política. La movilización social por si sola no podrá detener la actual situación y no es lógico ni justo exigir a la izquierda social solucionar lo que es un problema político. Únicamente desde una alternativa política que englobe la respuesta social se podrá conseguir una salida progresista y poner fin al proceso de regresión que vivimos en todos los ámbitos de la sociedad.

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Anexo audiovisual: el funeral de Berlinguer.

Más de un millón de personas se congregaron en junio de 1984 para dar su último adiós al líder del PCI, el partido comunista más grande de Europa occidental (llegó a tener más de 2 millones de militantes). A pesar de llegar a triunfar en las urnas, la derecha combinó con la socialdemocracia para impedir que el PCI gobernase. Hoy en día se sabe que incluso se llegó a plantear la posibilidad de un golpe en previsión de que el PCI se hiciera con el gobierno. Berlinguer permanecerá siempre en el recuerdo de los comunistas de todo el mundo, junto a los otros dos grandes del PCI: Gramsci y Togliatti.




2 comentarios:

  1. Me parece un discurso genial, y profético. La pena es que Enrico muriera relativamente joven y que nadie cogiera su antorcha para seguir con esa política. ¡Quién te ha visto y quién no te ve porque ya no existes, PCI!
    El capitalismo ha tenido un acierto para desarrollarse. Es el animar al derroche. Cuando alguien logra tener un puestecito que le permite no sólo vivir, sino que le sobra un poco, de forma rápida el capitalismo le ofrece dónde gastarlo, y casi le obliga a hacerlo. Coche, hipoteca para comprar una casa, viajes...
    Pero eso lo único que hace es promover un gasto desmedido. Los medios, por ejemplo periódicos, televisiones, presentan a la gente bien gastando en bienes y fomentando uno de los grandes pecados capitales del cristianismo, LA ENVIDIA. Enseguida se piensa que si fulanit@ lo tiene, yo también lo quiero tener. Por lo tanto si no lo puedo tener ahora, pido un préstamo, me endeudo, y lo consigo. Pero las deudas hay que pagarlas. Eso mucha gente no lo piensa, con el que “ya saldré de esto, de una forma u otra”. Pero así, como ahora ocurre, si llega la crisis, mucha gente se ha convertido, en cierta manera, en esclava de los acreedores.
    Será necesario un largo periodo de educación, una Educación para la Ciudadanía, para todos los ciudadanos. Hay que hacer comprender que hay un gasto necesario, y el superfluo sobra.
    Dicen los economistas que eso, el gasto desmedido, favorece el desarrollo de la economía. Falso. Eso favorece la acumulación de capital. No es sano.
    Voy a poner dos ejemplos de economía. Supongo un país en que las rentas de trabajo y las del capital tengan cada una, en un momento determinado, un 50 % del PIB.
    En un caso, un país en que las rentas del capital sube un 11 % y las del trabajo bajan un 1 %. El PIB ha crecido un 5 %, y eso se vende como un éxito, como un gran progreso.
    En otro caso, un país en que las rentas de capital crecen un 3 % y las del trabajo un 1 %. El PIB ha crecido un 2 %. Esto se vende como no bueno.
    Sin ser perfecta la economía del segundo país, hay desigualdad entre el crecimiento del capital y el trabajo, la economía de este segundo país es más justa que la del primero.
    Como vemos el capitalismo lo que vende es la idea de llegar a un gran desequilibrio entre las rentas de trabajo y las del capital.
    Y hay un tema mucho peor. El gasto indiscriminado lo que lleva a aumentar el deterioro del planeta Tierra. Es evidente que si el planeta tiene la capacidad para un consumo anual, si ese consumo se sobrepasa se llegará a un agotamiento de los recursos disponibles, por ejemplo en agricultura.
    Si en el texto cada vez que pone Italia se pone España, es válido ahora.
    Se llega a pensar que a lo peor el derrame de Enrico pudo ser provocado por alguien al que estorbaba. Y también pienso que los poderes que están dominando tienen infiltrados en las direcciones de TODOS los partidos. Así pudo poner después de Berlinguer a Ochetto, que fue un títere, para después poner a d'Alema, que era el elegido por los poderes para desactivar el PCI.
    Y con respecto al golpe de estado si hubiera ganado el PCI, es elucubrar, pero creo que se hubiera intentado, pero hubiera fracasado, pues el PCI era un partido muy disciplinado y luchador y probablemente se hubiera avanzado después hacia el socialismo.
    Yo añadiría entre los grandes del PCI a otro que no llegó a ser tan famoso fuera de Italia porque tuvo delante a Berlinguer, me refiero a Pietro Ingrao, que fue leal al Partido. Y creo, que pese a su edad, sigue en el mismo sitio.

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  2. Me parece de suma actualidad su "menos es más" en todos los ámbitos: político, económico, social, medioambiental. Lástima que el término 'austeridad' hoy en día tenga tan mala prensa. Casi sería preferible hablar de frugalidad, mesura, sobriedad, autosuficiencia, solidaridad... todas ellas virtudes que deberían nacer y fomentarse primero en los individuos. Hay tantas lecturas!!! Su mensaje no debería caer en el olvido.

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