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martes, 23 de junio de 2015

Feminismo. La liberación de los hombres que reivindica la activista Laurie Penny.



Autor imagen: galería Flickr de Martin


Referencia documental
Este artículo se basa en el libro de la autora Unspeakable Things: Sex, Lies and Revolution, [Cosas indecibles. Sexo, Mentiras y Revolución] editado por Bloomsbury Publishing, recientemente traducido al alemán y publicado por Edition Nautilus bajo el título Unsagbare Dinge. Sex, Lügen, RevolutionTraducido al alemán y publicado en Blätter für deutsche und internationale Politik, junio 2015, pp. 81-90.
Traducción al español para blog del viejo topo desde la versión alemana: Tucholskyfan Gabi.
Fuente de la traducción: blogdelviejotopo.blogspot.com

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Feminismo: La liberación de los hombres [1]
De Laurie Penny


Que el feminismo es importante y que aún le resta mucho por alcanzar, ya no es una opinión minoritaria. Tras muchas décadas de vacilante subordinación, las mujeres, las jóvenes y sus defensores en todo el mundo levantamos nuevamente la voz con el fin de mejorar nuestra situación social, y no solamente de iure,  sino también en la práctica y de hecho. Pero el tipo de feminismo que desde hace años viene a dominar en los medios ocupando los titulares, beneficia en primer lugar a las mujeres blancas, heterosexuales y a las mejor remuneradas de la clases media-altas.

Se afirma que la liberación de los géneros, al igual que el bienestar y la prosperidad, se cala o filtra de arriba abajo, lo cual es un disparate. El feminismo no va calando hacia abajo; y mientras a una minoría de mujeres extremadamente privilegiadas les preocupa el llamado ‘techo de cristal’, se está llenando de agua el sótano (social) donde millones de mujeres,  chicas jóvenes y su descendencia, permanecen encerradas mirando hacia arriba, mientras el agua les viene subiendo hasta el cuello.

En una palabra: se nos ha mentido. A las mujeres de mi generación se nos ha contado que “todo está a nuestro alcance”; el matrimonio, el tener hijos, una carrera en el sector financiero, un armario lleno de zapatos bonitos… siempre y cuando fuéramos ricas, blancas, heterosexuales y dóciles.

Pero esto es sólo una cara de la moneda, puesto que a los hombres se les ha engañado también. Se les ha hecho creer que vivían en un nuevo mundo feliz, lleno de oportunidades económicas y sexuales; y en caso de que sintieran furiosos o intimidados; inseguros o sofocados ante unas expectativas absolutamente controvertidas -por un lado, las exigencias de su rol y el rendimiento masculino de hacer dinero; ser dominantes; acostarse con muchas féminas bellas; y por otro lado, el seguir siendo honrados- todo un dilema que les habrían provocado las mujeres y las minorías sociales.

Para ir comprendiendo los principios en torno al género, el poder y el deseo, hemos de ocuparnos igualmente de los hombres. El feminismo no sólo pretende emancipar a las mujeres frente a los hombres, sino librar a todas las personas de esa camisa de fuerza que conforman la opresión y discriminación por razones de su género. No hace mucho que el colectivo masculino, hombres y chicos jóvenes, empiezan a vislumbrar el grado de distorsión que sufre la “masculinidad” hoy en día y se preguntan cómo pueden cambiar esa imagen.


Llamar al patriarcado por su nombre

Desde hace siglos, el dinero, el poder y la capacidad de perpetrar carnicerías se encuentran en manos de unos pocos europeos blancos; suelen ser los hombres más ricos y exquisitamente relacionados. Estos hombres no representan más que una minúscula parte de la población masculina total, sin embargo se espera que cada hombre, cada joven siga su ejemplo; y que cada mujer vaya buscando su compañía. Para este sistema existe el simple término de ‘patriarcado’, que no significa dominio ‘masculino’, sino dominio ‘paternal o paterno’, esto es, el dominio de unos cuantos poderosos cabezas de familia sobre el resto de la sociedad. Los hombres que en la jerarquía social se encuentren por debajo de ellos, han de conformarse con poder ejercer su limitado poder sobre las mujeres.

El término ‘patriarcado’ se encuentra especialmente cargado y contaminado por las estructuras  de opresión económica y sexual habida durante los últimos siglos que había quedado reservada a unos pocos hombres poderosos. ‘Patriarcado’ no es pues el dominio de los hombres, sino el dominio ejercido por padres o figuras paternas (patriarcas). La gran mayoría de los hombres no domina mucho que digamos, ni ahora ni nunca. La mayoría de los hombres no tiene mucho poder, y hoy día se está poniendo en duda su poca superioridad social y sexual frente a las mujeres. Y esto debe de doler. Quien se beneficie del patriarcado, no es mala persona, aunque actuando de esa manera tampoco se convierta en una persona mejor. Y siempre que alguien llegue a alcanzar una posición de poder sobre otro/s, debe cuestionar y comprobarse cómo lo está llevando a cabo.

Casi durante toda la historia de la humanidad, el patriarcado ha venido oprimiendo a los hombres y los chicos igual que a las mujeres. Estamos ante el sistema jerárquico de dominio masculino que se impone mediante la violencia y la amenaza de violencia. Y si las feministas afirmamos que el patriarcado perjudica igualmente a los hombres, no queremos decir otra cosa. El patriarcado es tan brutal y violento que a los hombres les cuesta desvincularse de él; el patriarcado está estrechamente entrelazado con el sistema económico de clase que es el capitalismo. Siempre que me pongo a debatir  sobre “género y violencia” con unos hombres, les cuesta tolerar que use el término de ‘patriarcado’.

Dado que la economía moderna está generando tan pocos ganadores, muchos hombres deben de sentirse perdedores; y salir perdiendo es lo último que en esta sociedad se le permite y consiente a un hombre. Se mantiene el dogma que las mujeres no quieren codearse con perdedores; que estos no son hombres verdaderos, que no son deseables ni fuertes; y si es así que el neoliberalismo genera cada vez más perdedores, antes será así que los hombres no son apreciados como se merecen; probablemente antes por culpa del feminismo que por culpa de una política financiera descarrilada. Por tantísimas personas que el neoliberalismo ya haya condenado al fracaso, no se admite que se trata de un capitalismo en crisis y se prefiere sostener  que es una crisis entre los géneros.

En todas partes, tanto en el hemisferio norte como en el sur, cada vez más personas reconocen que tanto los representantes elegidos como las élites no elegidas las han engañado con respecto a su poder social, económico y personal. Pero aun así, a los jóvenes de hoy se les adoctrina que su identidad y potencia dependen de su poder y poderío.


La crisis es la masculinidad

En 2000, la autora norteamericana Susan Faludi se expresaba así en su libro titulado The Betrayal of the American Man [2]:
40 años más tarde, cuando la nación se acercaba al cambio milenario, quienes le estaban tomando el pulso parecían estar de acuerdo que se estaba iniciando nada menos que un cataclismo mundial: la masculinidad americana corría peligro […]. “Los hombres en el banco de pruebas”, titulaban los medios. “La plaga que son los chicos jóvenes”. “¿Los hombres son necesarios?” “¿Se recupera la masculinidad?”
Y 10 años más tarde, continúan circulando los mismos titulares: “Los chicos jóvenes en crisis”. “La testosterona en declive”. “Las chicas adelantan a los chicos”. “¿Cómo lo van a encajar ellos?”

No, la masculinidad no está en crisis. Casi se puede decir que la crisis es la masculinidad (mal entendida). De ser así que la ‘masculinidad moderna’ a los hombres, y en particular a los chicos jóvenes, les hunde en un estado de angustiosa desesperación por encontrarse solos y aislados, e incapaces de expresar sus verdaderos sentimientos o de llevar la vida que realmente anhelan; y siendo que entonces vienen a descargar su frustración social y sexual contra las mujeres, en vez de entenderla como lo que es: una consecuencia del sistema de desigualdad elitista, hay que admitir que esa masculinidad funciona mejor que bien y resulta hasta inmejorable.

Al parecer, las mujeres no podemos hablar más que sobre nuestro género, mientras los hombres pueden hablar de todo, menos de su género. El debate sobre lo que significa ser un hombre, en las mayoría de los círculos sociales sigue siendo tabú. La masculinidad parece que funciona como en la película Fight Club, un club de los hombres, cuya primera regla era no hablar del club.

Cuenta entre los capítulos más tristes de nuestra sociedad moderna el que nos haya llevado a ver en la masculinidad algo peligroso y violento, algo estrechamente vinculado con el dominio, el control y la brutalidad; algo que ansia el poder, el dinero  y una sexualidad posesiva y abusiva. Por tanto, debe entrar en el proyecto del feminismo liberar tanto a las mujeres como a algunos hombres de semejantes estereotipos represivos. En cuanto a las crisis de masculinidad que pueden brotar a bordo de yates privados o bien en los dormitorios de los internados de élite cabe pensar que ni provocan llantos personales ni el empleo de cañones de agua en público.

Puesto que el poder de algunos hombres individuales sobre algunas mujeres individuales se ha tornado más controvertido que nunca antes, resulta hoy más irreconciliable y fetichizado, sobre todo en el ámbito de la pornografía, donde la vulneración y la humillación de las mujeres se ha convertido en patrón y modelo de los actos sexuales. Se dice que lo que los hombres quieren es algo elemental, brutal y sencillo. Cerveza, mamadas (blowjobs) [quizás convendría hablar de 'felaciones'] y carne de búfalo, al ser posible arrancada del animal galopante y frita en testosterona.  

¿Y qué derecho tenemos las mujeres de discurrir sobre los hombres, sus sentimientos y deseos? Nos asiste todo el derecho del mundo, cuando ellos llevan años hablando y escribiendo sobre las mujeres; haciendo leyes que nos afectan e investigando lo que sentimos y deseamos, muchas veces sin pedirnos nuestra opinión. Tenemos todo el derecho del mundo, y mientras ellos no se pronuncian, abierta y honestamente, sobre sus experiencias de género y de sexo, hasta puede ser nuestro deber, siendo así que en materia de género y deseo a las mujeres se nos suele considerar mínimamente competentes.


Una historia marcada de violencia

Hará daño. Para los hombres puede resultar sumamente penoso tener que afrontar la misoginia, especialmente la suya propia. Desafortunadamente, nada más abordar la cuestión de los géneros, se tropiezan con un hecho tan terrible como imperturbable: la enorme magnitud de las vulneraciones de mujeres ya perpetradas  por parte de los hombres. De ahí que les resulte tan difícil hablar de su masculinidad sin enfrentar tan siquiera el temible grado que la agresividad masculina en su forma moderna ya ha alcanzado.

También hace daño asumir que 8 de 100 hombres admiten haber cometido actos que cabe tipificar como violación o intento de violación [3]. Uno de cada cinco admite “haberse encontrado tan excitado que ya no pudo desistir de su empeño, aun cuando la mujer no estaba de acuerdo” [4].

La violación y la violencia sexual están a la orden del día. La misoginia ritualizada resulta tan normal que habrá que redefinir por completo la relación entre hombres y mujeres. Y ese traumático reiniciar y redefinir costará sacrificios de ambas partes. Si los medios refieren una violación, suelen preocuparse en primer lugar de la reputación del hombre, que consideran superior a la autonomía de la mujer. Continuamente se escucha que las mujeres, con nuestras mentiras,  arruinamos la vida de otros, la vida de los hombres, que es al parecer lo único que cuenta. Pero lo que las mujeres, al negarnos a mantener la boca cerrada, realmente acabamos arruinando es la ilusión de una igualdad en materia de derechos sexuales. Y todo aquel que  con tanta vehemencia se siga aferrando al status quo hasta el extremo de querer taparnos la boca a la hora de hablar sobre el poder, los privilegios y la violencia, debería preguntarse qué significa el ser hombre.

Dice el mito moderno que los hombres PIENSAN en el sexo cada seis segundos. Si eso es cierto, hay que observar que muy rara vez HABLAN de un modo medianamente honesto sobre su sexualidad y su alcance. Se espera de ellos que copulen de modo brutal e inmediato; que, ávidos del acto sexual, a la mujer le arrojan una migajas de afecto a cambio del sexo que, de serles negado, demandan a la fuerza. Parece que no existe un lenguaje de delicadeza, de lenta aproximación al juego sexual.  Tanto a los hombres como a las mujeres se les sigue adoctrinando que la sexualidad masculina es nociva, peligrosa,  y a la vez, completamente natural. Los hombres aprenden que desde su fuero más íntimo puede brotar una violencia estrechamente vinculada con su sexualidad y que no cabe dominar sino tan sólo atemperar.

Este entendimiento de su sexualidad, que parece venir grabado en piedra, a muchos hombres les resulta extremadamente perturbador. Tanto los homosexuales como los bisexuales tienen que experimentar que su sexualidad, al discrepar de las corrientes establecidas, es considerada como algo grotesco y estridente, como la contrapartida de esa brutal imagen fantasma de la heterosexualidad que aún predomina en nuestra cultura visual. Pero también a los hombres, que se sientan básicamente atraídos por el otro género, se les ofrece tan sólo un estereotipo de sexualidad posible, a saber, el de la bestia trabajosamente domada. Suelo recibir correos electrónicos de hombres y chicos jóvenes que me exponen sus dudas sobre cómo deben manejar ese estereotipo, confesando sus miedos de ser rechazados por su pareja o sus compañeros masculinos por no cumplir con los “requisitos” establecidos.

Lo que quisiera transmitirles a esos hombres es lo siguiente: que tengáis miedo es perfectamente comprensible. Está bien que no sepáis lo qué se espera de vosotros. Podéis cuestionar lo que significa el ser hombre; insinuar que puede haber incógnitas y preguntas… Si así lo hicierais, si así se hiciera, podríamos obtener buenas  respuestas. Podríamos descubrir que esa “masculinidad” tal y como la venimos contemplando, en realidad no es más que una fachada y que la masculinidad, en el fondo, es algo frágil, vulnerable e hiriente como todo lo humano.

Pero el hombre auténtico no formula preguntas. El hombre auténtico sigue dando golpes de martillo o de láser hasta dejar el problema eliminado. Pero ¿qué pasa si el problema reside en su propio interior? ¿Qué pasa si el problema no es más que una sensación rara, muy dentro de uno, que señala que algo funciona completamente mal?  En tal caso, el martillo y el láser pueden servir a duras penas;  otra opción sería tomarse en serio ese apuro y enfrentarlo, en vez de suprimirlo mediante drogas y medicamentos o el recurso a la misoginia del aficionado.

Desde luego no es el deber de ninguna mujer o activista feminista resolver los problemas masculinos. Aun si lo fuera, existen en el mundo innumerables mujeres que han salido tan gravemente traumatizadas de sus respectivos encuentros con los hombres que ya no quieren tener nada que ver con ellos. Y están en su derecho. Personalmente, comprendo a esa otra corriente del feminismo que aún no tiene otro recurso para enfrentarse a la violencia masculina que gritándoles hasta que desistan. Antes yo también pertenecía a esa corriente. Pero hoy ya no.

Un nuevo enfoque para ver la sexualidad, el género y el poder puede servir para que los hombres entren a elaborar y superar el dolor intrínseco, específico de su género. Reconocer hasta qué punto la violencia masculina se dirige contra las mujeres, debe de ser una chocante y dolorosa vivencia para todo hombre que se precie ser consciente. Así es que los hombres no pueden hablar de su masculinidad hasta que no tengan elaborado y superado esa moderna forma de brutalidad sexual.

El vernos afectados por prejuicios, a todos nos causa dolor y no importa si se trata de prejuicios justificados o no. Las mujeres observamos que los hombres, ya desde su educación, no nos consideran como individuos, sino como categoría, como un problema social que hay que resolver. Muchos hombres, al notar que las mujeres a ellos los vemos de igual manera, como terreno hostil, suelen reaccionar ofendidos y/o furiosos.

La heterosexualidad social sigue siendo un proceso de deshumanización recíproca. Visto de este modo, se explica el eterno debate de si hombres y  mujeres “realmente” pueden ser amigos sin que “el sexo se meta en medio”. En esta supuesta controversia llama la atención, no sólo que se esté manteniendo seriamente, sino que presupone que la sexualidad sea un impedimento para la amistad. Cada persona que deseemos ver al desnudo, ya estaría por tanto en  terreno hostil y sería cuestión de conquistar, pero no de comprender.

Todos los hombres y chicos jóvenes - al igual que todos los humanos - quieren sentirse necesitados y queridos. Y es la silente tragedia de nuestro tiempo el que a los chicos jóvenes se les siga inculcando que las únicas maneras de ser útiles consiste o bien en hacer mucho dinero para llevárselo a casa y entregárselo a una dócil y agradecida mujer que, a su vez, como parece ser su deber, les recompensa con sexo aburrido; o bien en alistarse a la guerra lejos de la patria y posiblemente perder la vida. En el mundo real, son muy pocos los hombres que entran a luchar heroicamente, máxime cuando cada vez más guerras se libran por robots y drones. No obstante, todos los hombres quieren sentirse necesitados y queridos.

Es al menos lo que me vienen confirmando en sus cartas. Me resultaría desesperante si no fueran tantas las cartas que recibo. Por cada hombre que de su agenda repleta de odio a si mismo se roba un par de minutos para escribirme que soy una malvada y frígida feminazi y que me atragante con su vengativo miembro, me escribe otro que solamente quiere saber qué puede aportar él para prevenir más violaciones; u otro, desesperado por no encontrar empleo en esta crisis por más que lo intente, y que ya no se siente como un hombre verdadero. Me llegan correos electrónicos de estudiantes universitarios que tímidamente me confiesan que pueden ser feministas, preguntándome si eso es normal (como si se tratara de una erupción cutánea). Ninguno de estos hombres manifiesta querer ser el “sostén económico” de la familia, pero todos añoran desesperadamente poder intercambiarse.

Muchos hombres adultos y jóvenes ya no quieren servir de “sostén económico” o de “hombre duro”; tampoco quieren dominar a las mujeres, tal y como pueden haberlo aprendido. Casi todos los que he conocido de cerca en mi vida, querían otra cosa distinta: querían romper la cárcel y los grilletes y juntar y aliarse libremente con otros.

Estos otros siempre han existido. Hombres, grandes y fuertes, que querían fugarse a la ciudad para pintar cuadros. Hombres que gustaban del sexo, pero no querían fundar una familia. Hombres que querían someterse  a una mujer o a un hombre sin considerarse débiles. Hombres que tienen buena mano para cuidar de niños y ancianos. Hombres que no querían aceptar la perspectiva de ganarse el pan durante 40 años apaleando a otros. Estos otros hombres siempre han existido por lo que desmienten el mito que sostiene un solo tipo de “masculinidad”.


Hará daño

No obstante nuestra actitud compasiva frente a los hombres, el feminismo no está llamado a cuidar de sus sentimientos. Todo lo contrario. Si queremos alcanzar una vida plena en una sociedad donde las mujeres somos tratadas iguales y como personas de pleno derecho, los hombres, en su mundo y sus vivencias, deben verse bajo una nueva luz que les puede resultar desagradable. La compasión que pueden necesitar si quieren huir del mundo de la violencia, la misoginia y de la obstrucción emocional, no será la del sacerdote que los absuelve de sus pecados, sino la del médico que al idiota que sufre por no haber acudido a tiempo y con una herida ya infectada, diagnosticándole que ésta le hará daño.

Por supuesto que le hará daño. Ya está doliendo ahora. De este dolor profundo que muchos hombres ya vienen sufriendo a causa del modelo distorsionado de la masculinidad moderna, apenas oímos hablar. Si fuese admitido expresarlo, no estaría acompañado de rabia u odio, sino de miedo y asco; dando lugar a confusión y dudas de sí mismo o simplemente a la inseguridad sobre qué se supone que uno debe ser hoy en día. Y esto no resulta nada ‘masculino’.

Libros y estudios como el de Hanna Rosin El fin de los hombres [The End of Men] acaban concluyendo que las ventajas y ganancias de las mujeres – avances en los empleos y su relativa libertad de no casarse y de no tener hijos, y de no someterse ni en casa ni en el trabajo al poder de los hombres-, se correlacionan con las pérdidas en el lado de los hombres y los chicos jóvenes. Se pretende hacernos ver que la igualdad en el mundo es una magnitud fija, que un plus para la mujeres significa automáticamente un menos para los hombres. Pero las cosas no funcionan así. Ni en materia de igualdad, ni en materia de libertad. Como ninguna otra cosa en el mundo, la libertad, concedida a otros, voluntariamente o no, acaba por enriquecer a uno mismo. Y los hombres, siempre que sean personas conscientes, no se pueden imaginar el beneficio que sentirían compartiendo con mujeres libres en igualdad de derechos, el trabajo, las relaciones sexuales… en un mundo donde la humanidad tendría mayor peso que el género.


La ‘feminazi’ o el miedo de los hombres

El mayor obstáculo para el avance de las mujeres no es el odio sino el miedo de los hombres. Los “activistas por los derechos masculinos” que se organizan en la web para imponerse a las mujeres, en su mayoría son seres llenos de miedo, solitarios, que en su afán de explayarse sobre los géneros, sólo lo consiguen amordazando a las mujeres. Su miedo se expresa de modo extremadamente infantil en una actitud que pretende vigilar los roles de género de manera tan fascista como suele ocurrir entre gamberillos de zonas infantiles. Sus representantes, muy seriamente, se sirven de términos como ‘feminazi’. Actúan como si, hablando de las vulneraciones que recibimos nosotras por ser mujeres, impidiéramos que ellos puedan articular la penosa presión que ha de soportar su masculinidad. Parece ser que muchos hombres sólo son capaces de manifestar su sufrimiento, cuando al mismo tiempo impiden que las mujeres expresemos el nuestro.

Ahora, que cada vez más mujeres, chicas y un creciente número de aliados masculinos se están levantando contra el sexismo y la injusticia, se produce una situación curiosa: si hablamos de prejuicios, se nos reprocha que esto ya es un prejuicio en sí mismo.

Si las mujeres abordamos el tema de la misoginia, a menudo se nos pide que moderemos nuestro lenguaje para no herir los sentimientos de los hombres. No digáis que “los hombres someten a las mujeres”, que esto resulta sexista, igual de grave que el sexismo, con que las mujeres nos las tenemos que ver, y puede incluso ser más grave. Debéis decir en su lugar que “algunos hombres someten a las mujeres”. Digáis lo que digáis, no debéis generalizar.

Rizando el rizo de esta manera, logran acallar con eficacia a la mayoría de las mujeres, a las que se nos ha inculcado que debemos anteponer los sentimientos ajenos a los propios. No debemos decir lo que pensamos si con ello podemos llegar a ofender a alguien, o peor aún, a disgustar a alguien. Este método que pretende amordazarnos, lo observo en todos los movimientos sociales con los que tengo que ver: a los negros se les pide respetar los sentimientos de los blancos antes de referir sus propias experiencias; a los homosexuales y transexuales se les pide, por favor, que no se acaloren tanto para no incomodar a los heterosexuales. De modo que acabamos por suavizar  nuestros enunciados con disculpas, restricciones y atenuaciones, asegurándoles a nuestros amigos y queridos que, desde luego, ellos no entran en ese grupo de tarados: “Tú no eres de esos racistas, homófobos y misóginos... 


¿A quién beneficia el sexismo?

Naturalmente, no todos los hombres odian a las mujeres. Pero la cultura sí lo hace, y los hombres que se educan en la discriminación de una cultura sexista, tienden a menudo y sin darse cuenta, a comportar y expresarse de modo sexista. No llegamos a condenarte por lo que eres, pero esto no es óbice para que te pidamos que cambies de actitud. Lo que puedas opinar en tu fuero interno sobre las mujeres no resulta tan importante como el trato que les deparas en la vida diaria. Puede que seas la persona más delicada y amable del mundo, pero te beneficias del sexismo; pero no abres la boca cuando en tu presencia se ofende o discrimina a una mujer. Es así como funciona el sometimiento. Miles de personas, por lo demás honradas y honestas, son llamadas a apañárselas en un sistema injusto, supuestamente porque les resulta demasiado costoso cambiar algo. Y si alguien reclama una reforma profunda, estaríamos, estamos llamados a escuchar al menos, en vez de apartarnos o gritar como un niño “yo no he sido”. Desde luego no fuiste tú. Tú serás un encanto. Pero tienes la obligación de actuar en contra de la injusticia.

La sociedad tiende a impedir que pensemos en categorías  estructurales. En una cultura en la que hemos de considerarnos individuos de libre albedrío, no resulta nada fácil detectar otras realidades como la pobreza, el racismo y el sexismo como partes integrantes de una estructura violenta mayor. Pero resulta que las comunidades han sucumbido ante el germen de la mojigatería, que no se ve ni se siente hasta que no produce síntomas. Pero ahí está, al acecho, haciendo crecer y ulcerar muchas heridas individuales que nos señalan que debajo de la superficie la infección está avanzando. Tu amiga es violada por otro amigo en una fiesta; tu compañera de trabajo debe rescindir el contrato, porque no puede pagar una niñera para su niño; tu hija vuelve a casa llorando por sentir demasiado gorda y rechaza la cena. Resulta mucho más fácil y menos perturbador ver en todas esas escenas unas vivencias individuales e inconexas, en vez de interpretarlas como partes del sexismo estructural que nos afecta e infecta a todos. A ti también.

Si digo que “todos los hombres se ven implicados en la cultura del sexismo” – todos los hombres, y no sólo unos cuantos – puede que suene como una acusación. Sin embargo, pretende ser un llamamiento. Como hombre, puedes decidir si quieres colaborar en crear un mundo más justo tanto para mujeres como para hombres. Puedes decidir si quieres asumir el riesgo que supone combatir la violencia sexual cuando la presencias. Puedes decidir si quieres asumir el riesgo y el gasto de energía  que supone ayudar y fomentar a las mujeres, y tratarlas como iguales en tu vida. Puedes decidir tomar parte y decir NO a la injusticia y la desigualdad. Cada vez son más los hombres y jóvenes que se deciden por esta opción. Y pregunto: ¿Quieres ser uno de ellos?

Lo que a los hombres les exigimos es difícil de cumplir. Y hay que dejar muy claro que hemos venido creando una sociedad en la que una persona masculina debe de encontrar estructuralmente difícil y existencialmente agotador el NO comportarse como un perfecto cabrón. El hecho de que no pocos hombres lo estén logrando, hay que valorárselo mucho.

El feminismo no debe marginar las cuestiones relativas a los hombres, sino debe tematizarlas de modo directo y con la pasión que se merecen, dado el silencio conspirativo que en la actualidad reina en torno a la masculinidad y el  género, en general. Para que la identidad masculina tenga una oportunidad real, ellos, los hombres y los jóvenes, deben aceptar que el viejo patrón/modelo de reparto patriarcal está pasado de moda; y que  para una gran mayoría de personas nunca ha existido. Los hombres de mañana deben abandonarlo con decoro. A la vista de esta  pérdida de poder que subjetivamente experimentáis, es cuestión de conservar la dignidad, y veréis como otras personas, que no son hombres, os confiesan en qué consiste la falta de poder/impotencia verdadera.

Que una cosa quede bien clara: no pretendo desvirtuar el feminismo, ni hacerles creer a los hombres que no irá a cambiar sus vidas – que ya lo ha hecho y lo seguirá haciendo hasta dónde haga falta – lo cual siempre es bueno. No es cuestión de considerar si nos lo podemos permitir o no. No importa cuán arruinados o fracasados podamos estar, simplemente no nos podemos permitir un mundo sin feminismo. Y estoy deseando que, por fin, nos pongamos en marcha.

Estoy deseando que nos encontremos en igualdad de condiciones. Estoy deseando experimentar que se libre nuestro potencial, en tanto que seres humanos, lo cual será el caso cuando la mitad de los humanos deje de tener miedo a la otra mitad. Estoy impaciente por ver que podamos vestirnos como nos guste y amar a quien elijamos, sin riesgo de exponernos a ningún tipo de violencia. El mundo lo construimos entre hombres y mujeres tratando de vivir nuestras vidas en libertad, una libertad mayor, y sin peligro, que la que nos permite esa monstruosidad que llamamos ‘vida moderna’.

Cada año que pasa, me encuentro con más hombres y chicos jóvenes, que estando tan hartos de las restrictivas normas de género como nosotras,  están dispuestos a realizar cambios; a introducir en sus vidas las condiciones para recibir la diferencia y la diversidad, y a solidarizarse con otros y otras que busquen lo mismo. No es tarea fácil. Quien opte por rechazar los rituales violentos con los que suele crecer el hombre, incita respuestas violentas; corre el riesgo de cometer errores, quedar malparado o  profundamente herido en su orgullo… Me conmueve la valentía de los hombres y jóvenes en mi entorno que optan por asumir estos riesgos. Ellos son los hombres fuertes. Ellos saben que la fuerza verdadera requiere capacidad de adaptación, puesto que quien al caer no sea capaz de doblarse, se romperá. Ellos tienen el coraje para ir renovando el mundo. Y en tanto que soy persona política, seré solidaria con ellos.

Laurie Penny
Trad. de la versión alemana:
 Tucholskyfan Gabi


Notas
[1] Este artículo se basa en el libro de la autora Unspeakable Things: Sex, Lies and Revolution, [Cosas indecibles. Sexo, Mentiras y Revolución] editado por Bloomsbury Publishing, recientemente traducido al alemán y publicado por Edition Nautilus bajo el título Unsagbare Dinge. Sex, Lügen, Revolution.
Traducido al alemán y publicado en Blätter für deutsche und internationale Politik, junio 2015, pp. 81-90.
Véase además Natasha Walter: The New Feminism, Londres 1999; Sarah Jaffe: "Trickle Down Feminism", en Dissent, invierno 2013 
[2] Susan Faludi, The Betrayal of the American Man, Harper Perennial, 2000.
Nota de la traductora


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