Aclaración importante

ACLARACIÓN. El blogdelviejotopo no está relacionado con la revista El Viejo Topo. Pese a utilizar también la metáfora "viejo topo" en el nombre, el blog es completamente ajeno a la revista, cuya dirección es www.­elviejotopo.­com / Sobre el significado del término "viejo topo" en la tradición marxista, consúltese http://blogdelviejotopo.blogspot.com.es/2013/06/el-termino-viejo-topo-en-la-tradicion.html
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martes, 6 de mayo de 2014

El poder de Google (2 de 2). Quien tiene los datos, determina nuestro futuro.


Imagen: "Google finally in Cairo", por mnadi (Flickr), 2005. Internet se va extendiendo a todos los rincones del planeta, y con el ello también el poder de Google. Las implicaciones sociales y políticas que derivan de tal poder, obligan a un debate imprescindible y urgente.


"Tú no eres cliente de Internet, tu eres su producto"
"Si blogueo, tweeteo y wikeo todo el tiempo; si la mente colmena es mi público: ¿quién soy yo?",
Jaron Lanier

Jaron Lanier.
 Fotog. de Jonathan Sprague.
Como segunda parte de "El poder de Google", os presentamos el artículo de Jaron Lanier, titulado "Quien tiene los datos, determina nuestro futuro". El pasado domingo publicamos la traducción al castellano de la "carta abierta" que Mathias Döpfner -director general de Axel Springer SE, el gigante alemán de los medios- dirigió a  Eric Schmidt, presidente ejecutivo del imperio Google. El artículo de Jaron Lanier, igual que el anterior, fue también publicado en el FAZ (Frankfurter Allgemeine Zeitung).

Con ambas entradas, lo que pretendemos es hacer una contribución al necesario debate sobre el peligro o amenaza que podría derivar de esa situación de casi monopolio que ejerce Google. No cabe duda que Google acumula un poder que preocupa a muchos. Cualquier poder excesivo siempre es preocupante. Existen aspectos especialmente calientes por sus implicaciones políticas. Por ejemplo, el tema de si Google condiciona de alguna forma el tipo de información a la que accedemos en Internet al realizar búsquedas. O, más polémico todavía, las implicaciones derivadas del conocimiento que Google posee sobre nuestras vidas. Desde el blog del viejo topo pensamos que se trata de un tema que nos interesa a todos y que merece la pena discutir. Iremos publicando más entradas sobre el tema, de forma periódica, con la intención de aportar el más amplio abanico de perspectivas y puntos de vista posibles.
En el mundo de la informática y particularmente de Internet, Jaron Lanier es de sobra conocido. Pero quizás el usuario no experto no haya oído hablar de este polifacético personaje, informático, inventor, compositor, artista visual y profesor e investigador de universidad. Por este motivo, al final os presentemos unos cuantos enlaces para aquellos que deseen saber un poco más sobre Lanier.
Otras entradas del blog relacionadas: "Carta abierta a Eric Schmidt (presidente ejecutivo de Google)" (de Mathias Döpfner), "El fin del anonimato. Lo que los drones y Facebook tienen en común" (de Zygmunt Baumann) y  "Un mundo felizmente vigilado" (de Daniel Leisegang). Del texto de Zygmunt Baumann, os recomendamos especialmente la segunda parte del artículo dedicada a Facebook. 

Ficha técnica
Original: "Wer die Daten hat, bestimmt unser Schicksal", en Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), publicado el 24 de abril de 2014. 
Traducción  al español: Tucholskyfan Gabi.
Nota sobre la traducción. El FAZ publica también la versión original en inglés, que no es idéntica a la alemana, presentando ciertas diferencias: esta última tiene algún párrafo que no figura en la versión inglesa, la estructura de párrafos está alterada y hay cambios también en algunos títulos de los epígrafes. Técnicamente, la versión alemana es una adaptación que, suponemos, habrá contado con el visto bueno de Jaron Lanier. En sentido estricto y purista, son dos versiones muy distintas. Esta traducción se ha realizado sobre la versión alemana, acudiendo selectivamente a la versión inglesa para algunos fragmentos aislados. No obstante, trataremos de hacer una nueva traducción a partir exclusivamente del texto original en inglés y la añadiremos como anexo en esta misma entrada (a lo largo de este mes).
Fuente de esta traducción: Blog del viejo topo (blogdelviejotopo.blogspot.com.es)
Imágenes y negritas: son añadidos nuestros.
Uso de esta traducción, advertencia: los derechos del artículo pertenecen a FAZ y su distribución está pues restringida a las condiciones que señala FAZ. Quien por su cuenta y riesgo decida difundir esta traducción, rogamos al menos que se reproduzca íntegramente esta ficha técnica, conservando los enlaces (hipervínculos) que figuran (tanto a este blog como a la fuente en alemán)

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Quien tiene los datos, determina nuestro futuro. 
Jaron Lanier

Jaron Lanier. Fotografía de Jonathan Sprague.















El jefe del Grupo Springer, Mathias Döpfner, nos advierte en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (ver primera parte, "Carta abierta a Eric Schmidt (presidente ejecutivo de Google") contra la omnipotencia de Google. La lucha contra ese monopolio de datos ya no la podrá ganar estado alguno en este mundo. Pero aun así, nos quedan algunas posibilidades para contrarrestar tal omnipotencia.

Mathias Döpfner, el presidente ejecutivo del grupo Springer, ha intervenido en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ) para pronunciarse sobre Google y otras empresas del ramo. Su aportación ha desencadenado en los medios internacionales una reacción hipercinética, ya no sólo por quejarse de ciertos aspectos, sino por haber dirigido a los órganos europeos dedicados a la Competencia unas observaciones y peticiones muy críticas.

Me resulta sorprendente que este hecho haya causado tanta revuelo. De un tiempo a esta parte, se oye con frecuencia que las empresas de tecnología (IT) ya sabían de qué iba la cosa, algo plausible al ver con cuanta perseverancia estos gigantes del sector IT están prodigando su optimismo acerca del futuro. Se han convertido prácticamente en monopolistas del optimismo.

Un modelo de negocio holístico y sin igual.

Pero como hijo de este optimista mundo tecnológico que soy, considero útil recibir críticas. Fundamentalmente, estoy de acuerdo con lo que Döpfner expone; y quisiera indagar en la cuestión específica que plantea sobre lo que podemos esperar de parte del Estado. Si resulta que somos lo suficientemente valientes para formular nuestros deseos, ¿cuáles serían éstos?

En estos momentos, las leyes existentes en materia de competencia y cartelización nos facilitan un instrumental insuficiente. A Google no se la puede dividir como cualquier otra empresa, puesto que obtiene su negocio en un sector prácticamente indivisible. Alrededor el 90% de sus ingresos resultan de una sola actividad, que es la inserción o colocación de enlaces de publicidad.

Lo cual resulta ser un modelo de negocio integral y holístico que no tiene parangón. No cabe dividir la publicidad de Google por anuncios para teléfonos móviles u ordenadores; esto no es factible. Cualquier usuario podrá abrir en su ‘smartphone’ un buscador para que le indique las páginas que, en un principio, estaban pensadas para los ordenadores. Y dentro de muy poco tiempo, las aplicaciones (Apps) de los smartphones también se podrán usar en los ordenadores. Google no tiene que hacer nada para que esta opción vaya prosperando; de esto se ocupará el desarrollo de las capas de fuente abierta (open source) del ecosistema Google (muchas de las actividades de Google quedan sometidas a controles muy severos, siendo los elementos open source tan sólo una fachada visible, que para nada viene a impedir dicho desarrollo).

Tampoco el negocio con los datos que se captan procedentes de los vehículos, las viviendas, los comerciantes al pormenor o los teléfonos, permite su división,  al ser transmitidos sin restricciones de un sensor a otro. Nuestros teléfonos, por ejemplo, ya se encuentran interconectados con nuestros coches y los comercios que frecuentamos.

Los órganos estatales de supervisión y control prácticamente no sirven de nada, dado que cualquier ley o disposición que se adopte, podrá esquivarse mediante estructuras o algoritmos inteligentes. Sirva de ejemplo el cómo durante los últimos 15 años se ha podido apalancar el derecho de autoría o propiedad intelectual.

Hasta cuando se trate de infracciones evidentes, al autor o propietario intelectual le resultará prácticamente imposible proceder en contra de cada una de ellas. Y por desgracia es así que una sola infracción pesa igual que millones de ellas, en tanto pueda/n descubrirse mediante buscadores en Internet.

Esta carga asimétrica viene a perjudicar aún más a las personas individuales y a las pequeñas empresas, aunque cuenten con dispositivos para proteger su privacidad, que son bien intencionados pero inútiles. Ya solo revisar los ajustes de protección de datos, a una persona le resulta de por sí tremendamente complicado. El escaso margen que los gigantes como Google, Facebook, etc. vienen a conceder, siempre es insuficiente, ya que uno se relaciona obligatoriamente también con los otros actores o usuarios que tienen vínculos comerciales con estos gigantes.

El absurdo sinsentido de los interminables debates en torno a la protección de datos.

Tan sólo los frikis con tendencias maniaco-obsesivas serán capaces de mantener el control. Éste, por parte del Estado, es un mero desiderátum. La persecución de las infracciones contra la protección de datos, a estas alturas ya resulta sumamente difícil y costosa, y ciertamente no irá a menos.

Seamos honestos: pensar que cada individuo, mediante los pertinentes dispositivos para proteger sus datos, podría decidir cuáles quedarán al alcance de otras personas y cuáles no, supone desconocer o ignorar la dinámica que aquí entra a operar. Esto no podría funcionar y sería una labor legislativa completamente inviable. 

Otro ejemplo de cómo las empresas informáticas pueden socavar el control del Estado, lo tenemos en el modo en que se sustraen de su obligación fiscal. Aunque aquí debemos distinguir entre lo que llamo el absurdo sinsentido de los interminables debates en torno a la protección de los datos, y los aspectos fiscales. Las leyes fiscales han de aplicarse porque se encuentran concretadas en la legislación. Las empresas deben liquidar sus impuestos. La protección de datos resulta mucho más difícil de definir; en ella entran aspectos de tipo cultural y emocional, que quizás nunca pueden precisarse del todo.


Logo de Google en un campo solar de California. Foto: REUTERS.

De tratarse del uso cualitativo de datos, como en el caso de su protección, no cabe imaginarse que el Estado esté siempre a la altura de los avances técnicos. Es por ello que al Estado le resulte tan complicadas las disposiciones legales en esta materia en la era digital. Resulta prácticamente imposible prever el desarrollo de la programación informática, máxime cuando toda disposición legal también deba observar los aspectos cualitativos.

Si la transmisión de ficheros completos de películas o libros queda prohibida, cabría transmitirlos en continuo (streaming) desde ordenadores en el extranjero, o dentro de una red peer-to-peer; y posiblemente ninguna persona, en ningún momento quedará en posesión del fichero completo. Todos pudimos observar este juego a lo largo de los últimos años. Muchos están a favor de las prácticas que socavan lo dispuesto en materia de protección del autor o propietario intelectual. Antes yo era uno de ellos. Pero miremos en qué se quedaría este juego en el caso de la protección de datos y su privacidad.

Supongamos por un momento que tenemos acceso a todos los datos que sobre nosotros se reúnen y almacenan. En tal caso, las empresas con cuya ayuda se manipula a las personas pronosticando sus actividades, seguirían ocultando los resultados pertinentes. Es un tema difícil que apenas llega a debatirse en público. Las grandes empresas, al etilo de los regímenes autoritarios, no sólo recogen los datos de los individuos, sino se sirven además de algoritmos para manipular sus mentes. El legislador tan sólo es capaz de alcanzar la superficie de este proceso, el material bruto de datos, pero no su valioso núcleo.

Ojos que no ven, corazón que no siente.

Quisiera señalar que se ha venido formando una clase de expertos en la protección de datos que declaran, con la mayor firmeza, que es posible proteger la intimidad o privacidad y otros valores afines, mediante unas leyes que vengan a anticipar la arquitectura digital futura. A mí me resultan poco convincentes. Y que tengan en los círculos de la Unión Europea cierta influencia, me resulta sorprendente.

Un aspecto que complica la cosa aún más: someter a una empresa como Google a un control estatal resulta además difícil, porque mucha gente ya está tan acostumbrada a recibir servicios gratis que se han vuelto cuasi adictos, por lo que entran a defender a la empresa. Lo cual me recuerda a aquellos que defienden el régimen autoritario mientras les resulte beneficioso a corto plazo.

En ocasiones las personas afines a la tecnología no quieren admitir que ya han perdido el control sobre sus propios datos. Empleando en sus ordenadores software del tipo open source, siguen afirmando que unos superordenadores que operan desde la absoluta clandestinidad no llegan a alcanzar su vida privada. Ojos que no ven, corazón que no siente.

El mero hecho de que el superordenador de una empresa como Google no esté a la vista, para nada quiere decir que no surta sus efectos. Los usuarios si bien perciben sus ventajas prácticas e inmediatas, no deberían perder de vista el sistema entero.

El trilerismo de los dueños de los datos.

A estas alturas, ya es factible ejercer influencia sobre la ciudadanía mediante cálculos estadísticos con el fin de optimizar sus conductas. La publicadad ya no es una forma de comunicación, sino la remunerada microgestión de las opciones que se vienen a ofrecer a las personas. Esto nos aclara el por qué en los últimos años tantas personas y empresas en todo el mundo han desacertado o fallado en sus decisiones crediticias, lo cual hay que tenerlo en cuenta en relación con la crisis financiera en Europa.

Cierto es que a menudo se publicitaban hipotecas absurdas via Google y otras empresas al servicio del cliente en Internet, pero los actores más nefastos eran indudablemente aquellos que ofertaban las hipotecas de forma directa, aun procediendo de modo parecido a Google. Se servían de ordenadores y redes con el fin de obtener poder informático.

Todo aquel que se muestre hábil en el manejo de ‘Big Data', se parece al jugador que obtiene ventajas “contando sus cartas”. Los demás jugadores no tienen oportunidad alguna. Y es por ello que Google y otras empresas, en la cima de la cadena alimenticia de datos, aparte de otros financieros, se han vuelto tan inmensamente ricos.

Google está reformando la sociedad.

Nos encontramos ante un problema muy serio, ya que cada vez más y más gente de a pie se ve privada de sus oportunidades, y la situación aún se irá agudizando en las décadas que vienen, una vez que madure y se disponga de una tecnología automatizada y altamente eficaz. Ese camino no nos llevará a una era de bienestar.

Casi todo el mundo ganará menos, estará menos seguro, mientras los de los ordenadores más grandes se harán extremadamente ricos. Un buen ejemplo para esta evolución nos lo ofrecen los traductores profesionales que seguirán siendo demandados, dado que los algoritmos, que automatizan la traducción de textos, requieren ser ampliados a diario por términos y conceptos nuevos, para hacer comprender las referencias y diferencias culturales; pero aun así, a los traductores se les trata como voluntarios mal pagados o involuntarios que han de trabajar gratis.

Quien esté en posesión de los ordenadores más potentes, decide en esta sociedad altamente desarrollada sobre la suerte de todos los demás. Y esto nos debería preocupar. Y hasta cuando uno pueda usar fuentes open source y no dependa exclusivamente de los servicios de Google, sigue viviendo en una sociedad que Google y Cia. están reformando constantemente.

No había mala intención.

Tampoco deberíamos volvernos melodramáticos. Las gentes de Google no son villanos. Mis amigos y yo, en una ocasión, les hemos vendido un programa de arranque (start-up) y me he encontrado con gente abierta y simpática. También hay gente que critica a Google y cuya crítica no es compartida siempre ni en todas partes. Personalmente, sigo investigando con Microsoft Research, porque Google no quería que me expresara libremente en público. A Microsoft le da igual si critico a la empresa. Pero aun así, habrá mucha gente, sobre todo en el mundo open source, que me considera una mala persona, un “bad guy”, por estar dispuesto a colaborar con un viejo archienemigo. Creo que ha llegado el momento de despedirnos de semejantes clichés. Microsoft resulta criticable en muchos puntos que también podemos criticar a  Google, pero la antipatía que reina entre ambos no debería influir en nuestro criterio sobre Google o el sistema entero.

No obstante, sigue habiendo moralistas que deben dividir el mundo entre buenos y malos. Lo más problemático en Google no es el carácter o la intención de su gente. Son buena gente. El problema es que han alcanzado una posición de extrema influencia, son tan influyentes que pueden desestabilizar la sociedad, si no se actúa en contra. No había mala intención, lo sé, porque estuve con ellos desde el principio. Nadie ha podido prever todo esto.

Microsoft demuestra a las claras que la confrontación con un Estado fuerte a la larga no tiene porque resultar negativa para una empresa grande. En aquel entonces, yo no mantenía contacto con Microsoft cuando se las tenía que ver con los órganos de vigilancia americanos y europeos, pero supongo que la empresa ha salido fortalecida de esos conflictos. Hay que recordarles a las grandes empresas con poderío que sólo pueden subsistir si son apoyadas por la sociedad. Si son conscientes de ello, su trabajo se verá mejorado y adquiere más sentido.

Ninguna influencia sobre contenidos online, por parte de nadie.

Europa debe abordar las cosas de otro modo. Personalmente, considero que el uso de los datos debería ser pagado. Como americano e integrante del mundo IT, me importa que se alcance una solución que se ajuste a la economía del mercado. Me refiero a unos procedimientos en los que cada uno pueda determinar por si solo el precio que puede costar el uso de sus datos, con lo cual quedaría limitado el poder y la influencia de las empresas y del Estado. Un inicio, que ya se ha propuesto en diversas variantes, podría ser un impuesto sobre los datos. Las empresas deberían contribuir con impuestos sobre sus respectivos beneficios que hubieran obtenidos gracias al libre acceso a los datos de la ciudadanía. Pero me temo que en tal caso el Estado alcanzaría demasiado poder con la consecuencia de crearse nuevos ciclos de corrupción. Pero al menos valdría la pena intentarlo.

Otra opción, que también podríamos llamar ‘nuclear’ o ‘antinuclear’, sería prohibir todo tipo de influencia empresarial sobre los contenidos online. Si queremos tener Internet abierto, tal y como lo propagan los partidos piratas, esta sería la salida. No deberíamos aplicar un doble rasero,  por un lado la comunidad, libre de intereses económicos, y por otro, las contadas  empresas americanas con sus beneficios astronómicos. Esto significaría que las actividades online quedarían fuera del alcance tanto de las empresas como de los políticos. Internet se convertiría en esa herramienta, abierta y honesta, como la que a menudo es invocada, pero que hasta la fecha nunca ha sido.

El uso de los datos debe cobrarse.

O bien se procede a concebir el aspecto comercial de Internet con tal amplitud que todos los usuarios se consideren ciudadanos de primera, o bien Internet se mantiene libre de todo comercio. Un Internet parcialmente comercializado, en el que sólo un puñado de gigantes tengan el poder y todos los demás, ávidos de ofertas prácticas gratis, nada tengan que decir, no resulta aceptable en absoluto. Y dado que a estas alturas ya no resulta concebible que el sector comercial quede suprimido, podría ser sensato atraer más personas hacia la economía de Internet, pagándoles a cambio de sus datos, sea mediante un microsistema de pago, como ya he propuesto, o sea por medio de impuestos y programas sociales estatales.

Existen ya muchas ideas interesantes, como por ejemplo la propuesta de Brasil, consistente en que los datos recogidos en Brasil han de almacenarse allí mismo para salvaguardar de este modo la apariencia de soberanía. Pero al examinarlos con más detalle, esos procedimientos no nos aportan mucho. Desde luego cabría almacenar los datos en Brasil, pero cabría evaluar y explotarlos, incontroladamente, en otro lugar. Así, por ejemplo, en los barcos que Google dice poseer. Cualquier prohibición estricta de exportar datos brasileños, vendría a contradecir un Internet global y llevaría al aislamiento de este país.

Como ya hemos dicho, el control por parte del Estado resulta difícil. Ninguno estará en condiciones de ganar la lucha contra la astucia de los programadores. Con lo cual volveríamos a la propuesta de hacer pagar por  el uso de los datos. Esta es una alternativa concreta y realizable además sin disposiciones de tipo cualitativo. La Unión Europea la debería contemplar y considerar seriamente.

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Sobre el autor, Jaron Lanier (nota biográfica que acompaña a su artículo en el FAZ):
Jaron Lanier. Foto de Allan J. Cronin, 2009
Jaron Lanier es informático, inventor, compositor, artista visual y autor. Es considerado como padre del concepto “realidad virtual”. Como científico es el director del proyecto “Nacional Tele-immersión Initiative”, que promueven varias universidades en aras de investigar lo que llaman “Internet2”. Imparte clases en la “School of The Arts” de la Universidad de Nueva York, y también en la Universidad de Columbia. Es cofundador del “International Institute for Evolution and Brain”, vinculado a la Universidad de Harward y a la Universidad de Paris.
Fue el primero en proponer redes informáticas sobre la base de Internet; en desarrollar el primer “avatar”, la primera cámara virtual para televisión y gráficos 3D para cine. En 1983 presentó con “Moondust” el primer videojuego. Su última publicación (aún no traducida al español): Who Owns the Future? [A quién pertenece el futuro. Tú no eres cliente de Internet, eres su producto].


Original: "Wer die Daten hat, bestimmt unser Schicksal", en Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), 24-04-2014.   
Traducción al español: Tucholskyfan Gabi. 
Fuente de esta traducción: Blog del viejo topo (blogdelviejotopo.blogspot.com.es)


El debate en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ)
Como hemos dicho, las dos entradas publicadas sobre "El poder de Google", forman parte de un debate amplio a partir de artículos publicados en el Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ). Los textos están en alemán, pero algunos están disponibles también en inglés. Enlazamos a continuación algunos de estos artículos del FAZ:

Más información sobre Lanier:
Apenas son algunas referencias para aquellos que no conocían a Lanier y desean saber un poco más sobre este autor.




domingo, 4 de mayo de 2014

El poder de Google (1 de 2). Carta abierta a Eric Schmidt (presidente ejecutivo de Google)





En un reciente artículo titulado “A chance for growth” (Una oportunidad para crecer), el presidente ejecutivo del imperio Google, Eric Schmidt, alababa las ventajas y bondades de su empresa; se trataba de una réplica de Schmidt al artículo "Miedo a Google", escrito por Robert M. Maier y publicado, como el anterior, en el diario alemán FAZ (Frankfurter Allgemeine Zeitung).

Siguiendo el debate, el FAZ a su vez respondió con el artículo que a continuación reproducimos, de Mathias Döpfner, jefe del grupo editorial alemán Axel Springer, y que fue publicado como "carta abierta" con fecha 16.04.2014

Nos ha parecido interesante traducir y reproducir el artículo de Mathias Döpfner, puesto que -con independencia de alguna valoración política que vierte y que resulta discutible- contribuye a un debate urgente, de máxima necesidad social y política y de alcance mundial: el poder de Google y la amenaza que supone. Posteriormente, publicaremos una entrada relacionada, consistente en la traducción del artículo de Jaron Lanier, titulado "Quien tiene los datos, determina nuestro futuro".

Posiblemente, por la influencia y poder que concentra Google, Eric Emerson Schmidt quizás sea la persona más importante de la industria de Internet. En 2011 fue la causa de una fuerte controversia política en la Red; Schmidt aparecía en un vídeo de Youtube como miembro asistente a la reunión que el Grupo Bilderberg celebraba en Suiza. El vídeo fue censurado por Youtube y retirado, lo que generó una amplia polémica.

Mathias Döpfner, autor de la carta, es el director general del gigante alemán de medios Axel Springer SEAxel Springer Verlag AG "es un grupo editorial alemán, uno de los mayores de Europa, y controla el 25 por ciento del mercado de los periódicos. Maneja 150 periódicos y revistas en 32 países; tiene a su disposición más de 10.000 empleados y unos ingresos superiores a los 2.000 millones de euros" (Wikipedia). Entre los periódicos del grupo está el FAZ Frankfurter Allgemeine Zeitung), el diario alemán de mayor circulación en el extranjero y en el que fue publicada esta carta abierta que reproducimos ahora.

Aportamos estos datos de contexto porque el texto que sigue tiene un valor añadido en función de quién es su autor. No se trata de un activista político o de un intelectual de izquierdas que nos alerta del peligro que supone Google, sino que en este caso quien lo hace es un alto ejecutivo de una gran corporación capitalista del sector editorial y mediático. Esto le otorga un plus de interés al artículo, un valor añadido a la crítica realizada, ya que Axel Springer forma parte, igual que Google, del sistema nervioso del capitalismo.

Como señala el FAZ en el original en alemán, es la primera vez que un ejecutivo alemán reconoce la absoluta dependencia de Google por parte de su compañía, lanzando una especie de aviso a navegantes: muy pronto, toda la industria editorial pertenecerá a Google por la dependencia originada.

Aprovechamos para recomendar el artículo de Zygmunt Baumann, "El fin del anonimato. Lo que los drones y Facebook tienen en común"traducido y publicado anteriormente en el blog y que está relacionado con algunos aspectos mencionados en esta carta abierta de Mathias Döpfner. Igualmente, tiene cierta relación y puede resultar interesante el artículo de Daniel Leisegang, "Un mundo felizmente vigilado", que también se tradujo y publicó en el blog. 


Ficha técnica
Original: "Offener Brief an Eric Schmidt. Warum wir Google fürchten", en Frankfurter Allgemeine Zeitung (FAZ), 16 de abril de 2014. El mismo FAZ publica una versión en inglés: "An open letter to Eric Schmidt. Why we fear Google" 
Traducción al español: Tucholskyfan Gabi. La traducción se ha realizado, selectivamente, a partir de ambas versiones (alemán e inglés).
Fuente de esta traducción: Blog del viejo topo (blogdelviejotopo.blogspot.com.es)
Imágenes y negritas: son añadidos nuestros.
Uso de esta traducción, advertencia: los derechos del artículo pertenecen a FAZ y su distribución está pues restringida a las condiciones que señala FAZ. Quien por su cuenta y riesgo decida difundir esta traducción, rogamos al menos que se reproduzca íntegramente esta ficha técnica, conservando los enlaces (hipervínculos) que figuran (tanto a este blog como a la fuente en alemán).   



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Carta abierta a Eric Schmidt
¿Por qué tememos a Google?
Por Mathias Döpfner

Mathias Döpfner
Querido Eric Schmidt:

Mediante su texto “Una oportunidad para crecer”, publicado en el FAZ, el Frankfurter Allgemeine Zeitung, usted responde a un articulo publicado pocos días antes en el mismo medio bajo el título “El miedo a Google”. En su texto, usted viene a mencionar una y otra vez a la editora Axel Springer. Obedeciendo al requisito que impone la transparencia, quisiera responderle por medio de esta carta abierta.

Usted y yo nos conocemos desde hace muchos años, habiendo podido debatir en muchas ocasiones, como usted escribe, sobre la relación entre las editoras europeas y Google. Como sabe, soy un gran admirador del éxito empresarial de Google, que en muy pocos años, desde 1998, se pudo convertir en una empresa que emplea unas cincuenta mil personas en todo el mundo; cuyas ventas en el ejercicio pasado se cifraron en unos 60.000 millones de US$, y que cuenta con una capitalización de mercado bursátil superior a 350.000 millones US$.

Para Google no existe alternativa.

Google no sólo es el más grande de los motores de búsqueda en el mundo, sino también y junto a Youtube la mayor plataforma de vídeos (que, a su vez, ocupa el segundo lugar en el ranking mundial); con Chrome, el mayor de los navegadores; con Gmail, el más grande de los servicios de correo electrónico y, con Android, el más extendido de los sistemas operativos en telefonía móvil. Con razón, remite usted en su artículo al fabuloso impulso que Google ha dado a favor del crecimiento de la economía digital. En 2013, el beneficio de Google alcanzó los 14.000 millones de US$. Me inclino y me quito el sombrero ante semejante logro empresarial.

Que usted haya mencionado en su texto la cooperación en materia de marketing entre Google y Axel Springer, también es de nuestro agrado. Algún que otro lector, empero, lo interpretó como si Axel Springer fuese esquizofrénico. Me explico: por un lado, estando entre los europeos que presentaron una demanda contra Google por supuesto delito de cartelización [NT1], pugnando nuestro grupo por la protección de la autoría y las prestaciones afines en el ámbito jurídico alemán (Leistungsschutzrecht), que viene a prohibir el robo de contenidos; por otro lado, empero, Axel Springer se beneficia no sólo del tráfico que Google origina, sino también de sus algoritmos a la hora de comercializar  su publicidad online en los sitios secundarios remanentes.  Lo cual es cierto y puede calificarse de esquizofrénico. O liberal. O, y esa es la verdad, y empleando el término favorito de nuestra canciller: alternativlos (carencia de alternativa).

David y Goliat no están a la misma altura.

No nos consta ninguna alternativa que tan siquiera mínimamente nos pudiera ofrecer las mismas condiciones tecnológicas de automatización comercial de publicidad. Y no podemos renunciar a esta fuente de ingresos, que nos urge obtener para poder financiar nuestra inversión tecnológica. La prueba la tiene en el hecho de que cada vez más editoriales también hagan lo mismo. Tampoco conocemos ningún otro motor de búsqueda capaz de asegurar y ampliar nuestro alcance on-line. Una gran parte de los medios periodísticos de calidad obtiene su tráfico mayormente vía Google. En otros ámbitos, no periodísticos, el cliente viene guiado casi exclusivamente por Google. Dicho claramente: nosotros, y muchos otros, simplemente dependemos de Google. Google, tiene un share actual de 91,2 % en el mercado alemán. Decir entonces: ”si no estáis conformes, os borráis de las listas y os vais a otra parte” viene a ser tan realista como recomendarle al adversario de la energía nuclear que renuncie a la electricidad. A no ser que pretenda vivir entre los Amish, claro,  porque en la vida real simple y llanamente no podrá hacerlo.

De parte del equipo de Google siempre recibimos, nosotros y las demás editoras, un trato exquisito, pero nunca estamos a una misma altura. ¿Cómo podría ser de otro modo? Google no nos necesita. Pero nosotros a Google sí. También en términos económicos, nos movemos en galaxias distintas. Con unos beneficios anuales de 14.000 millones, Google obtiene 20 veces más que Axel Springer. Trimestralmente, uno obtiene más beneficio que el que obtiene el otro en todo el año. Las nuestras son relaciones entre el Goliat Google y el David Axel Springer. Si Google cambia un solo algoritmo, a los pocos días, en una de nuestras filiales se hunde el tráfico en un 70 %. Son datos reales. Y que la referida filial nuestra sea competidora de Google es pura casualidad.

Nuestros valores, nuestro concepto del hombre, nuestro orden social.

Google nos da miedo. Así de claro debo decirlo, puesto que apenas ninguno de mis colegas se atreve a ello en público. Y como el mayor de entre los pequeños, quizás debamos ser los primeros en iniciar este debate. Usted mismo lo escribe en su libro:
“estamos convencidos de que portales o plataformas como Google, Facebook, Amazon y Apple resultan incluso mucho más poderosos de lo que la mayoría de la gente pueda suponer. Su poder reside en su capacidad de crecer exponencialmente. Con excepción de los virus biológicos, no existe nada capaz de extender y expandirse con la misma velocidad, eficacia y agresividad que estas plataformas tecnológicas; lo cual a sus creadores, propietarios y usuarios les vuelve poderosos a su vez."
El debate acerca del poder de Google no es pues ninguna teoría conspiracionista por parte de los eternamente obstinados y anticuados. Usted mismo refiere el nuevo poder de esos creadores, propietarios y usuarios, aunque en caso de éstos últimos no estoy tan seguro si me lo planteo a largo plazo. Puede que el poder, rápidamente, vaya seguido por la impotencia. Y es precisamente por ello que debemos llevar ahora este debate en bien del interés de un ecosistema sano de la economía digital. Y esto afecta y concierne a la competitividad, no sólo económica, sino también política.  Afecta a nuestros valores, nuestro concepto del hombre y nuestro orden social en todo el mundo y, desde nuestra perspectiva, a todo el futuro de Europa.

¿A quién pertenecen los datos?

Estando así las cosas, su grupo empresarial está alcanzando en los más diversos ámbitos un papel destacado en nuestras vidas cotidianas, profesionales y privadas, en los domicilios, los vehículos, la sanidad, la robótica, etc. Lo cual supone una enorme oportunidad, pero también una amenaza no menos grande. Estoy temiendo que no sea suficiente afirmar, como usted lo hace, que pretende convertir el mundo en un “lugar mejor”.

El crítico de Internet, Evgeny Morozov, nos describe claramente la postura que deben adoptar las sociedades modernas: no debatimos acerca de la tecnología, cuyas fascinantes posibilidades le constan a cualquiera. Nuestro debate es de carácter político. Los aparatos y los algoritmos de Google, no forman parte de ningún programa político. O al menos no deberían hacerlo. Son los ciudadanos quienes debemos decidir si queremos lo que usted exige de nosotros y, en su caso, a qué precio.

Las editoriales hemos podido experimentar muy pronto, quizás antes que otros ramos e industrias, lo que esto puede suponer. Pero mientras sólo se trataba de expropiar o apropiarse de contenidos de información (por parte de quienes usen los buscadores y agregados, pero no estén dispuestos a pagar por ellos), muy pocos se mostraban interesados. Pero este panorama está cambiando cuando lo mismo sucede con los datos personales de los individuos. Preguntarnos a quién/es pertenecen estos datos será uno de los más importantes planteamientos políticos que nos aguardan.

Un monopolio global.

Usted dice en su artículo que las voces críticas con Google a fin de cuentas “vienen a criticar a Internet y la oferta de información y demanda de cualquiera desde cualquier lugar”, cuando lo cierto es lo contrario. Quien critica a Google, no critica a Internet. Y a quien le importe que la Red funcione, debe criticar a Google. Para la editora que somos, Internet no supone ninguna amenaza, sino la oportunidad más grande de las últimas décadas. El 62 % de nuestro beneficio procede hoy del negocio digital. Por lo tanto, no hablamos de Internet, sino únicamente del papel que Google desempeña en él.

En este contexto, hay que valorar como sumamente relevantes las quejas que diversos grupos editoriales e informáticos europeos presentaron contra Google, ante los órganos responsables de la competencia y competitividad de la Comisión Europea.  Google parece ser el paradigma de una empresa dominante del mercado. Google, con su cuota del 70 % en el mercado mundial, viene a determinar la infraestructura de Internet.  El siguiente buscador más grande, con un 16,5 %, es el chino Baidu, ya que China es una dictadura que prohíbe el libre acceso a Google. Siguen otros buscadores que por no superar la cuota del 6 %  no resultan relevantes.

El mercado está en manos de uno solo. La cuota de Google en la publicidad online en Alemania está aumentando año tras año. En la actualidad se cifra en un 60%. En comparación, el diario Bild (clasificado desde hace décadas como dominante por el Tribunal alemán de Competencia -anticártel-, razón que, por otra parte, le impidió a Axel Springer adquirir las cadenas ProSieben Sat.1 y diversos periódicos regionales) tiene un 9 % en el mercado alemán de publicidad impresa. En comparación, Google, más que dominante, resulta súper-dominante.

Para Internet, Google viene a ser lo mismo que eran la Deutsche Post, los servicios alemanes de correo, para los envíos y el reparto postal; o la Deutsche Telecom para los servicios de telefonía. En aquel entonces había monopolios estatales. Hoy existe un monopolio global en Internet. Por lo tanto, es de suma importancia saber si los resultados de búsqueda en Google obedecen a unos criterios transparentes y justos.

Se introducen pagos de “impuestos de protección” que la UE sanciona.

Pero esos deseables criterios no existen. Google facilita información sobre sus propios productos, desde el comercio electrónico, hasta las páginas de su propia red, entrando como competidor, incluso cuando los productos resultan de calidad inferior y no debieran aparecer conforme al algoritmo Google.  Ni siquiera se le advierte al usuario que los resultados de su búsqueda obedecen a la autopropaganda de Google. Aun cuando la oferta de Google cuente con menos visitas que la de un competidor, sigue figurando más arriba hasta llegar a equipararse por el número de visitas.

Esto es abusar de la posición dominante en el mercado. Y todo el mundo esperaba que el Tribunal Europeo de Competencia fuera a prohibir dicha práctica. Pero parece que no es así. El comisario competente propone, a cambio, “un arreglo, un compromiso” que a cualquiera con un mínimo de conocimiento le debe de dejar sin palabras. Eric, en su artículo habla usted del arreglo que había buscado pactar con la Comisión Europea. De acceder la Comisión a su propuesta en esos términos, usted habría encontrado otra nueva fórmula para que Google pueda cobrar más en concepto de publicidad. No serían pues concesiones dolorosas, sino ingresos adicionales. 

Parece ser que la Comisión Europea propone seriamente que el buscador Google, que ya domina toda la infraestructura, pueda seguir discriminando a otros competidores, colocándolos desfavorablemente en su lista de resultados de la búsqueda. A cambio, sin embargo, y ahí está el truco, se abriría una nueva ventana de publicidad, en la que el competidor discriminado podría comprar un rango más favorable en la lista. A esto no cabe llamarlo compromiso ni arreglo; esto viene a ser la introducción, sancionada por la UE, de aquel modelo de negocio que en círculos menos respetables recibe el nombre de “impuesto de protección”. Léase: si quieres que no te matemos, debes pagar.

Saber lo que estamos pensando.  

Usted no ignora que esta medida redunda a largo plazo en una discriminación y en un debilitamiento del concierto competitivo; y que de esto modo, Google puede expandir su súper dominio. Tampoco ignora, que, por lo tanto, se iba a resentir aún más la economía digital europea. Ni con mi mejor voluntad, me puedo imaginar que era esto cuando se refería a llegar a un acuerdo o compromiso. Pero esto no es nada que yo le reproche a usted ni a Google.

Usted, como representante de la empresa,  puede y debe defender sus intereses. Mi reproche se dirige pues a la Comisión Europea de Competencia. El comisario Almunia debería volver a reflexionar si resulta sensato “fabricar”, cuasi a modo de último acto de oficio, lo que vendría a ser el último “clavo del ataúd” para la ya esclerótica economía europea de Internet. Pero ante todo, no dejaría de ser una traición al consumidor, al usuario, que ya no encontraría ni lo más indicado, ni lo mejor para él, sino lo que convendría a Google y su beneficio, que acabaría siendo una traición a la idea básica de Google.

Vale decir lo mismo sobre el complejo y difícil tema de  la seguridad de los datos y su explotacion y/o evaluación. Desde que las revelaciones de Snowden desencadenaron el escándalo de la NSA, descubriéndonos las estrechas relaciones entre los servicios secretos y las grandes empresas dedicadas en EEUU a los servicios online, el clima social -al menos en Europa- ha sufrido un profundo cambio. Los ciudadanos se han vuelto más sensibles por lo que pueda pasar con sus datos personales de usuarios.

Nadie sabe tanto sobre sus clientes como Google. Hasta los correos privados o profesionales son leídos por Gmail y pueden evaluarse, si se quiere o pretende. Usted mismo dijo en 2010: “Sabemos dónde estás. Sabemos dónde estuviste. Podemos saber más o menos lo que estás pensando en ese momento”. Una sentencia realmente honesta. Pero hay que preguntar si los usuarios quieren que estas informaciones se empleen con fines comerciales -lo cual tiene sin duda muchas ventajas, pero también algún que otro lado siniestro -; preguntar además si consienten que sus datos caigan o que ya estén en manos de los servicios secretos.

El combustible del siglo XXI.

En el libro de Patrick Tucker titulado “The naked Future. What happens in a World that anticipates you every move” [El futuro al desnudo ¿Qué pasa en un mundo que anticipa cada uno de tus pasos?] – un libro cuya visión de futuro el ideólogo jefe de Google, Vint Cert, ya considera ineludible -  he leído una escena que se me antoja de ciencia ficción sin serlo realmente: imagínese, dice el autor, que usted despierta una mañana y lee escrito en su móvil:
“Buenos días, al salir del trabajo te vas a encontrar por casualidad con tu ex amiga Vanessa que te contará su compromiso de boda el próximo domingo. Finge que te sorprendes, ya que Vanessa aún no lo ha contado a nadie más. Pero no olvides de mandarle flores el domingo”.
Supongamos que se sorprende un poco que su móvil sepa todo esto, puede tratarse de una broma, y luego se olvida. Pero por la tarde se cruza realmente con Vanessa. Recordando vagamente el mensaje de la mañana, usted la felicita por su compromiso. Vanessa se alarma. “¿Cómo es que lo sabes?”, le pregunta. Y usted responde: “¿No lo has posteado en Facebook?”. “Todavía no”, responde Vanessa, y se aleja corriendo. ¡Ya no hará falta que le mande flores!

Google registra más de 500 millones de direcciones de Internet. Google sabe más sobre cada ciudadano digital activo de lo que George Orwell hubiese imaginado en sus osadas visiones de “1984”. Google posee el tesoro de datos actuales de toda la humanidad, como su fuera el gigante Fafner en el “Anillo del Nibelungo”: "Hier lieg’ ich und besitz” [aquí me quedo tumbado y poseo]. Espero que sea usted consciente de la enorme responsabilidad de su empresa. Si los combustibles en el siglo XX eran de origen fósil, los del siglo XXI serán los datos de los usuarios y sus perfiles. Hay que preguntarse si la competencia, en general,  puede seguir funcionando en la era digital, ya que los datos se encuentran reunidos hasta el extremo en manos de una sola parte.

Sólo las dictaduras quieren que sus ciudadanos sean transparentes.

En el contexto que nos ocupa, existe una cita de usted que me preocupa. En 2009, usted dijo: “Si hay cosas que usted no quiere que nadie las sepa, no debería hacerlas”. Sólo más preocupante aún me resulta la frase que Mark Zuckerberg pronunció durante la conferencia de Sun-Valley, mientras usted y yo estábamos sentados entre los oyentes. Preguntado por cómo Facebook almacenaba los datos y protegía la esfera privada de sus clientes, Zuckerberg había contestado: “No entiendo su pregunta. Quien nada tiene que ocultar, nada tiene que temer”.

Una y otra vez he recordado esta frase. La encuentro espantosa. Será que no fuera dicha con esa intención. Pero detrás se esconden una mentalidad y una concepción del hombre que no se emplean en sociedades libres. Una frase así podría haberla dicho el jefe de la Stasi u otro servicio secreto de cualquier dictadura. Y es que la esencia de la libertad consiste precisamente en que yo no esté obligado a decir lo que hago; que tenga derecho a la discreción e, incluso, a tener secretos; que pueda determinar yo mismo lo que revelo sobre mí. En este derecho, que ampara a cada individuo, consiste la democracia. Únicamente las dictaduras prefieren en lugar de una prensa libre al ciudadano transparente.

La sumisión voluntaria no puede ser la última palabra.

Las autoridades de Bruselas, para fortalecer los derechos de los usuarios, están valorando cómo evitar su total transparencia, mediante la restricción del uso y registro de cookies en Internet (que hoy en día permiten reconstruir, por ejemplo, en qué pagina estuvo alguien el 16 de abril de 2006 a las 16 horas). No sabemos exactamente cómo será esta regulación, ni sabemos si será buena o mala. Pero hay algo seguro: habrá un ganador, Google. Puesto que los expertos consideran que Google es el líder absoluto en el desarrollo de tecnologías que documentan los movimientos y hábitos de los usuarios, sin el empleo de cookies.

Google también ha tomado ya medidas sobre el expediente de competencia ilícita y anti-monopolio pendiente en Bruselas en relación con los sistemas de búsqueda justa [Fair Search]. Se prevé que se falle a favor de Google, y en caso contrario tampoco pasaría nada. Las concesiones y restricciones alcanzadas en largos y duros procedimientos, y limitadas a los dominios europeos de Google, podrían quedar invalidadas desde un principio, puesto que Google podría disponer arbitrariamente, mediante Android o Chrome, que la búsqueda ya no se tenga que realizar por una dirección de Internet, sino mediante el uso de una APP, una aplicación. De esta manera, Google evitaría cumplir los compromisos que ha alcanzado, y que a día de hoy están en vigor para las búsquedas en los dominios de Google en Europa, como google.de.

¿Y qué cabe esperar de la política europea? ¿Piensa claudicar o despertar? Las instituciones europeas nunca fueron tan importantes como hoy. Hay que decidir sobre una arcaica cuestión de poder. ¿Existe una posibilidad para una infraestructura digital europea autónoma o no? En juego están nuestra competitividad y viabilidad futuras. Someternos voluntariamente no puede ser la última palabra del “viejo mundo”. Por el contrario, la voluntad de éxito de la economía digital europea podría ser relevante para la política europea, el estímulo que durante las últimas décadas tanto se echó de menos: una narrativa emocional.

Un supra-estado en un vacío legal.

16 años de almacenamiento de datos y 16 años de experiencia de decenas de miles de desarrolladores de IT, han llevado a Google a una ventaja competitiva que ya no cabe superar con medios económicos. Desde que Google comprara “Nest”, el fabricante de dispositivos para el hogar, sabe con más exactitud que nunca lo que los ciudadanos hacemos dentro de nuestras casas. Además proyecta construir automóviles sin conductor para hacer, a largo plazo, la competencia a la industria del sector, desde Toyota hasta Volkswagen. Con lo cual no sólo sabría a dónde nos dirigimos, sino también en qué nos ocupamos durante el trayecto. ¡Olvidáos de Big Brother: Google es mejor!

Ante este panorama, me confieso preocupado ante el hecho de que Google, que acaba de adquirir al fabricante de drones "Titan Aerospace", lleve tiempo co-fomentando la construcción de enormes barcos y plantas flotantes de producción, que podrán operar en alta mar; es decir, fuera de las respectivas aguas territoriales soberanas. ¿Qué es lo que motiva semejante evolución? No hace falta ser conspiracionista para llegar a preocuparse, sobre todo al escuchar las palabras del fundador y accionista mayoritario de Google, Larry Page.

Page sueña con un lugar sin protección legislada de datos y sin responsabilidad democrática. "Hay un gran cantidad de cosas que nos gustaría emprender, pero que desgraciadamente no podemos hacer", dijo Paga ya en 2013, "ya que existen leyes que nos lo impiden. Deberíamos disponer de un par de lugares donde estar seguros, donde poder experimentar y averiguar los efectos que pudieran surtir en la sociedad"

¿Esto quiere decir que Google esté proyectando poder operar en un vacío legal, sin tener que pelear con las autoridades anti-monopolio y la protección de datos? ¿Una especie de "supra-estado", un imperio flotante que navegue al margen de todo estado nacional y su orden jurídico?

Google podría ser precursora dando buen ejemplo.

Hasta el presente, nos preocupaban cuestiones tales como qué pasará si Google sigue extendiendo su ya absoluto dominio en el mercado. ¿Aún habrá menos competitividad que ahora? ¿Será que la economía digital europea todavía quedará más relegada frente a los grandes super-grupos americanos? ¿Se producirá una situación en la que los usuarios y consumidores se tornen aún más transparentes, condicionados y manipulados por terceros y sus intereses económicos y/o políticos? ¿Y cómo van a repercutir estos factores en nuestra sociedad?

Al escuchar estas noticias, uno se debe preguntar preocupado: ¿será que Google, seriamente, ya ha planeado ese supra-estado digital, en el que una única corporación es naturalmente buena para los ciudadanos y nunca resulta “malvada”? Por favor, querido Eric, explíquenos por qué nos equivocamos en nuestra interpretación de lo que Larry Page dice y hace. 

Sé que estos problemas causados por las nuevas super-autoridades digitales, como Amazon y Facebook, no pueden ser resueltos solo por Google. Pero sí podría, también en beneficio propio a largo plazo, ser precursor y predicar con su buen ejemplo. Podría crear más transparencia, no sólo proporcionando los resultados de búsqueda ordenados por unos claros criterios cuantitativos, sino también publicando todos los cambios en los algoritmos. Podría además dejar de almacenar las direcciones de IP, borrar las cookies después de cada sesión y solo guardar el historial cuando explícitamente es solicitado por el usuario. Y podría explicar qué se propone con esas sedes corporativas flotantes y laboratorios de investigación y desarrollo. 

El alto precio de la cultura gratis.

Esa preocupación por la creciente heteronomía de esa araña que todo lo determina en esa red tejida que es Internet, no alcanza tanto al dinosaurio analógico -que lo teme por no haber entendido lo que es el Internet- como a los "nativo-digitales" [los que han nacido ya con esta tecnología]; y entre estos, a los más jóvenes y mejor formados, que consideran cada vez más problemático ese creciente control por parte de Google.

En este contexto hemos de hablar de la "cultura gratis"En Internet, en ese mundo bonito y multicolor de Google, se nos antojan gratuitas muchas cosas: desde las búsquedas hasta los productos editoriales y periodísticos. No obstante, en realidad las pagamos mediante nuestro comportamiento, mediante la previsibilidad y utilidad comercial de nuestra conducta. Quien hoy sufre un accidente de tráfico y así lo comunica en un correo electrónico, puede que reciba mañana en su móvil la oferta de un comercial del ramo. Tremendamente práctico.

Quien hoy navega por los sitios para informarse sobre la hipertensión, quien delata su notoria falta de ejercicio a través de su pulsera Jawbone, a los pocos días ya puede esperar una prima superior en su seguro médico. ¡Nada práctico, sólo horrible! Podría faltar poco para que cada vez más gente se de cuenta del alto precio que paga a través de la cesión de información sobre su conducta y hábitos, el precio del libre albedrío. Así que resulta mejor y más barato pagar, en su caso, con algo totalmente anticuado, simplemente con dinero. 

También cabe morir de éxito

Google es el banco dominante en el mercado internacional negociando con la moneda del conocimiento sobre nuestra conducta o hábitos. Ninguna otra empresa capitaliza su saber y conocimiento sobre nosotros con tanto éxito como Google. Lo cual resulta tan impresionante como peligroso.

Querido Eric Schmidt, usted no necesita de mi consejo y, desde luego, le estoy escribiendo desde la perspectiva de un afectado más. Soy parcial. Me beneficio de Googles Traffic, me beneficio de la publicidad automatizada de Google. Y soy una posible víctima del conocimiento digitalizado y del poder de mercado de Google. Pero aun así: a veces, menos es más. Y también se puede morir de éxito.

A lo largo de toda la historia económica mundial, los monopolios nunca han gozado de una larga vida. Hemos podido comprobar que o bien fracasaron por su autocomplacencia por sus éxitos (lo cual no es probable en el caso de Google), o bien resultaron debilitados en el concierto competitivo (lo cual en el caso de Google tampoco resulta muy probable). O bien resultaron ser limitados y restringidos en virtud de la iniciativa política. He ahí los casos recientes de IBM y Microsoft.

Otro camino sería la voluntaria autolimitación y restricción del vencedor. ¿Es realmente inteligente esperar a que un político pida en serio la disgregación del grupo Google? O, peor aún, ¿a que la ciudadanía se niegue a seguirle el juego? ¿Todavía los ciudadanos pueden negarse? Nosotros ya no estamos en condiciones de hacerlo.

Cordialmente:
Mathias Döpfner




Nota de traducción:
[NT1] Se refiere al "cartel". La cartelización es aquel sistema en el que la mayoría de las empresas de un sector o bien vienen a ser las mismas o bien, a través de pactos informales, alcanzan acuerdos con el fin de eliminar (o al menos minimizar o reducir) la competencia. El resultado es el control casi absoluto del sector en el mercado.

Traducción al español: Tucholskyfan Gabi. La traducción se ha realizado, selectivamente, a partir de ambas versiones (alemán e inglés).
Fuente de esta traducción: Blog del viejo topo (blogdelviejotopo.blogspot.com.es)

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