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sábado, 29 de abril de 2017

La cabra siempre tira al monte. Las entrañas fascistas de Jorge Verstrynge.


Pablo Iglesias con Verstrynge. Sobre éste declaró el líder de Podemos: "Verstrynge fue un precursor de Podemos porque nos enseñó a pensar con claves diferentes a las tradicionales de la izquierda".

Uno de los efectos colaterales de las elecciones francesas en nuestro país, es que han contribuido a que muchos se quitasen la careta con la que disimulaban sus simpatías por el neofascismo lepeniano, negando su condición fascista y reivindicando su discurso.

Sin duda, la anticomunista Marine Le Pen (que antes pedía la ilegalización de los comunistas y que dejó de hacerlo cuando se dio cuenta que podía engatusar a muchos incautos simpatizantes del movimiento comunista), representa el look más actual y seductor del fascismo, al esconder en el armario algunas de las expresiones más explícitas que lo caracterizan. El caso es que Marine Le Pen tiene en Jorge Verstrynge un admirador de siempre. No sería justo afirmar que Verstrynge se haya quitado la careta estos días con Le Pen tal como otros sí han hecho, sencillamente porque Verstrynge jamás ocultó sus simpatías por el neofacista FN de Francia; otra cosa es haya habido muchos que no quisieran verlo ni oírlo.

Verstrynge tiene doble nacionalidad, francesa y española, con lo cual puede votar en las elecciones francesas. Por tal motivo, el periodista Antonio García Ferreras entrevistó -ayer día 28 de abril- a Verstrynge en el circo de Al rojo vivo, en La Sexta. Ferreras le preguntó a Verstrynge por las elecciones francesas.  Esto es lo que contestó (véase vídeo pulsando en este hipervínculo): 
Ferreras. ¿Le Pen o Macron? Un pronóstico, le pido un resultado. 
Verstrynge. Un resultado no lo sé, pero desde luego el menda, yo, que el domingo que viene -éste no, el otro- tendré que ir a votar, en ningún caso, ni jarto de vino, ni con la bayoneta aquí, (...) en ningún caso voy a votar por el señor Macron.  
Ferreras. Espero que tampoco vote a Le Pen.  
Verstrynge [Gesto con las manos como quien echa balones fuera]. Eso ya... ¡secreto de sumario! Ya te lo contaré un día. 
Está claro, ¿verdad? Pero podríamos preguntarnos si esto es una sorpresa. Como dije antes, Verstrynge nunca ocultó sus simpatías por la neofascista Le Pen.

A menudo se ha hablado de la evolución política de Verstrynge, desde la extrema derecha a la izquierda orgánica, pasando por haber sido en su momento el delfín político de Fraga. ¿Ha sido realmente así? 

Verstrynge se educó en Francia, trasladándose a España cuando llegó el momento de cursar estudios universitarios. Esto es lo que dice la Wikipedia sobre su trayectoria: "(...) Comenzó su carrera política en el seno del neofascismo francés, evolucionando después hacia el nacionalcomunismo, según confiesa en su libro 'Memorias de un maldito'. Fue una «persona cercana» a la organización neonazi Círculo Español de Amigos de Europa (...) Inicialmente fue admirador del ministro falangista José Antonio Girón. Alumno de Manuel Fraga (a quien define como gaullista, populista y socialdemócrata) en la universidad, comenzó a colaborar con éste en el Gabinete de Orientación y Documentación, que luego dio lugar a Reforma Democrática, siendo Verstrynge uno de los fundadores; Reforma Democrática sería uno de los embriones de la posterior Alianza Popular (AP) (...)".

El padre biológico de Verstrynge, Willy Verstrynge-Thalloen, fue un simpatizante de los nazis durante la ocupación alemana de Francia en la II Guerra Mundial. Luego sería un seguidor de Leon Degrelle, líder del fascismo belga. De su padre mamó Jorge Verstrynge sus primeras ideas políticas, lo que luego se concretó con su afinidad con CEDADE. 

CEDADE, Círculo Español de Amigos de Europa, fue la organización neonazi más relevante a finales de los 60 y principios de los 70. Fundada en el verano de 1965 en Barcelona, su cabeza visible era Jorge Mota. En un primer momento, la organización se presentaba como una asociación de jóvenes wagnerianos ("Asociación Wagneriana de Barcelona"), sin ocultar sus simpatías por el nacional-socialismo de Hitler y tampoco su antisemitismo; por encima de todo, CEDADE proclamaba a los cuatro vientos la superioridad de la "raza aria".  Muy pronto CEDADE se convirtió no solo en el referente neonazi español, sino que desarrolló estrechas conexiones a nivel internacional con grupos neonazis de muchos países, tanto de Europa como de América Latina. Se ha discutido si Verstrynge estuvo integrado formalmente en CEDADE; lo que no cabe duda, es que cuando menos fue simpatizante de esta organización nazi en sus primeros tiempos en España, hasta que se vinculó política y académicamente a Manuel Fraga.

La vinculación con Fraga le sirvió para hacer carrera académica. Pero también carrera política. Fue el pupilo académico y político de Fraga, al que Verstrynge llegó a considerar como un "socialdemócrata". Junto con Fraga, fue uno de los fundadores de la asociación política Reforma Democrática, creada al amparo de la Ley de Asociaciones Políticas promovida por las Cortes del franquismo en 1974 (el famoso "Espíritu del 12 de febrero" de Arias Navarro, la farsa reformista con la cual el franquismo más recalcitrante aspiraba a perpetuarse). Este grupo, Reforma Democrática, aglutinó a los franquistas más moderados y, sobre todo, a los tecnócratas del régimen de Franco, muchos de los cuales estaban vinculados al Opus Dei. Fue el embrión de lo que luego sería AP (Alianza Popular), más tarde refundada como PP (Partido Popular). En todo este proceso, Verstrynge estuvo en primera línea de la mano de Fraga, convirtiéndose en su delfín político. Fue diputado por AP (PP) entre 1982 y 1989 y secretario general de este partido 1979 y 1986, es decir, el segundo de a bordo después de Manuel Fraga.

Verstringe firmándole un autógrafo a Esperanza Aguirre, cuando era secretario general de AP (PP). 

Sin embargo, en aquella década de los 80 el caballo ganador era el PSOE de Felipe González, y este "wagneriano" -cuyo descubrimiento de la política había comenzado en el neofascismo francés- empieza a sentirse tentado por el felipismo. En 1986 provoca la ruptura con Fraga, aunque se niega a entregar el acta de diputado. Tras intentar fundar un partido con Mario Conde -Renovación Democrática– y tantear a Adolfo Suárez y su CDS, en mayo de 1988 solicitó formalmente su ingreso en el PSOE. El partido de Felipe González se mostró desconfiado al principio con la solicitud cursada por Verstrynge, pero éste se dejó querer y en septiembre de 1993 el PSOE aceptó oficialmente su admisión como militante: "Lo único que puedo decir es que estoy encantado", declaró Verstrynge al convertirse en militante de pleno derecho del PSOE. 

Tras el hundimiento del PSOE y el ascenso de Aznar, Verstrynge dejó de sentirse motivado por el partido de Ferraz y deja la militancia en él. Es entonces cuando empieza a dejarse querer por Izquierda Unida, convirtiéndose en asesor de este partido aunque no llegó a afiliarse pese a que Anguita lo animó a entrase formalmente en IU

La última estación política de Verstrynge fue Podemos, partido al cual pasa a apoyar como asesor tras su aparición en escena. Su vinculación a Podemos fue duramente contestada por algunos círculos podemitas que, en forma de comunicado, rechazaron cualquier tipo de participación de Jorge Verstrynge en Podemos, acusándolo de mantener un discurso xenófobo y filofascista (Diagonal Periódico):
"No reprochamos a Jorge Verstrynge su pasado político, sino sus posiciones actuales en diversos asuntos, especialmente con respecto a las cuestiones migratorias. Verstrynge se ha caracterizado por un discurso público explícitamente xenófobo y contrario al reconocimiento de los derechos de las personas que migran. Este discurso enlaza con los partidos de la nueva derecha radical que amenazan con hacerse fuertes en las próximas elecciones al Parlamento Europeo. Verstrynge ha mostrado abiertamente sus simpatías hacia Marine Le Pen y el Frente Nacional francés."
Y no les faltaba razón a estos críticos de Podemos.

En su trayectoria camaleónica, Verstrynge llegó a convertirse en uno de los asesores de máxima confianza de Hugo Chávez. Su libro sobre las guerras asimétricas fue convertido por Chávez en manual obligatorio para los jefes y oficiales de las Fuerzas Armadas de Venezuela. Esto no ha sido impedimento para que Verstrynge criticase la Cuba de Fidel (por ejemplo, en 2013). Su vena reaccionaria nunca ha dejado aflorar cada dos por tres, aunque sean pocos los que recuerden detalles suyos como posicionarse a favor del muro de Israel levantado contra los palestinos.

Ha tenido el cinismo de criticar la Transición después de haber sido uno de los fundadores y líderes de Alianza Popular. Pero también de llegar a afirmar que en España "nunca hubo fascismo". También niega la condición neofascista de Le Pen y del FN francés; tan siquiera reconoce su condición de extrema-derecha, quedándose tan ancho al afirmar que Le Pen simplemente es "soberanista y populista".

Hay quien afirma una deuda intelectual de Verstrynge con la Nouvelle Droite francesa y con su gurú Alain de Benoist, quien, a pesar de criticar aparentemente el fascismo, es uno de los grandes impulsores intelectuales del neofascismo europeo. Lo cierto es que muchas de sus ideas están en sintonía también con el discurso defendido por Aleksandr Duguin y su "cuarta teoría", posiblemente el mayor motor ideológico del neofascismo en estos momentos, cuidadosamente alimentado por el magnate ruso Konstantin Malofeev, el "soros ruso" que patrocina a grupos de extrema derecha europeos.

Es Jorge Verstrynge, la cabra que siempre tira al monte. De si mismo, últimamente dice que es "nacional-comunista", lo que popularmente se conoce como un "nazbol". Es el paradigma del nuevo fascismo que pretende presentarse con rostro amable. Un neofascismo que tiene mucho más peligro que aquel otro que es más aparente por su estética y folclore.

martes, 11 de abril de 2017

Legionarios: el necrófilo cuerpo militar que tenía que haber sido enterrado con la dictadura.



"¡Viva la Muerte!", uno de los lemas de la Legión

La España actual es cada vez más un esperpento valleinclanesco representado en el teatro de la pesadilla social. Una de tantas perlas del circo de los monstruos tuvo lugar estos días en Málaga. Un grupo de legionarios, que se encontraba en Málaga para rendir honores al Cristo de la Buena Muerte, realizó una visita a los niños ingresados en la planta de Oncología Infantil del Hospital Materno de Málaga. Fue organizada y coordinada por la comisión de actividades lúdico-culturales de ese hospital pública. Pretendía, se dijo, animar a los niños que sufren cáncer. La escuadra de legionarios desfiló por la ludoteca en la que se encontraban los niños, cantando el Novio de la Muerte, el macabro himno de este cuerpo militar que lleva escrita la barbarie en la frente y que incomprensiblemente sobrevivió a la dictadura franquista:
"Soy un hombre a quien la suerte / hirió con zarpa de fiera, / soy un novio de la muerte / que va a unirse en lazo fuerte / con tan leal compañera. / (...) me hice novio de la muerte, / la estreché con lazo fuerte / y su amor fue mi Bandera."
Muy adecuado para unos niños que están entre la vida y la muerte, ¿verdad? El esperpento habría sido completo si los legionarios hubieran gritado su lema de guerra delante de los niños enfermos de cáncer: "Viva la muerte". No llegaron a tanto: lo reservan para las ocasiones especiales en las que ejercen de imitadores de Rambo


*

Eran los años de la Transición... Poco después de cumplir los 18, un amigo y yo nos embarcamos en la aventura de ir a conocer Ceuta viajando en auto-stop. Otro amigo en común, un periodista aragonés, nos había facilitado la dirección de su hermano para que le hiciéramos una visita: un capitán destinado en una unidad de la Legión. Nos tomamos unas cervezas con él. Marcaba la distancia con los legionarios que tenía a su mando y no ocultaba su desprecio: él era un militar de academia, mientras que ellos apenas eran "una manada de borregos útiles que solo sirven como carne de cañón", nos decía. "En caso de guerra los mandas por delante, así que cuanto menos piensen, mejor", nos explicaba. A nuestro interlocutor lo habían enviado como primer destino al Sáhara después de salir de la Academia Militar de Zaragoza. La historia que nos contó resultaba espeluznante. Cierto día se decidió tomar una represalia contra un poblado saharaui. Se eligió a un grupo de legionarios y se les subió a un camión, entregándoles a cada uno una botella de whisky y varios cargadores de cetme. Fueron al poblado. La narración que nos brindó nuestro interlocutor sobre lo que pasó, nos puso los pelos de punta. Mi amigo y yo apenas éramos dos muchachos que acababan de cumplir los 18 años, pero jamás se ha borrado de mi cabeza aquel relato. La peor parte la llevaron las mujeres... No entraré en detalles.

"Cuanto menos piensen, mejor", decía aquel capitán. Sin duda. Imagino que para pensar ya está la popular cabra que han adoptado como mascota. "Muera la inteligencia" es un grito que le atribuyen al fundador de la Legión. Sin duda la cabra es el último reducto de la inteligencia en tal casposo cuerpo militar que siempre ha despertado las alabanzas de la extrema derecha -no es casualidad, pero también hay que recordar cuánto les lavó la cara el gobierno de Felipe González.



La Legión alardea de ser heredera de los tristemente célebres Tercios de Flandes, aquellos mercenarios que sembraron el terror por tierras flamencas, asesinando, saqueando y violando a su paso. La Legión Española, igual que la Legión Extranjera francesa, fue creada dando cabida a todo tipo de despojos humanos: criminales junto a aventureros sin escrúpulos y psicópatas variados. Violadores, ladrones, asesinos... encontraron refugio contra la Justicia en un cuerpo militar que borraba su pasado, a cambio de convertirse en perros de presa del colonialismo. No fue casual que Millán-Astray se inspirase en la Legión francesa para crear la española.


*

Más antigua que la española, la Legión Extranjera francesa fue creada en 1831, para proteger y extender el imperio colonial. Era la bayoneta del colonialismo francés, aunque también participó en las guerras imperialistas en suelo europeo. Al aceptar el alistamiento bajo identidad ficticia, la Legión extranjera fue refugio para todo tipo de criminales de todas las nacionalidades. Fueron los encargados de llevar el terror de la sangre a los pueblos oprimidos por el yugo colonial. Los comunistas hicieron justicia histórica aplastándolos en la guerra de Indochina, en la batalla de Dien Bien Phu. De Gaulle los envió también a Argelia, a torturar y asesinar en una campaña que buscaba sembrar el terror entre la población para debilitar al Frente de Liberación Nacional argelino. Hasta hoy, este cuerpo mercenario ha estado en todos aquellos sitios en los que el imperialismo francés ha necesitado de matones sin escrúpulos morales para defender sus intereses.

Imitando lo que era la Legión Extranjera, en 1920 se creó la Legión Española, con José Millán-Astray a la cabeza. El colonialismo español estaba siendo derrotado en Marruecos, así que por iniciativa de Millán-Astray se formó el cuerpo. Fue un proyecto personal suyo. Liberados de cualquier tipo de freno moral y legal, los legionarios de Millán-Astray sofocaron la rebelión anticolonialista de la forma que siempre han sabido hacer: sembrando el terror entre la población civil. En la guerra de África tuvieron patente de corso para emular a los que siglos antes extendieron el terror en tierras de Flandes.

Tiempo más tarde, la Legión fue traída a la península para sofocar y reprimir la Revolución de Asturias de 1934. Matar mineros también se les dio muy bien. Cuando se produjo el golpe de estado fascista de 1936, la Legión fue la vanguardia de los fascistas contra la legalidad republicana. Un manto de terror se extendió por todos los pueblos que iban tomando. Y en 1957-58, la Legión volvió a actuar en defensa de los restos del colonialismo español, durante la guerra de Ifni con Marruecos


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Millán-Astray en 1938.
Millán-Astray, el padre de la criatura legionaria, se curtió en las guerras coloniales españolas, en Cuba y Filipinas, en aquella España que se negaba desesperadamente a despertar del sueño imperial. "Honor y patria", aunque como siempre apenas se trataba de la defensa de los intereses de la oligarquía. Forma parte ya de la Historia su encontronazo en la Universidad de Salamanca con Miguel de Unamuno

Conviene recordar que Unamuno apoyó a los golpistas que se alzaron contra la República y su gobierno constitucional. Se puso al lado de los militares sublevados. En el verano del 36 hacía un vergonzoso llamamiento "a los intelectuales europeos para que apoyen a los sublevados, declarando que representaban la defensa de la civilización occidental y de la tradición cristiana" (fuente). Pronto percibe la barbarie desatada, cuando amigos, compañeros, conocidos... son detenidos, torturados y asesinados por aquellos que él decía que venían a defender la "civilización occidental". Su arrepentimiento posterior no limpiará jamás su infamia, pero al menos tuvo el coraje de manifestarse públicamente. Fue un 12 de octubre de aquel fatídico año de 1936, una fecha que acabó pasando a la Historia, asociada a la necrofilia de la Legión.

Era el 12 de octubre de 1936. La Universidad de Salamanca celebraba en su Paraninfo la apertura del curso y a la vez la llamada entonces Fiesta de la Raza. Allí estaban las fuerzas vivas de la ciudad. En lugar destacado Carmen Polo, la esposa de Franco, y Millán-Astray. En su intervención, Unamuno se mostró crítico con lo que consideraba que era una guerra civil absurda, pese a haber apoyado la sublevación tres meses antes. Enseguida se produjo el alboroto de los falangistas presentes y Millán-Astray, golpeando la mesa con su puño, gritó: "¡Mueran los intelectuales! ¡Viva la muerte!". Hay distintas versiones sobre la respuesta de Unamuno al fundador de la Legión, aunque coinciden en el contenido de fondo. Ésta es una de las que circulan (fuente):
"Este es el templo del intelecto y yo soy su supremo sacerdote. Vosotros estáis profanando su recinto sagrado. Diga lo que diga el proverbio, yo siempre he sido profeta en mi propio país. Venceréis pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta, pero no convenceréis porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta en esta lucha, razón y derecho. Me parece inútil pediros que penséis en España."
*

"¡Viva la muerte!". Los perros de presa han sido siempre bien entrenados. Sorprende que este cuerpo militar necrófilo haya sobrevivido a la dictadura franquista. Pero, después de todo, el franquismo jamás se ha ido. Durante todos estos años, el PP le ha suministrado periódicas transfusiones de sangre, mientras que los gobiernos del PSOE han preferido mirar hacia otro lado.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Las feroces y torturadas rojas. Fragmentos del libro "Las rapadas: el franquismo contra la mujer", de González Duro (2 de 2)


Víctimas del fascismo: "delincuentes marxistas femeninos", las denominó Vallejo Nágera. Mujeres republicanas rapadas y marcadas con cruces

Ofrecemos un nuevo fragmento del libro de González Duro, Las rapadas: el franquismo contra la mujer. En este caso está centrado en la actuación del llamado psiquiatra del franquismo, Antonio Vallejo Nágera, al que muchos consideran el Mengele español. Amparándose en una pseudo condición de científico, Vallejo Nágera fue en realidad un sádico fascista desbordante de una misoginia patológica. Para escribir el fragmento que sigue, su autor, el psiquiatra González Duro, se ha basado sobre todo en el artículo publicado en su día por Vallejo Nágera, titulado "Investigaciones psicológicas en marxistas delincuentes femeninos", de la serie "Psiquismo del fanatismo marxista", y que fue publicado en mayo de 1939 por la Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra.

Puedes acceder al fragmento anterior del libro que hemos difundido, pulsando aquí ("La pérdida de Málaga"). En esa otra entrada encontrarás además un excelente reseña del libro, así como el índice del mismo.

Referencia documental
Enrique González Duro:  epígrafe "Las feroces y torturadas rojas", de su libro Las rapadas: el franquismo contra la mujer, páginas 23 a 27. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012.

Para comprar el libro por Internet: web de Ed. Siglo XXI.

Digitalización de estos fragmentos: blog del viejo topo

Negrita, imágenes y pies de foto, son añadidos nuestro.








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II. LAS FEROCES Y TORTURADAS ROJAS
Enrique González Duro

Si en la zona republicana, y sobre todo en los primeros meses de la Guerra Española, las milicianas simbolizaban el heroísmo de la resistencia popular frente a los militares sublevados, en los territorios ocupados por estos eran tomadas como mujeres feroces, monstruosas y escasamente femeninas, rasgos que aplicaban a todas las mujeres que no habían mostrado una «afección» al Glorioso Movimiento Nacional o que simpatizaban con la Segunda República. Vallejo Nágera lo confirmaba, denominándolas «delincuentes marxistas femeninos», como queriendo negarles su naturaleza y condición de mujeres. Reconocía, en su estudio, que estas mujeres eran milicianas, y que, además de las que habían combatido en los frentes:
«Mucho mayor ha sido el número de mujeres que unidas a las hordas perpetraron asesinatos, incendiaron y saquearon, además de animar a los hombres para que cometiesen toda clase de desmanes»
Para explicar mejor la activa participación del «sexo femenino en la revolución marxista», Vallejo recurría a una retrógrada y misógina concepción de la mujer, a su «característica» labilidad psíquica, a la debilidad de su equilibrio mental, a su menor resistencia a lo ambiental, a la insuficiencia del control de su personalidad, a su supuesta tendencia a la impulsividad y a su escasa sociabilidad, cualidades, todas ellas, que en circunstancias excepcionales acarreaban anormalidades en su conducta social y sumían a las mujeres en estados psicopatológicos.
Si la mujer —decía Vallejo- es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadoso, se debe a los frenos que operan sobre ella; pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal, cuando desaparecen las inhibiciones frenatrices de las impulsiones instintivas, entonces despierta en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las posibilidades imaginadas, precisamente por faltarles las inhibiciones inteligentes y lógicas.
La falta de esas inhibiciones, de los controles y de una rígida adhesión religiosa favorecía la conducta «extraviada», transgresora y descontrolada de las mujeres, tanto en el terreno político, como en el meramente delictivo y en la prostitución: todo era atribuible al régimen republicano, que había reconocido a la mujer el derecho a ser libre, libre incluso de las restricciones religiosas (1).

Por eso, en las cárceles franquistas coexistían presas por actividades políticas discordantes o socialmente transgresoras con las prostitutas, las estraperlistas al menudeo y las delincuentes comunes. Las mujeres rojas o desafectas al nuevo régimen eran culpables de haber entrado y permanecido en el espacio sociopolítico, de salirse del ámbito familiar que les estaba secularmente asignado y no ajustarse al modelo tradicional de la mujer de su casa, sumisa, sacrificada, guardiana del hogar familiar y guiada por el sacerdote católico. Entre las rojas se incluían también las que simplemente eran «mujeres de rojos» (esposas, madres, hermanas o hijas) que no habían evitado la nefasta actuación social o política de los hombres, situándose junto a las prostitutas y las delincuentes comunes, y constituyendo todas la antítesis de la nueva-vieja mujer española, cuyo modelo quería imponer el nuevo régimen de la España «liberada». La mujer «antiespañola» durante la guerra había desbordado los límites de la criminalidad femenina habitual, participando en los pillajes, en los incendios, en la quema de las iglesias y conventos, en el robo o destrucción de imágenes religiosas, así como en las matanzas, con un carácter marcadamente sádico, que escandalizaba al «investigador» Vallejo. Aunque la mujer siempre se había desentendido de la política, en la revolución comunista española se mezcló activamente en ella, aprovechando la ocasión para satisfacer sus apetencias sexuales latentes. Y acababa el patriota psiquiatra la introducción de su estudio afirmando que cuando las mujeres se lanzaban a la política no lo hacían por sus ideas, sino por sus sentimientos, que alcanzaban proporciones inadecuadas e incluso patológicas, debido a la inestabilidad propia de la personalidad femenina. Las influencias del medio ambiente familiar y social eran para él muy claras en la exaltación pasional y política de las mujeres. Con ello Vallejo desnaturalizaba toda vinculación entre el género femenino y la acción sociopolítica, presentándola como algo provocado artificialmente por el entorno democrático o revolucionario.

El estudio lo había realizado Vallejo con 50 internas en la cárcel de Málaga, desde quince hasta sesenta años de edad, que participaron en los «desmanes de la horda» durante la «dominación roja» y que, acusadas de rebelión militar, fueron condenadas a muerte, habiéndoseles conmutado esa pena por la inferior. No se les había probado ningún delito concreto, aunque acompañaron a las patrullas de milicianos y participaron de sus asesinatos, saqueos e incendios. Algunas se distinguieron por su «necrofagia», ensañándose con los cadáveres de los fusilados o befándose de ellos, luego de haber presenciado el asesinato «con delectación». Había milicianas, «hembras marxistas», que, vestidas con el clásico mono y amazonas de arma corta o larga, fueron alguna vez al frente y tomaron parte directa en los crímenes urbanos. Muchas se habían dedicado a la denuncia de «personas de orden», ocultas o emboscadas, con las que tenían resentimientos por rencillas o agravios, generalmente banales. Y, por último, gran parte de las «marxistas» habían tenido una «actuación libertaria destacada», incitando a las turbas contra el fascismo, generalmente mediante la propaganda oral. Como era de esperar, mostraban en su mayoría «temperamentos degenerativos», eran de escasa inteligencia y de poca o nula instrucción educativaTodas tenían antecedentes familiares de anormalidad psíquica (enfermos mentales, psicópatas, alcohólicos, suicidas, etc.) o «antecedentes revolucionarios familiares o matrimoniales» (padres, hermanos, esposos o hijos con actividades «revolucionarias»). No tenían formación política alguna, por lo que habían actuado por motivaciones no ideológicas. En unos casos, la actividad política se había debido a influencias ambientales: eran unas exaltadas por sentimientos pasionales, olas «aprovechadas» que se lanzaban al saqueo y a la violencia para satisfacer impunemente rencores y venganzas personales, como para hacerse con los bienes de los señores y de sus convecinos, o porque creían en la realidad del reparto:
«La coquetería de alguna belleza de dieciséis años, atraída por sus continuas exhibiciones en público y la exaltación narcisista de su vestimenta, con mono y pañuelo rojo al cuello, y las amorales que por su hipersexualidad encontraban ocasión de prostituirse fueron la minoría del grupo».
Otro subgrupo lo formaban las «psicópatas antisociales» que, por su hegemonía de mando entre sus convecinos, o falso espíritu de reivindicación social, por mera exaltación del espíritu de crueldad, por descontento económico, por anestesia sentimental y afectiva, o por adaptación a cualquier clase de vida de perversión, liberaron sus tendencias psicopáticas durante la época roja. Otras eran «libertarias congénitas», revolucionarias natas, que, impulsadas por sus tendencias biopsíquicas constitucionales, desplegaron una intensa actividad asociada a la horda roja masculina. Paradójicamente, más de la mitad de las personas estudiadas manifestaron una buena opinión sobre la España nacional: 
«La buena opinión que se tiene de esta España Nacional se debe a que cuida de los niños, aunque sean hijos del enemigo, protege al pobre y hay trabajo, no siendo lo que decía la propaganda roja». 
Comparan estas mujeres la disciplina y el orden social nacionales con la orgía y el desorden rojo, y de tal comparación surgía un sentimiento admirativo hacia los «nacionales»... ¿Era Vallejo un ingenuo fanático o un cínico sectario? Lo que quedaba claro era que su «estudio» no era nada científico, aunque él se felicitaba porque podría controlarse y contribuir a evitar en el futuro el acceso de la mujer a la política, debiendo limitarse a la acción social femenina, a la asistencia social y benéfica.


Vallejo Nágera, el Mengele español
El hecho fue que el Régimen había elaborado un discurso moral que involucraba a la mujer «desafecta» en una serie de delitos directamente relacionados con su condición sexual y que la había llevado a la cárcel o al paredón. O, más bien, transgresiones morales que los vencedores consideraban delictivas y por ello penalizables. A partir de 1937 esos delitos o transgresiones fueron enjuiciados por los tribunales militares en consejos de guerra sumarísimos, que frecuentemente dictaban la pena máxima. Aunque estaban tipificados como delitos de rebelión militar en sus distintas versiones, de hecho lo que se condenaba eran conductas sociomorales. Y cuando en la zona republicana se había desechado el icono de la miliciana como prototipo heroico de la mujer resistente al fascismo, en la zona «liberada» de la dominación marxista, ese icono, en negativo, retrataba casi esencialmente a la mujer republicana, o simplemente desafecta o mujer de republicano. En las sentencias condenatorias, los rasgos iconográficos de la miliciana, exagerados o imaginados, aparecían claramente como resultados sobre los que justificar las condenas a las mujeres que se habían significado de un modo u otro en la retaguardia republicana. Muchas, ciertamente, habían vestido el mono azul que tanto irritaba a los «nacionales», o habían participado en la formación de algunas infraestructuras de apoyo al Ejército republicano, aun sin mucha conciencia política. Pero estas tareas eran consideradas corno sospechosas de haber sido «marxistizadas», simplemente por el hecho de ser parientes de combatientes o militantes republicanos, o porque habían huido de los lugares que iban «liberando» las tropas «nacionales», temerosas de los desmanes que cometían con las mujeres los moros y los legionarios, refugiándose en las ciudades aún en poder de los republicanos.

Tal ocurrió, con tintes trágicos, cuando en Málaga se supo que avanzaban sobre la ciudad las tropas norteafricanas e italianas, y numerosas familias, muchas de ellas antes refugiadas en la ciudad andaluza, huyeron masivamente por la carretera de Almería, tratando de alcanzar la zona republicana y siendo bombardeadas por la aviación nacional y cañoneadas sin piedad por la armada franquista. Además del miedo a ser violadas, siéndolo de hecho en numerosas ocasiones, muchas mujeres fueron también rapadas, recibiendo con ello un castigo ejemplarizante y público que siempre ha sido silenciado, pero no por ello olvidado por quienes lo padecieron y por los muchos que lo presenciaron. Cuando eran detenidas, a muchas rojas se las golpeaba y se las pelaba, y peladas eran paseadas por la vía pública, para mayor escarnio entre los vecinos y para ser diferenciadas del resto de la población. A menudo, era un castigo en sí mismo, y no tenía que estar asociado al cumplimiento de cualquier otra pena, pero sí fue frecuente que las «rapadas» quedaran a disposición gubernativa.

[Fragmento del libro de Enrique González Duro, Las rapadas: el franquismo contra la mujer, páginas 23 a 27. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012]


Notas
(1) A. Vallejo Nágera, "Investigaciones psicológicas en marxistas delincuentes femeninos", serie "Psiquismo del fanatismo marxista", en Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra 2 (mayo 1939).



viernes, 10 de febrero de 2017

La pérdida de Málaga. Fragmentos del libro "Las rapadas: el franquismo contra la mujer", de González Duro (1 de 2)



Huida de los refugiados de Málaga, en la carretera de Málaga-Almería, en la que tuvo lugar una de las masacres más terroríficas cometidas por los fascistas sublevados contra la República. Fue el 8 de febrero de 1937. Las únicas fotografías disponibles de aquel éxodo y su trágico desenlace fueron las tomadas por el médico canadiense Norman Bethune, autor de esta fotografía.

Reproducimos dos fragmentos del libro de Enrique González Duro Las rapadas: el franquismo contra la mujer. El primer fragmento está referido a la toma de Málaga por parte de las tropas golpistas de Franco durante la guerra de 1936-39. Durante este episodio tuvo lugar una huida masiva de refugiados que pretendían escapar de Málaga a pie por la carretera de Málaga-Almería. Las columnas de civiles fueron brutalmente bombardeadas por mar y aire, dando lugar a una masacre en la que resultaron asesinados entre 3.000 y 5.000 civiles. Fue el 8 de febrero de 1937. Sirva esta entrada para recordar, en su 80 aniversario, aquella matanza a manos de los fascistas.

En una entrada posterior, reproduciremos otro fragmento, "Las feroces y torturadas rojas".

Sirvan también estas dos entradas con fragmentos del libro de González Duro, como disculpa para presentar el libro a quienes no lo conozcan. De la propia editorial Siglo XXI, tomamos la siguiente sinopsis de la obra:
"Son pocos los libros que han mostrado la represión ejercida sobre las mujeres republicanas. Ellas fueron víctimas de abusos institucionalizados y sistemáticos que tenían como objetivo demonizar el estereotipo de feminidad que había comenzado a extenderse durante la Segunda República –que permitía un cierto escape respecto a la rigidez previa y, aun más, respecto a la que vino después. 
Mientras que ellos habían caído en el frente, habían sido ejecutados o huían ante la llegada de los sublevados, ellas permanecían en los pueblos, a cargo de sus familias, en miseria, y eran, muchas de las veces, juzgadas en tribunales militares en los que se decidía qué mujeres debían ser vejadas y marcadas por haber contribuido al derrumbe de la moral. Así se extendió el corte de pelo al rape y la ingesta de aceite de ricino para provocarles diarreas y pasearlas por las principales calles de las poblaciones «liberadas», acompañadas por bandas de música. No se trataba tanto de apartar o perseguir al enemigo, sino, más bien, de exhibir a una especie de «deformidad» generada en la República. Era algo más que un abuso ejercido sobre las mujeres, fue un ataque a un modelo de mujer libre e independiente.
Al final de la entrada, como apéndice, tenéis una reseña más completa de Fernando Jiménez Herrera sobre este libro. También encontrarás el índice del libro.

El autor y la obra


Sobre el autor

El andaluz Enrique González Duro (La Guardia de Jaén, Jaén, 1939) es psiquiatra, profesor universitario e  historiador. Fue uno de los grandes renovadores de la Psiquiatría en España. En su día, en los 70, tuvo sus puntos de conexión con lo que conocimos como la Antipsiquiatría. Es autor también de libros muy interesantes, como las biografías "psicológicas" de Felipe González y de Franco, o mismo el que dedicó a las mujeres represaliadas en el Franquismo del cual sacamos los fragmentos que reproducimos. Leer más sobre González Duro: Wikipedia.

El año pasado, Ramón Cotarelo mantuvo una dura y áspera polémica con González Duro, después de que éste lo acusara de complacencia con los GAL. Por ejemplo, González Duro dijo de Cotarelo: "Atención a este engañabobos, que fuera fervoroso felipista y defensor de los GAL. Ladra e incluso puede morder". Cotarelo contestó con un par de artículos insultándolo por todo lo alto, llamándolo "delincuente", "fascista", "sinvergüenza", "granuja", "difamador", etc., concluyendo que González Duro "es un típico espécimen del juego sucio comunista". Toda esta polémica la encontrarás recogida en la entrada del blog que dedicamos al anticomunismo de Cotarelo: "Ea, ea, ea... Cotarelo se cabrea. Anticomunismo y GAL en el enfado de Cotarelo" (pulsa en el hipervínculo para leer dicha entrada).

Referencia documental
Enrique González Duro:  epígrafe "La pérdida de Málaga", en el capítulo V "La interminable represalia" de  Las rapadas: el franquismo contra la mujer, páginas 83 a 87. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012.
Para comprar el libro por Internet: web de Ed. Siglo XXI.
Digitalización de estos fragmentos: blog del viejo topo
Negrita, imágenes y pies de foto, son añadidos nuestro.

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La pérdida de Málaga

Las noticias del golpe que comenzaron a emitirse desde Sevilla el mismo 18 de julio eran contrapesadas con otras procedentes de Málaga, donde el golpe militar había fracasado y la ciudad y prácticamente toda la provincia seguían bajo control republicano y en manos de las milicias obreras, en su mayoría anarquistas. 

Sin embargo, las ocupaciones de los militares rebeldes se fueron extendiendo con rapidez en la provincia de Sevilla, consiguiéndose en pocas semanas grandes avances: el día 20 de agosto las únicas poblaciones sevillanas que permanecían en poder de los republicanos eran escasas, aisladas y estaban situadas en la zona serrana que lindaba con la provincia de Málaga. Justamente, la proximidad de Málaga hacía que aquella comarca tuviera un importante valor estratégico. Osuna fue el punto de partida de las tropas de Queipo de Llano para la toma de aquella zona, lo que podría abrirles el camino en dirección a Ronda y, a más largo plazo, a Málaga. Y, efectivamente, se produjo la toma de Ronda y de todos los pueblos de su serranía, y se siguió avanzando hacia Archidona y Antequera, donde se incorporaron tropas italianas. Al mismo tiempo, se preparaba una ofensiva desde Algeciras para la toma de todos los pueblos costeros de la provincia, con el objetivo final de tomar la capital. La ofensiva, pues, debía partir de tres puntos diferentes: el primero correspondía a la columna de Recondo, que saldría de la zona montañosa del sur de Sevilla. El segundo saldría de Antequera —en poder de los sublevados desde el 12 de agosto y bajo el mando del general Varela—, y tomaría Campillos y Almargen, para unirse finalmente a la primera columna. El tercero partiría de la zona montañosa del nordeste de Cádiz, organizándose las tropas en Arcos de la Frontera y Ubrique. Cayeron El Saucejo, Los Corrales, La Zara y Campillos, entre otras poblaciones de los alrededores. En Campillos, donde había muchos refugiados republicanos, la represión fue especialmente terrible: muchos milicianos, o simplemente varones acusados de ser republicanos, fueron fusilados, al tiempo que varias mujeres fueron bárbaramente vejadas. Con respecto a esas jóvenes milicianas, el diario ABC de Sevilla decía: 
«Ante aquellas tres mujeres sin feminidad, ante aquellas tres futuras parideras de seres desgraciados para la sociedad que Moscú quería crear en España, sentimos una gran sensación de lástima» (1)
El 16 de septiembre, el camino a Ronda estaba ya despejado. A la altura del cruce de Cañete se unieron las tres columnas intervinientes. El cura Bernabé Copado llegó a Ronda el 25 de septiembre para confesar a los soldados, recoger los objetos de culto y preparar las ceremonias de posibles victorias. La ofensiva contra Málaga, cuya provincia casi por completo aún estaba en manos republicanas, comenzó a finales de enero de 1937, con dos líneas de frente: desde Estepona, por la costa, y desde Antequera hacia Málaga capital. Tras sufrir los continuos bombardeos de la aviación italiana y el constante acoso de las tropas rebeldes, la ciudad, que estaba llena a rebosar de miles de refugiados, se encontraba a punto de caer en manos de las columnas nacionales y de las tropas italianas. Queipo, desde Sevilla, llevaba varios meses amenazando a través de la radio y de octavillas con infligir a la ciudad un durísimo castigo, y sus amenazas iban siendo confirmadas por los escalofriantes relatos de los refugiados que habían llegado a la ciudad huyendo, asustados, de los destrozos ocasionados por los legionarios y los regulares en los pueblos de Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada. Las caídas previas de Antequera, el 12 de agoto, y de Ronda, el 17 de septiembre, habían producido una tremenda avalancha de mujeres, ancianos y niños que andaban desamparados y hambrientos por las calles de la capital malagueña. Muchos de los refugiados fueron alojados en la catedral o en las iglesias, lo que fue calificado por los franquistas como un nuevo acto de profanación de las hordas rojas. Pese a la escasa resistencia que se le ofrecía, Queipo no mostraba la menor clemencia con la población, que empezaba a vivir aterrorizada. La ciudad fue tomada el 8 de febrero de 1937 por las tropas «nacionales» de italianos, que apenas encontraron oposición entre los combatientes republicanos. De inmediato hubo millares de detenciones, debiendo habilitarse nuevas prisiones y campos de concentración en Torremolinos y Alhaurín el Grande, y comenzaron las ejecuciones extrajudiciales, mientras se instalaban los tribunales militares y se ponían en marcha los consejos de guerra.

Y, sin embargo, antes de la entrada de los «nacionales», la ciudad se había quedado medio vacía por la desesperada huida de miles de refugiados por la única vía de escape posible, lanzándose a la carretera que unía Málaga con Almería. El éxodo fue espontáneo, sin ningún plan de evacuación y sin ninguna protección militar: por el contrario, los fugitivos fueron bombardeados por el camino desde el mar, por la artillería naval de la armada «nacional», y desde el aire por la aviación italiana, y abatidos por las ametralladoras de las tropas italianas, que les seguían los pasos. Sólo el miedo podía explicar todos los riesgos que corrieron los muchos que pretendieron huir de la ciudad. Bastantes de ellos fueron detenidos cuando iniciaban la huida, y otros volvieron espontáneamente a Málaga o a los pueblos de los alrededores. Carmen Gómez, militante comunista, fue delatada y apresada en un palacete ocupado por la Falange; allí se pelaba y se obligaba a tomar aceite de ricino, y posteriormente se fusilaba. Carmen, que tenía entonces veintinueve años, fue asimismo ejecutada (2). Luisa Huete era casi una niña de quince años que fue detenida cuando iba a salir de Málaga con su familia. Dijeron que era una miliciana y la encerraron en una prisión improvisada en la fábrica de tabacos: «Nos ficharon, nos dieron aceite de ricino, con el sargento Vega dando golpes con el vergajo»En el consejo de guerra la condenaron a 16 años de reclusión (3). Era muy común que las mujeres que se habían quedado solas en la carretera tras la muerte de sus familiares, o que vagaban sin rumbo fijo por las calles malagueñas, fueran delatadas por cualquier persona que las conociera, detenidas, golpeadas y rapadas; el rapado, aparte de constituir un castigo preventivo, significaba sobre todo un distintivo que diferenciaba a las mujeres rojas de las mujeres «de orden». De cualquier forma, el hecho en sí era muy angustioso para las víctimas, algunas de las cuales pensaron en suicidarse o se suicidaron, de hecho. Juan Carrera Luque había pertenecido al Comité de Defensa de Almogía (Málaga) y fue uno de los muchos que corrió con su familia por la carretera de Almería, pero que se volvieron desde Motril, creyendo que no les pasaría nada porque no tenían delitos de sangre. No obstante, a su vuelta al pueblo, él se escondió, pero detuvieron a su mujer y a su hija, por lo que se presentó a las nuevas autoridades, siendo ejecutado de inmediato. Continuó el acoso a su mujer, Francisca Luque Muñoz:
Estábamos en casa de una tía en Almogía, y llegó un barbero con una pareja de civiles. Y a mi madre la pelaron y a otras que había allí. Yo lloraba [. . .]. La sentaron y la pelaron. Ella, con el susto y el miedo, se lió a llorar. Fue el barbero. Cuando la pelaron, le dieron un cuarto de litro de aceite de ricino y le dijeron: «¡Toma, para que te crezca el pelo!». Y ella comenzó a gritar: «¡Ay, pegadme un tirol». Hasta intentó suicidarse.
La hija de Francisca contó esta historia en 1988: su familia fue detenida en la carretera de Almería. Recordaba a los falangistas que se llevaban a su madre y a sus hermanos junto a tres mujeres, las pelaban y las hacían salir a la calle: 
«Mi madre llegó llorando a la casa; sin dejar de llorar, se metía en la cama [. . .] Un día la obligaron a que llevara un cubo y trapos para limpiar el cementerio; otro, la iglesia, el paseo, un local abandonado, y finalmente la acusaron de rebelión militar» (4)
Enrique González Duro


Notas
(1) Recogido por M. Velasco Haro, «Consecuencias de un espacio militar en la sierra sur de Sevilla y el noroeste malagueño», en La represión franquista en Andalucía, en www,memoria.antifranquista.com, any 7, núm. 11, edicio extraordinària, 2011.
(2) E. Barranquero Texeira, «Malagueñas en la represión franquista», Historia actual on-line2, 2007.
(3) Testimonio de Dolores, recogido por E. Barranquero Texeira, op. cit.
(4) Ibidem.

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Sobre la polémica entre Ramón Cotarelo y González Duro:

Apéndice: reseña del libro Las rapadas: el franquismo contra la mujer.
Autor y fuente: Fernando Jiménez Herrera, en Asparkía, 27; 2015, 233-263

Enrique González Duro, autor de la obra Las rapadas. El franquismo contra la mujer, ejerce, actualmente, de psiquiatra en el hospital madrileño Gregorio Marañón. 

Las rapadas es un estudio en el que se exponen una serie de casos de represión ejercidos por los sublevados contra las mujeres republicanas y a las esposas, hijas o madres de los republicanos durante la guerra civil española y la posguerra. El autor los analiza intentando comprender las motivaciones que llevan a un grupo de hombres a humillar a una serie de mujeres por el mero hecho de haber simpatizado con el bando republicano. También intenta comprender qué objetivos se persiguieron con esos actos, los efectos físicos y psicológicos que dichos acontecimientos produjeron en las mujeres que lo padecieron e intenta explicar el porqué de esas situaciones.

Las rapadas consta de un total de diez capítulos subdivididos en apartados, sin embargo, la obra carece de introducción y de conclusiones. A través de estos diez capítulos el autor realiza un recorrido por los aparatos represores franquistas, centrando su atención en aquellos acontecimientos que tuvieron como víctimas a las mujeres, obligadas a tomar aceite de ricino, a ser rapadas y a ser paseadas por las calles en el momento en el que el aceite de ricino actuaba sobre sus cuerpos. En un análisis más pormenorizado, en el primer capítulo, el autor habla de la represión franquista, en general, aunque empieza a centrar la obra en los acontecimientos que atañeron a las mujeres como víctimas. Los castigos que analiza son la ingesta de forma violenta de aceite de ricino, su posterior rapado y cómo, mientras el aceite de ricino actuaba sobre sus cuerpos, estas fueron paseadas, en algunos casos semidesnudas. Fueron hechos extrajudiciales que contaron con el beneplácito de los insurrectos y la población que les fue favorable. Estos actos violentos contra las mujeres solían ir acompañados de violaciones y torturas. El autor delimita las dos partes del castigo, la íntima y privada. La privada, la violación, y la pública, el paseo, el rapado de pelo o los efectos del aceite de ricino sobre el cuerpo de la mujer. Cada uno de estas dimensiones del castigo tenía un fin. En el caso de la parte pública fue el ejemplo. Se quiso atemorizar a la población y demostrar lo que les pasaría si rompen el nuevo orden social que quiso imponer la dictadura. Este nuevo orden en realidad fue el orden tradicional, que dividía a la sociedad en dos dimensiones o esferas, la pública y la privada. En la pública, la relacionada con la sociedad, y la política donde actuaba el hombre, y la esfera privada, reducida al hogar, a la correcta ama de casa y madre ejemplar, se le imponía a la mujer. Las mujeres que fueron castigadas, lo fueron por trasgredir esos roles sociales tradicionales-nuevos, ya que habían salido a la calle, habían vestido el mono, habían consentido e incluso alentado a los hombres a actuar en contra del orden tradicional, en definitiva habían invadido la esfera pública, habían actuado como hombres, por ello debían de ser castigadas.

En un segundo capítulo el autor mantiene un nexo con el primero capítulo y continúa desarrollando la idea de la miliciana en el imaginario colectivo de ambos combatientes, para posteriormente centrarse en el caso del imaginario franquista. El autor habla de tres modelos de mujeres que los sublevados identifican con uno solo, las rojas. Son las milicianas, las republicanas y las madres, hijas y esposas de los republicanos. Claramente son tres grupos diferentes que los insurrectos equiparan y a los que atribuyen los mismos males. Se les atribuye, desde las nuevas autoridades, toda una serie de delitos y actos, en algunos casos imaginados, ya que se crea el estereotipo de «roja». El lado contrario estaría encarnado por la imagen de mujer perfecta proyectada por las fuerzas sublevadas y amparada por la Sección Femenina de Falange Española, es decir, la dueña del hogar maternal, no egoísta y católica. El autor mantiene la hipótesis de que este tipo de torturas físicas y psíquicas sobre las mujeres que habían trasgredido la norma social (según el modelo franquista) sirvió para reeducarlas, por ello se las rapaba la cabeza como forma de que la sociedad viera quiénes eran y no pasaran desapercibidas, para que fueran señaladas y humilladas públicamente. Era la forma más eficaz de degradar a la mujer como mujer, la deshumanizaban. También fueron paseadas y obligadas a acudir a misa o limpiar hogares y calles para que estuvieran en lugares donde las personas pudieran verlas e insultarlas. En algunos casos la gente que participaba en estos actos viéndolas e insultándolas lo hacía obligada, por miedo, ya que estos paseos fueron una forma de terror para que nadie se revelase contra el sistema. Tras vivir estas experiencias traumáticas se les obligaba a callar para que dichos actos quedasen silenciados.

En el tercer capítulo, el autor muestra su descontento con la historiografía por haber dejado a estas mujeres en el olvido. Aunque el autor reconoce la escasez de fuentes escritas. La fuente fundamental son los testimonios de aquellas mujeres que siguen vivas y lo vivieron o de todas aquellas personas que lo presenciaron. Tras esta crítica, continúa describiendo los casos de rapados en las cárceles oficiales. En las cárceles se daba una solidaridad entre las presas favoreciendo la creación de una identidad grupal, lo que hacía más llevadera su situación. Esta violencia fue una violencia no tipificada ni normalizada, fue arbitraria y aunque se dio en toda la zona sublevada no fue igual ni siguió los mismos cauces. Lo que se produjo fue de un juicio moral un juicio penal, por lo que por un acto moral finalmente se producía un castigo físico. No obstante, en numerosos casos las mujeres fueron incriminadas por actos cometidos por sus maridos. Las mujeres fueron tomadas como rehenes para que sus familiares masculinos volvieran o dejaran de esconderse. Las fuerzas sublevadas siempre creyeron a la mujer culpable de lo que hiciese el marido, hermano o hijo/s, ya que fue la encargada de velar por la armonía familiar. Tras estos duros castigos, estas mujeres tuvieron que salir fuera del hogar, rompiendo así el modelo de buena mujer franquista, para poder mantener a su familia. Esta forma de vida fue muy arriesgada dando lugar a nuevas detenciones, nuevos rapados, torturas y aceite de ricino. De esta forma se alimentó el mito franquista de la mujer roja incorregible. Las mujeres que habían pasado por todo ello solo podían sobrevivir.

En el cuarto capítulo se analiza de una forma más profunda el significado del rapado y el paseo. Un rapado solo que suponía la pérdida del elemento identificativo e identitario por naturaleza de la mujer, su símbolo de belleza, según el autor, perdiendo así su dignidad.

En el quinto y sexto capítulo se analiza el caso de este tipo de actos represivos en Andalucía, centrándose en quiénes fueron las acusadas y quiénes los acusadores. En muchos casos las mujeres consideradas desafectas fueron mujeres de clases humildes, de baja formación y pocos recursos, en su mayoría casadas, que fueron denunciadas por otras mujeres representantes de ese modelo del ángel del hogar auspiciado por los sublevados.

En el séptimo capítulo el autor refleja el trato dado por las nuevas autoridades a las mujeres de clase baja una vez acabada la guerra. Cómo a las mujeres de clase baja las trataron como sujeto y cómo se veían obligadas a realizar las tareas propias de su sexo, mientras que las señoras y señoritas, por su condición económica, no pueden ejercer dichas labores. Esta idea la retoma el autor con la intención de narrar cómo algunas mujeres consideradas desafectas fueron acusadas de obligar a mujeres con recursos a trabajar en sus labores o en labores tradicionalmente masculinas ante la marcha de estos al frente. Fue una inversión de los roles, en este caso, ligados al nivel económico, otra forma de transgresión del modelo social que querían imponer los sublevados.

El octavo capítulo centra su atención en los responsables de los castigos, grupos de falangistas, requetés o personas de derechas que detenían a las mujeres por ser familiares de republicanos, tanto fugados como detenidos, o por ser milicianas, por motivo propio o por denuncias de vecinos en ningún caso comprobadas. Fue una muestra de poder de los que ahora mandaban, haciendo lo que quisieron con total impunidad. Su objetivo fue deshumanizar a las mujeres y cosificarlas, para poder someterlas y reeducarlas en base a los nuevos valores. Lo primero que hacían los torturadores fue desfigurar el rostro, el elemento humano, para poder así cosificarla, para ello acudían al rapado. En caso de producirse violaciones, en general, se guardaban en la memoria y no fueron visibles, solo existían los rumores. La violación les sirvió a los soldados para demostrar el control de las nuevas autoridades, su control sobre el cuerpo femenino.

En el capítulo nueve el autor centra su atención sobre el significado de la nuevavieja mujer y de la mujer republicana. En el nuevo-viejo modelo social franquista había un fuerte componente sexual. Había que distinguir y asignar funciones específicas a cada sexo ya que el nuevo estado era un estado viril y por tanto dependía mucho de la definición de los roles sociales. La mujer debía de ser uno de los pilares fundamentales de ese estado, ya que sobre ella recaía la labor doméstica y familiar, era la que trasmitía los valores a la familia. Por el contrario la mujer republicana encarnaba todos los avances de la Segunda República que debían ser destruidos. La forma de destruir y desvirtuar estos valores republicanos era a través del cuerpo de la mujer, único elemento que se puede denigrar y degradar. Desde esta perspectiva, el rapado suponía la sumisión del cuerpo de la mujer. Por ello luchar contra estas mujeres, agredirlas, suponía una lucha contra el grupo enemigo en su conjunto. Su delito, imaginadas transgresiones sociales y morales. Humillándolas a través de los paseos se pretendía que volviesen a actuar como mujeres en base a los nuevos valores. También se perseguía el objetivo de imponer el miedo en la sociedad para someterla y a la vez crear comunidad. También se perseguía con el rapado homogeneizar a este colectivo de mujeres bajo la misma aura imaginada de delitos y actos contrarios según la moral y los valores del nuevoviejo poder. Por ello en lugares donde eran numerosas, como las cárceles hacían comunidad e identidad grupal ofreciendo resistencia a través de actos cotidianos a su cosificación. No obstante, en pueblos y ciudades estaban solas y a merced de las autoridades, controladas y vigiladas. A ello se unía la vergüenza, una vergüenza aliada del silencio, porque tras estas humillaciones las mujeres solo querían olvidar y que la comunidad olvidase con ellas, para que no hablasen mal de ellas. Este tipo de prácticas decrecieron en número por miedo a su repercusión internacional en la posguerra, sobre todo al finalizar la Segunda Guerra Mundial. 

El décimo capítulo recoge actos acontecidos durante la dictadura, más concretamente las huelgas mineras de 1962-63. En dichas huelgas se produjo una brutal represión que afectó también a las mujeres, volviendo a aparecer el rapado, una muestra de que el régimen no había cambiado, aunque sí tuvo una gran repercusión social y fuertes quejas de intelectuales de toda América y Europa, incluso de intelectuales españoles, tanto en el exilio como en el territorio nacional.

Esta obra es clave porque incorpora elementos novedosos en su análisis y su enfoque, al igual que en su objeto de estudio. No obstante, carece de introducción y de conclusiones, por lo que queda incompleta. Otro elemento que perjudica el contenido de esta obra es su estructura. Mientras que se dedican capítulos enteros a Andalucía, describiendo detalles del avance enemigo y sus consecuencias, pueblo por pueblo, en el caso de Madrid, el frente norte o Cataluña apenas ofrece información o esta es muy somera, incidiendo poco en las diferencias territoriales de las que habla el autor a la hora de comentar las peculiaridades de las torturas hacia las mujeres republicanas. Una construcción cultural que se omite y que es fundamental para entender este tipo de acontecimientos. Finalmente subrayar que el autor, en algunas partes de su obra, es muy reiterativo, describiendo una serie de actos semejantes con diferentes palabras. Sin embargo, es una obra sin parangón, que muestra de forma clara y precisa en qué consistieron y por qué se dio la violencia hacia la mujer por parte de los sublevados, analizando sus efectos desde una perspectiva inédita, los efectos emocionales-psiquiátricos. Una obra que saca a la luz un tema subyugado por el silencio y olvidado por la historiografía. 


Apéndice: índice del libro Las rapadas: el franquismo contra la mujer.