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miércoles, 22 de febrero de 2017

Las feroces y torturadas rojas. Fragmentos del libro "Las rapadas: el franquismo contra la mujer", de González Duro (2 de 2)


Víctimas del fascismo: "delincuentes marxistas femeninos", las denominó Vallejo Nágera. Mujeres republicanas rapadas y marcadas con cruces

Ofrecemos un nuevo fragmento del libro de González Duro, Las rapadas: el franquismo contra la mujer. En este caso está centrado en la actuación del llamado psiquiatra del franquismo, Antonio Vallejo Nágera, al que muchos consideran el Mengele español. Amparándose en una pseudo condición de científico, Vallejo Nágera fue en realidad un sádico fascista desbordante de una misoginia patológica. Para escribir el fragmento que sigue, su autor, el psiquiatra González Duro, se ha basado sobre todo en el artículo publicado en su día por Vallejo Nágera, titulado "Investigaciones psicológicas en marxistas delincuentes femeninos", de la serie "Psiquismo del fanatismo marxista", y que fue publicado en mayo de 1939 por la Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra.

Puedes acceder al fragmento anterior del libro que hemos difundido, pulsando aquí ("La pérdida de Málaga"). En esa otra entrada encontrarás además un excelente reseña del libro, así como el índice del mismo.

Referencia documental
Enrique González Duro:  epígrafe "Las feroces y torturadas rojas", de su libro Las rapadas: el franquismo contra la mujer, páginas 23 a 27. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012.

Para comprar el libro por Internet: web de Ed. Siglo XXI.

Digitalización de estos fragmentos: blog del viejo topo

Negrita, imágenes y pies de foto, son añadidos nuestro.








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II. LAS FEROCES Y TORTURADAS ROJAS
Enrique González Duro

Si en la zona republicana, y sobre todo en los primeros meses de la Guerra Española, las milicianas simbolizaban el heroísmo de la resistencia popular frente a los militares sublevados, en los territorios ocupados por estos eran tomadas como mujeres feroces, monstruosas y escasamente femeninas, rasgos que aplicaban a todas las mujeres que no habían mostrado una «afección» al Glorioso Movimiento Nacional o que simpatizaban con la Segunda República. Vallejo Nágera lo confirmaba, denominándolas «delincuentes marxistas femeninos», como queriendo negarles su naturaleza y condición de mujeres. Reconocía, en su estudio, que estas mujeres eran milicianas, y que, además de las que habían combatido en los frentes:
«Mucho mayor ha sido el número de mujeres que unidas a las hordas perpetraron asesinatos, incendiaron y saquearon, además de animar a los hombres para que cometiesen toda clase de desmanes»
Para explicar mejor la activa participación del «sexo femenino en la revolución marxista», Vallejo recurría a una retrógrada y misógina concepción de la mujer, a su «característica» labilidad psíquica, a la debilidad de su equilibrio mental, a su menor resistencia a lo ambiental, a la insuficiencia del control de su personalidad, a su supuesta tendencia a la impulsividad y a su escasa sociabilidad, cualidades, todas ellas, que en circunstancias excepcionales acarreaban anormalidades en su conducta social y sumían a las mujeres en estados psicopatológicos.
Si la mujer —decía Vallejo- es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadoso, se debe a los frenos que operan sobre ella; pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal, cuando desaparecen las inhibiciones frenatrices de las impulsiones instintivas, entonces despierta en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las posibilidades imaginadas, precisamente por faltarles las inhibiciones inteligentes y lógicas.
La falta de esas inhibiciones, de los controles y de una rígida adhesión religiosa favorecía la conducta «extraviada», transgresora y descontrolada de las mujeres, tanto en el terreno político, como en el meramente delictivo y en la prostitución: todo era atribuible al régimen republicano, que había reconocido a la mujer el derecho a ser libre, libre incluso de las restricciones religiosas (1).

Por eso, en las cárceles franquistas coexistían presas por actividades políticas discordantes o socialmente transgresoras con las prostitutas, las estraperlistas al menudeo y las delincuentes comunes. Las mujeres rojas o desafectas al nuevo régimen eran culpables de haber entrado y permanecido en el espacio sociopolítico, de salirse del ámbito familiar que les estaba secularmente asignado y no ajustarse al modelo tradicional de la mujer de su casa, sumisa, sacrificada, guardiana del hogar familiar y guiada por el sacerdote católico. Entre las rojas se incluían también las que simplemente eran «mujeres de rojos» (esposas, madres, hermanas o hijas) que no habían evitado la nefasta actuación social o política de los hombres, situándose junto a las prostitutas y las delincuentes comunes, y constituyendo todas la antítesis de la nueva-vieja mujer española, cuyo modelo quería imponer el nuevo régimen de la España «liberada». La mujer «antiespañola» durante la guerra había desbordado los límites de la criminalidad femenina habitual, participando en los pillajes, en los incendios, en la quema de las iglesias y conventos, en el robo o destrucción de imágenes religiosas, así como en las matanzas, con un carácter marcadamente sádico, que escandalizaba al «investigador» Vallejo. Aunque la mujer siempre se había desentendido de la política, en la revolución comunista española se mezcló activamente en ella, aprovechando la ocasión para satisfacer sus apetencias sexuales latentes. Y acababa el patriota psiquiatra la introducción de su estudio afirmando que cuando las mujeres se lanzaban a la política no lo hacían por sus ideas, sino por sus sentimientos, que alcanzaban proporciones inadecuadas e incluso patológicas, debido a la inestabilidad propia de la personalidad femenina. Las influencias del medio ambiente familiar y social eran para él muy claras en la exaltación pasional y política de las mujeres. Con ello Vallejo desnaturalizaba toda vinculación entre el género femenino y la acción sociopolítica, presentándola como algo provocado artificialmente por el entorno democrático o revolucionario.

El estudio lo había realizado Vallejo con 50 internas en la cárcel de Málaga, desde quince hasta sesenta años de edad, que participaron en los «desmanes de la horda» durante la «dominación roja» y que, acusadas de rebelión militar, fueron condenadas a muerte, habiéndoseles conmutado esa pena por la inferior. No se les había probado ningún delito concreto, aunque acompañaron a las patrullas de milicianos y participaron de sus asesinatos, saqueos e incendios. Algunas se distinguieron por su «necrofagia», ensañándose con los cadáveres de los fusilados o befándose de ellos, luego de haber presenciado el asesinato «con delectación». Había milicianas, «hembras marxistas», que, vestidas con el clásico mono y amazonas de arma corta o larga, fueron alguna vez al frente y tomaron parte directa en los crímenes urbanos. Muchas se habían dedicado a la denuncia de «personas de orden», ocultas o emboscadas, con las que tenían resentimientos por rencillas o agravios, generalmente banales. Y, por último, gran parte de las «marxistas» habían tenido una «actuación libertaria destacada», incitando a las turbas contra el fascismo, generalmente mediante la propaganda oral. Como era de esperar, mostraban en su mayoría «temperamentos degenerativos», eran de escasa inteligencia y de poca o nula instrucción educativaTodas tenían antecedentes familiares de anormalidad psíquica (enfermos mentales, psicópatas, alcohólicos, suicidas, etc.) o «antecedentes revolucionarios familiares o matrimoniales» (padres, hermanos, esposos o hijos con actividades «revolucionarias»). No tenían formación política alguna, por lo que habían actuado por motivaciones no ideológicas. En unos casos, la actividad política se había debido a influencias ambientales: eran unas exaltadas por sentimientos pasionales, olas «aprovechadas» que se lanzaban al saqueo y a la violencia para satisfacer impunemente rencores y venganzas personales, como para hacerse con los bienes de los señores y de sus convecinos, o porque creían en la realidad del reparto:
«La coquetería de alguna belleza de dieciséis años, atraída por sus continuas exhibiciones en público y la exaltación narcisista de su vestimenta, con mono y pañuelo rojo al cuello, y las amorales que por su hipersexualidad encontraban ocasión de prostituirse fueron la minoría del grupo».
Otro subgrupo lo formaban las «psicópatas antisociales» que, por su hegemonía de mando entre sus convecinos, o falso espíritu de reivindicación social, por mera exaltación del espíritu de crueldad, por descontento económico, por anestesia sentimental y afectiva, o por adaptación a cualquier clase de vida de perversión, liberaron sus tendencias psicopáticas durante la época roja. Otras eran «libertarias congénitas», revolucionarias natas, que, impulsadas por sus tendencias biopsíquicas constitucionales, desplegaron una intensa actividad asociada a la horda roja masculina. Paradójicamente, más de la mitad de las personas estudiadas manifestaron una buena opinión sobre la España nacional: 
«La buena opinión que se tiene de esta España Nacional se debe a que cuida de los niños, aunque sean hijos del enemigo, protege al pobre y hay trabajo, no siendo lo que decía la propaganda roja». 
Comparan estas mujeres la disciplina y el orden social nacionales con la orgía y el desorden rojo, y de tal comparación surgía un sentimiento admirativo hacia los «nacionales»... ¿Era Vallejo un ingenuo fanático o un cínico sectario? Lo que quedaba claro era que su «estudio» no era nada científico, aunque él se felicitaba porque podría controlarse y contribuir a evitar en el futuro el acceso de la mujer a la política, debiendo limitarse a la acción social femenina, a la asistencia social y benéfica.


Vallejo Nágera, el Mengele español
El hecho fue que el Régimen había elaborado un discurso moral que involucraba a la mujer «desafecta» en una serie de delitos directamente relacionados con su condición sexual y que la había llevado a la cárcel o al paredón. O, más bien, transgresiones morales que los vencedores consideraban delictivas y por ello penalizables. A partir de 1937 esos delitos o transgresiones fueron enjuiciados por los tribunales militares en consejos de guerra sumarísimos, que frecuentemente dictaban la pena máxima. Aunque estaban tipificados como delitos de rebelión militar en sus distintas versiones, de hecho lo que se condenaba eran conductas sociomorales. Y cuando en la zona republicana se había desechado el icono de la miliciana como prototipo heroico de la mujer resistente al fascismo, en la zona «liberada» de la dominación marxista, ese icono, en negativo, retrataba casi esencialmente a la mujer republicana, o simplemente desafecta o mujer de republicano. En las sentencias condenatorias, los rasgos iconográficos de la miliciana, exagerados o imaginados, aparecían claramente como resultados sobre los que justificar las condenas a las mujeres que se habían significado de un modo u otro en la retaguardia republicana. Muchas, ciertamente, habían vestido el mono azul que tanto irritaba a los «nacionales», o habían participado en la formación de algunas infraestructuras de apoyo al Ejército republicano, aun sin mucha conciencia política. Pero estas tareas eran consideradas corno sospechosas de haber sido «marxistizadas», simplemente por el hecho de ser parientes de combatientes o militantes republicanos, o porque habían huido de los lugares que iban «liberando» las tropas «nacionales», temerosas de los desmanes que cometían con las mujeres los moros y los legionarios, refugiándose en las ciudades aún en poder de los republicanos.

Tal ocurrió, con tintes trágicos, cuando en Málaga se supo que avanzaban sobre la ciudad las tropas norteafricanas e italianas, y numerosas familias, muchas de ellas antes refugiadas en la ciudad andaluza, huyeron masivamente por la carretera de Almería, tratando de alcanzar la zona republicana y siendo bombardeadas por la aviación nacional y cañoneadas sin piedad por la armada franquista. Además del miedo a ser violadas, siéndolo de hecho en numerosas ocasiones, muchas mujeres fueron también rapadas, recibiendo con ello un castigo ejemplarizante y público que siempre ha sido silenciado, pero no por ello olvidado por quienes lo padecieron y por los muchos que lo presenciaron. Cuando eran detenidas, a muchas rojas se las golpeaba y se las pelaba, y peladas eran paseadas por la vía pública, para mayor escarnio entre los vecinos y para ser diferenciadas del resto de la población. A menudo, era un castigo en sí mismo, y no tenía que estar asociado al cumplimiento de cualquier otra pena, pero sí fue frecuente que las «rapadas» quedaran a disposición gubernativa.

[Fragmento del libro de Enrique González Duro, Las rapadas: el franquismo contra la mujer, páginas 23 a 27. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012]


Notas
(1) A. Vallejo Nágera, "Investigaciones psicológicas en marxistas delincuentes femeninos", serie "Psiquismo del fanatismo marxista", en Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra 2 (mayo 1939).



viernes, 10 de febrero de 2017

La pérdida de Málaga. Fragmentos del libro "Las rapadas: el franquismo contra la mujer", de González Duro (1 de 2)



Huida de los refugiados de Málaga, en la carretera de Málaga-Almería, en la que tuvo lugar una de las masacres más terroríficas cometidas por los fascistas sublevados contra la República. Fue el 8 de febrero de 1937. Las únicas fotografías disponibles de aquel éxodo y su trágico desenlace fueron las tomadas por el médico canadiense Norman Bethune, autor de esta fotografía.

Reproducimos dos fragmentos del libro de Enrique González Duro Las rapadas: el franquismo contra la mujer. El primer fragmento está referido a la toma de Málaga por parte de las tropas golpistas de Franco durante la guerra de 1936-39. Durante este episodio tuvo lugar una huida masiva de refugiados que pretendían escapar de Málaga a pie por la carretera de Málaga-Almería. Las columnas de civiles fueron brutalmente bombardeadas por mar y aire, dando lugar a una masacre en la que resultaron asesinados entre 3.000 y 5.000 civiles. Fue el 8 de febrero de 1937. Sirva esta entrada para recordar, en su 80 aniversario, aquella matanza a manos de los fascistas.

En una entrada posterior, reproduciremos otro fragmento, "Las feroces y torturadas rojas".

Sirvan también estas dos entradas con fragmentos del libro de González Duro, como disculpa para presentar el libro a quienes no lo conozcan. De la propia editorial Siglo XXI, tomamos la siguiente sinopsis de la obra:
"Son pocos los libros que han mostrado la represión ejercida sobre las mujeres republicanas. Ellas fueron víctimas de abusos institucionalizados y sistemáticos que tenían como objetivo demonizar el estereotipo de feminidad que había comenzado a extenderse durante la Segunda República –que permitía un cierto escape respecto a la rigidez previa y, aun más, respecto a la que vino después. 
Mientras que ellos habían caído en el frente, habían sido ejecutados o huían ante la llegada de los sublevados, ellas permanecían en los pueblos, a cargo de sus familias, en miseria, y eran, muchas de las veces, juzgadas en tribunales militares en los que se decidía qué mujeres debían ser vejadas y marcadas por haber contribuido al derrumbe de la moral. Así se extendió el corte de pelo al rape y la ingesta de aceite de ricino para provocarles diarreas y pasearlas por las principales calles de las poblaciones «liberadas», acompañadas por bandas de música. No se trataba tanto de apartar o perseguir al enemigo, sino, más bien, de exhibir a una especie de «deformidad» generada en la República. Era algo más que un abuso ejercido sobre las mujeres, fue un ataque a un modelo de mujer libre e independiente.
Al final de la entrada, como apéndice, tenéis una reseña más completa de Fernando Jiménez Herrera sobre este libro. También encontrarás el índice del libro.

El autor y la obra


Sobre el autor

El andaluz Enrique González Duro (La Guardia de Jaén, Jaén, 1939) es psiquiatra, profesor universitario e  historiador. Fue uno de los grandes renovadores de la Psiquiatría en España. En su día, en los 70, tuvo sus puntos de conexión con lo que conocimos como la Antipsiquiatría. Es autor también de libros muy interesantes, como las biografías "psicológicas" de Felipe González y de Franco, o mismo el que dedicó a las mujeres represaliadas en el Franquismo del cual sacamos los fragmentos que reproducimos. Leer más sobre González Duro: Wikipedia.

El año pasado, Ramón Cotarelo mantuvo una dura y áspera polémica con González Duro, después de que éste lo acusara de complacencia con los GAL. Por ejemplo, González Duro dijo de Cotarelo: "Atención a este engañabobos, que fuera fervoroso felipista y defensor de los GAL. Ladra e incluso puede morder". Cotarelo contestó con un par de artículos insultándolo por todo lo alto, llamándolo "delincuente", "fascista", "sinvergüenza", "granuja", "difamador", etc., concluyendo que González Duro "es un típico espécimen del juego sucio comunista". Toda esta polémica la encontrarás recogida en la entrada del blog que dedicamos al anticomunismo de Cotarelo: "Ea, ea, ea... Cotarelo se cabrea. Anticomunismo y GAL en el enfado de Cotarelo" (pulsa en el hipervínculo para leer dicha entrada).

Referencia documental
Enrique González Duro:  epígrafe "La pérdida de Málaga", en el capítulo V "La interminable represalia" de  Las rapadas: el franquismo contra la mujer, páginas 83 a 87. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012.
Para comprar el libro por Internet: web de Ed. Siglo XXI.
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Acceder a 2ª parte de la entrada: "Las feroces y torturadas rojas"

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La pérdida de Málaga

Las noticias del golpe que comenzaron a emitirse desde Sevilla el mismo 18 de julio eran contrapesadas con otras procedentes de Málaga, donde el golpe militar había fracasado y la ciudad y prácticamente toda la provincia seguían bajo control republicano y en manos de las milicias obreras, en su mayoría anarquistas. 

Sin embargo, las ocupaciones de los militares rebeldes se fueron extendiendo con rapidez en la provincia de Sevilla, consiguiéndose en pocas semanas grandes avances: el día 20 de agosto las únicas poblaciones sevillanas que permanecían en poder de los republicanos eran escasas, aisladas y estaban situadas en la zona serrana que lindaba con la provincia de Málaga. Justamente, la proximidad de Málaga hacía que aquella comarca tuviera un importante valor estratégico. Osuna fue el punto de partida de las tropas de Queipo de Llano para la toma de aquella zona, lo que podría abrirles el camino en dirección a Ronda y, a más largo plazo, a Málaga. Y, efectivamente, se produjo la toma de Ronda y de todos los pueblos de su serranía, y se siguió avanzando hacia Archidona y Antequera, donde se incorporaron tropas italianas. Al mismo tiempo, se preparaba una ofensiva desde Algeciras para la toma de todos los pueblos costeros de la provincia, con el objetivo final de tomar la capital. La ofensiva, pues, debía partir de tres puntos diferentes: el primero correspondía a la columna de Recondo, que saldría de la zona montañosa del sur de Sevilla. El segundo saldría de Antequera —en poder de los sublevados desde el 12 de agosto y bajo el mando del general Varela—, y tomaría Campillos y Almargen, para unirse finalmente a la primera columna. El tercero partiría de la zona montañosa del nordeste de Cádiz, organizándose las tropas en Arcos de la Frontera y Ubrique. Cayeron El Saucejo, Los Corrales, La Zara y Campillos, entre otras poblaciones de los alrededores. En Campillos, donde había muchos refugiados republicanos, la represión fue especialmente terrible: muchos milicianos, o simplemente varones acusados de ser republicanos, fueron fusilados, al tiempo que varias mujeres fueron bárbaramente vejadas. Con respecto a esas jóvenes milicianas, el diario ABC de Sevilla decía: 
«Ante aquellas tres mujeres sin feminidad, ante aquellas tres futuras parideras de seres desgraciados para la sociedad que Moscú quería crear en España, sentimos una gran sensación de lástima» (1)
El 16 de septiembre, el camino a Ronda estaba ya despejado. A la altura del cruce de Cañete se unieron las tres columnas intervinientes. El cura Bernabé Copado llegó a Ronda el 25 de septiembre para confesar a los soldados, recoger los objetos de culto y preparar las ceremonias de posibles victorias. La ofensiva contra Málaga, cuya provincia casi por completo aún estaba en manos republicanas, comenzó a finales de enero de 1937, con dos líneas de frente: desde Estepona, por la costa, y desde Antequera hacia Málaga capital. Tras sufrir los continuos bombardeos de la aviación italiana y el constante acoso de las tropas rebeldes, la ciudad, que estaba llena a rebosar de miles de refugiados, se encontraba a punto de caer en manos de las columnas nacionales y de las tropas italianas. Queipo, desde Sevilla, llevaba varios meses amenazando a través de la radio y de octavillas con infligir a la ciudad un durísimo castigo, y sus amenazas iban siendo confirmadas por los escalofriantes relatos de los refugiados que habían llegado a la ciudad huyendo, asustados, de los destrozos ocasionados por los legionarios y los regulares en los pueblos de Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada. Las caídas previas de Antequera, el 12 de agoto, y de Ronda, el 17 de septiembre, habían producido una tremenda avalancha de mujeres, ancianos y niños que andaban desamparados y hambrientos por las calles de la capital malagueña. Muchos de los refugiados fueron alojados en la catedral o en las iglesias, lo que fue calificado por los franquistas como un nuevo acto de profanación de las hordas rojas. Pese a la escasa resistencia que se le ofrecía, Queipo no mostraba la menor clemencia con la población, que empezaba a vivir aterrorizada. La ciudad fue tomada el 8 de febrero de 1937 por las tropas «nacionales» de italianos, que apenas encontraron oposición entre los combatientes republicanos. De inmediato hubo millares de detenciones, debiendo habilitarse nuevas prisiones y campos de concentración en Torremolinos y Alhaurín el Grande, y comenzaron las ejecuciones extrajudiciales, mientras se instalaban los tribunales militares y se ponían en marcha los consejos de guerra.

Y, sin embargo, antes de la entrada de los «nacionales», la ciudad se había quedado medio vacía por la desesperada huida de miles de refugiados por la única vía de escape posible, lanzándose a la carretera que unía Málaga con Almería. El éxodo fue espontáneo, sin ningún plan de evacuación y sin ninguna protección militar: por el contrario, los fugitivos fueron bombardeados por el camino desde el mar, por la artillería naval de la armada «nacional», y desde el aire por la aviación italiana, y abatidos por las ametralladoras de las tropas italianas, que les seguían los pasos. Sólo el miedo podía explicar todos los riesgos que corrieron los muchos que pretendieron huir de la ciudad. Bastantes de ellos fueron detenidos cuando iniciaban la huida, y otros volvieron espontáneamente a Málaga o a los pueblos de los alrededores. Carmen Gómez, militante comunista, fue delatada y apresada en un palacete ocupado por la Falange; allí se pelaba y se obligaba a tomar aceite de ricino, y posteriormente se fusilaba. Carmen, que tenía entonces veintinueve años, fue asimismo ejecutada (2). Luisa Huete era casi una niña de quince años que fue detenida cuando iba a salir de Málaga con su familia. Dijeron que era una miliciana y la encerraron en una prisión improvisada en la fábrica de tabacos: «Nos ficharon, nos dieron aceite de ricino, con el sargento Vega dando golpes con el vergajo»En el consejo de guerra la condenaron a 16 años de reclusión (3). Era muy común que las mujeres que se habían quedado solas en la carretera tras la muerte de sus familiares, o que vagaban sin rumbo fijo por las calles malagueñas, fueran delatadas por cualquier persona que las conociera, detenidas, golpeadas y rapadas; el rapado, aparte de constituir un castigo preventivo, significaba sobre todo un distintivo que diferenciaba a las mujeres rojas de las mujeres «de orden». De cualquier forma, el hecho en sí era muy angustioso para las víctimas, algunas de las cuales pensaron en suicidarse o se suicidaron, de hecho. Juan Carrera Luque había pertenecido al Comité de Defensa de Almogía (Málaga) y fue uno de los muchos que corrió con su familia por la carretera de Almería, pero que se volvieron desde Motril, creyendo que no les pasaría nada porque no tenían delitos de sangre. No obstante, a su vuelta al pueblo, él se escondió, pero detuvieron a su mujer y a su hija, por lo que se presentó a las nuevas autoridades, siendo ejecutado de inmediato. Continuó el acoso a su mujer, Francisca Luque Muñoz:
Estábamos en casa de una tía en Almogía, y llegó un barbero con una pareja de civiles. Y a mi madre la pelaron y a otras que había allí. Yo lloraba [. . .]. La sentaron y la pelaron. Ella, con el susto y el miedo, se lió a llorar. Fue el barbero. Cuando la pelaron, le dieron un cuarto de litro de aceite de ricino y le dijeron: «¡Toma, para que te crezca el pelo!». Y ella comenzó a gritar: «¡Ay, pegadme un tirol». Hasta intentó suicidarse.
La hija de Francisca contó esta historia en 1988: su familia fue detenida en la carretera de Almería. Recordaba a los falangistas que se llevaban a su madre y a sus hermanos junto a tres mujeres, las pelaban y las hacían salir a la calle: 
«Mi madre llegó llorando a la casa; sin dejar de llorar, se metía en la cama [. . .] Un día la obligaron a que llevara un cubo y trapos para limpiar el cementerio; otro, la iglesia, el paseo, un local abandonado, y finalmente la acusaron de rebelión militar» (4)
Enrique González Duro


Notas
(1) Recogido por M. Velasco Haro, «Consecuencias de un espacio militar en la sierra sur de Sevilla y el noroeste malagueño», en La represión franquista en Andalucía, en www,memoria.antifranquista.com, any 7, núm. 11, edicio extraordinària, 2011.
(2) E. Barranquero Texeira, «Malagueñas en la represión franquista», Historia actual on-line2, 2007.
(3) Testimonio de Dolores, recogido por E. Barranquero Texeira, op. cit.
(4) Ibidem.

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Sobre la polémica entre Ramón Cotarelo y González Duro:

Apéndice: reseña del libro Las rapadas: el franquismo contra la mujer.
Autor y fuente: Fernando Jiménez Herrera, en Asparkía, 27; 2015, 233-263

Enrique González Duro, autor de la obra Las rapadas. El franquismo contra la mujer, ejerce, actualmente, de psiquiatra en el hospital madrileño Gregorio Marañón. 

Las rapadas es un estudio en el que se exponen una serie de casos de represión ejercidos por los sublevados contra las mujeres republicanas y a las esposas, hijas o madres de los republicanos durante la guerra civil española y la posguerra. El autor los analiza intentando comprender las motivaciones que llevan a un grupo de hombres a humillar a una serie de mujeres por el mero hecho de haber simpatizado con el bando republicano. También intenta comprender qué objetivos se persiguieron con esos actos, los efectos físicos y psicológicos que dichos acontecimientos produjeron en las mujeres que lo padecieron e intenta explicar el porqué de esas situaciones.

Las rapadas consta de un total de diez capítulos subdivididos en apartados, sin embargo, la obra carece de introducción y de conclusiones. A través de estos diez capítulos el autor realiza un recorrido por los aparatos represores franquistas, centrando su atención en aquellos acontecimientos que tuvieron como víctimas a las mujeres, obligadas a tomar aceite de ricino, a ser rapadas y a ser paseadas por las calles en el momento en el que el aceite de ricino actuaba sobre sus cuerpos. En un análisis más pormenorizado, en el primer capítulo, el autor habla de la represión franquista, en general, aunque empieza a centrar la obra en los acontecimientos que atañeron a las mujeres como víctimas. Los castigos que analiza son la ingesta de forma violenta de aceite de ricino, su posterior rapado y cómo, mientras el aceite de ricino actuaba sobre sus cuerpos, estas fueron paseadas, en algunos casos semidesnudas. Fueron hechos extrajudiciales que contaron con el beneplácito de los insurrectos y la población que les fue favorable. Estos actos violentos contra las mujeres solían ir acompañados de violaciones y torturas. El autor delimita las dos partes del castigo, la íntima y privada. La privada, la violación, y la pública, el paseo, el rapado de pelo o los efectos del aceite de ricino sobre el cuerpo de la mujer. Cada uno de estas dimensiones del castigo tenía un fin. En el caso de la parte pública fue el ejemplo. Se quiso atemorizar a la población y demostrar lo que les pasaría si rompen el nuevo orden social que quiso imponer la dictadura. Este nuevo orden en realidad fue el orden tradicional, que dividía a la sociedad en dos dimensiones o esferas, la pública y la privada. En la pública, la relacionada con la sociedad, y la política donde actuaba el hombre, y la esfera privada, reducida al hogar, a la correcta ama de casa y madre ejemplar, se le imponía a la mujer. Las mujeres que fueron castigadas, lo fueron por trasgredir esos roles sociales tradicionales-nuevos, ya que habían salido a la calle, habían vestido el mono, habían consentido e incluso alentado a los hombres a actuar en contra del orden tradicional, en definitiva habían invadido la esfera pública, habían actuado como hombres, por ello debían de ser castigadas.

En un segundo capítulo el autor mantiene un nexo con el primero capítulo y continúa desarrollando la idea de la miliciana en el imaginario colectivo de ambos combatientes, para posteriormente centrarse en el caso del imaginario franquista. El autor habla de tres modelos de mujeres que los sublevados identifican con uno solo, las rojas. Son las milicianas, las republicanas y las madres, hijas y esposas de los republicanos. Claramente son tres grupos diferentes que los insurrectos equiparan y a los que atribuyen los mismos males. Se les atribuye, desde las nuevas autoridades, toda una serie de delitos y actos, en algunos casos imaginados, ya que se crea el estereotipo de «roja». El lado contrario estaría encarnado por la imagen de mujer perfecta proyectada por las fuerzas sublevadas y amparada por la Sección Femenina de Falange Española, es decir, la dueña del hogar maternal, no egoísta y católica. El autor mantiene la hipótesis de que este tipo de torturas físicas y psíquicas sobre las mujeres que habían trasgredido la norma social (según el modelo franquista) sirvió para reeducarlas, por ello se las rapaba la cabeza como forma de que la sociedad viera quiénes eran y no pasaran desapercibidas, para que fueran señaladas y humilladas públicamente. Era la forma más eficaz de degradar a la mujer como mujer, la deshumanizaban. También fueron paseadas y obligadas a acudir a misa o limpiar hogares y calles para que estuvieran en lugares donde las personas pudieran verlas e insultarlas. En algunos casos la gente que participaba en estos actos viéndolas e insultándolas lo hacía obligada, por miedo, ya que estos paseos fueron una forma de terror para que nadie se revelase contra el sistema. Tras vivir estas experiencias traumáticas se les obligaba a callar para que dichos actos quedasen silenciados.

En el tercer capítulo, el autor muestra su descontento con la historiografía por haber dejado a estas mujeres en el olvido. Aunque el autor reconoce la escasez de fuentes escritas. La fuente fundamental son los testimonios de aquellas mujeres que siguen vivas y lo vivieron o de todas aquellas personas que lo presenciaron. Tras esta crítica, continúa describiendo los casos de rapados en las cárceles oficiales. En las cárceles se daba una solidaridad entre las presas favoreciendo la creación de una identidad grupal, lo que hacía más llevadera su situación. Esta violencia fue una violencia no tipificada ni normalizada, fue arbitraria y aunque se dio en toda la zona sublevada no fue igual ni siguió los mismos cauces. Lo que se produjo fue de un juicio moral un juicio penal, por lo que por un acto moral finalmente se producía un castigo físico. No obstante, en numerosos casos las mujeres fueron incriminadas por actos cometidos por sus maridos. Las mujeres fueron tomadas como rehenes para que sus familiares masculinos volvieran o dejaran de esconderse. Las fuerzas sublevadas siempre creyeron a la mujer culpable de lo que hiciese el marido, hermano o hijo/s, ya que fue la encargada de velar por la armonía familiar. Tras estos duros castigos, estas mujeres tuvieron que salir fuera del hogar, rompiendo así el modelo de buena mujer franquista, para poder mantener a su familia. Esta forma de vida fue muy arriesgada dando lugar a nuevas detenciones, nuevos rapados, torturas y aceite de ricino. De esta forma se alimentó el mito franquista de la mujer roja incorregible. Las mujeres que habían pasado por todo ello solo podían sobrevivir.

En el cuarto capítulo se analiza de una forma más profunda el significado del rapado y el paseo. Un rapado solo que suponía la pérdida del elemento identificativo e identitario por naturaleza de la mujer, su símbolo de belleza, según el autor, perdiendo así su dignidad.

En el quinto y sexto capítulo se analiza el caso de este tipo de actos represivos en Andalucía, centrándose en quiénes fueron las acusadas y quiénes los acusadores. En muchos casos las mujeres consideradas desafectas fueron mujeres de clases humildes, de baja formación y pocos recursos, en su mayoría casadas, que fueron denunciadas por otras mujeres representantes de ese modelo del ángel del hogar auspiciado por los sublevados.

En el séptimo capítulo el autor refleja el trato dado por las nuevas autoridades a las mujeres de clase baja una vez acabada la guerra. Cómo a las mujeres de clase baja las trataron como sujeto y cómo se veían obligadas a realizar las tareas propias de su sexo, mientras que las señoras y señoritas, por su condición económica, no pueden ejercer dichas labores. Esta idea la retoma el autor con la intención de narrar cómo algunas mujeres consideradas desafectas fueron acusadas de obligar a mujeres con recursos a trabajar en sus labores o en labores tradicionalmente masculinas ante la marcha de estos al frente. Fue una inversión de los roles, en este caso, ligados al nivel económico, otra forma de transgresión del modelo social que querían imponer los sublevados.

El octavo capítulo centra su atención en los responsables de los castigos, grupos de falangistas, requetés o personas de derechas que detenían a las mujeres por ser familiares de republicanos, tanto fugados como detenidos, o por ser milicianas, por motivo propio o por denuncias de vecinos en ningún caso comprobadas. Fue una muestra de poder de los que ahora mandaban, haciendo lo que quisieron con total impunidad. Su objetivo fue deshumanizar a las mujeres y cosificarlas, para poder someterlas y reeducarlas en base a los nuevos valores. Lo primero que hacían los torturadores fue desfigurar el rostro, el elemento humano, para poder así cosificarla, para ello acudían al rapado. En caso de producirse violaciones, en general, se guardaban en la memoria y no fueron visibles, solo existían los rumores. La violación les sirvió a los soldados para demostrar el control de las nuevas autoridades, su control sobre el cuerpo femenino.

En el capítulo nueve el autor centra su atención sobre el significado de la nuevavieja mujer y de la mujer republicana. En el nuevo-viejo modelo social franquista había un fuerte componente sexual. Había que distinguir y asignar funciones específicas a cada sexo ya que el nuevo estado era un estado viril y por tanto dependía mucho de la definición de los roles sociales. La mujer debía de ser uno de los pilares fundamentales de ese estado, ya que sobre ella recaía la labor doméstica y familiar, era la que trasmitía los valores a la familia. Por el contrario la mujer republicana encarnaba todos los avances de la Segunda República que debían ser destruidos. La forma de destruir y desvirtuar estos valores republicanos era a través del cuerpo de la mujer, único elemento que se puede denigrar y degradar. Desde esta perspectiva, el rapado suponía la sumisión del cuerpo de la mujer. Por ello luchar contra estas mujeres, agredirlas, suponía una lucha contra el grupo enemigo en su conjunto. Su delito, imaginadas transgresiones sociales y morales. Humillándolas a través de los paseos se pretendía que volviesen a actuar como mujeres en base a los nuevos valores. También se perseguía el objetivo de imponer el miedo en la sociedad para someterla y a la vez crear comunidad. También se perseguía con el rapado homogeneizar a este colectivo de mujeres bajo la misma aura imaginada de delitos y actos contrarios según la moral y los valores del nuevoviejo poder. Por ello en lugares donde eran numerosas, como las cárceles hacían comunidad e identidad grupal ofreciendo resistencia a través de actos cotidianos a su cosificación. No obstante, en pueblos y ciudades estaban solas y a merced de las autoridades, controladas y vigiladas. A ello se unía la vergüenza, una vergüenza aliada del silencio, porque tras estas humillaciones las mujeres solo querían olvidar y que la comunidad olvidase con ellas, para que no hablasen mal de ellas. Este tipo de prácticas decrecieron en número por miedo a su repercusión internacional en la posguerra, sobre todo al finalizar la Segunda Guerra Mundial. 

El décimo capítulo recoge actos acontecidos durante la dictadura, más concretamente las huelgas mineras de 1962-63. En dichas huelgas se produjo una brutal represión que afectó también a las mujeres, volviendo a aparecer el rapado, una muestra de que el régimen no había cambiado, aunque sí tuvo una gran repercusión social y fuertes quejas de intelectuales de toda América y Europa, incluso de intelectuales españoles, tanto en el exilio como en el territorio nacional.

Esta obra es clave porque incorpora elementos novedosos en su análisis y su enfoque, al igual que en su objeto de estudio. No obstante, carece de introducción y de conclusiones, por lo que queda incompleta. Otro elemento que perjudica el contenido de esta obra es su estructura. Mientras que se dedican capítulos enteros a Andalucía, describiendo detalles del avance enemigo y sus consecuencias, pueblo por pueblo, en el caso de Madrid, el frente norte o Cataluña apenas ofrece información o esta es muy somera, incidiendo poco en las diferencias territoriales de las que habla el autor a la hora de comentar las peculiaridades de las torturas hacia las mujeres republicanas. Una construcción cultural que se omite y que es fundamental para entender este tipo de acontecimientos. Finalmente subrayar que el autor, en algunas partes de su obra, es muy reiterativo, describiendo una serie de actos semejantes con diferentes palabras. Sin embargo, es una obra sin parangón, que muestra de forma clara y precisa en qué consistieron y por qué se dio la violencia hacia la mujer por parte de los sublevados, analizando sus efectos desde una perspectiva inédita, los efectos emocionales-psiquiátricos. Una obra que saca a la luz un tema subyugado por el silencio y olvidado por la historiografía. 


Apéndice: índice del libro Las rapadas: el franquismo contra la mujer.

lunes, 14 de abril de 2014

14 de abril, día de la República. Mujeres de las Brigadas Internacionales.







Soy miembro de los comunistas de Londres y
 puedo luchar como cualquier hombre 
(Felicia Brown. Mujer brigadista, miembro del
 Partido Comunista británico. Fue la primera persona de 
nacionalidad británica que cayó en combate durante la guerra) 


Tras la sublevación militar, la República se encontró aislada del mundo, abandonada a su suerte por el fariseísmo de las democracias occidentales. Únicamente la Unión Soviética y México dieron su apoyo a la defensa de la República. También, cerca de 60.000 voluntarios extranjeros de 54 países, acudieron desde todos los rincones del mundo para apoyar la causa republicana, en un ejercicio de sacrificio altruista y de solidaridad internacionalista contra el fascismo: fueron las llamadas Brigadas Internacionales. Convirtieron la causa de la defensa de la República Española en un símbolo de la lucha antifascista de los trabajadores de todo el mundo.

Entre los brigadistas internacionales había también mujeres. Esta entrada del blog está dedicada a aquellas mujeres que, abandonando su trabajo, hogar y su país, vinieron a España a defender la República, dando ejemplo de coraje y heroísmo. Hemos seleccionado unos cuantos ejemplos para honrar su memoria en este 14 de abril. 


Lise Ricol (Lise London)
(Montceau-les-Mines, Francia, 1916 - París, 2012)

J’étais, je suis et je resterais communiste, avec ou sans carte du parti
(Fui, soy y seguiré siendo comunista, con o sin carnet de partido)
Lise London, durante el proceso que sufrió en 1951, junto a Artur London.

Lise London era la última mujer brigadista que permanecía viva; falleció en 2012. En la  fotografiada, aparece en Charande en 1942; poco tiempo después fue detenida por la Gestapo e internada en un campo de concentración, del cual consiguió sobrevivir.

Lise Ricol -su nombre de soltera- falleció en París en 2012. Tenía 96 años. Mantuvo su compromiso de lucha por el socialismo hasta el final de sus días.

Cuando tuvo lugar el fallecimiento de Lise Ricol el 31 de marzo de 2012, los medios presentaron la noticia en términos de que había fallecido la última mujer brigadista que permanecía viva, lo cual no es correcto. Adelina Kondratieva falleció ese mismo año pero más tarde que Lise, el 14 de diciembre de 2012. Por tanto, la última brigadista en morir fue Adelina Kondratieva.

Lise nació en 1916, en la localidad francesa de Montceau-les-Mines, en el seno de una familia de emigrantes aragoneses. Su padre era minero desde muy corta edad, y en Francia siguió trabajando como tal hasta que la enfermedad de pulmón le impidió continuar, obligándole a cambiar de trabajo y a buscar ocupación en la construcción de carreteras. 

La joven Lise creció en un ambiente de pobreza, pero también de fuerte conciencia social y de lucha obrera. Cuando tenía 6 años, en 1922, su padre se afilió al Partido Comunista, lo que influyó en el desarrollo del pensamiento y conciencia políticas de Lise. Con sólo 15 años (en 1931), entró a formar parte de las Juventudes Comunistas, el mismo año en que comenzó a trabajar como mecanógrafa en la fábrica Berliet de Vénissieux, localidad a la que su familia había trasladado la residencia. En 1933, con 17 años, se casa con otro militante comunista, Auguste Delaune, yéndose a vivir con él a París. 

En 1934, con sólo 18 años, Lise Ricol viaja a Moscú, una estancia que resultó decisiva en su vida. Así lo describe Higinio Polo (Polo, 2012):
La militancia comunista es la razón de ser de la familia Ricol. En abril de 1934, Lise parte en tren hacia Moscú. Va a trabajar, durante dos años, en los servicios de traducción de la Internacional Comunista, donde encontrará de nuevo a Thorez [Secretario General del PCF]. En la capital soviética conoce también a una mujer vestida de negro que todavía no tiene cuarenta años y que la saluda con simpatía: sabrá, tiempo después, que se llama Dolores Ibárruri. Y ve a Dimitri Manuilski, a Stoyán Miniéevich Mínev (Stepánov), Togliatti, André Marty, Francisco de Paula de Oliveira, a un vietnamita llamado Nguyen Ai Quoc (que, muchos años después, sabrá que es el legendario Ho Chi Minh, a quien le hablaría de la guerra de España y de la resistencia) y a un comunista checo llamado Artur London, enfermo de tuberculosis, que había huido de Checoslovaquia a Moscú con un pasaporte falso proporcionado por el Partido Comunista Checo.
El enfriamiento de la relación con su marido y su amistad con Artur London, le llevó a unirse en 1935 a este último, que sería su pareja durante el resto de su vida. 

En septiembre de 1936 regresa a Francia, pasando a trabajar para el Partido Comunista Francés. Pero al mes siguiente, aunque estaba embarazada, decide acompañar a España a André Marty, para organizar a los brigadistas franceses que se unían a la lucha en defensa de la República. En España, Lise perdió al hijo que esperaba. En mayo del 37 se rencuentra con su pareja, Artur London, quien también se había unido a las Brigadas Internacionales. Lise trabaja para éstas primero en Valencia, más tarde en Madrid, posteriormente en Albacete y finalmente en Barcelona. Estando de nuevo embarazada, en otoño de 1938 Lise decide viajar a París para dar a luz. Después de nacer su hija Françoise, no pudo regresar a España ya.

Tras la ocupación de Francia por los nazis, Lise London se unió a la Resistencia organizada por los comunistas. Es capturada por la policía francesa colaboracionista con los nazis, junto a Artur London, en agosto del 42. 

Lise estaba embarazada de nuevo cuando fue capturada y tuvo a su segundo hijo en prisión; posiblemente su embarazo evitó que fuese fusilada. Fue condenada a cadena perpetua y trabajos forzados, siendo internada inicialmente en la prisión de Rennes y, más tarde, trasladada al campo de concentración de Ravensbrück. Escribe Higinio Polo (Polo, 2012):
Miles de mujeres trabajarán allí como esclavas, en turnos de doce horas: Ravensbrück es también un negocio, y hay fábricas, talleres, incluso una filial de Siemens y otra de Hasag. Ella misma trabajará en una fábrica Hasag, en un subcampo de Buchenwald próximo a Leipzig. Otras, trabajarán en canteras o en pantanos, dejándose las manos y la vida, sin rendirse. Lise será una de las mujeres que dirigen la organización comunista que existe en el campo de exterminio, y escuchará el horror de los “experimentos” clínicos con jóvenes polacas, las atrocidades de médicos nazis que cortan en vivo los músculos de las piernas de las detenidas para observar el resultado, y el heroísmo de las quinientas treinta y seis mujeres soviéticas que se negaron a trabajar en la producción de material de guerra para Alemania y que fueron castigadas a permanecer en formación durante todo el día, a la intemperie, durante el invierno: muchas murieron de frío, cayendo como fardos, pero las demás resistieron, y, tras cinco días, derrotaron a los nazis del campo de exterminio.
Su compañero, Artur London, fue internado en marzo de 1944 en el campo de concentración de Mauthausen, del cual consiguió sobrevivir. También Lise London logró sobrevivir al horror del campo en el que estaba internada (Ballesteros, 2008):
En abril de 1945, las tropas aliadas se aproximan a Leipzig; entre el miedo y la desorganización, las presas consiguen escapar, y Lise está entre ellas: forman una apocalíptica columna de doce mil mujeres, que caminarán con los pies ensangrentados, muriendo en las cunetas, perdiéndose por los caminos, intentando encontrar refugio en el caos del final de la guerra. Lise se refugia en Wurzen, y, tras días de espera, atraviesa con sus compañeras el río Mulde que ya está controlado por los soldados soviéticos: llevan semanas caminando por Sajonia. Inicia el regreso a París, por carreteras llenas de refugiados, a veces, entre muertos vivientes. Al fin, consiguen subir a un tren de refugiados.
Lise Ricol (Lise London), poco antes
 de su fallecimiento. Fotografía
 de Sofia Moro.

Tras la liberación y reencuentro con Artur London, Lisa mantuvo durante el resto de su vida su compromiso con la causa de la lucha por el socialismo, lo mismo que su marido. 

Después de la guerra, se trasladaron a vivir a Checoslovaquia, donde Artur se convirtió en viceministro de Exteriores con el nuevo gobierno comunista checo. Sin embargo sufrió injustamente las purgas estalinistas en el 51, siendo uno de los 14 acusados de conspirar contra el Estado, en el Proceso de Praga (celebrado en 1952). El proceso había sido una farsa, con falsas pruebas obtenidas bajo tortura, pero acabó en 11 condenas a muerte y 3 cadenas perpetuas, una de ellas a Artur London. Con el tiempo se demostró su inocencia y fue oficialmente rehabilitado en 1956.

Mientras estaba en prisión, Artur  escribió parte de los textos que luego darían cuerpo a su libro La Confesión; se trataba de breves textos que pasaba secretamente a Lisa, en paquetes de cigarrillos, con la intención de hacerlos llegar al Partido Comunista Francés, para informar a los camaradas galos de lo que ocurría en Checoslovaquia. Años después, el libro sería adaptado al cine por Costa-Gavras en 1970, con guion de Jorge Semprún, en la película también titulada La Confesión.

Artur y Lisa dejaron Checoslovaquia en 1963, para instalarse definitivamente en Francia. Artur murió el 7 de noviembre de 1986, en París. Lisa sobrevivió 26 años al que fuera su compañero, hasta que falleció el 31 de marzo de 2012, también en París. Lise London o Lise Ricol, fue junto con Adelina Kondratieva, la última brigadista; ambas fallecieron ese mismo año. 

Una comunista convencida, honesta, ejemplo de internacionalismo, comprometida durante toda su vida: "Fui, soy y seguiré siendo comunista, con o sin carnet de partido", había declarado en la época del Proceso de Praga.

Lise Ricol (Lise London), de joven


Felicia Brown
(Surrey, Inglaterra, 1904 - Tardienta, en el frente de Aragón, España, 25 de agosto de 1936)

I am a member of the London Communists and can fight as well as any man.
(Soy miembro de los comunistas de Londres y puedo luchar como cualquier hombre) 
Felicia Brown 

Her story has all the ingredients essential to heroic legend, the willing sacrifice of her life to save that of a comrade.
(Su historia tiene todos los ingredientes esenciales de las leyendas heroicas, el sacrificio voluntario de su vida para salvar la de un camarada.)
Angela Jackson hablando de Felicia Brown,
 en British Women and the Spanish Civil War (Routledge, 2002)


Felicia Brown, de  joven
A Felicia Brown le corresponde haber sido la primera persona de nacionalidad británica caída en combate durante la Guerra Civil, apenas un mes después de comenzar la contienda.

Quienes conocieron de cerca a Felicia Brown, subrayan la sensibilidad que desde muy joven mostró por los acontecimientos políticos que sacudían Europa, especialmente la irrupción del nacional-socialismo en Alemania. Enseguida se involucró en el activismo político y en 1931 tuvo la oportunidad de viajar a la Unión Soviética. A su regreso se implicó de lleno en las actividades antifascistas y en 1933 se unió al Partido Comunista de Gran Bretaña.

Nada más producirse el golpe de estado fascista de 1936, Felicia Brown decide viajar a España para empuñar un fusil y unirse a los defensores de la República, pese a que carecía de experiencia militar, como muchos de los brigadistas internacionales. En su país había declarado: "I am a member of the London Communists and can fight as well as any man". Encontró la muerte enseguida, durante una emboscada, acribillada a balazos al intentar socorrer a un camarada italiano herido.

Reproducimos un fragmento sobre esta brigadista inglesa, extraído del artículo de Rosa María Ballesteros García, titulado "El efecto de Cronos. Brigadistas olvidadas por la Historia" (Ballesteros, 2008):
Felicia Browne
A Felicia, una pintora y escultora británica, de filiación comunista, le sorprendió la guerra cuando se disponía a asistir en Barcelona a la Olimpiada Popular. Allí, en Barcelona, participó en las luchas callejeras contra los militares sublevados, incorporándose a continuación a una columna de combatientes que partió con destino al frente de Aragón. Allí murió en acción de guerra a los pocos días de su llegada. Fue la primera miliciana inglesa que pagó con su vida.
Cambiando pinceles por fusil Felicia, militante del Partido Comunista Británico, de 32 años, se unió a las milicias el 2 de agosto de 1936. Había estudiado en la Escuela de Arte de Slade, perteneciente al University College London. En 1934 ganó un importante premio con el diseño de una medalla para conmemorar el centenario de los “Mártires de Tolpuddle”. La Asociación Internacional de Artistas a la que pertenecía, dijo de ella en 1936 que “tenía la capacidad de representar el mejor tipo de mujer nueva”. Fascinada por las cosmogonías de Dante y Kafka, era también una “divertida caricaturista” y una “excelente ilustradora”. Para algunos de sus colegas artistas fue “demasiado generosa para pertenecer al siglo XX”.
No le resultó fácil a Felicia integrarse en las milicias, pero finalmente los esfuerzos disuasorios del Partido Comunista y de los jefes de unidad se estrellaron contra su férrea voluntad. Se incorporó a la columna del PSUC que estableció su cuartel general en Tardienta, donde llegó a haber 1500 hombres por aquellos días de agosto de 1936. Allí, en aquel pueblo aragonés fue donde la miliciana encontró la muerte. El 25 de ese mismo mes y en el intento de volar un tren franquista cargado de municiones, Felicia Browne cayó cerca de la estratégica estación de la localidad. Al contrario que algunos compañeros asesinados, como John Cornford o Ralph Fox, cuya memoria es guardada por un monolito en el lugar de su muerte, en Lopera (Jaén), de Felicia no hay rastro material que recuerde su caída.


Mika Feldman (Mika Etchebéhère), “La capitana”.
(Moisés Ville, provincia de Santa Fe, Argentina, 1902 - París, 1992)

La obra escrita por Mika Etchebéhère,
 publicada inicialmente en  francés 
(París, 1975) con el título  Ma guerre 
d'Espagne à moi Edición española de 
1987, por Plaza & Janes.
La capitana brigadista
 Mika Etchebéhère 




La argentina Mika Feldman, "La capitana", fue la única mujer que tuvo mando militar sobre la tropa durante la Guerra Civil. Su nombre de soltera es Mika Feldman (Micaela Feldman), aunque a menudo las fuentes se refieren a ella con el apellido de casada: Mika Etchebéhère o también Mika Feldman de Etchebéhère.

Nacida en Argentina, en Moisés Ville (provincia de Santa Fe). Su familia era judía de origen ruso y había llegado a la Argentina escapando de los progroms de la época zarista. Cursó estudios universitarios de Odontología en Buenos Aires y ya en sus años de estudiante en la universidad, empezó a movilizarse como activista con distintos grupos anarquistas, comunistas y socialistas. Después de casarse con Hipólito Etchebéhère, un universitario que estudiaba Ingeniería y que era de origen francés, en 1924 decide afiliarse con su pareja al Partido Comunista de Argentina (PCA), en el que está poco tiempo debido a sus simpatías hacia Trotski.

Escribe Rosa María Ballesteros García en "El efecto de Cronos. Brigadistas olvidadas por la Historia" (Ballesteros, 2008):
“Que en esta guerra, que es la nuestra, mueran españoles me parece normal —dice Mateo—; pero que extranjeros como tu marido, como el Marsellés, como tú misma, venga aquí a luchar por nosotros, a morir por nuestra causa, eso es algo grande”. Este pensamiento, expresado por un miliciano español, lo recoge Mika en su obra Mi guerra de España.
Mika Etchebéhère (Mica Feldman), argentina de padres rusos, llegó a Madrid el 12 de julio de 1936 para reunirse con su marido Hipólito Etchebéhère (1900-1937). Seis días después de su llegada se produce el levantamiento del ejército, y la pareja de revolucionarios, de inspiración trotskista, se une a la Columna del POUM. En el frente de Guadalajara, en Atienza, donde cayó muerto su marido apenas un mes de entrar en combate (el 16 de agosto), Mika asume la responsabilidad de la columna donde, con la posterior militarización de las milicias, alcanzará el grado de capitana, única mujer con mando de tropa en la guerra de 1936-39. (...) Sufrió, con sus hombres, los mismos peligros y rigores, como la vez que quedó enterrada en la trinchera tras la explosión de una bomba: “Ni bala ni metralla, solamente tierra por todo, pegajosa, hedionda. Ningún grito es posible. Mi boca está en la tierra...sólo el pensamiento funciona, anda, estoy lúcida, demasiado, rechazo esta muerte nunca prevista, sucia, estúpida, infamante”, escribe en sus memorias. La muerte, que ya se había llevado al marido, Hipólito, mientras defendía su posición, había pasado muy, muy cerca de ella. Gracias a los esfuerzos de sus compañeros que, como topos humanos, cavan con palas y uñas para rescatarla había salido ilesa. Había nacido una leyenda:
Los protejo y me protegen. Son mis hijos y al mismo tiempo son mi padre. Les preocupa lo poco que como y lo poco que duermo y, a la vez, encuentran milagroso que resista tanto o más que ellos los rigores de la guerra (Etchebéhère, 1976).
La capitana Mika, única mujer que ejerció mando en tropa durante la guerra española, formó parte de uno de los batallones comandados por el famoso anarquista Cipriano Mera (1896-1975) luchando en varios frentes (...).
Cuando el ejército franquista tomó Madrid, Mika consiguió huir y llegar a París y de allí a Argentina. En el 46 regresó a la capital francesa para quedarse. Participó como activista en el mayo francés del 68 y posteriormente en todas las movilizaciones contra la dictadura militar argentina. Murió en la capital francesa en 1992, cuando tenía 90 años. 


Adelina Abramson (Adelina Kondrátieva)
(Buenos Aires, 1920 - Moscú, 2012)


Adelina Abramson. Foto: archivo
 de la familia Abramson.
 Fuente de difusión: CEDOBI.
Decíamos antes que en 2012 fallecieron las dos últimas brigadistas que seguían vivas. El 31 de marzo moría Lise Ricol y el 14 de diciembre fallecía Adelina Kondratieva.

Adelina Abramson (nombre de soltera) era argentina de nacimiento. Nacida en Buenos Aires, en 1917, en el seno de una familia rusa de exiliados políticos. El padre de Adelina, Benjamin Abramson, había sido condenado a muerte por el régimen zarista por su activismo y militancia políticas, pero consiguió huir y llegar a Argentina. Era el año 1910. 

La familia de Adelina permaneció en argentina hasta que en 1932 el padre, que era  trostkista,  decidió que era el momento de regresar a Moscú y tomar parte en la construcción del estado socialista. Adelina tenía entonces 12 años. Ingresó a los 14 años en la escuela soviética y poco después en la Unión de Juventudes Comunistas de la URSS. Y con sólo 17 años, ya comenzada la guerra española, Adelina Abramson se desplaza a España con su padre, para unirse a la lucha contra el fascismo.


Adelina Abramson en la Plaza del Altozano de Albacete (España), delante del actual Museo Municipal, en 1937. Foto: La Vanguardia.

Adelina Abramson. Foto: archivo
 de la familia Abramson.
 Fuente de difusión: CEDOBI.
Adelina Abramson, o Adelina Kondratieva, pasa a desempeñar labores de intérprete y de traducción en el Estado Mayor de la Fuerza Aérea de la República, que tenía su sede en Albacete. 

Regresó a Moscú en 1938, ocupando el rango de Teniente Superior del Ejército Rojo (de 1941 a 1949). Después de la guerra se incorporó al Instituto Militar de Idiomas. Continuó estudiando, después de conseguir entrar en la Academia Obrera para adultos, y con el tiempo llegó a doctorarse en Ciencias Históricas, especializándose en el estudio del movimiento sindical en Latinoamérica. Sus memorias de lo que había sido la experiencia española, están recogidas en su libro "Mosaico Roto". Fue miembro de sección española del Comité Soviético de Veteranos de Guerra.


Adelina Abramson, durante su visita a España en 2009


Salaria Kea O'Reilly  
(Milledgeville, Georgia, EE.UU., 1917 -  Akron, Ohio, EE.UU., 1990)

Salaria Kea (agachada a la izquierda), junto a una
 ambulancia del Batallón Abraham Lincoln

Comunista, estadounidense, mujer, negra. Salaria Kea fue una persona cargada de coraje, convicción, ideales, compromiso social y entrega a la causa en la que creía.

Kea nació el 13 de julio de 1913, en Milledgeville, una localidad de Georgia, un antiguo feudo esclavista del sur de los Estados Unidos. Su padre, jardinero de profesión, fue asesinado poco después de nacer ella. Su vida no resultó fácil. Su vocación nació mientras trabajaba en las vacaciones de verano en la clínica de un médico local. Completó la formación secundaria, pero las escuelas de enfermería de Akron, donde residía, se negaron a aceptarla a causa de su condición afroamericana. En el verano de 1930 decidió trasladarse a Nueva York y allí consigue entrar en la Escuela de Formación del Hospital de Harlem. Enseguida comenzó a trabajar como enfermera, primero en el Sea View Hospital y luego en el Hospital de Harlem.

En Nueva York, Salaria Kea empezó a implicarse activamente en la lucha por los derechos civiles de los afroamericanos. Tomó contacto con diferentes grupos de izquierda y en 1935 entró a militar en el Partido Comunista de los Estados Unidos (CPUSA). Ese mismo año tomó parte de la campaña para organizar y facilitar asistencia médica en Etiopia, después de que las tropas fascistas de Mussolini invadieran y ocuparan el país. Es un momento crucial en la vida de Salaria Kea, ya que significó una clara toma de conciencia por la causa de la solidaridad internacionalista, lo que más tarde le conduciría a venir a España con las Brigadas Internacionales.

En 1936 se presentó a la Cruz Roja como enfermera voluntaria para dar asistencia a las víctimas de las inundaciones del Medio Oeste. Fue rechazada por ser negra: "la única razón, según se me dijo, es que mi piel causaría más problemas que lo que podría ayudar", escribiría años después (citado en Ballesteros, 2008)

Teniendo conocimiento de la misión médica estadounidense que se organizaba para servir en España, Kea tomó la decisión de unirse a esta misión, enrolándose en el Batallón Abraham Lincoln (formado por voluntarios estadounidenses, la mayoría de los cuales eran militantes o simpatizantes bien del Partido Comunista de los Estados Unidos, o bien de otras organizaciones obreras de carácter socialista). Fue así como Kea llegaba a España el 27 de marzo de 1937, a bordo del buque SS Paríscon un grupo de doce enfermeras y médicos, dirigidos por el cirujano de origen judío Edward K. Barsky.  

Sobre esta misión médica, escribe Ballesteros García (2008:29):
Fue ésta una de tantas expediciones subvencionadas por el Medical Bureau to Aid Spanish Democracy, fundado por Barsky, una organización apoyada, entre otros, por Albert Einstein, que transportó equipos completos, con médicos y enfermeras. Llegaron con hospitales totalmente equipados, ambulancias, cámaras quirúrgicas móviles, medicamentos…
 
Salaria Kea, durante la guerra

Salaria Kea, durante la guerra


En España, Kea prestó servicio primero en Madrid y más tarde en Cuenca y Murcia. Uno de los hospitales en los que desarrolló sus labores, fue el Hospital Americano en Villa Paz (ubicado en una finca cercana al castillo de Castillejo, en la provincia de Cuenca), que había sido organizado por la American Bureau to Aid Spanish Democracy. Allí conoció a Pat O'Reilly, que estaba convaleciente de las heridas sufridas mientras luchaba con una unidad de brigadistas británicos. Patrick O' Reilly era irlandés y se convirtió en la pareja de Kea para el resto de su vida. Se casaron allí mismo, en el hospital, pero la guerra les separó inicialmente. Salaria Kea fue capturada por el ejército fascista, aunque consiguió escapar. Posteriormente logró reencontrarse con Pat en Estados Unidos y jamás volvieron a separarse ya.

En 2007, Salaria Kea recibió el homenaje de la ciudad de Nueva York, en la exposición del Museo de la Ciudad, titulada "Frente al fascismo: Nueva York y la guerra civil española”:

Muestra "Frente al fascismo: Nueva York y la guerra civil española”. Nueva York 2007


Elisaveta Párshina (Josefa Pérez Herrera, la dulce dinamitera)
(Oriol, URSS, 1913 - 2002, Moscú)

Una de las escasas fotografías que hay
de Elisaveta Párshina, durante su estancia
 en España
Elisaveta Párshina era rusa.  Llegó a Barcelona con 23 años, en octubre de 1936, pasando a llamarse Josefa Pérez Herrera. Inicialmente es destinada como traductora al aeródromo de Albacete. Aunque carecía de entrenamiento militar (jamás había empuñado un arma), deseaba combatir en el frente y con frecuencia trasladaba a sus superiores este deseo.

Elisaveta por fin consigue su propósito de ir al frente, a través de la mediación del letón Artur Sprongis, comandante de un unidad de combate nocturna encargada de reconocimiento y realización de sabotajes. Se trataba del XIV Cuerpo de Guerrilleros (Planells, 2002): 
El XIV Cuerpo de Guerrilleros era un destacamento nocturno de reconocimiento y sabotaje compuesto por cuarenta voluntarios andaluces, mayoritariamente campesinos y obreros sin experiencia militar, comandados por Sprongis. Integrado en la 11ª Brigada Internacional, sus miembros, eran conocidos como "Los Niños de la Noche". Con ellos, Elizaveta participará en  varias misiones tras las líneas enemigas.
La tarea era altamente arriesgada. Sprongis necesitaba una intérprete que acompañase a la unidad para cruzar el frente de Málaga y realizar acciones de sabotaje detrás de las líneas enemigas (Planells, 2002):
Elizaveta se encadenó a su destino. El amor medró al calor de las explosiones. En Andalucía dinamitaron juntos cuatro puentes de carretera y uno ferroviario. «Él me explicaba cómo debía colocarse la mina bajo los raíles y yo se lo traducía al grupo. El primer día me advirtió: "Si lo traduces mal todos saldremos por los aires"». 
Elizaveta habla de explosivos, detonadores y resortes con la emoción de la abuelita que desmenuza la receta secreta de sus bizcochos o enseña a su nieta a tricotar.«La caja de tres kilogramos de dinamita tenía un botón. Y había que colocarlo bajo la vía de tal modo que al pasar el tren doblase el raíl e hiciera contacto», explica. Peligro Durante el visionado de sus recuerdos, se detiene en un punto de la retaguardia franquista, en la carretera que une Teruel con Burgos. «Fue el momento más peligroso de todos», afirma. Eran las 11 de la mañana del 29 de mayo de 1937. El grupo se había infiltrado 20 kilómetros en el interior de las filas enemigas y cuatro compañeros habían parado un coche militar y sonsacaban información sensible a un par de oficiales. Desde lo alto de un cerro, Elizaveta contempla la escena junto a tres camaradas provistos de ametralladoras. «De repente, vi que a unos 50 metros se acercaban dos camiones con unos 40 uniformados.Di la orden de no disparar porque Artur y los nuestros estaban allí abajo». Sólo cuando el grupo se dispersó, Elizaveta ordenó abrir fuego. «Los franquistas no se esperaban aquel golpe en su retaguardia a plena luz del día», dice. «Sólo cinco o seis fascistas bajaron del camión para dispararnos. Los demás huyeron, estaban heridos o habrían muerto», recuerda. Tras la refriega, el XIV Cuerpo de Guerrilleros no se detuvo hasta llegar al Tajo. 

A finales de 1937, regresó a Moscú y poco después contrajo matrimonio con Artur Sprongis. Durante la invasión alemana de Rusia, Elisaveta Párshina pasó a trabajar para la inteligencia soviética, inicialmente en labores de contraespionaje. Después del 45, de una forma u otra, continuó ligada durante años a los servicios de inteligencia.

En 2002, el año en que falleció Elisaveta Párshina, fue publicada en castellano su obra La brigadista, diario de una dinamitera en la guerra civil, basada en el diario que escribió mientras formó parte de "Los Niños de la Noche", la unidad de sabotaje. Fue publicada por la editorial La Esfera Libros. Un relato que nos describe aquellos acontecimientos históricos desde el punto de vista de los propios actores sociales, en este caso de Párshina; es la historia viva, cotidiana, directa.




Fanny Edelman
(San Francisco, Córdoba, Argentina, 1911 - Buenos Aires, Argentina, 2011)

La argentina Fanny Edelman murió en 2011. Tenía 101 años. Desde muy joven y durante toda su vida, militó en el Partido Comunista de Argentina. Su padre era rumano y su madre rusa. Tiene en común con Mika Etchebéhère en que sus padres, de origen judío, también habían llegado a Argentina huyendo de los progroms zaristas. 


La brigadista argentina
 Fanny Edelman

Reproducimos una breve reseña biográfica, escrita Angels M. Castells y publicada en su blog angelsmcastells.com, con el título "En memoria de Fanny Edelman, de las Brigadas Internacionales, comunista y feminista":
"Ha muerto Fanny Edelman, una activa luchadora por los Derechos Humanos, en un hospital de Buenos Aires. Edelman es conocida y reconocida en todo el mundo por su larga, dilatada, exhaustiva trayectoria en favor de los derechos sociales y humanos y su intensa labor intelectual y política. Era también presidenta del Partido Comunista de la Argentina.Su antifascismo la llevó a defender en España la II República. En septiembre de 1937 llegó a Valencia junto a su compañero para participar de las Brigadas Internacionales. Entró en contacto con Miguel Hernández y Antonio Machado, con quien colaboró particularmente durante una campaña de alfabetización dirigida a los soldados. Tras el avance fascista, huyó a Barcelona y regresó a Argentina en mayo de 1938. La misma rebeldía antifascista que la había traído a España la hizo también destacar en el combate a la dictadura militar argentina. Con su ayuda se presentaron doscientos testimonios de familiares y víctimas de la última dictadura militar en el año 1978 ante la Comisión de Derechos Humanos de la ONU en Ginebra.
Fanny Edelman, cuyo apellido de soltera era Jabcovsky, ha muerto a los 100 años. Todo un siglo de vida en rojo de esa mujer que participó en la defensa de la República durante la Guerra Civil Española, formó parte del Socorro Rojo, trabajó durante 50 años en la Unión de Mujeres de la Argentina, fue secretaria general de la Federación Democrática Internacional de Mujeres y realizó importantes trabajos con la ONU, la UNESCO, UNICEF y la OIT. Fue además secretaria general de la Federación Democrática Internacional de Mujeres e impulsora del Año Internacional de la Mujer y del Encuentro de la ONU en Nairobi en 1975."
Con el fallecimiento de Fanny Edelman el 5 de noviembre de 2011, Cubadebate sacó una versión de la amplia entrevista que Stella Calloni le hizo con motivo de su 93 cumpleaños, es decir en el año 2004. La entrevista es bastante extensa y a lo largo de la misma Fanny repasa la historia argentina, su experiencia en el Partido Comunista y, como no, habla bastante de la guerra civil y de su experiencia en las Brigadas Internacionales. Aconsejamos su lectura con paciencia porque tiene partes muy interesantes. Especialmente emotivos son los recuerdos que Fanny expresa en esta entrevista, en relación con Dolores Ibárruri (Pasionaria) y con Miguel Hernández (Calloni, 2011):
[Sobre Dolores Ibárruri] Mi primer recuerdo es de cuando la vi en el Segundo Congreso de esta organización realizado en Valencia. Era una mujer muy bella, alta, vestida de negro, que impactaba, y su voz ardiente y su discurso estremecían a todos. En ese entonces la ví de lejos. Luego la conocí y estuve con ella en el año 72 en el Congreso de Fedim. Su vida ya es parte indisoluble de la historia del siglo XX, de las victorias y derrotas del movimiento popular. 
Y ¿cómo no evocar al gran poeta Miguel Hernández, detenido cuando iba a buscar a su mujer Josefina y a Manolín que aún estaba en el vientre de su madre. Lo mataron como a García Lorcas y antes de ser asesinado por el franquismo escribió en una pared de su celda: “Adios hermanos y amigos, despedidme del sol y de los trigos”. 




También aconsejamos el artículo que escribió Jorge Grela en Mundo Obrero, "Fanny Edelman: Imprescindible", publicado unos meses antes de su fallecimiento.



Referencias y fuentes:





Entradas del blog relacionadas

A) 14 de Abril, Brigadas Internacionales, Día de la República, republicanismo en España:
B) Otras relacionadas
C) Sobre la monarquía