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sábado, 23 de agosto de 2014

Podemos y el miedo (2/2). Y a la clase trabajadora le entró el pánico.


Autor viñeta: Ángel Boligán



La resaca de la clase trabajadora. El despertar del sueño y su miedo.

La desaparición del bloque socialista alteró el escenario en el que tenía sentido el gran pacto sistémico del estado del bienestar. La oligarquía dejó de tener miedo definitivamente a la amenaza roja, toda vez que además la clase trabajadora occidental naturalizaba la existencia del capitalismo al no imaginar ni desear sistema alternativo alguno. Antaño temerosa, la burguesía ahora respiraba tranquila, se sentía más fuerte que nunca y no encontraba motivos para seguir manteniendo el costosísimo Welfare State

Por otro lado, mucho antes de la caída del Muro, desde los años 70, el capitalismo había comenzado a entrar en una nueva fase de su desarrollo, marcado por la globalización y la aplicación de políticas inspiradas en la doctrina de Milton Friedman y de sus Chicago Boys. Al principio, tímidamente. Pero la caída del bloque socialista vino a actuar de catalizador del cambio neoliberal. Luego, bastó que saliese de la chistera mágica del sistema una brutal crisis intencionadamente provocada, para que la oligarquía se lanzase a acelerar el proceso de acumulación por desposesión (Harvey), hasta el extremo de provocar un coma inducido al estado del bienestar, paso previo a su defunción.

Centrándonos en España, la crisis sistémica supuso el despertar del sueño para la clase trabajadora. Todavía resacosa de la sociedad de consumo, lo más fácil resultó culpabilizar a los políticos de todos los males. Los trabajadores se mostraron -y muestran- incapaces de entender los cambios en profundidad que la oligarquía implementa, mordiendo el anzuelo ideológico que supone desviar la atención hacia los capataces del cortijo (los políticos del establishment). Esta cortina ideológica de humo ha sido siempre promocionada por los medios de comunicación más reaccionarios, y paradójicamente ha sido convertida por el partido Podemos en la columna vertebral de su minimalista discurso político.

La clase trabajadora, todavía bajo el síndrome de abstinencia del consumismo, lo primero que encuentra con la mal llamada crisis, son recortes salariales o una tendencia incesante a la precariedad laboral en el mejor de los casos, y la pérdida de empleo y recorte de prestaciones en el peor de los casos. 

La tasa de desempleo adquiere un plus de dramatismo en casos concretos, como pueden ser los parados de larga duración que dejan de percibir la prestación por desempleo, los parados de ciertas edades a los que la dinámica del mercado de trabajo les convierte en parias, etc. Para los demás, las sucesivas reformas laborales -especialmente la última, del gobierno de Rajoy- la precariedad se ha ido convirtiendo en la normalidad junto con un nivel de exploración laboral que en muchos casos ya no se diferencia del que existe en la periferia capitalista. 

Aunque las cifras bailan en función de las fuentes, según la PAH solo entre el comienzo de la crisis en 2008 y el primer trimestre de 2012, se produjeron en España 400.000 desahucios (desalojos forzosos de viviendas o locales, por orden judicial). Lógicamente, esta cifra se ha ido incrementado hasta el momento actual. El drama de la pérdida de vivienda fue una de las primeras consecuencias del desempleo, la precariedad y los salarios a la baja. Pero también condensa el miedo que se apodera de la clase trabajadora, provocado por la incertidumbre y la inseguridad y la ausencia de una red que amortigüe la caída. Por ejemplo, es muy significativo que en España se haya disparado la tasa de suicidios, muchos de los cuales han estado relacionados con la pérdida de la vivienda.

Algunos aspectos no afectaron de manera general a la clase trabajadora, pero sí a un importante sector de ahorradores entre los que había un porcentaje muy alto de asalariados. Me refiero al problema de las acciones preferentes de los bancos, posiblemente uno de los mayores timos financieros (por su volumen) que ha tenido lugar en la historia del país. El escándalo hay que contemplarlo como un episodio más de esa acumulación por desposesión de la que habla Harvey.

El miedo en poco tiempo de apoderó de una clase trabajadora que había vivido por encima de las posibilidades de su estupidez ideológica y servidumbre política (si se prefiere, de su alienación como clase, que queda más fino y elegante). Y sin embargo, ese nivel de miedo todavía no llegó a alcanzar sus niveles máximos. Todavía no se alcanzó una situación de anomia significativa. ¿Por qué? En mi opinión, podríamos recurrir a factores diversos que podrían explicar por qué el miedo todavía no alcanzó cotas superiores; cito algunos de estos factores:
  • 1º La idea de transitoriedad de la crisis. Todavía son muchos los que se aferran a la idea de que esto es una pesadilla que ha de pasar y que necesariamente regresaremos a la tranquilidad anterior. Es una percepción de la crisis que no suele ser demasiado comentada por los analistas políticos, quizás muy alejados de la visión popular. Entre la gente de más edad, pervive la idea que nace de la comparación con experiencias sociales de crisis anteriores (por ejemplo, la crisis de los 70); de la misma forma que éstas pasaron, también la actual acabará siendo superada. Tal percepción social es cultivada además por los medios más conservadores y por el propio gobierno. Quizás esta comparación está menos en la cabeza de la gente más joven, pero aun así creo que también en este caso son muchos los que se aferran a la idea de que esto es algo transitorio. El hecho de que se desvíe la atención centrando las responsabilidades en los políticos -en lugar de hacerlo sobre la oligarquía capitalista-, alimenta una ficción colectiva que consiste en creer que un cambio de actores políticos sistémicos en el gobierno, abriría las puertas para una solución a la crisis. Pensemos que la mayor parte de la gente no es capaz de comprender la naturaleza de la crisis, aferrándose al factor político y a otros como el tema de la corrupción, para explicar las causas de los males. Esa ficción colectiva alimenta la idea de transitoriedad.  
  • 2º La solidaridad familiar (pensiones de los jubilados, fundamentalmente). Aunque el porcentaje de personas que han caído bajo el umbral de la pobreza ha alcanzado ya cifras muy elevadas, el hecho por el cual todavía las cohortes generacionales de más edad sean beneficiarias de pensiones, amortigua -más mal que bien- la difícil situación de un porcentaje muy alto de familias. Por otra parte, los ahorros de toda la vida de mucha gente mayor, se han ido destinando en muchos casos a socorrer económicamente a los miembros más jóvenes de las familias (a costa de descapitalizar las unidades domésticas). Algo parecido podría decirse de aquellos casos en los que funciona la solidaridad familiar a otros niveles. Tal solidaridad familiar tiene "fecha de caducidad", en tanto puede funcionar solo durante un tiempo. A medida que se vaya apagando (por ejemplo, por fallecimiento de los pensionistas que sostienen a las familias, o por agotamiento de la reservas de ahorro), el miedo social irá también en aumento. 
  • 3º La incapacidad para visualizar los efectos a medio y largo plazo de las reformas tardo-burguesas. La gente habla de recortes y de privatizaciones, sobre todo en temas fundamentales como Salud. Estamos padeciendo ya los efectos de esta estrategia del capital que forma parte del mencionado concepto de acumulación por desposesión. Sin embargo, los efectos más dramáticos de las privatizaciones y recortes, solo se verán a medio y largo plazo. De esta manera, aunque la gente esté descontenta e indignada, la incapacidad de la masa social para visualizar el futuro a largo plazo, hace que el desguace del estado del bienestar no genere el nivel de pánico que provocaría si la gente fuese realmente consciente del futuro que nos están preparando. El tema de las pensiones es un buen ejemplo de lo que estoy diciendo.

Por supuesto, puede haber más factores, pero lo que pretendo señalar es que aunque hayamos pasado a un capitalismo en el que es la clase trabajadora la que está sometida al miedo -al pánico en muchos casos-, dicho miedo todavía no ha alcanzado el umbral que cabría esperar. Lo cual no quiere decir que no exista miedo social, ni mucho menos; es una cuestión de escala.

Que la masa social tenga miedo, es un cuchillo de doble filo. Si de tal miedo derivase una mayor conciencia social, conciencia de clase, un compromiso con la lucha de clases, una motivación para implicarse en la acción política transformadora..., en tal caso tendría un efecto positivo. Pero el miedo necesariamente no tiene por qué empujar a la gente a la izquierda política. Puede ocurrir todo lo contrario. Cuando no existe masa crítica, es fácil que el miedo social acabe derivando en apoyo a los populismos y a los fascismos. Pensemos que muchos de los votos a los neofascistas franceses y neonazis griegos, vienen de la clase trabajadora. En el fondo, estoy pensando en lo que supuso la experiencia histórica de la Alemania de los años 30 del pasado siglo.


Podemos y su mantra sobre el miedo.
Decíamos en la primera parte, que Podemos gira en torno a un discurso minimalista de consignas muy básicas, que acaban teniendo carácter de palabras rituales. Los seguidores de Podemos las repiten una y otra vez como mantras. De esta forma, el discurso de Podemos acaba configurando un lenguaje litúrgico-ritual dotado de la eficacia simbólica que acompaña a cualquier lenguaje ritual. Desde luego, es un rasgo que está presente en una buena parte de los populismos y en esto Podemos no es una excepción.

El efecto buscado es generar una especie de fe ciega que no es muy diferente a la fe religiosa. Una fe que, sobre todo, es fe ciega en el líder supremo (Pablo Iglesias Turrión), al que se considera más allá del bien y del mal, dotado de la infalibilidad profética que le conduce a no equivocarse nunca, y que enuncia consignas tomadas por sus seguidores como si fuesen palabras mágicas. En ocasiones, Podemos llega incluso a recordarme a los grupos religiosos parroquiales y a sus terapias colectivas; un botón de muestra de una reunión de un círculo de Podemos:



Un ejemplo de lo que son los "ritos de confirmación", en versión política. 
A través de tales rituales, se crean situaciones cargadas de emotividad y
 sublimación, que buscan provocar una fe ciega en el líder supremo.



Una de las consignas más repetidas para autoconvencimiento colectivo, es que el miedo está cambiando de bando o ha cambiado ya de bando. Es la consigna favorita de Podemos, junto con la acusación de ser "casta" a todo lo que se le oponga. Se trata de una muletilla repetida en redes sociales, artículos de opinión y también en manifestaciones y concentraciones. Son palabras rituales como decíamos, cuya función es crear la ilusión de una realidad que únicamente existe en el terreno de la imaginación. Lo imaginario vivido como real a través de la magia de la liturgia del discurso. Consolación a través del acto verbal.

Para entender el éxito de la consigna entre los seguidores de Podemos, hemos de tener en cuenta que Podemos no se compone precisamente por personas del sector más castigado por la crisis, que es donde puede haber más miedo social. Muchos de los seguidores de Podemos son personas que han llevado (y siguen llevando) una existencia acomodada o relativamente acomodada, y que por tanto no sufren el azote de la crisis con la misma intensidad dramática con que se vive en los sectores sociales más pauperizados. La masa social de Podemos no tiene nada que ver con aquel "lumpen" del que hablaba con desprecio Iglesias Turrión, ni con los trabajadores en general que más sufren la crisis sistémica -aunque también los hay en sus filas, por supuesto-. Pensemos que Podemos surgió inicialmente como un partido creado por funcionarios públicos, entre los que abundaban/abundan profesores de universidad. La élite política de Podemos está compuesta mayoritariamente por gente cuya situación no resulta especialmente crítica, y esta impronta se ha reproducido en una parte significativa de su masa de seguidores. Por todo ello, es fácil de entender que se trata de un sector social que no esté hundido en el pesimismo que provoca la situación que vivimos. Recurriendo a un término que ideológicamente rechazo y no me gusta, "clase media", se puede afirmar que Podemos es un partido de la clase media (de ahí que no se defina como anticapitalista en sus estatutos políticos). Un sector social al que le resulta muy fácil decir que el miedo ha cambiado de bando.

Ideológicamente, Podemos tiene mucho de clon del PSOE, no del actual sino de lo que fue el PSOE anteriormente. Por esta razón no es casual que muchos seguidores de Podemos hayan estado en el PSOE, o hayan sido simpatizantes y/o reivindiquen las bondades políticas del PSOE en tiempos anteriores y que ahora creen ver en el partido Podemos. Lo expresa muy bien Joaquín Fernández Martínez, de Podemos-Málaga y Jefe de Área del Centro de Prevención de Riesgos Laborales de la Junta de Andalucía (y que además se ajusta a ese perfil personal del que hablaba antes, de gente relativamente acomodada vinculada al funcionariado en muchos casos). Dice refiriéndose a Podemos:
Parece que por fin un nuevo cambio se acerca. El primer gran cambio fue en el 82 (aquel espíritu innovador y progresista que ya no queda en los actuales dirigentes del PSOE). Este nuevo cambio (verdaderamente progresista) es el que necesitamos ahora. 
Desde luego, esto refuerza la idea de que Podemos viene a ser un PSOE pre-82, hasta cierto punto incluso menos de izquierdas.

Es importante que tengamos en cuenta el perfil personal del que hablo, porque el discurso del miedo que cambia de bando, por lo general -aunque haya de todo como en botica- viene de personas que no sufren toda la crueldad de la crisis en sus carnes. Otra militante de Podemos, Laura Camargo (una profesora titular de la Universitat de les Illes Balears, por tanto con un sueldo en torno a unos 2.000 euros limpios mensuales), escribía en el Diario de Mallorca: "El PP tiene pánico a Podemos, el miedo está cambiando de bando".

El mantra es repetido a diario, desde Iglesias Turrión al último simpatizante, y las redes sociales están cargadas de ejemplos de esta liturgia lingüística.

Sin embargo, tal consigna tiene otra función, además de la mencionada más arriba. La consigna tiene también la función de explicación omnicomprensiva (igual que el término "casta"): todo se explica a partir de la misma. Así, por ejemplo, resulta habitual que los seguidores de Podemos respondan argumentalmente a las críticas recibidas apelando al "miedo" que se les tiene. Y es que la lógica del discurso político de Podemos, sometida a un electrocardiograma, dibujaría una línea recta. 

Un buen ejemplo de aplicación de esta consigna contra aquellos que realizan críticas a Podemos, lo hemos visto estos días en el panfleto publicado en diagonalperiodico.net, por Ángel Luis Lara. Este señor de Podemos, que es profesor en EE.UU. (de nuevo el perfil antes mencionado, de élite laboral), escribió un canallesco artículo en el que llega incluso a establecer un paralelismo entre Cayo Lara y la FAES, y a juzgar al coordinador de IU como parte del establishment: ¡no está mal! (este panfleto debiera servir de aviso a navegantes, al sector de IU que defiende el entendimiento con los coleteros). El caso es que toda la rabia desencadenada en el artículo de Ángel Luis Lara contra IU y en concreto contra Cayo Lara, viene de las críticas suaves y en absoluto hostiles que éste ha realizado hacia Podemos. El coletero lo tiene claro: las declaraciones de Cayo Lara son producto del miedo.

Si criticas es que les tienes miedo. Argumento supremo frente a las críticas. En este mismo blog, en entradas sobre Podemos, este tópico se repite también a menudo como base argumental, en comentarios enviados por simpatizantes del partido de Iglesias Turrión.

Son diferentes dimensiones de lo que significa ese "el miedo está cambiando / ha cambiado de bando", tan repetido por Podemos.


Emilio Botín (Banco Santander) y
 Rosell (presidente de la CEOE)
Lo cierto es que nunca el capitalismo ha estado tan fuerte como en los tiempos actuales. Jamás la oligarquía se ha sentido tan segura. Y España no es una excepción. Reformas laborales, electorales, recortes, privatizaciones, rescates escandalosos... 

Decir que la oligarquía tiene miedo, suena casi a chiste de mal gusto. Imagino que escuchando a Podemos, los señores Botín (Banco Santander) y Rosell (presidente de la patronal española) se mueren... más que de miedo, de risa.

Buscar el éxito a través de la creación de espejismos discursivos, acaba siendo un boomerang que se vuelve en contra. Aunque no dudo que a corto plazo a Podemos pueda darle cierto resultado.

Dada la pesadez de la repetición de la consigna en las redes sociales, hay quien lo toma con sentido del humor o con sarcasmo. En tono jocoso, hay quien ha replicado: El miedo va a cambiar de parque (Rubén ‏@_ru_b_en_), o El miedo está cambiando de fado.

¡Qué preocupadita está nuestra oligarquia!



@VigneVT
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El miedo del capitalista y la domesticación de la clase trabajadora.


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Algunas entradas relacionadas en el blog del viejo topo:

jueves, 21 de agosto de 2014

Podemos y el miedo (1/2). El miedo del capitalista y la domesticación de la clase trabajadora.


Antonio Berni (Rosario, Santa Fe, 1905 - Buenos Aires, 1981): "Manifestación" (1934). Temple sobre arpillera, Colección Malba-Fundación Costantini.



Hace muchos años, cuando la lucha de clases era asunto de dos clases y no de una sola como sucede ahora (la que ejerce el capital), los capitalistas tenían miedo de los trabajadores. Ahora, son los trabajadores los que tienen miedo de los capitalistas. Una mutación que no deja de ser un indicador del debilitamiento de la posición estructural de la clase trabajadora.


Sin embargo, hay quien sostiene que el miedo ha cambiado de bando. ¿Será? Es el caso del partido Podemos, que ha convertido tal afirmación en consigna casi monotemática, repetida por sus seguidores hasta niveles empalagosos. Forma parte del discurso minimalista adoptado por este partido, en torno a un conjunto muy limitado de palabras rituales que, utilizadas repetitivamente a modo de mantras, buscan quizás la eficacia simbólica que a menudo deriva del lenguaje litúrgico ritual. 

Pero... ¿tiene razón Podemos cuando habla de que el miedo ha cambiando de bando? Merece la pena pensar sobre ello.

Hablar del miedo nos conduce a hablar del riesgo, el cual solo puede ser entendido como construcción cultural y social. Los grupos humanos desarrollamos una noción sobre el riesgo, el peligro, la amenaza..., que, pese a que puedan darse denominadores comunes, varía de unos marcos culturales a otros (lo cual es el objeto de estudio de la antropología del riesgo). Una situación social puede ser considerada como riesgo o no por distintos grupos sometidos a la misma situación. 

Aclaro lo anterior porque la sociedad europea occidental, a través del llamado estado del bienestar, desarrolló un modelo de cierta seguridad frente a situaciones de crisis personales que puedan venir provocadas por factores como la pérdida del empleo, la enfermedad, el deterioro físico y/o mental ligado al envejecimiento, la falta de recursos para que nuestros hijos estudien, etc. Hemos vivido en un capitalismo que garantizaba unos niveles de protección social sin parangón en otras sociedades capitalistas. La posibilidad de que tales dispositivos fallen o resulten insuficientes, induce a que valoremos la situación que pueda crearse como un riesgo alto que nos provoca temor. Vayamos a un ejemplo. Un caso que cada vez se da con más frecuencia, es el de los trabajadores sin empleo que dejan de tener cobertura sanitaria; en dichas circunstancias, la posibilidad de caer enfermo se vive con un valor añadido de riesgo por la incertidumbre de poder pagar o no el tratamiento necesario, lo que no sucede en un modelo de cobertura universal.

Recuerdo una discusión hace años, en Timor Oriental, con un conocido llamado Lee, un hombre de negocios de Singapur de origen chino. Lee me decía que los europeos no éramos "competitivos" debido a la existencia del estado del bienestar. Mi interlocutor consideraba que una persona enferma que no fuese capaz de asumir los costes del tratamiento médico, debía encajar su situación con resignación, incluso si de la misma derivase su muerte. Por lo mismo, consideraba una aberración social que un desempleado cobrase un subsidio público. La misma lógica la aplicaba a la vejez: para Lee, una persona en caso de carecer de ahorro suficiente o de medios, debía seguir trabajando hasta su fallecimiento, salvo que la familia se hiciera cargo de su manutención. Derechos como el de negociación colectiva, a este chino de Singapur le parecían un disparate, una extravagancia occidental. En el fondo, Lee no solo estaba describiendo el modelo del capitalismo asiático, sino que sin saberlo estaba contando el sueño dorado de la oligarquía capitalista europea, prometido en su día por ese profeta del capital llamado Milton Friedman.

Imaginar nuestra vida en una sociedad como la que Lee consideraba "normal", a cualquiera de nosotros nos hubiese producido pánico, miedo, angustia... El estado del bienestar reducía la incertidumbre ante la posibilidad de crisis personales como las que mencionábamos antes, transmitiéndonos un sentimiento de seguridad existencial que funcionaba como antídoto contra el miedo. En este sentido, el capitalismo del welfare state, fue un modelo de tranquilidad social (todo lo relativa y discutible que queramosl). Sabíamos que si caíamos, teníamos una red (relativa) debajo. Y bastó que la red comenzara a resquebrajarse, para que nos entrara el miedo.

Pero... comencemos por el principio.



¡Vienen los rojos! El miedo del capitalista a la clase obrera.

Uno de los efectos de la revolución industrial fue la aparición de organizaciones de trabajadores que no solo demandaban una mejora en sus paupérrimas condiciones de vida, sino que aspiraban a la emancipación final como clase, a través de la superación del capitalismo. El optimismo del burgués, cuya riqueza no dejaba de crecer, se veía empañado por su miedo a la acción organizada de un proletariado que era consciente de que no tenía nada que perder excepto sus cadenas (Karl Marx). 

Al entrar en el siglo XX, el capitalismo todavía estaba fuertemente marcado por la confrontación entre las distintas burguesías nacionales. El reparto colonial de la tarta imperialista cocinada en la Conferencia de Berlín (1884-85), apenas vino a demorar lo que resultaba inevitable. Y así, la colisión de intereses entre las diferentes oligarquías de los países hegemónicos, condujo en 1914 a la primera gran guerra mundial que vivió la Humanidad. Como era de esperar, fueron los campesinos y obreros los que pagaron con sus vidas las consecuencias de esta confrontación entre capitalistas. Al macabro sacrificio de obreros y campesinos enviados al matadero, la ideología dominante lo llamó patriotismo. La Historia está siempre cargada de esperpento. Los pobres son enviados a matarse entre sí en nombre de la Patria y/o de Dios, cuando en realidad siempre se trata de la defensa de los intereses de los ricos de sus respectivos países. En los 51 meses largos que duró el macabro juego "patriótico", murieron cerca de 22 millones de personas (más del 60% civiles). El infierno duró 1.563 días, 1.563 jornadas "patrióticas". La codicia capitalista se cobró la vida de 14.000 personas diarias entre militares y civiles, 585 personas sacrificadas cada hora durante una larga noche que duró cuatro interminables años. 

Sin embargo, en medio de aquella orgía de muerte y destrucción, el suelo que pisaba el burgués tembló, cuando el proletariado ruso gritó ¡basta! La revolución rusa de 1917 despertó los más terribles miedos y temores de la burguesía de los países capitalistas dominantes, a la vez que supuso una inyección de fuerza moral para las organizaciones obreras de todo el mundo. Se hizo patente que el sacrosanto régimen burgués dejaba de ser una fortaleza inexpugnable, y que podía llegar a ser destruido por la acción revolucionaria del proletariado organizado: el capitalismo podía ser derrotado.

El miedo de la burguesía alcanzó tal nivel que recurrió a una fórmula terapéutica para meter en cintura a la clase obrera descontenta, y de paso acabar con el mal ejemplo de la amenaza roja. Surgió así el fascismo, esa medicina a la que recurre la oligarquía capitalista cuando se ve demasiado amenazada y consumida por el pánico. No le dio resultado. Finalmente, la bestia que había parido resultó aplastada por el Ejército Rojo de Obreros y Campesinos (denominación oficial del RKKA). Eran malos tiempos para el burgués, en el inicio de lo que se llamó la guerra fría.

El capitalista seguía estremeciéndose de miedo, mientras miraba de reojo hacia lo que había al otro lado de un telón imaginario que decían que era de acero. Seguía existiendo pánico a la propagación del satanizado socialismo real. El que fuera director durante muchos años del FBI, Edgar Hoover, expresó como nadie esta paranoia con la amenaza roja, diciendo que el comunismo "es una forma de vida maligna, que revela condiciones similares a la de una enfermedad que se extiende en forma de epidemia, y como una epidemia hay que ponerlo en cuarentena para que no infecte a toda la nación" (ver en mi canal de Youtube, "Collage anticomunista", un montaje de fragmentos anticomunistas de la guerra fría realizado en clave de humor).


Moscú, "El Obrero y la Koljosiana" (1937), de la escultora Vera Mújina (1889-1953). Imagen tomada de la galería en Flickr de Pi Valbuena.  Se trata de una muy conocida y bella obra escultórica, que viene a ser una alegoría de la revolución socialista.

¡Qué terrorífico resultaba para el burgués contemplar el rojo poderío del bloque socialista! ¿Y si la clase trabajadora de los países capitalistas se contagiaba "de la epidemia" mencionada por Edgar Hoover? Había quedado claro que la terapia del fascismo no daba resultado a largo plazo. A la oligarquía capitalista europea no le faltaba razón para tener miedo. En la Italia de 1947, el poderoso PCI (Partido Comunista de Italia) alcanzaba su techo como partido de masas, llegando a tener casi 2.300.000 militantes (todavía en 1990, meses antes de su "suicidio político", el PCI tenía casi 1.300.000 afiliados). 

De aquel miedo del burgués, nació el pacto que habría de encender la libido de los trabajadores por el capitalismo. Claro que no era la imagen del pestilento y andrajoso capitalismo que había existido hasta entonces. Primero pasó por el salón de belleza y, cuando salió del mismo, su contorneo insinuante cautivó a la clase trabajadora, demasiado seducida para percibir que aquel perfume embriagador se elaboraba con una mezcla de sangre y sudor de la clase obrera del mal llamado Tercer Mundo (teoría de la dependencia de Wallerstein).


Y la clase trabajadora pasó a considerarse "clase media" y bailó la conga del capitalismo recién salido del salón de belleza.  

En efecto, el miedo del capital a las organizaciones políticas y sindicales de clase, fue uno de los factores que explica el gran pacto social del que salió el estado del bienestar. Olvidad vuestra beligerancia revolucionaria, y a cambio aceptamos incorporar ciertos componentes de los modelos socialistas (1), vino a ser el gran ofrecimiento de la oligarquía para alcanzar una aparente tregua en la lucha de clases.

El pacto resultó fácil. La división de Europa en dos bloques, producto de Yalta, dejaba poco margen de maniobra a las organizaciones socialistas y comunistas de los países europeos capitalistas, no dejando más vía que la de las lentísimas e hipotéticas -y cargadas de incertidumbre- "transiciones democráticas" al Socialismo. Los dos intentos más claros de saltarse el guión establecido, terminaron en un contundente fracaso, reafirmando esa única vía posible (primero el del KKE en Grecia; años más tarde, el del PCP y resto de la izquierda revolucionaria en Portugal, durante la revolución de los claveles). De esta forma, el gran pacto del estado del bienestar, tuvo lugar sin oposición política ni social, en tanto fue hijo de un consenso histórico entre la derecha e izquierda europeas. Se creaba así un modelo de capitalismo que facilitaba unos niveles de protección social que proporcionaban un sentimiento de seguridad vital a la clase trabajadora occidental. La euforia provocada por el estado del bienestar, condujo incluso al delirio de pensar que el modelo era exportable a la maltratada perifieria.

Por otra parte, al pacto siguió la época que me gusta denominar del capitalismo feliz de color rosa, en el que el crecimiento económico de los países dominantes y el aparente bienestar material que facilitaba la sociedad de consumo, hacía que nuestra clase trabajadora (la misma que ahora está tan puteada y también cabreada con los "políticos") viviese seducida en desbordante pasión con el modelo capitalista. Conviene no olvidar esto y no echarle la culpa exclusivamente a las organizaciones políticas y sindicales. Aquí todo el mundo se apuntó a la conga amenizada por la orquesta del capital. Todos eran "clase media" en la época en la que la ideología burguesa decretó la falsa muerte de las ideologías y de la lucha de clases; la época en la que la felicidad se compraba en cómodos plazos ("...Planearán vender la vida y la muerte y la paz. / ¿Le pongo diez metros en cómodos plazos de felicidad?...", cantaba Pablo Guerrero en A cántaros).


Viñeta de Ángel Boligán (boligan.com). La viñeta del
 historietista cubano afincado en México, es una expresiva
 representación de la sociedad de consumo, en tanto juega
 con los significados de "basura", "recursos" y "sacralización". 

El estado del bienestar y la sociedad de consumo, tuvieron un efecto opiaceo sobre la masa social, políticamente cada vez más narcotizada y manejable a través de la poderosa industria mediática. Cualquier atisbo de conciencia de clase desapareció y la lucha de clases acabó siendo un burdo tongo, al no producirse una respuesta significativa de la clase trabajadora. Y por un acto de prestidigitación, la ideología dominante nos hizo creer que todos éramos "clase media". 

Lo que nos interesa ahora, es enfatizar la idea de que este efecto narcotizante sobre la masa social acabó domesticándola. Pero la tranquilidad completa del burgués solo llegó cuando tuvo lugar la desaparición del bloque socialista. Resultó patético contemplar cómo desde la izquierda orgánica, se celebró la caída del Muro de Berlín o, en el mejor de los casos, se vivió con indiferencia. Pocos se pararon a pensar sobre las consecuencias de efecto dominó que aquello acabaría teniendo para la clase trabajadora occidental y para esa red de seguridad -estado del bienestar- que se había levantado, a través de un pacto que se consideraba incuestionable y blindado.

La desaparición del bloque socialista y la domesticación previa de la clase trabajadora, fue lo que condujo a que el burgués dejase de tener miedo a los trabajadores. Nunca anteriormente, estos habían llegado a ser tan manejables y a estar tan controlados políticamente. 

Y la oligarquía vio entonces la pista despejada para llevar a cabo sus sueños húmedos del capitalismo preconizado por Milton Friedman y su camada de acólitos

@VigneVT
blogdelviejotopo


Notas.-
(1) Aunque a más de uno pueda sorprender la afirmación, los elementos fundamentales del estado del bienestar, no dejan de ser componentes característicos de un sistema socialista adaptados -mal o bien- al capitalismo. En este sentido, el estado del bienestar tiene mucho de contradicción y, a la larga, o evoluciona hacia un modelo cada vez más socialista o involuciona, que es lo que está sucediendo actualmente.     


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Podemos y el miedo (2/2). Y a la clase trabajadora le entró el pánico

martes, 17 de junio de 2014

La austeridad (1977). Un texto pionero y visionario de Enrico Berlinguer. Opiniones.


Imagen: Enrico Berlinguer.
Composición de Ferdinando Quaranta (en Flickr)


Lejos de ser, pues, una concesión a los intereses de los grupos dominantes o a las necesidades de supervivencia del capitalismo, la austeridad puede ser una opción con un avanzado y concreto contenido de clase
Enrico Berlinguer


El 15 de enero de 1977, el secretario general del Partido Comunista ItalianoEnrico Berlinguer (1922-1984), pronunció en el Teatro Eliseo de Roma un discurso que casi nadie entendió en aquel momento. Berlinguer se dirigía a los asistentes que participaban en la convención de intelectuales que estaba a punto de terminar. Habló sobre la austeridad. Aquella intervención terminó convirtiéndose en un texto pionero y visionario, y, cuando volvemos a leerlo hoy en día, nos damos cuenta que mantiene absoluta vigencia y actualidad. Hasta pudiera parecernos que fuera escrito en el presente y no hace 37 años.

Vivimos una crisis sistémica atroz, cuyas consecuencias las sufre la clase trabajadora ante todo, en tanto que el capital saca provecho y ventaja de la misma. En este contexto, todos estamos acostumbrados a escuchar dos discursos:

  1. El discurso de la austeridad mantenido por la derecha, que sirve de legitimación ideológica para aplicar recortes sociales y mutilar los derechos adquiridos por los trabajadores.
  2. La crítica que desde la izquierda se realiza a tales "políticas de austeridad". Desde la socialdemocracia, la crítica se acompaña de guiños a planteamientos neokeynesianos en su mayoría, mientras que desde la izquierda real se mira más hacia otro tipo de planteamientos más rupturistas.
Es por ello que reivindicar aquí y ahora un texto a favor de la austeridad, pudiera parecer que es más propio de alguien de derechas que de un comunista. Sin embargo, como dice en su blog  López Bulla:
Berlinguer parte de una consideración: la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural; y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento; la exaltación de los particularismos e individualismos más exacerbados, del consumismo más exacerbado. Algo que posteriormente plagiaron no pocos ecologistas que ni siquiera se dignaron citar la fuente berlingueriana.
El texto de Berlinguer fue traducido y publicado en castellano al año siguiente (1978), por la revista MaterialesHemos seleccionado los fragmentos más interesantes. Para los que deseen leer el artículo entero, al final facilitamos los enlaces. También añadimos, recopilados en un apéndice final, algunos comentarios de distintos autores sobre la célebre intervención del líder de los comunistas italianos.

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La austeridad. Conclusiones ante la convención de intelectuales.
[Fragmentos seleccionados]
Enrico Berlinguer (Roma, 1977)

(...)

Dar un sentido y una finalidad a la política de austeridad: pero ¿qué austeridad?

¿Cuál es el origen de la necesidad de ponernos a pensar y a trabajar sobre un proyecto de transformación de la sociedad que indique objetivos y metas a perseguir y alcanzar en los próximos tres o cuatro años, pero que se traduzcan en hechos, disposiciones y medidas inmediatas que señalen su puesta en marcha?

Esta necesidad nace de la consciencia de que hay que darle un sentido y una finalidad a la política de austeridad que es una opción obligada y duradera y, al mismo tiempo, una condición de salvación para los pueblos de Occidente en general, y especialmente para el pueblo italiano.

La austeridad no es hoy un mero instrumento de política económica al que hay que recurrir para superar una dificultad temporal, coyuntural, para permitir la recuperación y la restauración de los viejos mecanismos económicos y sociales. Así conciben y presentan la austeridad los grupos dominantes y las fuerzas políticas conservadorasPara nosotros, por el contrario, la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos y de los individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado. Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia, es decir, lo contrario de lo que hemos conocido y sufrido hasta ahora y que nos ha conducido a la gravísima crisis cuyos daños hace años que se acumulan y se manifiestan hoy en Italia en todo su dramático alcance.

Es, pues, en base a este enfoque como el movimiento obrero puede enarbolar la bandera de la austeridad. Austeridad es para los comunistas lucha efectiva contra la situación existente, contra la evolución espontánea de las cosas, y al mismo tiempo, premisa, condición material para realizar el cambio. Concebida de esta manera, la austeridad se convierte en un arma de lucha moderna y actualizada tanto contra los defensores de orden económico y social existente como contra los que la consideran como la única situación posible de una sociedad destinada orgánicamente a permanecer atrasada, subdesarrollada y, además, cada vez más desequilibrada, cada vez más cargada de injusticias, de contradicciones, de desigualdades.

Lejos de ser, pues, una concesión a los intereses de los grupos dominantes o a las necesidades de supervivencia del capitalismo, la austeridad puede ser una opción con un avanzado y concreto contenido de clase, puede y debe ser una de las formas en que el movimiento obrero se erige en portador de una organización diferente de la vida social, a través de la cual lucha por afirmar, en las condiciones actuales, sus antiguos y siempre válidos ideales de liberación.

En efecto, creo que en las condiciones actuales es inimaginable luchar realmente y con eficacia por una sociedad superior sin partir de la necesidad imprescindible de la austeridad.

Pero la austeridad, según sus contenidos y las fuerzas que la encauzan, puede utilizarse como instrumento de depresión económica, de represión política y de perpetuación de las injusticias sociales o como ocasión para un desarrollo económico y social nuevo, para un riguroso saneamiento del Estado, para una profunda transformación de la organización social, para la defensa y expansión de la democracia: en un palabra, como medio de justicia y de liberación del hombre y de todas sus energías, hoy postradas, dispersas, desperdiciadas.


Las consecuencias en los países capitalistas del avance del movimiento de liberación de los pueblos del Tercer Mundo

En otras ocasiones, incluso recientemente, hemos recordado las profundas razones históricas, ciertamente no sólo italianas, que hacen necesaria, y no coyunturalmente, una política de austeridad. Existen varias razones, pero hay que recordar que el acontecimiento más importante, cuyos efectos no son ya reversibles, ha sido y seguirá siendo la irrupción en el escenario mundial de países y pueblos antes coloniales que van liberándose de la dependencia y el subdesarrollo a los que les condenaba la dominación imperialista. Se trata de dos terceras partes de la humanidad que no toleran ya vivir en condiciones de hambre, de miseria, de marginación, de inferioridad frente a los pueblos y países que han dominado hasta ahora la vida mundial.

Enrico Berlinguer
Este movimiento es extremadamente multiforme y complejo. Son enormes las diferencias económicas, sociales, culturales y políticas que existen tanto en el interior de lo que suele llamarse Tercer Mundo como en sus relaciones exteriores. En especial, en los últimos tiempos se ha ido concretando una tendencia hacia alianzas entre los grupos dominantes de los países capitalistas más desarrollados y los de determinados países en vías de desarrollo, alianzas que perjudican a otros países más pobres y débiles y a todos los movimientos populares y progresistas. No han sido ni son sólo los Kissinger, sino también los llaman (habréis leído sus recientes declaraciones) los que han seguido y siguen una política de hostilidad contra los Estados y las fuerzas políticas que luchan por la renovación de su propio país, incluidas las fuerzas avanzadas del movimiento obrero occidental.

Hemos de saber captar estas diferencias en el seno del Tercer Mundo y tenerlas en cuenta, pero no hemos de perder de vista el significado general del grandioso movimiento que protagonizan aquellos pueblos, un movimiento que cambia el rumbo de la historia mundial y que va rompiendo todos los equilibrios existidos y existentes, y no sólo los relativos a las relaciones de fuerza a escala mundial, sino también los equilibrios internos de cada uno de los países capitalistas. Con su acción profunda, este movimiento hace estallar las contradicciones de toda una fase de desarrollo capitalista posbélico y produce en determinados países condiciones de crisis de gravedad sin precedentes. Si bien puede ocurrir, como podemos comprobar, que en el interior del mundo capitalista algunas economías más fuertes pueden sacar provecho de la crisis y consolidar su posición de dominio, para otros países económicamente más débiles, como Italia, la crisis se ha convertido ya en una caída más o menos lenta hacia el precipicio.

Sobre el telón de fondo de esta agudización de los conflictos entre países y grupos capitalistas, mal encubierta por frágiles solidaridades, destacan con una nitidez cada vez mayor procesos de disgregación y decadencia que, al tiempo que vuelven cada vez menos soportables las condiciones de existencia de grandes masas populares, amenazan no sólo las bases de la economía, sino incluso las de nuestra propia civilización y de su desarrollo.

No es necesario describir los mil signos en los que se manifiesta esta tendencia que hiere y degrada tan profundamente también la vida de la cultura. Lo que ha de quedar claro para todo el que quiera entender las razones y los objetivos de nuestra política, tanto en el interior de nuestro país como en las relaciones con las fuerzas progresistas de otros países, es que se puede resumir en un esfuerzo de movilización y de investigación para detener esta tendencia e invertirla.


Dos premisas fundamentales para poner en marcha “una transformación revolucionaria de la sociedad”

En mi opinión estamos viviendo uno de esos momentos en los que, como afirma el Manifiesto de los comunistas, en algunos países, como el nuestro, si no se pone en marcha una «transformación revolucionaria de la sociedad» se puede caer «en el hundimiento común de las clases antagonistas», es decir, en la decadencia de una civilización, en la ruina de un país.

Pero sólo se puede poner en marcha una transformación revolucionaria en las condiciones actuales si se saben afrontar los problemas nuevos planteados en Occidente por el movimiento de liberación de los pueblos del Tercer Mundo, y esto, en nuestra opinión, en la opinión de los comunistas, tiene para Occidente y sobre todo para nuestro país dos implicaciones fundamentales: abrirse a una plena comprensión de las razones de desarrollo y de justicia de estos países y establecer con ellos una política de cooperación sobre bases de igualdad; abandonar la ilusión de que es posible perpetuar un tipo desarrollo, basado en la artificial expansión del consumo individual, que es fuente de derroche, de parasitismo, de privilegios, de dilapidación de los recursos y de desequilibrio financiero.

Por eso la política de austeridad, de severidad, de guerra al derroche, se ha convertido en una necesidad ineludible para todos y, al mismo tiempo, en la tecla a pulsar para hacer avanzar la lucha por la transformación de la sociedad en sus estructuras y en sus ideas básicas.

Una política de austeridad no es una política de nivelación hacia la indigencia ni ha de proponerse como objetivo la mera supervivencia de un sistema económico y social que ha entrado en crisis. Por el contrario, ha de tener como finalidad —y por eso puede y debe ser asumida por el movimiento obrero— el instaurar la justicia, la eficacia, el orden y una moralidad nueva.

Concebida así, una política de austeridad, aunque implique (necesariamente, por su propia naturaleza) determinadas renuncias y determinados sacrificios, adquiere al mismo tiempo un significado renovador y se convierte en un acto de libertad para grandes masas sometidas a viejas subordinaciones y a intolerables marginaciones, crea nuevas solidaridades y, al ir acaparando un consenso creciente, se convierte en un amplio movimiento democrático al servicio de una tarea de transformación social.

Precisamente porque es ésta nuestra perspectiva, creo que hay que reconocer que hasta ahora la política de austeridad no se le ha presentado al país, y mucho menos se ha aplicado en la práctica, dentro de este espíritu de conciencia y confianza y no de resignación, y si bien podemos admitir —mejor dicho, tenemos que admitir— que ha habido insuficiencias y oscilaciones del movimiento obrero y de nuestro partido, las deficiencias principales hay que imputárselas a las fuerzas que gobiernan el país.

No pretendo examinar aquí las diversas medidas de política económica que el gobierno ha aplicado o está preparando, ni recordar nuestra actitud hacia las mismas. Son conocidas las posiciones, unas veces favorables y otras críticas, adoptadas por nuestro partido frente a los diversos aspectos de la política económica del gobierno. Por otra parte, como sabéis, en esta misma sala competentes camaradas —en una positiva discusión con representantes de otros partidos e ilustres economistas y en presencia también de representantes del gobierno— trataron el tema del marco económico global y de las intervenciones que han de realizar el gobierno y los partidos.


Falta de vigor y de valentía y estrechez de perspectivas en la política de austeridad del gobierno

Quiero, en cambio, insistir en una crítica de carácter general que los comunistas continuamos formulando contra la actuación del gobierno. En efecto, la política de austeridad sigue estando viciada por la falta de vigor, de valentía y de perspectiva. Por ejemplo: todavía no se ha sabido suscitar el necesario movimiento de oposición de masas contra los derroches. Contra los derroches en sentido directo, que son todavía enormes (piénsese en la energía o en la organización sanitaria) y contra los derroches en sentido indirecto y amplio, como los que derivan del laxismo en las empresas, en el tema educativo y en la administración pública; o como los que han denunciado aquí con especial severidad los profesores Carapezza, Nebbia, Maldonado y otros, que derivan de imprevisiones cuyo peso notamos ya en la actualidad y de enormes errores cometidos en la política del suelo, del territorio y del medio ambiente o de la negligencia en el campo de la investigación. Es necesaria una acción amplísima contra el derroche y por el ahorro en todos los terrenos, y esta acción requeriría el estímulo, la dirección y la iniciativa continua de un gobierno que supiera ganarse el crédito político y moral que es indispensable en la actualidad.

No es casual, por supuesto, tanta deficiencia, pues una acción de este calibre no se organiza solo por medio de la propaganda, que tampoco está a la altura de la necesidades, sino que requiere que se detecten y ataquen intereses creados muy concretos, buena parte de los cuales constituyen la base en que se apoya el sistema de poder de la Democracia Cristiana.

Pero lo que resulta más evidente, y tiene efectos muy negativos, es la estrechez de perspectivas que caracteriza la política de austeridad propugnada y aplicada hasta ahora por el gobierno. Aquí reside la principal diferencia que nos separa de los representantes del gobierno y de los grupos económicos dominantes. En éstos se percibe, en el fondo, un estado de ánimo de rendición, es decir, lo contrario de lo que se necesitaría para que el pueblo asumiera con convencimiento determinados sacrificios imprescindibles. El país necesitaría, para realizar el esfuerzo adecuado, tener unas perspectivas claras, o por lo menos algunos elementos fundamentales de una perspectiva nueva. En cambio, los representantes de las viejas clases dominantes y muchos hombres de! gobierno, en el mejor de los casos se limitan al objetivo de colocar a Italia en los mismos raíles por los que discurría el desarrollo económico antes de la crisis, como si aquellas vías y aquellos modelos de desarrollo pudieran representar todavía un ideal de sociedad deseable, como si la crisis de estos últimos años y de la actualidad no fuera exactamente la crisis de aquel modelo de sociedad (crisis que no sólo se manifiesta en Italia, sino también, aunque en formas diferentes, en otras naciones europeas).

Para nosotros resulta muy clara la razón de esta falta de vigor, de valentía y de perspectiva en la política de austeridad de la que he hablado. En estas deficiencias vemos la evidencia de un proceso histórico caracterizado por la decadencia irremediable de la función dirigente de la burguesía y la confirmación de que esta función dirigente comienza ya a desplazarse hacia el movimiento obrero y las fuerzas populares unidas: naturalmente, a una clase obrera y unas masas populares que demuestren la madurez necesaria para convertirse en la fuerza que dirige democráticamente a toda la sociedad hacia la salvación y el renacimiento. Esto requiere que en las propias filas del movimiento obrero y en sus organizaciones económicas y políticas se aplique con más amplitud y responsabilidad un espíritu autocrítico que conduzca a la superación de las actitudes negativas y distorsionantes, de subordinación o de extremismo, que tienen todavía un peso notable y que dificultan en lo concreto la solución positiva de problemas de inmediata actualidad, como el saneamiento económico, productivo y financiero de la sociedad y del Estado.


No podemos esperar a la participación en el gobierno para presentar un proyecto de renovación, hay que actuar inmediatamente

Para comprometernos en un proyecto de renovación de la sociedad y para lanzar la propuesta de que se empiece a trabajar en su definición, no podíamos esperar a que maduraran en los partidos las condiciones para nuestra entrada en el gobierno. Ésta constituye una necesidad más urgente que nunca, pero mientras tanto tenemos el deber de tomar inmediatamente las iniciativas oportunas, que responden a necesidades de lucha no aplazables del movimiento obrero y a no prorrogables intereses generales del país, en el propio marco político actual, que, a pesar de todas las insuficiencias, refleja los profundos efectos positivos del avance popular y comunista de estos años, especialmente el del 20 de junio de 1976.

La propuesta del proyecto nace también de una necesidad interna del movimiento obrero: la de evitar que no se comprendan bien las razones objetivas, la exigencia de una política de austeridad o que se caiga en el riesgo de acomodarse a la cotidianeidad, de acostumbrarse a la rutina del vivir al día. Ante todo, sin embargo, tiene su origen en una exigencia general de toda la nación, que necesita un horizonte diferente y puntos de referencia concretos.

La fase actual de nuestra vida nacional está, sin duda, cargada de riesgos, pero nos ofrece a todos la gran ocasión para una tarea renovadora. No podemos dejar pasar esta ocasión: es quizás la más importante —dicho sea sin sombra de retórica— que se les ha presentado al pueblo italiano y a sus fuerzas políticas más responsables desde el nacimiento de nuestra república democrática.

Aquí reside una peculiaridad italiana, de este país nuestro, desequilibrado y desordenado pero vivo, cargado de energías, fuente de un gran espíritu democrático, de esta Italia nuestra que es tal vez la nación en la que la crisis ha adquirido mayor gravedad que en otras zonas del mundo capitalista (y no sólo en su aspecto económico, sino también en el político, de amenaza a las instituciones democráticas), pero también en la que mayores son las posibilidades de trabajar dentro de la propia crisis, para convertirla en ocasión de un cambio general de la sociedad.

Nuestra iniciativa no es, pues, un acto de propaganda o de exhibición de nuestro partido. Quiere ser un acto de confianza; pretende ser, una vez más, un acto de unidad, es decir, una aportación que estimula la de otros partidos para iniciar un trabajo y un compromiso comunes, capaces de conseguir una convergencia de todas las fuerzas democráticas y populares. Por su carácter y su intencionalidad unitarios, nuestro proyecto no pretende ser, y creo que no debe ser, un programa de transición a una sociedad socialista: de forma más modesta y concreta, ha de proponerse esbozar un desarrollo de la economía y de la sociedad cuyas características y formas nuevas de funcionamiento pueden atraer también la adhesión y el consentimiento de los italianos que, aunque no profesen ideas comunistas o socialistas, advierten claramente la necesidad de liberarse a sí mismos y liberar a la nación de las injusticias, aberraciones, absurdidades y desgarramientos a los que conduce la actual organización social.

Y el que siente esta preocupación y esta aspiración sincera no puede dejar de reconocer que, para salir con seguridad de las arenas movedizas en las que corre el riesgo de hundirse la sociedad actual, es indispensable introducir en ella algunos elementos, valores y criterios del ideal socialista.

Cuando planteamos el objetivo de una programación del desarrollo que tenga como finalidad la elevación del hombre en su esencia humana y social y no como mero individuo contrapuesto a sus semejantes, cuando planteamos el objetivo de la superación de los modelos de consumo y de comportamiento inspirados en un individualismo exasperado, cuando planteamos el objetivo de llegar más allá de la satisfacción de necesidades materiales artificialmente creadas y también más allá de la satisfacción, en las actuales formas irracionales, costosas, alienantes y socialmente discriminatorias, de necesidades que sí son esenciales, cuando planteamos el objetivo de la plena igualdad y la liberación electiva de la mujer, que es hoy uno de los temas más importantes de la vida nacional, y no sólo de ésta, cuando planteamos el objetivo de una participación de los trabajadores y de los ciudadanos en el control de las empresas, de la economía, del Estado, cuando planteamos el objetivo de una solidaridad y una cooperación que conduzcan a una redistribución de la riqueza a escala mundial, cuando planteamos este tipo de objetivos, ¿qué estamos haciendo sino proponer formas de vida y de relación entre los hombres y los Estados más solidarias, más sociales, más humanas, que desbordan, por consiguiente, el marco y la lógica del capitalismo?


Salir de la lógica del capitalismo no es sólo una necesidad de la clase obrera o de los comunistas

Estos criterios, estos valores, estos objetivos, propios indudablemente del socialismo, reflejan una aspiración que ya no está limitada a la clase obrera y a los partidos obreros, a comunistas y socialistas, sino que la expresan también ciudadanos, capas del pueblo y trabajadores de otras formaciones ideológicas, de otras orientaciones políticas, especialmente de formación e inspiración cristiana; constituyen una exigencia que se puede ya formular, y se formula en medida creciente, desde áreas sociales mucho más amplias que la clase obrera.

La razón principal por la que consideramos a la crisis como una ocasión reside en el hecho de que los objetivos de transformación y renovación que he mencionado no sólo son compatibles con una política de austeridad, sino que deben y pueden incluirse orgánicamente en el marco de ésta, que es la premisa indispensable para superar la crisis, pero avanzando, no retrocediendo hacia el pasado. En efecto, me parece evidente que tales objetivos contribuyen a configurar una organización social y una política económica y financiera orgánicamente dirigidas contra el despilfarro, los privilegios, los parasitismos, la dilapidación de recursos; realizan lo que deberían constituir la esencia de lo que por naturaleza y por definición es una verdadera política de austeridad. Es más, se podría observar que, de la misma manera que en las sociedades en decadencia van con frecuencia aparejadas e imperan las injusticias y el despilfarro, en las sociedades ascendentes se establece una vinculación entre justicia y frugalidad.

Naturalmente, esta convicción no nos conduce a olvidar, sino a afrontar concretamente los problemas inmediatos, las opciones a realizar, las prioridades a imponer en todos los campos de la política económica, financiera, fiscal o educativa, con el fin de prevenir los riesgos de desequilibrios imprevistos o de bruscos retrocesos y de asegurar el avance, paso a paso, hacia meta de eficiencia y de justicia, de productividad y de civismo. La búsqueda de las relaciones que han de vincular las medidas inmediatas a la puesta en marcha de esta línea de renovación será, sin duda, una de las tareas de más envergadura que tendremos que afrontar, junto con todos aquello que deseen participar en la elaboración de un proyecto acorde con las características y necesidades que hemos tratado de esbozar en sus grandes rasgos.

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Funeral de Enrico Berlinguer, 1984. Más de un millón de personas
 se concentraron para despedir al histórico líder comunista.


Texto completo en revista Mientras Tanto
Versión en italiano (Conclusioni al convegno degli intellettuali)

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Anexo: algunos comentarios sobre el texto. 


1. Revista Mientras Tanto


Cabecera de la web de la revista Mientras Tanto

El texto que presentamos aquí es un discurso que, en su momento, no entendió casi nadie. Lo pronunció el entonces secretario general del Partido Comunista Italiano, Enrico Berlinguer (1922-1984), en 1977. Un año duro. Italia estaba envuelta en un clima tenso, caracterizado por la virulencia de los terrorismos de extrema derecha y de las Brigadas Rojas, por una galopante crisis económica derivada de la subida del precio del petróleo a raíz de la guerra de 1973 entre árabes e israelíes, y por una elevada conflictividad social que no parecía tener una salida progresiva a causa de la rigidez de un sistema político pivotado alrededor de la Democracia Cristiana. En este escenario, Berlinguer presentó una serie de elementos para la reflexión sobre la austeridad como columna vertebral de una futura sociedad profundamente alejada del modelo capitalista dominante y de sus desvalores (despilfarro de los recursos energéticos y materiales, consumismo desenfrenado, individualismo alienante, etc.). Se trataba, pues, de un discurso original y hasta atrevido, ya que era la primera vez que un líder comunista de la Europa occidental ponía el acento en los consumos antes que en los modelos de producción, y por ende añadiendo un punto de vista antropológico a la crítica económica del capitalismo. Pero también hablamos de un discurso que cayó en saco roto tanto en la izquierda italiana (y en el mismo PCI) como en una izquierda europea demasiado centrada en un modelo industrial fordista que, a finales de los años setenta, ya estaba tocado de muerte. En España, los únicos que notaron el potencial político del discurso berlingueriano fueron los redactores de la revista Materiales, quienes en 1978 lo publicaron en formato libro en la editorial homónima. Como es sabido, estos intelectuales capitaneados por Manuel Sacristán y Giulia Adinolfi abandonarían poco después el proyecto de Materiales para crear mientras tanto, una revista que trabajaría para renovar el ideario comunista en función de los nuevos y acuciantes problemas ecológicos. A diferencia de hoy en día, hace treinta años las ideas contenidas en el discurso de Berlinguer y en los artículos de mientras tanto no sólo no eran moneda corriente en la izquierda política y sindical de nuestro país, sino que en ella hubo quienes las calificaron de utópicas. Pero a veces la historia demuestra que las utopías no son sino verdades avanzadas. 


2. Miguel Manzanera Salavert, en rebelion.org (10-12-2011)

En 1977 el Partido Comunista Italiano con más del 34% de los sufragios electorales era mayoritario, pero no tenía acceso al gobierno por causa de una alianza entre todos los otros partidos parlamentarios italianos, el llamado penta-partido con la Democracia Cristiana como principal valedor. Las instituciones del Estado, el capital financiero, la Iglesia romana, la OTAN y los políticos italianos, todos ellos estaban conjurados para impedir que el partido de la clase trabajadora accediera al poder político. Incluso contra esa eventualidad se había creado una conspiración, comandada por los servicios secretos italianos y americanos, llamada ‘red gladio’. El terrorismo de extrema derecha actuaba en aquellos años contra la paz social, para desestabilizar el avance incuestionable de los comunistas italianos. También grupos de izquierdistas radicalizados se daban a una violencia confusa, con el objetivo de imponer el nuevo modo de producción socialista mediante una revolución social.

La crisis económica golpeaba las economías desarrolladas y especialmente la de Italia y España, las más débiles entre los países del capitalismo europeo. Una crisis derivada del aumento de los precios del petróleo y las materias primas, consecuencia del final del imperialismo europeo y los procesos de descolonización que se produjeron en las décadas anteriores. Una crisis en cierto modo más suave que la que estamos padeciendo estos años; y en cierto modo más grave, por cuanto que las fuerzas políticas de la clase obrera no se encontraban en el estado de postración que hoy vemos generalizado, con las consabidas excepciones de América Latina y la República Popular China.

En aquellas circunstancias la dirección del PCI, con su secretario Enrico Berlinguer a la cabeza, propuso un programa político fundado en la austeridad, que todavía hoy, 35 años después, debemos considerar vigente, poniéndolo como horizonte de una política comunista en el siglo XXI. Dos discursos de Berlinguer en el año 1977 exponen con claridad y maestría las líneas esenciales de ese programa. Cito a continuación algunas de las ideas más importantes de las Conclusiones ante la convención de intelectuales y las Conclusiones a la Asamblea de obreros comunistas lombardos, recogidas en un volumen editado en Barcelona por Materiales en enero de 1978 con Prólogo de Julio Segura.

-la austeridad no es compatible a medio y largo plazo con el modo de producción capitalista, porque éste se basa en el despilfarro de bienes escasos. La adopción coyuntural de una táctica de austeridad por los empresarios capitalistas es la manera de reducir el poder adquisitivo de los trabajadores.

-la austeridad debe entenderse como un proyecto de transformación social para racionalizar la producción económica sobre la base del control estatal de la economía y la planificación, utilizando los recursos escasos para incrementar la eficiencia productiva: la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural…Puede y debe ser una de las formas en que el movimiento obrero se erige en portador de una organización diferente de la vida social…

-la austeridad es solidaridad con los países del Tercer Mundo, a los que se esquilma sus riquezas sobre la base de una agresión continuada como está pasando en África. Por eso la salida capitalista de la crisis consiste en la militarización y la guerra cada vez más generalizada. Frente a ello, debemos abandonar la ilusión de que es posible perpetuar un tipo de desarrollo basado en la artificial expansión del consumo individual, que es fuente de derroche, de parasitismo, de privilegios, de dilapidación de recursos y de desequilibrio financiero.
-la austeridad es también una forma cultural en un momento de crisis ecológica terminal, causada por el orden económico capitalista: salir de la lógica del capitalismo no es sólo una necesidad de la clase obrera o de los comunistas… Se podría observar que, de la misma manera que en las sociedades en decadencia van con frecuencia aparejadas e imperan las injusticias y el despilfarro, en las sociedades ascendentes se establece una vinculación entre justicia y frugalidad.

-la austeridad es una opción forzosa: convirtámosla en ocasión para transformar la sociedad. En un momento de grave crisis ambiental, esa idea de Berlinguer es más actual que nunca. Desde hace 40 años, cuando el Club de Roma alertó sobre los problemas de desarrollo derivados del agotamiento de las riquezas del globo terrestre por la actividad humana, sabemos que no es posible continuar con la actual senda de crecimiento económica fundada en la sobreexplotación del trabajo y la tierra. En estos 40 años el capitalismo se ha mostrado incapaz de una reforma ecológica que resuelva esa problemática, y esto nos pone ante la necesidad de cambiar radicalmente el modo de producción o perecer en un caos sistémico de incalculables proporciones. 

Si en sus intervenciones de 1977, Berlinguer visualizaba la alternativa de ‘socialismo o barbarie’, hoy esa realidad es más fuerte y evidente que nunca. Se trata de una coyuntura recurrente en el capitalismo, que sólo gracias al esfuerzo de la ciudadanía más consciente puede ser remontada. A pesar de las llamadas de Berlinguer al Partido Socialista Italiano para formar la unidad de la izquierda sobre la base de ese programa, el PSI prefirió atar su destino a la Democracia Cristiana, y continuar la política de bloqueo frente al PCI: frente a la austeridad, el despilfarro de los recursos y la participación en el bloque militarista. Las consecuencias desastrosas de ese desarrollo las estamos viviendo estos años y serán muy pesadas para el futuro con la crisis ecológica cada vez más aguda.

Pero los comunistas debemos ver claro que esa diferencia con la socialdemocracia es crucial. Los partidos socialistas europeos no se oponen al despilfarro capitalista, en base a una idea equivocada del progreso económico basada en el desarrollo tecnológico, directamente emparentada con las tesis del liberalismo sobre la eficiencia del mercado. Así tenemos que los países escandinavos gobernados durante décadas por la socialdemocracia, se encuentran entre los más contaminantes el mundo, según los estudios elaborados por el Índice Planeta Vivo de ADENA-WWF. 

Cierto que en Europa los comunistas no tenemos la fuerza política de aquellos años que estamos ahora recordando, cuando Berlinguer podía decir: no prosperará el intento de pasarles la factura sólo a los obreros y trabajadores. No menos cierto es que el capitalismo está atravesando una profunda crisis económica, también política, social y cultural, y esa crisis nos pondrá delante de cambios fundamentales en las próximas décadas. Cambios para los que tenemos que estar preparados con la claridad de ideas y la coherencia programática que nos permitan liderar el camino hacia el auténtico futuro de la humanidad.


3.  Pepe Luis López Bulla: "La austeridad, según Isidor Boix y Enrico Berlinguer", en blog Metiendo bulla, 8-8-2012

Ayer mismo Isidor Boix publicaba un artículo de gran interés: Por un sindicato conscientemente global, que en mi entender contiene y presenta las claves más importantes para el sindicalismo de nuestros días y su proyección en el futuro. Nuestro hombre conoce el paño; de hecho su biografía sindical está llena de momentos relevantes en las negociaciones colectivas: antes en el convenio provincial de los metalúrgicos barceloneses y, hasta hace poco tiempo, su protagonismo en las negociaciones de los sucesivos convenios colectivos de Químicas y textiles, amén de innumerables negociaciones en empresas de gran calibre, incluidas multinacionales. Es, como es sabido, ingeniero y licenciado en Derecho. Son, por así decirlo, esos saberes –unidos a la experiencia de lo cotidiano— los que conforman como sindicalista de gran formato. 

Comparto de pitón a rabo el artículo de Isidor Boix. De lo dicho quiero subrayar su referencia a la “austeridad”. Esto es, su oblicua referencia a la responsabilidad de los dirigentes de la Confederación Europea de Sindicatos (e incluso a los confederales españoles) que utilizan dicho concepto, la austeridad, como algo sinónimo a una concesión a los intereses de los grupos dominantes y a las necesidades de supervivencia frente a la crisis económica. Así pues, conviene aclarar que las políticas económicas de los respectivos gobiernos europeos (las de tipo homeopático y las de tipo cura de caballo) no son de austeridad sino desforestadoras del Estado de bienestar. Están especialmente orientadas a la mayor merma posible de los controles democráticos del sindicalismo confederal para propiciar una nueva acumulación de capital, incluso en esta situación de crisis económica. 

Enrico Berlinguer dejó las cosas meridianamente claras en sus Conclusiones ante la Convención de intelectuales (Roma, Teatro Elíseo, 15 de Enero de 1977), que fue publicada en castellano por Materiales un año más tarde en la versión que hizo Alberto Nicolás y la introducción de Julio Segura. 

Berlinguer parte de una consideración: la austeridad es el medio de impugnar por la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural; y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento; la exaltación de los particularismos e individualismos más exacerbados, del consumismo más exacerbado. Algo que posteriormente plagiaron no pocos ecologistas que ni siquiera se dignaron citar la fuente berlingueriana. 

Berlinguer, además, afirmó testarudamente que: la política de austeridad no es de nivelación tendencial hacia la indigencia ni ha de proponerse la supervivencia de un sistema económico y social que ha entrado en crisis; por el contrario, enfatizaba el dirigente comunista, ha de tener como finalidad –y por eso puede y debe ser asumida por el movimiento obrero— el instaurar la justicia, la eficacia, el orden y una moralidad nueva. 

Ahora bien, si el ecologismo nunca dijo haber copiado a Berlinguer en una muestra de adanismo político, los dirigentes sindicales de la CES (y no pocos de los españoles) ni siquiera le echaron un vistazo. En caso contrario no hubieran confundido la velocidad con el tocino. De ahí que el educado e indirecto tirón de orejas de Isidor parezca no sólo conveniente sino necesario. Es como si Isidor hubiera considerado que no vale la pena sacarle los colores al pecador, basta con mencionar metafóricamente los pecados. De esa manera, sin embargo, se corre el peligro de que nadie se sienta aludido y que, coralmente, digan: “Yo no he sido”.


4. Manuel García Biet: "Actualidad de Gramsci y Berlinguer frente a la hegemonía de la derecha", en nuevatribuna.es, 12-2-2012

En un momento como el actual en el que, aprovechando una crisis derivada de un sistema económico y social injusto, se imponen políticas económicas y sociales de una derecha, que hegemoniza el discurso político, con recetas basadas en una austeridad concebida como recorte del estado de bienestar, y frente a ello no aparecen alternativas contrapuestas y claras desde la izquierda es bueno recuperar discursos como el que a continuación reproducimos:
“La austeridad es el medio de impugnar la raíz y sentar las bases para la superación de un sistema que ha entrado en una crisis estructural y de fondo, no coyuntural, y cuyas características distintivas son el derroche y el desaprovechamiento, la exaltación de los particularismos e individualismos más exacerbados, del consumismo más desenfrenado. Austeridad significa rigor, eficiencia, seriedad y también justicia; es decir, lo contrario de todo lo que hemos conocido y pagado hasta la presente, que nos ha conducido a la gravísima crisis.”..“abandonar la ilusión de que es posible perpetuar un tipo de desarrollo, basado en la expansión artificial del consumo individual, que es fuente de derroche y parasitismo, de privilegios y dilapidación de los recursos y desequilibrios financieros”
Las frases anteriores nos parecen de plena actualidad, a pesar de que se trata de un discurso de Enrico Berlinguer en las Conclusiones ante la Convención de Intelectuales en enero de 1977.

En el momento actual de plena hegemonía de la derecha en todos los campos, en un momento de crisis económica en el que parece que nadie discute la dictadura de los mercados, es bueno comprobar la actualidad de los planteamientos que dirigentes históricos de la izquierda efectuaban hace decenios y que hoy parecen plenamente vigentes.

El discurso citado de Berlinguer se sitúa en una época en que la izquierda transformadora en Italia discutía la hegemonía en todos los ámbitos a la derecha y ello comportaba que también en el campo ideológico se diera una lucha clara y enfrentada por la disputa de la hegemonía social.

Berlinguer heredaba la rica tradición del pensamiento de Gramsci y su concepción de la “Hegemonía” como forma de dominación ideológica e institucional. Para conquistar la hegemonía social era preciso un combate ideológico contra las clases dominantes, representantes del pensamiento capitalista, como forma para transformar la concepción del mundo y por tanto llevar a cabo la hegemonía de un nuevo bloque histórico.

El concepto de “bloque histórico” de Gramsci significaba las alianzas que entorno a la clase trabajadora se debían articular por parte de diversos y amplios sectores de la sociedad a partir del convencimiento de que sus intereses inmediatos y futuros coinciden con el planteamiento ideológico que se efectuaba desde la izquierda transformadora.

La lucha ideológica no se considera al margen de las luchas sociales, al contrario. En la época de Berlinguer la izquierda que éste representaba disputaba el dominio ideológico amparándose en el amplio movimiento social y sindical de los trabajadores y en su amplia visión de la necesidad de cambio compartida por las clases medias urbanas, el campesinado del sur de Italia y la practica totalidad de la intelectualidad, en todas sus facetas, filosóficas, culturales y científicas, que se veían representadas en aquel momento por el PCI.

Esta etapa de la dirección de Berlinguer significa el momento culminante de la lucha por la hegemonía de la izquierda transformadora, el PCI, en Italia. Es destacable el hecho de que este partido pasó más de 30 años en la oposición sin debilitarse, al contrario, con un nivel de influencia tal, no debe olvidarse su presencia institucional en numerosas regiones y ayuntamientos, que la derecha, nacional e internacional incluso utilizó el terrorismo, blanco y negro, e incluso se planteo el golpe de estado, para impedir su ascenso.

Por su parte es interesante contemplar los debates en el interno de la izquierda trasformadora, su pluralidad y la riqueza de matices de sus diversos representantes desde Amándola y Napolitano, hasta Ingrao y Cossuta, entre los que destaca la figura del propio Berlinguer. Un ejemplo significativo y culminante de esta situación de lucha por la hegemonía política y social fue el propio momento del entierro de Berlinguer La asistencia de más de un millón de personas, obreros, campesinos, estudiantes etc., del norte y del sur, grabado por los mejores directores de cine italianos de Fellini a Bertolucci, y que es fiel reflejo de la implantación y enraizamiento conseguidos. Con posterioridad a Berlinguer, la izquierda transformadora italiana inicia un declive con Ochetto y especialmente con D’Alema, el dirigente en el que la táctica se impone constantemente a la estrategia, que les lleva a la inoperancia actual.

Pero es en la etapa de Berlinguer donde podemos recoger aspectos aún válidos para la actual izquierda española sumida en el caos y desorden intelectual. Es preciso poseer un bagaje ideológico propio que confrontar con la derecha. Pero ese bagaje intelectual debe partir de la premisa de estar enraizado en la realidad social y tener como objetivo el cambio. La lucha ideológica es aquella que pretende cohesionar al bloque histórico y conquistar la hegemonía social.

Como señalaba Gramsci la hegemonía que asegura su cohesión corresponde a una nueva visión global del mundo, visión ideológica, y que representa la capacidad para afrontar el conjunto de los problemas de la realidad social e indicar soluciones concretas de la base socio-económica. En la lucha ideológica se trata de convencer a la mayoría de la población de que sus intereses inmediatos y futuros coinciden en este planteamiento ideológico.

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En estos momentos es importante resaltar que muchos de los planteamientos de Berlinguer servirían de base para armar un pensamiento de confrontación con la derecha hegemónica. Su concepto de austeridad, que no significa recortes en el estado del bienestar sino más bien lo contrario, lucha contra el consumismo individualista. La redistribución de la riqueza, es decir fiscalidad justa y progresiva. Su planteamiento también lleva implícita la defensa de un desarrollo sostenible base de la concepción ecologista moderna. El derecho a la emancipación de la mujer. El control supraestatal de los mercados, que hoy en día pasaría, en nuestro caso por reivindicar una Europa federalmente unida política, económica y socialmente. Otro aspecto básico estaría en la democratización de las relaciones laborales y del poder en la empresa.

En definitiva nuestros desconcertados y descentrados políticos de izquierda deberían plantearse ser una alternativa radical a la actual hegemonía de los mercados. Es decir una oposición de raíz a la actual ideología dominante que llega hasta el extremo de deslegitimar la propia existencia de la política y que hasta pretende impedir la legitima discrepancia con las bases del actual estado de cosas.

La difícil situación social actual y las consecuencias derivadas de la aplicación de las políticas regresivas de la derecha sólo puede resolverse desde la política. La movilización social por si sola no podrá detener la actual situación y no es lógico ni justo exigir a la izquierda social solucionar lo que es un problema político. Únicamente desde una alternativa política que englobe la respuesta social se podrá conseguir una salida progresista y poner fin al proceso de regresión que vivimos en todos los ámbitos de la sociedad.

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Anexo audiovisual: el funeral de Berlinguer.

Más de un millón de personas se congregaron en junio de 1984 para dar su último adiós al líder del PCI, el partido comunista más grande de Europa occidental (llegó a tener más de 2 millones de militantes). A pesar de llegar a triunfar en las urnas, la derecha combinó con la socialdemocracia para impedir que el PCI gobernase. Hoy en día se sabe que incluso se llegó a plantear la posibilidad de un golpe en previsión de que el PCI se hiciera con el gobierno. Berlinguer permanecerá siempre en el recuerdo de los comunistas de todo el mundo, junto a los otros dos grandes del PCI: Gramsci y Togliatti.