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viernes, 14 de abril de 2017

Qué significa conmemorar el Día de la República




14 de abril, es el Día de la República. Por supuesto que no es una celebración oficial; al contrario, los medios se esmeran en silenciarla. Pero año tras año en la izquierda seguimos recordando y celebrando esta fecha.

Claro que la II República nació burguesa y como tal creció.  Claro que hay una parte del republicanismo español con el que no me identifico por su desclasamiento. Pero conmemorar el Día de la República significa muchas cosas que no debemos olvidar, y el 14 de abril nos permite recordarlas:

Significa mucho más que celebrar el aniversario de la proclamación de la II República Española, el 14 de abril de 1931.

Significa recordar que en 1931 se puso fin al oscurantismo monárquico de los borbones, símbolo de una España de la tiranía.

Significa recordar que a partir de ahí las organizaciones obreras pudieron organizarse mejor en su lucha, y aunque a menudo fueron también reprimidas, pudieron fortalecerse en la lucha de clases.

Significa celebrar el triunfo del laicismo sobre el clericalismo opresor y el dominio que la Iglesia ejercía en la vida política y social.

Significa el triunfo de la Razón sobre la superstición y la apuesta por la Ciencia y el Progreso.

Significa celebrar el esfuerzo realizado por la República para acabar con la ignorancia y el analfabetismo y por ilustrar a las masas.

Significa recordar la lucha llevada a cabo por las mujeres en aras de su emancipación y de la igualdad con los hombres.

Significa recordar que por primera vez se reconocía la realidad plurinacional de España.

Significa recordar la esperanza colectiva que supuso la unión de las izquierdas en el Frente Popular y su triunfo electoral  el 16 de febrero de 1936.

Significa recordar el golpe de estado fascista de 1936 contra la legalidad constitucional, dando paso a una guerra sangrienta que provocó centenares de miles de muertos, la destrucción de la economía y el comienzo de una dictadura fascista que duró 36 años.

Significa recordar a las decenas de miles de comunistas, socialistas, anarquistas, demócratas y liberales republicanos... que dieron su vida en defensa de la República.

Significa honrar a los casi 60.000 voluntarios civiles de las Brigadas Internacionales que, llegados de todos los rincones del mundo, vinieron a nuestro país a combatir y a dar su vida por la República y la democracia.

Significa recordar que la defensa de la República se convirtió en el símbolo del anti-fascismo y de la lucha por la Libertad.

Significa recordar cómo las democracias occidentales abandonaron y negaron su apoyo a la República, dejándola en las garras del fascismo, mientras la Alemania nazi de Hitler y la Italia fascista de Musssolini intervenían militarmente en España a favor de Franco. 

Significa no olvidar que la Unión Soviética fue el único país del mundo -junto con México- que apoyó y se volcó con la causa republicana.

Significa recordar la hipocresía de la neutralidad de ciertas democracias, que Estados Unidos ayudó a Franco, prohibiendo la venta de armas a la República y permitiendo la venta de gasolina y la concesión de créditos a los golpistas. Y que Gran Bretaña también apoyó a Franco con la venta de materiales a los sublevados, permitiendo la conspiración previa al 18 de Julio de 1936 en su territorio, y presionando para que Francia fuese neutral.

Significa recordar que el golpe de estado fascista de Franco y la guerra que provocó, fue el prólogo de la II Guerra Mundial. 

Significa recordar que el Vaticano apoyó mediante la Iglesia española a la insurrección franquista, calificada como "Cruzada" en nombre de Dios, y que el 28 de noviembre de 1937 se apresuró a reconocer al gobierno de Franco.

Significa recordar las decenas de miles de españoles que acabaron en el exilio o en campos de concentración nazis.

Significa recordar y honrar la memoria de las miles de personas asesinadas por el régimen fascista después del fin de la guerra.

Significa recuperar la memoria histórica.

Significar no olvidar que el actual régimen monárquico es una herencia de la dictadura franquista, el precio que se pagó durante la Transición para que la derecha aceptase la reinstauración de la democracia burguesa.




Significa tener en cuenta que la derecha actual, representada por el Partido Popular (PP), jamás condenó el golpe de estado fascista de 1936 contra la República.

Significa no olvidar que una parte de esa misma derecha, constituye lo que llamamos el franquismo sociológico.

Significa tener en cuenta que esa misma derecha se opone a la recuperación de la memoria histórica.

Significa recordar que nunca se aclaró del todo el papel de Juan Carlos de Borbón durante el intento de golpe de estado del 23F de 1981.   

Significa decir bien alto que el actual período de la II Restauración borbónica, en connivencia durante más de tres décadas con el bipartidismo PP-PSOE, es un callejón sin salida.

Significa recordar que cada vez somos más los que deseamos que se ponga fin al anacrónico régimen monárquico, para poder instaurar la III República.

Significa todo eso y muchas más cosas... 

Por todo ello, hoy, 14 de abril, como todos los años, recordamos, celebramos, honramos, conmemoramos... el Día de la República.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Las feroces y torturadas rojas. Fragmentos del libro "Las rapadas: el franquismo contra la mujer", de González Duro (2 de 2)


Víctimas del fascismo: "delincuentes marxistas femeninos", las denominó Vallejo Nágera. Mujeres republicanas rapadas y marcadas con cruces

Ofrecemos un nuevo fragmento del libro de González Duro, Las rapadas: el franquismo contra la mujer. En este caso está centrado en la actuación del llamado psiquiatra del franquismo, Antonio Vallejo Nágera, al que muchos consideran el Mengele español. Amparándose en una pseudo condición de científico, Vallejo Nágera fue en realidad un sádico fascista desbordante de una misoginia patológica. Para escribir el fragmento que sigue, su autor, el psiquiatra González Duro, se ha basado sobre todo en el artículo publicado en su día por Vallejo Nágera, titulado "Investigaciones psicológicas en marxistas delincuentes femeninos", de la serie "Psiquismo del fanatismo marxista", y que fue publicado en mayo de 1939 por la Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra.

Puedes acceder al fragmento anterior del libro que hemos difundido, pulsando aquí ("La pérdida de Málaga"). En esa otra entrada encontrarás además un excelente reseña del libro, así como el índice del mismo.

Referencia documental
Enrique González Duro:  epígrafe "Las feroces y torturadas rojas", de su libro Las rapadas: el franquismo contra la mujer, páginas 23 a 27. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012.

Para comprar el libro por Internet: web de Ed. Siglo XXI.

Digitalización de estos fragmentos: blog del viejo topo

Negrita, imágenes y pies de foto, son añadidos nuestro.








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II. LAS FEROCES Y TORTURADAS ROJAS
Enrique González Duro

Si en la zona republicana, y sobre todo en los primeros meses de la Guerra Española, las milicianas simbolizaban el heroísmo de la resistencia popular frente a los militares sublevados, en los territorios ocupados por estos eran tomadas como mujeres feroces, monstruosas y escasamente femeninas, rasgos que aplicaban a todas las mujeres que no habían mostrado una «afección» al Glorioso Movimiento Nacional o que simpatizaban con la Segunda República. Vallejo Nágera lo confirmaba, denominándolas «delincuentes marxistas femeninos», como queriendo negarles su naturaleza y condición de mujeres. Reconocía, en su estudio, que estas mujeres eran milicianas, y que, además de las que habían combatido en los frentes:
«Mucho mayor ha sido el número de mujeres que unidas a las hordas perpetraron asesinatos, incendiaron y saquearon, además de animar a los hombres para que cometiesen toda clase de desmanes»
Para explicar mejor la activa participación del «sexo femenino en la revolución marxista», Vallejo recurría a una retrógrada y misógina concepción de la mujer, a su «característica» labilidad psíquica, a la debilidad de su equilibrio mental, a su menor resistencia a lo ambiental, a la insuficiencia del control de su personalidad, a su supuesta tendencia a la impulsividad y a su escasa sociabilidad, cualidades, todas ellas, que en circunstancias excepcionales acarreaban anormalidades en su conducta social y sumían a las mujeres en estados psicopatológicos.
Si la mujer —decía Vallejo- es habitualmente de carácter apacible, dulce y bondadoso, se debe a los frenos que operan sobre ella; pero como el psiquismo femenino tiene muchos puntos de contacto con el infantil y el animal, cuando desaparecen las inhibiciones frenatrices de las impulsiones instintivas, entonces despierta en el sexo femenino el instinto de crueldad y rebasa todas las posibilidades imaginadas, precisamente por faltarles las inhibiciones inteligentes y lógicas.
La falta de esas inhibiciones, de los controles y de una rígida adhesión religiosa favorecía la conducta «extraviada», transgresora y descontrolada de las mujeres, tanto en el terreno político, como en el meramente delictivo y en la prostitución: todo era atribuible al régimen republicano, que había reconocido a la mujer el derecho a ser libre, libre incluso de las restricciones religiosas (1).

Por eso, en las cárceles franquistas coexistían presas por actividades políticas discordantes o socialmente transgresoras con las prostitutas, las estraperlistas al menudeo y las delincuentes comunes. Las mujeres rojas o desafectas al nuevo régimen eran culpables de haber entrado y permanecido en el espacio sociopolítico, de salirse del ámbito familiar que les estaba secularmente asignado y no ajustarse al modelo tradicional de la mujer de su casa, sumisa, sacrificada, guardiana del hogar familiar y guiada por el sacerdote católico. Entre las rojas se incluían también las que simplemente eran «mujeres de rojos» (esposas, madres, hermanas o hijas) que no habían evitado la nefasta actuación social o política de los hombres, situándose junto a las prostitutas y las delincuentes comunes, y constituyendo todas la antítesis de la nueva-vieja mujer española, cuyo modelo quería imponer el nuevo régimen de la España «liberada». La mujer «antiespañola» durante la guerra había desbordado los límites de la criminalidad femenina habitual, participando en los pillajes, en los incendios, en la quema de las iglesias y conventos, en el robo o destrucción de imágenes religiosas, así como en las matanzas, con un carácter marcadamente sádico, que escandalizaba al «investigador» Vallejo. Aunque la mujer siempre se había desentendido de la política, en la revolución comunista española se mezcló activamente en ella, aprovechando la ocasión para satisfacer sus apetencias sexuales latentes. Y acababa el patriota psiquiatra la introducción de su estudio afirmando que cuando las mujeres se lanzaban a la política no lo hacían por sus ideas, sino por sus sentimientos, que alcanzaban proporciones inadecuadas e incluso patológicas, debido a la inestabilidad propia de la personalidad femenina. Las influencias del medio ambiente familiar y social eran para él muy claras en la exaltación pasional y política de las mujeres. Con ello Vallejo desnaturalizaba toda vinculación entre el género femenino y la acción sociopolítica, presentándola como algo provocado artificialmente por el entorno democrático o revolucionario.

El estudio lo había realizado Vallejo con 50 internas en la cárcel de Málaga, desde quince hasta sesenta años de edad, que participaron en los «desmanes de la horda» durante la «dominación roja» y que, acusadas de rebelión militar, fueron condenadas a muerte, habiéndoseles conmutado esa pena por la inferior. No se les había probado ningún delito concreto, aunque acompañaron a las patrullas de milicianos y participaron de sus asesinatos, saqueos e incendios. Algunas se distinguieron por su «necrofagia», ensañándose con los cadáveres de los fusilados o befándose de ellos, luego de haber presenciado el asesinato «con delectación». Había milicianas, «hembras marxistas», que, vestidas con el clásico mono y amazonas de arma corta o larga, fueron alguna vez al frente y tomaron parte directa en los crímenes urbanos. Muchas se habían dedicado a la denuncia de «personas de orden», ocultas o emboscadas, con las que tenían resentimientos por rencillas o agravios, generalmente banales. Y, por último, gran parte de las «marxistas» habían tenido una «actuación libertaria destacada», incitando a las turbas contra el fascismo, generalmente mediante la propaganda oral. Como era de esperar, mostraban en su mayoría «temperamentos degenerativos», eran de escasa inteligencia y de poca o nula instrucción educativaTodas tenían antecedentes familiares de anormalidad psíquica (enfermos mentales, psicópatas, alcohólicos, suicidas, etc.) o «antecedentes revolucionarios familiares o matrimoniales» (padres, hermanos, esposos o hijos con actividades «revolucionarias»). No tenían formación política alguna, por lo que habían actuado por motivaciones no ideológicas. En unos casos, la actividad política se había debido a influencias ambientales: eran unas exaltadas por sentimientos pasionales, olas «aprovechadas» que se lanzaban al saqueo y a la violencia para satisfacer impunemente rencores y venganzas personales, como para hacerse con los bienes de los señores y de sus convecinos, o porque creían en la realidad del reparto:
«La coquetería de alguna belleza de dieciséis años, atraída por sus continuas exhibiciones en público y la exaltación narcisista de su vestimenta, con mono y pañuelo rojo al cuello, y las amorales que por su hipersexualidad encontraban ocasión de prostituirse fueron la minoría del grupo».
Otro subgrupo lo formaban las «psicópatas antisociales» que, por su hegemonía de mando entre sus convecinos, o falso espíritu de reivindicación social, por mera exaltación del espíritu de crueldad, por descontento económico, por anestesia sentimental y afectiva, o por adaptación a cualquier clase de vida de perversión, liberaron sus tendencias psicopáticas durante la época roja. Otras eran «libertarias congénitas», revolucionarias natas, que, impulsadas por sus tendencias biopsíquicas constitucionales, desplegaron una intensa actividad asociada a la horda roja masculina. Paradójicamente, más de la mitad de las personas estudiadas manifestaron una buena opinión sobre la España nacional: 
«La buena opinión que se tiene de esta España Nacional se debe a que cuida de los niños, aunque sean hijos del enemigo, protege al pobre y hay trabajo, no siendo lo que decía la propaganda roja». 
Comparan estas mujeres la disciplina y el orden social nacionales con la orgía y el desorden rojo, y de tal comparación surgía un sentimiento admirativo hacia los «nacionales»... ¿Era Vallejo un ingenuo fanático o un cínico sectario? Lo que quedaba claro era que su «estudio» no era nada científico, aunque él se felicitaba porque podría controlarse y contribuir a evitar en el futuro el acceso de la mujer a la política, debiendo limitarse a la acción social femenina, a la asistencia social y benéfica.


Vallejo Nágera, el Mengele español
El hecho fue que el Régimen había elaborado un discurso moral que involucraba a la mujer «desafecta» en una serie de delitos directamente relacionados con su condición sexual y que la había llevado a la cárcel o al paredón. O, más bien, transgresiones morales que los vencedores consideraban delictivas y por ello penalizables. A partir de 1937 esos delitos o transgresiones fueron enjuiciados por los tribunales militares en consejos de guerra sumarísimos, que frecuentemente dictaban la pena máxima. Aunque estaban tipificados como delitos de rebelión militar en sus distintas versiones, de hecho lo que se condenaba eran conductas sociomorales. Y cuando en la zona republicana se había desechado el icono de la miliciana como prototipo heroico de la mujer resistente al fascismo, en la zona «liberada» de la dominación marxista, ese icono, en negativo, retrataba casi esencialmente a la mujer republicana, o simplemente desafecta o mujer de republicano. En las sentencias condenatorias, los rasgos iconográficos de la miliciana, exagerados o imaginados, aparecían claramente como resultados sobre los que justificar las condenas a las mujeres que se habían significado de un modo u otro en la retaguardia republicana. Muchas, ciertamente, habían vestido el mono azul que tanto irritaba a los «nacionales», o habían participado en la formación de algunas infraestructuras de apoyo al Ejército republicano, aun sin mucha conciencia política. Pero estas tareas eran consideradas corno sospechosas de haber sido «marxistizadas», simplemente por el hecho de ser parientes de combatientes o militantes republicanos, o porque habían huido de los lugares que iban «liberando» las tropas «nacionales», temerosas de los desmanes que cometían con las mujeres los moros y los legionarios, refugiándose en las ciudades aún en poder de los republicanos.

Tal ocurrió, con tintes trágicos, cuando en Málaga se supo que avanzaban sobre la ciudad las tropas norteafricanas e italianas, y numerosas familias, muchas de ellas antes refugiadas en la ciudad andaluza, huyeron masivamente por la carretera de Almería, tratando de alcanzar la zona republicana y siendo bombardeadas por la aviación nacional y cañoneadas sin piedad por la armada franquista. Además del miedo a ser violadas, siéndolo de hecho en numerosas ocasiones, muchas mujeres fueron también rapadas, recibiendo con ello un castigo ejemplarizante y público que siempre ha sido silenciado, pero no por ello olvidado por quienes lo padecieron y por los muchos que lo presenciaron. Cuando eran detenidas, a muchas rojas se las golpeaba y se las pelaba, y peladas eran paseadas por la vía pública, para mayor escarnio entre los vecinos y para ser diferenciadas del resto de la población. A menudo, era un castigo en sí mismo, y no tenía que estar asociado al cumplimiento de cualquier otra pena, pero sí fue frecuente que las «rapadas» quedaran a disposición gubernativa.

[Fragmento del libro de Enrique González Duro, Las rapadas: el franquismo contra la mujer, páginas 23 a 27. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012]


Notas
(1) A. Vallejo Nágera, "Investigaciones psicológicas en marxistas delincuentes femeninos", serie "Psiquismo del fanatismo marxista", en Revista Española de Medicina y Cirugía de Guerra 2 (mayo 1939).



viernes, 10 de febrero de 2017

La pérdida de Málaga. Fragmentos del libro "Las rapadas: el franquismo contra la mujer", de González Duro (1 de 2)



Huida de los refugiados de Málaga, en la carretera de Málaga-Almería, en la que tuvo lugar una de las masacres más terroríficas cometidas por los fascistas sublevados contra la República. Fue el 8 de febrero de 1937. Las únicas fotografías disponibles de aquel éxodo y su trágico desenlace fueron las tomadas por el médico canadiense Norman Bethune, autor de esta fotografía.

Reproducimos dos fragmentos del libro de Enrique González Duro Las rapadas: el franquismo contra la mujer. El primer fragmento está referido a la toma de Málaga por parte de las tropas golpistas de Franco durante la guerra de 1936-39. Durante este episodio tuvo lugar una huida masiva de refugiados que pretendían escapar de Málaga a pie por la carretera de Málaga-Almería. Las columnas de civiles fueron brutalmente bombardeadas por mar y aire, dando lugar a una masacre en la que resultaron asesinados entre 3.000 y 5.000 civiles. Fue el 8 de febrero de 1937. Sirva esta entrada para recordar, en su 80 aniversario, aquella matanza a manos de los fascistas.

En una entrada posterior, reproduciremos otro fragmento, "Las feroces y torturadas rojas".

Sirvan también estas dos entradas con fragmentos del libro de González Duro, como disculpa para presentar el libro a quienes no lo conozcan. De la propia editorial Siglo XXI, tomamos la siguiente sinopsis de la obra:
"Son pocos los libros que han mostrado la represión ejercida sobre las mujeres republicanas. Ellas fueron víctimas de abusos institucionalizados y sistemáticos que tenían como objetivo demonizar el estereotipo de feminidad que había comenzado a extenderse durante la Segunda República –que permitía un cierto escape respecto a la rigidez previa y, aun más, respecto a la que vino después. 
Mientras que ellos habían caído en el frente, habían sido ejecutados o huían ante la llegada de los sublevados, ellas permanecían en los pueblos, a cargo de sus familias, en miseria, y eran, muchas de las veces, juzgadas en tribunales militares en los que se decidía qué mujeres debían ser vejadas y marcadas por haber contribuido al derrumbe de la moral. Así se extendió el corte de pelo al rape y la ingesta de aceite de ricino para provocarles diarreas y pasearlas por las principales calles de las poblaciones «liberadas», acompañadas por bandas de música. No se trataba tanto de apartar o perseguir al enemigo, sino, más bien, de exhibir a una especie de «deformidad» generada en la República. Era algo más que un abuso ejercido sobre las mujeres, fue un ataque a un modelo de mujer libre e independiente.
Al final de la entrada, como apéndice, tenéis una reseña más completa de Fernando Jiménez Herrera sobre este libro. También encontrarás el índice del libro.

El autor y la obra


Sobre el autor

El andaluz Enrique González Duro (La Guardia de Jaén, Jaén, 1939) es psiquiatra, profesor universitario e  historiador. Fue uno de los grandes renovadores de la Psiquiatría en España. En su día, en los 70, tuvo sus puntos de conexión con lo que conocimos como la Antipsiquiatría. Es autor también de libros muy interesantes, como las biografías "psicológicas" de Felipe González y de Franco, o mismo el que dedicó a las mujeres represaliadas en el Franquismo del cual sacamos los fragmentos que reproducimos. Leer más sobre González Duro: Wikipedia.

El año pasado, Ramón Cotarelo mantuvo una dura y áspera polémica con González Duro, después de que éste lo acusara de complacencia con los GAL. Por ejemplo, González Duro dijo de Cotarelo: "Atención a este engañabobos, que fuera fervoroso felipista y defensor de los GAL. Ladra e incluso puede morder". Cotarelo contestó con un par de artículos insultándolo por todo lo alto, llamándolo "delincuente", "fascista", "sinvergüenza", "granuja", "difamador", etc., concluyendo que González Duro "es un típico espécimen del juego sucio comunista". Toda esta polémica la encontrarás recogida en la entrada del blog que dedicamos al anticomunismo de Cotarelo: "Ea, ea, ea... Cotarelo se cabrea. Anticomunismo y GAL en el enfado de Cotarelo" (pulsa en el hipervínculo para leer dicha entrada).

Referencia documental
Enrique González Duro:  epígrafe "La pérdida de Málaga", en el capítulo V "La interminable represalia" de  Las rapadas: el franquismo contra la mujer, páginas 83 a 87. Editorial Siglo XXI, Madrid, 2012.
Para comprar el libro por Internet: web de Ed. Siglo XXI.
Digitalización de estos fragmentos: blog del viejo topo
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Acceder a 2ª parte de la entrada: "Las feroces y torturadas rojas"

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La pérdida de Málaga

Las noticias del golpe que comenzaron a emitirse desde Sevilla el mismo 18 de julio eran contrapesadas con otras procedentes de Málaga, donde el golpe militar había fracasado y la ciudad y prácticamente toda la provincia seguían bajo control republicano y en manos de las milicias obreras, en su mayoría anarquistas. 

Sin embargo, las ocupaciones de los militares rebeldes se fueron extendiendo con rapidez en la provincia de Sevilla, consiguiéndose en pocas semanas grandes avances: el día 20 de agosto las únicas poblaciones sevillanas que permanecían en poder de los republicanos eran escasas, aisladas y estaban situadas en la zona serrana que lindaba con la provincia de Málaga. Justamente, la proximidad de Málaga hacía que aquella comarca tuviera un importante valor estratégico. Osuna fue el punto de partida de las tropas de Queipo de Llano para la toma de aquella zona, lo que podría abrirles el camino en dirección a Ronda y, a más largo plazo, a Málaga. Y, efectivamente, se produjo la toma de Ronda y de todos los pueblos de su serranía, y se siguió avanzando hacia Archidona y Antequera, donde se incorporaron tropas italianas. Al mismo tiempo, se preparaba una ofensiva desde Algeciras para la toma de todos los pueblos costeros de la provincia, con el objetivo final de tomar la capital. La ofensiva, pues, debía partir de tres puntos diferentes: el primero correspondía a la columna de Recondo, que saldría de la zona montañosa del sur de Sevilla. El segundo saldría de Antequera —en poder de los sublevados desde el 12 de agosto y bajo el mando del general Varela—, y tomaría Campillos y Almargen, para unirse finalmente a la primera columna. El tercero partiría de la zona montañosa del nordeste de Cádiz, organizándose las tropas en Arcos de la Frontera y Ubrique. Cayeron El Saucejo, Los Corrales, La Zara y Campillos, entre otras poblaciones de los alrededores. En Campillos, donde había muchos refugiados republicanos, la represión fue especialmente terrible: muchos milicianos, o simplemente varones acusados de ser republicanos, fueron fusilados, al tiempo que varias mujeres fueron bárbaramente vejadas. Con respecto a esas jóvenes milicianas, el diario ABC de Sevilla decía: 
«Ante aquellas tres mujeres sin feminidad, ante aquellas tres futuras parideras de seres desgraciados para la sociedad que Moscú quería crear en España, sentimos una gran sensación de lástima» (1)
El 16 de septiembre, el camino a Ronda estaba ya despejado. A la altura del cruce de Cañete se unieron las tres columnas intervinientes. El cura Bernabé Copado llegó a Ronda el 25 de septiembre para confesar a los soldados, recoger los objetos de culto y preparar las ceremonias de posibles victorias. La ofensiva contra Málaga, cuya provincia casi por completo aún estaba en manos republicanas, comenzó a finales de enero de 1937, con dos líneas de frente: desde Estepona, por la costa, y desde Antequera hacia Málaga capital. Tras sufrir los continuos bombardeos de la aviación italiana y el constante acoso de las tropas rebeldes, la ciudad, que estaba llena a rebosar de miles de refugiados, se encontraba a punto de caer en manos de las columnas nacionales y de las tropas italianas. Queipo, desde Sevilla, llevaba varios meses amenazando a través de la radio y de octavillas con infligir a la ciudad un durísimo castigo, y sus amenazas iban siendo confirmadas por los escalofriantes relatos de los refugiados que habían llegado a la ciudad huyendo, asustados, de los destrozos ocasionados por los legionarios y los regulares en los pueblos de Cádiz, Sevilla, Córdoba y Granada. Las caídas previas de Antequera, el 12 de agoto, y de Ronda, el 17 de septiembre, habían producido una tremenda avalancha de mujeres, ancianos y niños que andaban desamparados y hambrientos por las calles de la capital malagueña. Muchos de los refugiados fueron alojados en la catedral o en las iglesias, lo que fue calificado por los franquistas como un nuevo acto de profanación de las hordas rojas. Pese a la escasa resistencia que se le ofrecía, Queipo no mostraba la menor clemencia con la población, que empezaba a vivir aterrorizada. La ciudad fue tomada el 8 de febrero de 1937 por las tropas «nacionales» de italianos, que apenas encontraron oposición entre los combatientes republicanos. De inmediato hubo millares de detenciones, debiendo habilitarse nuevas prisiones y campos de concentración en Torremolinos y Alhaurín el Grande, y comenzaron las ejecuciones extrajudiciales, mientras se instalaban los tribunales militares y se ponían en marcha los consejos de guerra.

Y, sin embargo, antes de la entrada de los «nacionales», la ciudad se había quedado medio vacía por la desesperada huida de miles de refugiados por la única vía de escape posible, lanzándose a la carretera que unía Málaga con Almería. El éxodo fue espontáneo, sin ningún plan de evacuación y sin ninguna protección militar: por el contrario, los fugitivos fueron bombardeados por el camino desde el mar, por la artillería naval de la armada «nacional», y desde el aire por la aviación italiana, y abatidos por las ametralladoras de las tropas italianas, que les seguían los pasos. Sólo el miedo podía explicar todos los riesgos que corrieron los muchos que pretendieron huir de la ciudad. Bastantes de ellos fueron detenidos cuando iniciaban la huida, y otros volvieron espontáneamente a Málaga o a los pueblos de los alrededores. Carmen Gómez, militante comunista, fue delatada y apresada en un palacete ocupado por la Falange; allí se pelaba y se obligaba a tomar aceite de ricino, y posteriormente se fusilaba. Carmen, que tenía entonces veintinueve años, fue asimismo ejecutada (2). Luisa Huete era casi una niña de quince años que fue detenida cuando iba a salir de Málaga con su familia. Dijeron que era una miliciana y la encerraron en una prisión improvisada en la fábrica de tabacos: «Nos ficharon, nos dieron aceite de ricino, con el sargento Vega dando golpes con el vergajo»En el consejo de guerra la condenaron a 16 años de reclusión (3). Era muy común que las mujeres que se habían quedado solas en la carretera tras la muerte de sus familiares, o que vagaban sin rumbo fijo por las calles malagueñas, fueran delatadas por cualquier persona que las conociera, detenidas, golpeadas y rapadas; el rapado, aparte de constituir un castigo preventivo, significaba sobre todo un distintivo que diferenciaba a las mujeres rojas de las mujeres «de orden». De cualquier forma, el hecho en sí era muy angustioso para las víctimas, algunas de las cuales pensaron en suicidarse o se suicidaron, de hecho. Juan Carrera Luque había pertenecido al Comité de Defensa de Almogía (Málaga) y fue uno de los muchos que corrió con su familia por la carretera de Almería, pero que se volvieron desde Motril, creyendo que no les pasaría nada porque no tenían delitos de sangre. No obstante, a su vuelta al pueblo, él se escondió, pero detuvieron a su mujer y a su hija, por lo que se presentó a las nuevas autoridades, siendo ejecutado de inmediato. Continuó el acoso a su mujer, Francisca Luque Muñoz:
Estábamos en casa de una tía en Almogía, y llegó un barbero con una pareja de civiles. Y a mi madre la pelaron y a otras que había allí. Yo lloraba [. . .]. La sentaron y la pelaron. Ella, con el susto y el miedo, se lió a llorar. Fue el barbero. Cuando la pelaron, le dieron un cuarto de litro de aceite de ricino y le dijeron: «¡Toma, para que te crezca el pelo!». Y ella comenzó a gritar: «¡Ay, pegadme un tirol». Hasta intentó suicidarse.
La hija de Francisca contó esta historia en 1988: su familia fue detenida en la carretera de Almería. Recordaba a los falangistas que se llevaban a su madre y a sus hermanos junto a tres mujeres, las pelaban y las hacían salir a la calle: 
«Mi madre llegó llorando a la casa; sin dejar de llorar, se metía en la cama [. . .] Un día la obligaron a que llevara un cubo y trapos para limpiar el cementerio; otro, la iglesia, el paseo, un local abandonado, y finalmente la acusaron de rebelión militar» (4)
Enrique González Duro


Notas
(1) Recogido por M. Velasco Haro, «Consecuencias de un espacio militar en la sierra sur de Sevilla y el noroeste malagueño», en La represión franquista en Andalucía, en www,memoria.antifranquista.com, any 7, núm. 11, edicio extraordinària, 2011.
(2) E. Barranquero Texeira, «Malagueñas en la represión franquista», Historia actual on-line2, 2007.
(3) Testimonio de Dolores, recogido por E. Barranquero Texeira, op. cit.
(4) Ibidem.

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Acceder a 2ª parte de la entrada: "Las feroces y torturadas rojas"

Sobre la polémica entre Ramón Cotarelo y González Duro:

Apéndice: reseña del libro Las rapadas: el franquismo contra la mujer.
Autor y fuente: Fernando Jiménez Herrera, en Asparkía, 27; 2015, 233-263

Enrique González Duro, autor de la obra Las rapadas. El franquismo contra la mujer, ejerce, actualmente, de psiquiatra en el hospital madrileño Gregorio Marañón. 

Las rapadas es un estudio en el que se exponen una serie de casos de represión ejercidos por los sublevados contra las mujeres republicanas y a las esposas, hijas o madres de los republicanos durante la guerra civil española y la posguerra. El autor los analiza intentando comprender las motivaciones que llevan a un grupo de hombres a humillar a una serie de mujeres por el mero hecho de haber simpatizado con el bando republicano. También intenta comprender qué objetivos se persiguieron con esos actos, los efectos físicos y psicológicos que dichos acontecimientos produjeron en las mujeres que lo padecieron e intenta explicar el porqué de esas situaciones.

Las rapadas consta de un total de diez capítulos subdivididos en apartados, sin embargo, la obra carece de introducción y de conclusiones. A través de estos diez capítulos el autor realiza un recorrido por los aparatos represores franquistas, centrando su atención en aquellos acontecimientos que tuvieron como víctimas a las mujeres, obligadas a tomar aceite de ricino, a ser rapadas y a ser paseadas por las calles en el momento en el que el aceite de ricino actuaba sobre sus cuerpos. En un análisis más pormenorizado, en el primer capítulo, el autor habla de la represión franquista, en general, aunque empieza a centrar la obra en los acontecimientos que atañeron a las mujeres como víctimas. Los castigos que analiza son la ingesta de forma violenta de aceite de ricino, su posterior rapado y cómo, mientras el aceite de ricino actuaba sobre sus cuerpos, estas fueron paseadas, en algunos casos semidesnudas. Fueron hechos extrajudiciales que contaron con el beneplácito de los insurrectos y la población que les fue favorable. Estos actos violentos contra las mujeres solían ir acompañados de violaciones y torturas. El autor delimita las dos partes del castigo, la íntima y privada. La privada, la violación, y la pública, el paseo, el rapado de pelo o los efectos del aceite de ricino sobre el cuerpo de la mujer. Cada uno de estas dimensiones del castigo tenía un fin. En el caso de la parte pública fue el ejemplo. Se quiso atemorizar a la población y demostrar lo que les pasaría si rompen el nuevo orden social que quiso imponer la dictadura. Este nuevo orden en realidad fue el orden tradicional, que dividía a la sociedad en dos dimensiones o esferas, la pública y la privada. En la pública, la relacionada con la sociedad, y la política donde actuaba el hombre, y la esfera privada, reducida al hogar, a la correcta ama de casa y madre ejemplar, se le imponía a la mujer. Las mujeres que fueron castigadas, lo fueron por trasgredir esos roles sociales tradicionales-nuevos, ya que habían salido a la calle, habían vestido el mono, habían consentido e incluso alentado a los hombres a actuar en contra del orden tradicional, en definitiva habían invadido la esfera pública, habían actuado como hombres, por ello debían de ser castigadas.

En un segundo capítulo el autor mantiene un nexo con el primero capítulo y continúa desarrollando la idea de la miliciana en el imaginario colectivo de ambos combatientes, para posteriormente centrarse en el caso del imaginario franquista. El autor habla de tres modelos de mujeres que los sublevados identifican con uno solo, las rojas. Son las milicianas, las republicanas y las madres, hijas y esposas de los republicanos. Claramente son tres grupos diferentes que los insurrectos equiparan y a los que atribuyen los mismos males. Se les atribuye, desde las nuevas autoridades, toda una serie de delitos y actos, en algunos casos imaginados, ya que se crea el estereotipo de «roja». El lado contrario estaría encarnado por la imagen de mujer perfecta proyectada por las fuerzas sublevadas y amparada por la Sección Femenina de Falange Española, es decir, la dueña del hogar maternal, no egoísta y católica. El autor mantiene la hipótesis de que este tipo de torturas físicas y psíquicas sobre las mujeres que habían trasgredido la norma social (según el modelo franquista) sirvió para reeducarlas, por ello se las rapaba la cabeza como forma de que la sociedad viera quiénes eran y no pasaran desapercibidas, para que fueran señaladas y humilladas públicamente. Era la forma más eficaz de degradar a la mujer como mujer, la deshumanizaban. También fueron paseadas y obligadas a acudir a misa o limpiar hogares y calles para que estuvieran en lugares donde las personas pudieran verlas e insultarlas. En algunos casos la gente que participaba en estos actos viéndolas e insultándolas lo hacía obligada, por miedo, ya que estos paseos fueron una forma de terror para que nadie se revelase contra el sistema. Tras vivir estas experiencias traumáticas se les obligaba a callar para que dichos actos quedasen silenciados.

En el tercer capítulo, el autor muestra su descontento con la historiografía por haber dejado a estas mujeres en el olvido. Aunque el autor reconoce la escasez de fuentes escritas. La fuente fundamental son los testimonios de aquellas mujeres que siguen vivas y lo vivieron o de todas aquellas personas que lo presenciaron. Tras esta crítica, continúa describiendo los casos de rapados en las cárceles oficiales. En las cárceles se daba una solidaridad entre las presas favoreciendo la creación de una identidad grupal, lo que hacía más llevadera su situación. Esta violencia fue una violencia no tipificada ni normalizada, fue arbitraria y aunque se dio en toda la zona sublevada no fue igual ni siguió los mismos cauces. Lo que se produjo fue de un juicio moral un juicio penal, por lo que por un acto moral finalmente se producía un castigo físico. No obstante, en numerosos casos las mujeres fueron incriminadas por actos cometidos por sus maridos. Las mujeres fueron tomadas como rehenes para que sus familiares masculinos volvieran o dejaran de esconderse. Las fuerzas sublevadas siempre creyeron a la mujer culpable de lo que hiciese el marido, hermano o hijo/s, ya que fue la encargada de velar por la armonía familiar. Tras estos duros castigos, estas mujeres tuvieron que salir fuera del hogar, rompiendo así el modelo de buena mujer franquista, para poder mantener a su familia. Esta forma de vida fue muy arriesgada dando lugar a nuevas detenciones, nuevos rapados, torturas y aceite de ricino. De esta forma se alimentó el mito franquista de la mujer roja incorregible. Las mujeres que habían pasado por todo ello solo podían sobrevivir.

En el cuarto capítulo se analiza de una forma más profunda el significado del rapado y el paseo. Un rapado solo que suponía la pérdida del elemento identificativo e identitario por naturaleza de la mujer, su símbolo de belleza, según el autor, perdiendo así su dignidad.

En el quinto y sexto capítulo se analiza el caso de este tipo de actos represivos en Andalucía, centrándose en quiénes fueron las acusadas y quiénes los acusadores. En muchos casos las mujeres consideradas desafectas fueron mujeres de clases humildes, de baja formación y pocos recursos, en su mayoría casadas, que fueron denunciadas por otras mujeres representantes de ese modelo del ángel del hogar auspiciado por los sublevados.

En el séptimo capítulo el autor refleja el trato dado por las nuevas autoridades a las mujeres de clase baja una vez acabada la guerra. Cómo a las mujeres de clase baja las trataron como sujeto y cómo se veían obligadas a realizar las tareas propias de su sexo, mientras que las señoras y señoritas, por su condición económica, no pueden ejercer dichas labores. Esta idea la retoma el autor con la intención de narrar cómo algunas mujeres consideradas desafectas fueron acusadas de obligar a mujeres con recursos a trabajar en sus labores o en labores tradicionalmente masculinas ante la marcha de estos al frente. Fue una inversión de los roles, en este caso, ligados al nivel económico, otra forma de transgresión del modelo social que querían imponer los sublevados.

El octavo capítulo centra su atención en los responsables de los castigos, grupos de falangistas, requetés o personas de derechas que detenían a las mujeres por ser familiares de republicanos, tanto fugados como detenidos, o por ser milicianas, por motivo propio o por denuncias de vecinos en ningún caso comprobadas. Fue una muestra de poder de los que ahora mandaban, haciendo lo que quisieron con total impunidad. Su objetivo fue deshumanizar a las mujeres y cosificarlas, para poder someterlas y reeducarlas en base a los nuevos valores. Lo primero que hacían los torturadores fue desfigurar el rostro, el elemento humano, para poder así cosificarla, para ello acudían al rapado. En caso de producirse violaciones, en general, se guardaban en la memoria y no fueron visibles, solo existían los rumores. La violación les sirvió a los soldados para demostrar el control de las nuevas autoridades, su control sobre el cuerpo femenino.

En el capítulo nueve el autor centra su atención sobre el significado de la nuevavieja mujer y de la mujer republicana. En el nuevo-viejo modelo social franquista había un fuerte componente sexual. Había que distinguir y asignar funciones específicas a cada sexo ya que el nuevo estado era un estado viril y por tanto dependía mucho de la definición de los roles sociales. La mujer debía de ser uno de los pilares fundamentales de ese estado, ya que sobre ella recaía la labor doméstica y familiar, era la que trasmitía los valores a la familia. Por el contrario la mujer republicana encarnaba todos los avances de la Segunda República que debían ser destruidos. La forma de destruir y desvirtuar estos valores republicanos era a través del cuerpo de la mujer, único elemento que se puede denigrar y degradar. Desde esta perspectiva, el rapado suponía la sumisión del cuerpo de la mujer. Por ello luchar contra estas mujeres, agredirlas, suponía una lucha contra el grupo enemigo en su conjunto. Su delito, imaginadas transgresiones sociales y morales. Humillándolas a través de los paseos se pretendía que volviesen a actuar como mujeres en base a los nuevos valores. También se perseguía el objetivo de imponer el miedo en la sociedad para someterla y a la vez crear comunidad. También se perseguía con el rapado homogeneizar a este colectivo de mujeres bajo la misma aura imaginada de delitos y actos contrarios según la moral y los valores del nuevoviejo poder. Por ello en lugares donde eran numerosas, como las cárceles hacían comunidad e identidad grupal ofreciendo resistencia a través de actos cotidianos a su cosificación. No obstante, en pueblos y ciudades estaban solas y a merced de las autoridades, controladas y vigiladas. A ello se unía la vergüenza, una vergüenza aliada del silencio, porque tras estas humillaciones las mujeres solo querían olvidar y que la comunidad olvidase con ellas, para que no hablasen mal de ellas. Este tipo de prácticas decrecieron en número por miedo a su repercusión internacional en la posguerra, sobre todo al finalizar la Segunda Guerra Mundial. 

El décimo capítulo recoge actos acontecidos durante la dictadura, más concretamente las huelgas mineras de 1962-63. En dichas huelgas se produjo una brutal represión que afectó también a las mujeres, volviendo a aparecer el rapado, una muestra de que el régimen no había cambiado, aunque sí tuvo una gran repercusión social y fuertes quejas de intelectuales de toda América y Europa, incluso de intelectuales españoles, tanto en el exilio como en el territorio nacional.

Esta obra es clave porque incorpora elementos novedosos en su análisis y su enfoque, al igual que en su objeto de estudio. No obstante, carece de introducción y de conclusiones, por lo que queda incompleta. Otro elemento que perjudica el contenido de esta obra es su estructura. Mientras que se dedican capítulos enteros a Andalucía, describiendo detalles del avance enemigo y sus consecuencias, pueblo por pueblo, en el caso de Madrid, el frente norte o Cataluña apenas ofrece información o esta es muy somera, incidiendo poco en las diferencias territoriales de las que habla el autor a la hora de comentar las peculiaridades de las torturas hacia las mujeres republicanas. Una construcción cultural que se omite y que es fundamental para entender este tipo de acontecimientos. Finalmente subrayar que el autor, en algunas partes de su obra, es muy reiterativo, describiendo una serie de actos semejantes con diferentes palabras. Sin embargo, es una obra sin parangón, que muestra de forma clara y precisa en qué consistieron y por qué se dio la violencia hacia la mujer por parte de los sublevados, analizando sus efectos desde una perspectiva inédita, los efectos emocionales-psiquiátricos. Una obra que saca a la luz un tema subyugado por el silencio y olvidado por la historiografía. 


Apéndice: índice del libro Las rapadas: el franquismo contra la mujer.

miércoles, 13 de abril de 2016

14 de abril: republicanismo e identidad política de la izquierda.


Bandera republicana en una manifestación en abril de 2010 en Madrid, convocada por la Plataforma contra la Impunidad del Franquismo. Foto: KOTE RODRIGO (EFE).


Cuando en junio de 2014 tuvieron lugar las movilizaciones en favor de la RepúblicaJulio Anguita se pasó de frenada al calificarlas despectivamente como "interesantes pero pintorescas" (andalucesdiario.es). Es posible que con ello Anguita le estuviera echando un capote a Podemos, ante las críticas que le cayeron al partido de Pablo Manuel Iglesias al desmarcarse y negar su apoyo a las movilizaciones. Pero también es posible que Anguita no entendiese o estuviese despreciando el valor que tiene el republicanismo como símbolo y elemento identitario de la izquierda.

La izquierda política, independientemente del formato que adopte, comparte unas señas de identidad a través de las cuales se reconoce como tal. La aceptación de la lucha de clases; el carácter de clase de las organizaciones políticas y el consiguiente rechazo del interclasismo; el rechazo del capitalismo y la aspiración a superarlo... Estos y otros son componentes que van perfilando nuestra identidad compartida como izquierda. En el caso de España y de otros estados monárquicos, a mayores existe un componente que también ha jugado un papel dinamizador de la acción política: el republicanismo. Por ello durante estos 40 años de restauración monárquica, la causa republicana ha contribuido a perfilar cada vez con más fuerza esa identidad política de la izquierda, junto con otros componentes identitarios más genéricos o globales.

Sería una necedad pasar por alto epoder simbólico del republicanismo como catalizador de la acción política en la masa social en una dirección determinada. La causa republicana ha actuado y actúa de pasarela ideológica para transmitir nuestra crítica política, nuestras reivindicaciones y denuncias y nuestro ideario de sociedadEn este sentido, el sentimiento e ideario republicanos han jugado un papel importante a lo largo de estos años para la izquierda, siendo un referente para la acción, un factor de comensalismo (unidad, fraternidad) e identidad, un ítem sociológico que proyecta el rechazo por lo existente y expresa la reivindicación de un cambio profundo. 

Para la izquierda, el republicanismo tiene mucho de lo que el antropólogo Victor Turner llamaba "símbolos dominantes" (La selva de los símbolos, 1967). Los símbolos dominantes tienden "a convertirse en foco de interacción" (Turner, op.cit.), generan y catalizan la acción social, actuando como una poderosa herramienta de movilización, condensando y unificando significados. Pensemos por un momento en todo lo que evoca el republicanismo: el golpe de estado del 36 contra la legalidad constitucional republicana y, en concreto, contra el gobierno legítimo del Frente Popular; la heroica defensa popular de la II República durante la guerra; la dictadura que sufrimos durante 40 años y la resistencia mantenida al calor del ideal republicano; la no aceptación de la más venenosa herencia de Franco (la monarquía), etc. 

Por ello, la bandera tricolor ha condensado un significado potente: el rechazo del régimen actual y el anhelo colectivo de la III República. En nuestra travesía por el desierto mantenemos viva una esperanza expresada en el lema "mañana España será republicana". De ahí que cada 14 de abril, la izquierda se vuelque en la conmemoración popular del día de la República: recordamos la II República con la mirada puesta en la III.

No faltan las voces que desprecian lo que estoy diciendo, con el argumento de que no existe mayor diferencia entre una democracia burguesa monárquica y una democracia burguesa republicana. Tales personas quizás tampoco encuentren diferencias entre una dictadura burguesa y una democracia burguesa. Puro postureo.

Concentrarse y movilizarse en favor de la República, facilita la reflexión y cataliza el incremento de la masa crítica. El poder de los símbolos, bien utilizado, es un arma políticaTambién es una iniciativa que actúa como factor de acercamiento y cohesión entre las fuerzas políticas y sociales de la izquierda, un facilitador del entendimiento. No nos dejemos arrastrar por aquellos que califican todo esto de "pintoresco" o que recurren a disculpas peregrinas para no sumarse a la llamada de unidad en favor del republicanismo. 

Cuando celebramos el 14 de abril, estamos evocando muchos significados que conviene no pasar por alto; pulsa aquí: "Lo que significa celebrar el día de la República". 


@VigneVT
Blog del viejo topo



Ver también:

martes, 14 de abril de 2015

14 de abril, día de la República. Alemanes en las Brigadas Internacionales: en recuerdo de Hans Beimler.





"Estamos aquí para luchar contra los fascistas"
Hans Beimler (cit. spartacus-educational)

"Sin pena se aleja uno de países en que vivió alegremente, pero siempre amaremos al país palpitante, cuyas esperanzas compartimos”
Ernst Busch, en el documental Spanien im Herzen – Hans Beimler und andere, de Karlheinz Mund, RDA, 1985 (cit. por Magí Crusells)



Cartel electoral del KPD
(Partido Comunista Alemán), en 1932.
Hans Beimler nació en Múnich el 2 de julio de 1895, y encontró su muerte en Madrid, el 1 de diciembre de 1936, defendiendo la República Española contra el fascismo. Con motivo del 14 de abril, el blog del viejo topo dedica a su memoria esta entrada del blog, y le rendimos nuestro particular homenaje que extendemos a la memoria de todos aquellos que defendieron la República, formando parte de las Brigadas Internacionales.

Hans Beimler no fue solo un antifascista alemán más, sino que se caracterizó por ser un activo militante del Partido Comunista (KPD, Kommunistische Partei Deutschlands), de cuyo Comité Central fue miembro. Llegó a ser diputado en el Reichstag (Parlamento alemán). 

Cuando Hitler se hizo con el poder en 1933, Beimler detenido y conducido al campo de concentración de Dachau (abril de 1933). Un mes más tarde, la víspera del día en que iba a ser ejecutado, consiguió huir del campo, llegando a la URSS a través de Checoslovaquia. Posteriormente se trasladó a Francia, donde permaneció hasta el comienzo de la guerra en España. 

Beimler nos dejó lo que fue su experiencia en el campo de concentración de Dachau a través del relato publicado en la URSS en agosto de 1933: Im Mörderlager Dachau: Vier Wochen unter den braunen Banditen (En el campo de asesinos de Dachau: cuatro semanas en poder de los bandidos pardos). Fue el primer testimonio publicado sobre la vida dentro de un campo de concentración nazi, siendo traducido a distintos idiomas (entre ellos el español).


La obra de Beimler fue el primer testimonio publicado sobre la vida
dentro de un campo de concentración nazi. A la izquierda, una edición
 alemana actual de 2011. Derecha: edición original de 1933.
La obra está traducida al castellano.


El 18 de julio de 1936 arrancó el golpe de estado fascista contra la República Española. Hans Beimler enseguida acude a España en defensa de la República y comienza a organizar aquel mismo verano en Barcelona la centuria Thälmann de voluntarios, formada mayoritariamente por comunistas alemanes (Ernst Thälmann fue el secretario general del KPD). En noviembre de ese mismo año, se convierte en batallón y se integra en la XII Brigada Internacional, de la cual también formaban parte el batallón italiano Garibaldi y el batallón francés André Marty.

Hans Beimler fue nombrado comisario política de las Brigadas Internacionales, pero se encontró con la muerte muy pronto. La XII Brigada Internacional, en la que estaba integrado,  entró en combate el 12 de noviembre de 1936, en la defensa del Cerro de los Ángeles (Madrid). Fue el "bautismo de fuego". Apenas tres semanas después, el 1 de diciembre, Beimler caía muerto en la llamada "Cuesta de las Perdices" en Madrid, en una zona entre las dos líneas de fuego.

Su entierro fue un acto emotivo y multitudinario y sirvió de inspiración a Rafael Alberti para su bello poema "Hans Beimler, Defensor de Madrid". Posteriormente sus restos fueron trasladados al cementerio de Montjuïc en Barcelona. Meses después de su muerte, en julio de 1937, el batallón "Thälmann" comenzó a ser llamado también con el nombre de "Hans Beimler", en su memoria.

Es nuestro deseo no entrar en la polémica histórica que se creó en torno a las circunstancias de su muerte. En función de intereses ideológicos se han escrito muchas cosas sin que estén suficientemente contrastadas y probadas, y con no pocas contradicciones. En cualquier caso, no es el objetivo de esta entrada, que solo pretende rendir homenaje a un antifascista alemán como fue Hans Beimler, ejemplo de generosidad, de compromiso social y de conciencia internacionalista. Y, a través de este recuerdo, extender dicho homenaje al resto de los brigadistas alemanes compatriotas suyos y de los brigadistas de todos los demás países que acudieron a España a defender la República, mostrando un heroísmo y altruismo pocas veces igualado en la Historia. En las palabras que Dolores Ibárruri les dedicó: "Sois la historia, sois la leyenda, sois el ejemplo heroico de la solidaridad".


Monumento a los brigadistas alemanes caídos en la guerra civil española (Berlín). Fondo Fotográfico CEDOBI en Flickr.


Fragmentos de "Hart war's, aber schön - solange man kämpfen kann" ("Fue duro, pero bonito, mientras podíamos luchar"). 
Relato de Antonia Stern en el que utiliza citas tomadas de una breve autobiografía del mismo Beimler de 1936. 
Traducción del alemán: Tucholskyfan Gabi, blog del viejo topo (en azul texto original traducido)

En 1914, escribe en su currículum: "Mi entusiasmo bélico no era demasiado grande, así que llegué tarde para alistarme".

Destinado a un comando buscaminas en el Mar del Norte le llega la noticia de la Revolución de Octubre de 1917 en Rusia, que considera “la vivencia más grandiosa y profunda" de su vida.

En noviembre de 1918, destinado en Cuxhaven, organiza, junto con otros camaradas de los barcos anclados en el puerto, una demostración revolucionaria.

Es llamado a participar en la dirección del grupo Espartaco local y es miembro del Consejo de Trabajadores y Soldados.  Al proclamarse en 1918 la República Soviética de Baviera, se encuentra en Munich. Tras el fracaso de ésta, es detenido por poco tiempo en su rango de marinero del Ejército Rojo. 

Al intentar volar un puente para impedir el transporte de tropas bávaras a la zona de alzamiento en Sajonia, es nuevamente  detenido y condenado a dos años de prisión en Niederschönenfeld. 

Después se coloca en la fábrica de locomotoras Krauss-München-Sendling, donde ejerce su fuerte influencia sobre la plantilla iniciando así su carrera política. En 1930 es nombrado diputado del parlamento regional (land) por el partido comunista; en 1932 pasa al parlamento nacional (Reich), habiendo obtenido sesenta mil votos en su circunscripción de Munich/Baviera Alta, ya con Hitler en el poder.  

Tras el incendio del Reichstag pasa unas semanas en la clandestinidad. Delatado por unos compañeros,  ingresa en abril de 1933, por orden de la policía de Munich, en el campo de concentración de Dachau. Sobre el martirio que sufrieron los allí internados nos informa en su relato Im Mörderlager Dachau – Vier Wochen unter den braunen Banditen [En el campo asesino de Dachau – Cuatro semanas en poder de  los bandidos pardos] publicado en 1935 en Moscú. En las últimas páginas podemos leer:
“Así como Fritz Dressel [ex presidente de la fracción comunista del parlamento regional de Baviera] yo no quería morir. Arrojado por los asesinos a la celda número cuatro y viendo delante de mí al amigo revolucionario muerto, con tres cortes en la muñeca de su brazo izquierdo, a su lado en el suelo el cuchillo de pan, perdí por un momento la razón, incapaz de alcanzar lo que todo ello significaba.  Con las manos me cubrí los ojos, no queriendo admitir que Dressel estaba muerto. Al oír la llave para abrir la puerta de esta celda de muerte,  tuve que contar con que, allí mismo, había llegado a mi propio final definitivo,  pero volví a recuperar la fuerza suficiente para enfrentarme a todo lo que me pudiera aguardar. Consciente de que era más que probable que no fuera a salir con vida de este campo, tan sólo me quedaba elegir el modo de mi muerte. Estaba firmemente determinado, primero,  que no me iba a suicidar bajo ningún concepto y, segundo, que tampoco me dejaría estrangular o colgar en esa lúgubre pocilga; así que decidí escaparme por la noche costara lo que costara, y si la banda me pillara… el mundo iba a saber por boca de los asesinos que el comunista Beimler fue matado a tiros durante su fuga. De este modo me fui preparando y mentalizando. Sin la menor excitación, abandoné la celda en la noche del 8 al 9 de mayo, esperando en cada momento ser alcanzado por una bala.”
Su fuga es un éxito. Beimler la logra solo, sin la ayuda de nadie. Le ayuda la destreza del cerrajero de oficio que es, su sangre fría y su determinación y valentía, para lograr lo casi imposible dado su maltratado estado físico. Tras semanas de clandestinidad, Hans Beimler logra cruzar la frontera con Checoslovaquia. 

Invitado por la Unión Soviética a pasar un tiempo en un sanatorio de Crimea,  siente el deber de estar cerca de su país y de reemprender la lucha contra el nacionalsocialismo, que también consistía en liberar las víctimas internadas en campos de concentración, entre las que se encontraban su esposa Centa y la hermana de ésta, María, quienes desde su propia fuga, estaban retenidas a modo de rehenes. El 20 de diciembre de 1933 llega en un vuelo ruso a Paris. (...)

Fuente del fragmento: www.raeterepublik.de/Hans_Beimler__A.Stern_.htm, traducción de Tucholskyfan Gabi (blog del viejo topo).


Hans Beimle en su etapa de brigadista
internacional.
  Fondo Fotográfico CEDOBI en Flickr


Poema de Rafael Alberti escrito en memoria de Hans Beimler.

"Hans Beimler, defensor de Madrid"

¡Frente rojo!, dijo el héroe. 
Y cayó en tierra Hans Beimler. 

Lo oyeron los españoles, 
lo oyeron sus alemanes, 
franceses e italianos, 
lo oyó Madrid, lo oyó el aire, 
lo oyó, temblando, la bala 
nacida para matarle. 

¡Frente Rojo!, y cayó en tierra 
castellana, de leales, 
quien vino desde muy lejos 
a sembrar aquí su sangre. 

¡Frente Rojo! Que lo escuche 
la Alemania de las cárceles 
y verdugos que levantan 
las secas hachas que caen 
sobre los cuellos que nunca 
jamás quisieron doblarse. 

¡Frente Rojo! Suene, silbe, 
cruce como bala, estalle 
por mar, por tierra, por cielo, 
por astros, por todas partes, 
vertiginoso, este grito 
– ¡Frente Rojo! – hasta clavarse, 
profundo, en los corazones 
que lo quieran, que lo amen, 
que lo griten – ¡Frente Rojo! – 
como lo gritó Hans Beimler. 

Madrid, que tiene memoria, 
lo gritará hasta quedarse 
las bocas de sus fusiles 
secas de tanto gritarle. 

¡Frente Rojo! Silba el tren, 
campo de España adelante. 
Se descubren las aldeas, 
los pueblos y las ciudades. 

Entre huertos y jardines, 
banderas y naranjales, 
Valencia saluda el cuerpo 
–¡Frente Rojo!- de Hans Beimler. 

Los mares de Cataluña, 
sus viñas, sus olivares, 
las ramblas de Barcelona 
-¡Frente Rojo!- de Hans Beimler. 

¡París, París! Tus obreros, 
cantando, en hombros lo traen, 
llevándolo hacia los barcos 
que se llevan a Hans Beimler, 
ya que su patria alemana 
caminos no quiere darle. 

¡Frente Rojo! Por Moscú, 
por la plaza Roja, grandes 
cortejos y multitudes 
y cantos van a enterrarle. 

¡Frente Rojo! Junto a Lenin, 
allí, tranquilo, descanse.



Sello de la RDA, año 1966, en recuerdo de Hans Beimler


La canción de Hans Beimler

El tenor alemán Ernst Busch, grabó en Barcelona en junio de 1938, un legendario y mítico disco titulado "Seis canciones para la democracia". La voz del tenor fue acompañada por un coro del batallón "Thälmann". Los temas fueron cantados y grabados en alemán y en español. Una de estas seis canciones fue el tema "Hans Beimler", como homenaje al brigadista (los otros cinco temas fueron "La columna Thälmann", "La canción de las Brigadas Internacionales", "Los soldados del pantano", "La canción del Frente Unido" y "Los cuatro generales"). En realidad, para la música de la canción dedicada a Beimler, Busch recurrió a la melodía de una popular canción alemana de 1809, "Ich hatt' einen Kameraden" (cit. Magí Crusells). Dice Peter Glazer en "Songs of the Spanish Civil War: The new edition":
La serie de seis canciones para la democracia fue grabada originalmente en España en junio de 1938 durante un ataque aéreo en Barcelona. Uno de los discos llevaba una etiqueta que decía: "La grabación defectuosa de este disco se debe a las interrupciones de la corriente eléctrica durante un ataque aéreo."
Posteriormente, el disco fue lanzado en EE.UU. en 1940 por Keynote Recordings, adquiriendo un gran éxito de difusión.


Edición estadounidense de Six Songs for Democracy


Tema "Hans Beimler, Kamerad" del disco 
"Seis canciones para la democracia":




Las versiones en castellano a veces presentan algunos pequeños cambios en la letra respecto al original alemán. Lo que ha hecho nuestra compañera Gabi es una traducción de la versión reproducida en el audio anterior:

Traducción de Tucholskyfan Gabi (blog del viejo topo)


Dos imágenes distintas de Hans Beimler, España 1936




(...) que lo quieran, que lo amen,
que lo griten – ¡Frente Rojo! –
como lo gritó Hans Beimler
(Rafael Alberti)







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