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sábado, 28 de noviembre de 2015

Fragmentos inconexos para un cuadro expresionista del paisaje humano africano. (2) Y llevamos la "civilización" y el desarrollo a los pueblos "sin historia".


El bosquimano disecado de Banyoles, reflejo de la negación de su naturaleza humana.







































Acceder a parte 1: África y el esmoquin de Yves Saint Laurent

Y llevamos la civilización para salvar a aquellos salvajes. Las gentes de los lúgubres pueblos que no tenían historia.

Eric Robert Wolf fue un antropólogo e historiador estadounidense, de origen austriaco, muy influenciado por el marxismo. Se le conoce sobre todo por un breve pero magnífico ensayo, que todavía hoy los especialistas seguimos recomendando como una de las primeras lecturas que debe realizar todo aquel que quiera iniciarse en los estudios sobre campesinado: Los campesinos (descargable en pdf pulsando en el link). Pero sin duda la obra más sobresaliente de Wolf fue Europa y la gente sin historia (publicada en 1982; pulsa en el link para descagar en pdf). La historiografía convencional, tendía a tratar a los pueblos africanos como si careciesen de historia antes de la llegada del hombre blanco, como si hubieran estado viviendo congelados en el tiempo, en aisladas sociedades estáticas. Wolf puso fin a esa imagen, demostrando que los pueblos no europeos, incluyendo los africanos, siempre habían estado inmersos en procesos globales relacionados con la historia del mundo. En el caso de África, la ausencia de fuentes escritas no significaba que tales pueblos no tuviesen un amplio y dilatado pasado histórico con anterioridad a la llegada de los colonizadores.

Sin embargo en el siglo XIX, cuando se produce la gran expansión colonial, la imagen que tenía Europa del continente negro, era otra. El deslumbramiento social que provocaba la nueva sociedad industrial, con sus inventos y adelantos, hacía pensar que Europa era la culminación del progreso humano, el estadio más avanzado del esfuerzo civilizatorio. En contraposicion, aquellos pueblos de piel negra que habitaban en el continente africano, parecían ser la antítesis del progreso y de la evolución; la antítesis incluso de la sociedad y de cualquier orden social que pudiese identificarse como genuinamente humano. Era imposible que tuviesen una historia, reservada ésta para las llamadas "grandes civilizaciones" en la eurocéntrica visión del proceso histórico. Se les atribuía una forma de vida inalterable en el tiempo, al margen del cambio social y, en consecuencia, de la historia. Eran gentes sin historia.

Y en esta negación llega a cuestionarse incluso la propia "humanidad" del africano. ¿Pertenecen a la raza humana? Difícil de creer. De ahí que en ocasiones se les llegase a exhibir como atracción de circo, o como curiosidad de museo, como sucedió con el llamado negro de Banyoles. Éste se trataba un bosquimano kung san muerto y disecado, en los años 30 del siglo XIX, por los hermanos Verraux. Posteriormente fue enviado a Europa y vendido al Museo Darder de Banyoles (Girona, Catalunya), como objeto encaminado a satisfacer la curiosidad y morbo de los visitantes. Tal acto de barbarie, como suponía matar, disecar y exhibir a un ser humano como atracción de feria, resultaba moralmente admisible en tanto se cuestionaba su condición humana.

Era difícil para la etnocéntrica mente europea, aceptar que aquellas extrañas criaturas con rasgos humanos, pudiesen gozar del beneficio de los bellos principios políticos y morales de Liberté, Egalité, Fraternité. 

Pero el evolucionismo de Darwin había influenciado radicalmente la teoría social, dando lugar a una corriente dominante en el pensamiento europeo de la 2ª mitad del XIX: el evolucionismo social unilineal. Interesan dos premisas de la teoría social evolucionista:

A) Todos los pueblos del mundo pasaban por las mismas fases de desarrollo, pero a diferente ritmo o velocidad.
B) Dichas fases constituían un proceso lineal de evolución hacia metas de progreso cada vez más altas y superiores y, por tanto, más deseables en sus niveles más evolucionados.

De esta forma se consideraba que había pueblos que, debido a su menor ritmo de evolución, estaban más "atrasados" y por tanto alejados de las metas humanas de progreso y bienestar. Al contrario, la deslumbrante sociedad industrial era el culmen del progreso hasta ese momento, prueba de que Europa había evolucionado mucho más deprisa. Por lo tanto, ya no se trataba de negar la naturaleza humana del negro africano como sucedió en un primer momento, sino que simplemente los pueblos africanos estaban perdidos en el tiempo, anclados en primitivas fases de desarrollo de las cuales eran incapaces de salir por si mismos. Privados del progreso que Europa conocía, su existencia debía ser necesariamente infeliz y dramática.

Este modelo teórico tan eurocéntrico basado en la sucesión de una secuencia fija de estadios evolutivos que siguen una pauta universal, fue críticamente triturado y descartado por la Antropología desde comienzos del siglo XX, aunque desgraciadamente siguió teniendo éxito fuera de la disciplina antropológica. Pero casi nadie se cuestionaba su validez en la segunda mitad del XIX, cuando tiene lugar la última gran expansión colonial. De manera que el evolucionismo social unilineal, acabó convirtiéndose en la más poderosa y contundente herramienta de legitimación y justificación del colonialismo. Veamos.

La expansión imperialista resultaba imprescindible en aquella fase del capitalismo, que requería de las materias primas que podían facilitar las colonias, a la vez que éstas se convertían en mercados para las manufacturas elaboradas en la metrópoli. El imperialismo, como supo ver Lenin, era la fase superior e inevitable del capitalismo, que había explotado como modo de producción hegemónico con la revolución industrial, aunque sus orígenes fuesen anteriores. Las dos guerras mundiales del siglo XX, fueron producto de la colisión provocada por la expansión del imperialismo.

Esta expansión conduce a los países europeos a avalanzarse como buitres sobre las tierras africanas, cuyos últimos territorios sin descubrir dejan de ser desconocidos con las expediciones del XIX. Entre el 15 de noviembre de 1884 y el 26 de febrero de 1885, tuvo lugar en Berlín uno de los acontecimientos más vergonzosos y lamentables de la historia europea en la edad contemporánea: la llamada Conferencia de Berlín, convocada por Francia y RU, en la que el canciller alemán  Otto von Bismarck ejerció de anfitrión. El objetivo era resolver los problemas ocasionados por las disputas en el reparto de los territorios africanos. A consecuencia de la Conferencia, las potencias imperialistas acordaron la repartición de África, dibujando el mapa colonial que se mantuvo, con cambios menores posteriores, hasta el fin del colonialismo.

Pero... ¿qué tiene que ver en esto la teoría social evolucionista unilineal? ¿Por qué fue una herramienta de legitimación y de justificación del colonialismo? Es muy sencillo de entender. Al colonizar los territorios africanos, la ideología dominante establece que se está haciendo un favor a los pueblos de África, que se trata de una acción humanitaria, ya que viven en fases primitivas de la evolución social que Europa ya ha superado. La civilización superior (porque se encuentra en un estadio superior de la escala social evolutiva), al ejecutar el dominio colonial permite a esos pobres infelices evolucionar mucho más deprisa, quemando por anticipado fases de desarrollo que harán disminuir su distancia con aquellos pueblos que gozan del más alto nivel de progreso material y moral (los europeos o los de origen europeo). Tal es el planteamiento imperante. En otras palabras: no se trata de conquista y de explotación, sino de llevarles la civilización, de salvarlos de si mismos, de su dramático destino. Toda la ideología de legitimación del imperialismo, descansa sobre esa teoría social del evolucionismo unilineal.

Fue así como la explotación y el sometimiento al yugo del colonizador, se convertía en un noble y humanista ejercicio de altruismo, en un bondadoso proceso a través del cual se les llevaba la llamada civilización. En su infinita bondad, el hombre blanco quería salvar al negro de la infelicidad y sufrimiento que le provocaban sus condiciones de vida. La dureza extrema y a menudo cruel del colonizador, se combinaba con el paternalismo originado en un sentimiento de superioridad moral. Había que salvar a los salvajes... de si mismos. Entre tanto, África surtía de materias primas y de riqueza a las potencias coloniales.

No han cambiado mucho las cosas hoy en día. Ya no hablamos de "civilización", sino de "desarrollo", aunque viene a ser lo mismo. Ya no hay administración colonial, pero sí gobiernos de élites corruptas que sirven al nuevo dominio del capitalismo post-colonial. Y como antaño, nos movemos entre la superioridad moral y el paternalismo. Seguimos aspirando a salvar al africano de sí mismo. Y entre tanto, sigue alimentando con sus riquezas nuestro capitalismo de la narcotizante sociedad de consumo.

Resulta laborioso transmitir un discurso en contra del "desarrollo", en tanto su concepción toma forma de categoría fetiche en la praxis de gobiernos, ONGs y agencias internacionales. Sin embargo la crítica al "desarrollo" es más necesaria que nunca, dado que tal como se entiende desde el célebre discurso de Harry Truman el 20 de enero de 1949 (1)hablar de desarrollo es sinónimo de desenvolvimiento de relaciones capitalistas de producción que excluye cualquier posibilidad de un desarrollo endógeno basado en modelos alternativos al capitalismo. Como dice Arturo Escobar (2):
"Pese a estar expresada en términos de metas humanitarias y de la preservación de la libertad, la nueva estrategia [del desarrollo] buscaba un nuevo control de los países y de sus recursos. Se promovía un tipo de desarrollo acorde con las ideas y las expectativas del Occidente poderoso, con aquello que los países occidentales juzgaban como curso normal de evolución y progreso. Como veremos, al conceptualizar el progreso en dichos términos, la estrategia de desarrollo se convirtió en instrumento poderoso para normatizar el mundo. (...) La lenta preparación para el lanzamiento del desarrollo fue tal vez más clara en África que en otras partes. Allí se presentó, como una conexión importante entre la declinación del orden colonial y el nacimiento del desarrollo." 

Una reflexión final

Mencioné el caso del bosquimano disecado de Banyoles como paradigma del imaginario eurocéntrico decimonónico tendente a negar incluso el carácter humano del africano. Considerados presos de una dependencia infantil que incentiva nuestro paternalismo, el desarrollo eurocéntrico y capitalista se contempla como la única medicina que puede salvar a los pueblos africanos. Somos la imagen de una idea de opulencia que ellos envidian y que nosotros mismos nos hemos creído. 

Al respecto, hace tiempo el antropólogo Marshall Sahlins se planteaba en qué consistía una "sociedad de la opulencia" (3). Para ello tomaba como ejemplo precisamente el de los bosquimanos, aquellos africanos cuya humanidad quedaba cuestionada en el s. XIX. A través de su análisis, un provocador Sahlins viene a mostrarnos cómo si queremos encontrar una sociedad de la opulencia no debemos buscarla en nuestra sociedad capitalista, sino en lo que era la vida tradicional (antes de ser aculturizados por el "desarrollo") de pueblos como los bosquimanos africanos o los aborígenes australianos. Te invito a leerlo en una entrada que le dedicamos en este blog: "El concepto de sociedad de la opulencia en Marshall Sahlins. Lecturas breves de Antropología para no iniciados."


Bosquimanos Kung, noreste del desierto del Kalahari 


@VigneVT
Blog del viejo topo

Ir a primera parte: "África y el esmoquin de Yves Saint Laurent".

Notas

(1) Se considera que el discurso de Truman en su toma de posesión como presidente de EE.UU., marcó el inicio del paradigma ideológico sobre el cual se sustentó posteriormente la noción de "desarrollo":
"La doctrina Truman inició una nueva era en la comprensión y el manejo de los asuntos mundiales, en particular de aquellos que se referían a los países económicamente menos avanzados. El propósito era bastante ambicioso: crear las condiciones necesarias para reproducir en todo el mundo los rasgos característicos de las sociedades avanzadas de la época: altos niveles de industrialización y urbanización, tecnificación de la agricultura, rápido crecimiento de la producción material y los niveles de vida, y adopción generalizada de la educación y los valores culturales modernos. En concepto de Truman, el capital, la ciencia y la tecnología eran los principales componentes que harían posible tal revolución masiva. Solo así el sueño americano de paz y abundancia podría extenderse a todos los pueblos del planeta." (Escobar, op. cit., pág. 20).
(2) Arturo Escobar: La invención del Tercer Mundo. Construcción y deconstrucción del desarrollo. Pág. 55. Fundación Editorial el perro y la rana, Caracas, Venezuela, 2007 (1ªed.).

lunes, 23 de septiembre de 2013

¿Después del Tercer Mundo? Los fracasos de la modernidad y el advenimiento de la globalidad imperial (Arturo Escobar)





Izquierdaimagen de un niño moribundo en Etiopía, a causa del hambre. 
DerechaChristine Lagarde, directora del FMI. Su remuneración bruta, sumando todos los conceptos de ingresos por motivos del cargo, está cerca de los 600.000 $ al año. Nada más tomar posesión del cargo, se subió el sueldo un 11%. En 2012 el FMI provocó la indignación popular al hacer público un comunicado alertando del riesgo que suponía que los ciudadanos viviesen más de lo previsto.


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¿Después del Tercer Mundo? Los fracasos de la modernidad y el advenimiento de la globalidad imperial
(Fragmento de "El 'postdesarrollo' como concepto y práctica social", de Arturo Escobar)

(...)
Es así que para Santos la globalización no es la última etapa de la modernidad capitalista, sino el comienzo de algo nuevo. En este sentido parece coincidir con los proponentes del postdesarrollo. Pero el análisis no termina aquí: hay que considerar las condiciones sociales necesarias para que se instaure esta visión; hasta el momento, esas condiciones aparentemente no se han dado, especialmente considerando la nueva cara de imperio global y el creciente fascismo social. Una de las consecuencias principales del fracaso de la ciencia y el mercado en ofrecer soluciones a los problemas que han creado es, según Santos, el predominio estructural de la exclusión sobre la inclusión. La problemática de la exclusión se ha acentuado agudamente, ya sea por la exclusión de muchos que anteriormente se encontraban incluidos o porque los que en el pasado eran candidatos a la inclusión ya hoy en día no se les permite serlo; por consiguiente, día a día aumenta el número de personas que quedan en una verdadero “estado natural”. El tamaño de la clase excluida varía, por supuesto, con la centralidad del país en el sistema mundial, pero es particularmente abrumador en Asia, África y Latinoamérica.

El resultado es un nuevo tipo de fascismo social como “un régimen social y civilizacional” (Santos, 2002: 435). Paradójicamente, este régimen coexiste con sociedades democráticas, de ahí su novedad. Este fascismo opera de varios modos: en términos de exclusión espacial; los territorios por los cuales luchan actores armados; el fascismo de la inseguridad; y, por supuesto, el fatal fascismo financiero, el cual en ocasiones dicta la marginación de regiones y países enteros que no cumplen las condiciones requeridas para el capital como lo estipulan el FMI y sus fieles asesores en gestión (Santos, 2002: 447-458). Los más altos niveles de fascismo social de estos tipos corresponden a lo que se conocía anteriormente como el Tercer Mundo. Este es, en fin, el mundo que está creando la globalización desde arriba o la globalización hegemónica. Sólo hay que pensar en Colombia (y el Pacífico en particular) o en Sudán o en Oriente Medio para percatarse de que esto es, de hecho, una imagen plausible de lo que está sucediendo en muchas partes del mundo. 

La invasión de Irak en 2003 encabezada por los EE UU ha hecho al respecto dos cosas evidentes: primero, la disposición de utilizar niveles de violencia sin precedentes para imponer el dominio a escala global; segundo, la unipolaridad del actual imperio. Esta unipolaridad, la cual ha estado en ascenso desde la era Thatcher-Reagan, ha alcanzado su clímax con el régimen post-11 de septiembre y está basado en una nueva convergencia de los intereses militares, económicos, políticos y religiosos de los EE UU. En la persuasiva visión de la globalidad imperial que plantea Alain Joxe (2002), lo que estamos presenciando desde la primera Guerra del Golfo es el ascenso de un imperio que opera crecientemente a través del manejo asimétrico y espacializado de la violencia, el control territorial, masacres sub-contratadas y “pequeñas guerras crueles”, todo lo cual tiene como objetivo imponer el proyecto capitalista neo-liberal. Lo que está en juego es el tipo de regulación que opera a través de la creación de un nuevo horizonte de violencia global. Este imperio regula el desorden a través de medios financieros y militares, empujando el caos en lo posible a los márgenes del imperio, creando así una paz “depredadora” para el beneficio de una casta noble global y dejando en su paso pobreza y sufrimiento indescriptibles. Es un imperio que no se hace responsable por el bienestar de aquéllos a quienes gobierna. Como plantea Joxe:
El mundo actual está unido por una nueva forma de caos, un caos imperial, dominado por el imperium de los Estados Unidos, aunque no controlado por éste. Carecemos de las palabras para describir este nuevo sistema, si bien estamos rodeados por sus imágenes […] el liderazgo mundial por medio del caos, una doctrina que una escuela racional europea encontraría difícil de imaginar, necesariamente conduce al debilitamiento de los Estados –aun los Estados Unidos- a través de la soberanía emergente de corporaciones y mercados (2002: 78, 213). 
El nuevo imperio opera no tanto a través de la conquista, sino más bien a través de la imposición de normas (libres-mercados, democracia y nociones culturales de consumo al estilo estadounidense, y otros). El anteriormente denominado Tercer Mundo es, ante todo, el teatro de una multiplicidad de pequeñas guerras crueles que, en lugar de ser un regreso a la barbarie de antaño, están vinculadas a la actual lógica global. Desde Colombia y Centro América a Argelia, África Subsahariana y el Oriente Medio, estas guerras toman lugar en Estados o regiones que no amenazan al imperio pero, en cambio, fomentan condiciones favorables para éste. Para gran parte del anteriormente denominado Tercer Mundo (y por supuesto para el Tercer Mundo dentro del núcleo) se ha reservado “el Caos-mundial” (Joxe, 2002: 107), la esclavitud de libre mercado y genocidio selectivo. En algunos casos esto llega a conformar una suerte de “paleo-micro-colonialismo” dentro de las regiones (Joxe, 2002: 157), en otros una balcanización, y aun en otros brutales guerras internas y desplazamientos masivos con el propósito de abrir regiones enteras para el capital transnacional (particularmente en el caso del petróleo, pero también en el de los diamantes, la madera, el agua, los recursos genéticos y terrenos cultivables). Estas pequeñas guerras crueles con frecuencia son estimuladas por redes mafiosas y tienen como objetivo la globalización macro-económica. Es evidente que este nuevo Imperio Global –“el Nuevo Orden Mundial de la monarquía imperial estadounidense” (Joxe, 2002: 171)- articula la “expansión pacífica” de la economía de libre mercado con una violencia omnipresente en un nuevo régimen de globalidad económica y militar; en otras palabras, la economía global se ve apoyada por una organización global de violencia y viceversa (Joxe, 2002: 200). Desde una perspectiva subjetiva, lo que se halla en las regiones al Sur (incluyendo el Sur dentro del Norte) son “identidades fragmentadas” y la transformación de culturas de solidaridad en culturas de destrucción (ver Escobar, 2004, para una elaboración detallada de esta última sección).

Arturo Escobar
Traducido por Emeshe Juhász-Mininberg
Las negritas, subrayados e imágenes son nuestras.




Referencias bibliográficas que aparecen en este texto:
  • Joxe, Alain (2002): Empire of Disorder. Nueva York: Semiotext(e).
  • Escobar, Arturo (2004): "Más allá del Tercer Mundo: Globalidad imperial, colonialidad global y movimientos sociales anti-globalización". Revista Nómadas (20): 86-101. Universidad Central, Bogotá.
  • Santos, Boaventura de Sousa (2002): Towards a New Legal Common Sense. Londres: Butterworth.

Referencia documental:
El texto reproducido es un epígrafe titulado "¿Después del Tercer Mundo? Los fracasos de la modernidad y el advenimiento de la globalidad imperial", que forma parte del capítulo "El 'postdesarrollo' como concepto y práctica social", del libro Políticas de Economía, Ambiente y Sociedad en tiempos de globalización. Tanto el capítulo como el resto del libro son accesibles pulsando sobre los respectivos hipervínculos.

Citación:
Escobar, Arturo (2005): "El 'postdesarrollo' como concepto y práctica social". En Daniel Mato (coord.) (2005): Políticas de economía, ambiente y sociedad en tiempos de globalización. Caracas: Facultad de Ciencias Económicas y Sociales, Universidad Central de Venezuela, pp. 17-31.




Sobre Arturo Escobar
Arturo Escobar es un antropólogo colombiano (Manizales, Colombia, 1952) cuya carrera docente y científica ha transcurrido en su mayor parte en EE.UU. Actualmente es profesor en la Universidad de Carolina del Norte. Posiblemente sea el mayor especialista del mundo en la antropología del desarrollo. Además de los estudios sobre el desarrollo, su actividad científica ha cubierto otros campos relacionados, como los movimientos sociales y la ecología política. Entre sus mucha sobras publicadas, cabe destacar por su extraordinaria relevancia, especialmente dos: La invención del Tercer Mundo, Construcción y deconstrucción del desarrollo (1996) y Más allá del Tercer Mundo. Globalización y diferencia (2005).
Escobar es una referencia básica en la crítica tanto al desarrollo como también al posdesarrollo. Es uno de los autores que ha conseguido que dejemos de hablar de "Tercer Mundo"; Escobar y otros pioneros de la crítica al desarrollo, consideran que el "Tercer Mundo" no es una realidad objetiva en sí misma, sino que se trata de "un campo de intervención creado a partir de intereses geopolíticos de poder, sobre el que se aplican unas determinadas tecnologías de gobiernoEl "Tercer Mundo" fue "inventado" después de la segunda guerra mundial, en el marco de la guerra fría y de los intereses norteamericanos en América Latina y las recién independizadas naciones de África y Asia".
Esta crítica conceptual, se enmarca en un contexto más amplio de crítica a las teorías de la modernización y del desarrollo. Nos dice Escobar, en el capítulo del que está sacado el texto reproducido en esta entrada del blog (pág. 18): 
La teoría de la modernización inauguró, para muchos teóricos y elites mundiales, un período de certeza bajo la premisa de los efectos benéficos del capital, la ciencia y la tecnología. Esta certeza sufrió su primer golpe con la teoría de la dependencia, la cual planteaba que las raíces del subdesarrollo se encontraban en la conexión entre dependencia externa y explotación interna, no en una supuesta carencia de capital, tecnología o valores modernos. Para los teóricos de la dependencia el problema no residía tanto en el desarrollo sino en el capitalismo. En los años ochenta, un creciente número de críticos culturales en muchas partes del mundo cuestionaba el concepto mismo del desarrollo. Dichos críticos analizaban el desarrollo como un discurso de origen occidental que operaba como un poderoso mecanismo para la producción cultural, social y económica del Tercer Mundo.
Desde la web de Escobar, podéis descargar una buena parte de sus trabajos publicados, en la dirección http://aescobar.web.unc.edu/